Capítulo 1 - El primer hogar
Isabel Ferrer salió de la notaría con las llaves apretadas dentro de la mano, no eran unas llaves especialmente bonitas: tres piezas de metal plateado unidas por una pequeña anilla, una de ellas con una etiqueta blanca donde alguien había escrito a bolígrafo el número del piso, pero Isabel llevaba años imaginando exactamente aquel momento y, aun así, ahora que por fin estaba sucediendo, no sabía muy bien qué hacer con las manos.
Se quedó unos segundos en mitad de la acera, mientras la gente caminaba a su alrededor sin tener la menor idea de que acababa de cambiarle la vida.
Miró las llaves y después levantó la vista hacia el edificio.
—Es mío —murmuró.
Decirlo en voz alta hizo que pareciera más real.
Suyo.
No de sus padres.
No de un casero.
No de alguien que podía decidir en cualquier momento que tenía que marcharse.
Suyo.
Durante unos segundos sonrió, después pensó en la hipoteca y la sonrisa desapareció.
—Vale, quizá no haya que emocionarse tanto.
Guardó las llaves en el bolso y echó a andar.
Había pasado demasiado tiempo haciendo cuentas para permitirse ahora el lujo de asustarse.
A los treinta años, Isabel había aprendido que casi todo lo importante en la vida venía acompañado de una cantidad considerable de miedo.
El primer día de trabajo.
La primera vez que había tenido que presentar un proyecto delante de un cliente.
La primera vez que había firmado un contrato indefinido y ahora aquello.
Una casa.
Su casa.
No era enorme, tampoco estaba en un barrio exclusivo ni tenía unas vistas espectaculares, de hecho, necesitaba una reforma bastante importante, pero cuando la había visitado por primera vez, Isabel había sabido que era aquella, no porque fuera perfecta, precisamente porque no lo era: tenía posibilidades.
Y ella sabía reconocerlas.
****
El portal olía a producto de limpieza y a algo que Isabel no supo identificar, pulsó el botón del ascensor y esperó.
Cuando las puertas se abrieron, entró con el bolso colgado del hombro y pulsó el botón de su planta.
Durante el trayecto volvió a mirar las llaves, esta vez sonrió.
—Ahora sí.
Las puertas se abrieron y el pasillo le pareció que era más estrecho de lo que recordaba, igualmente sacó las llaves y caminó hasta la puerta.
Tardó unos segundos en introducir la correcta en la cerradura, no porque no supiera cuál era: porque estaba nerviosa.
Cuando finalmente giró la llave, escuchó el clic del mecanismo, abrió y entró.
El piso estaba en silencio.
Isabel cerró la puerta detrás de ella y dejó escapar el aire que parecía haber estado conteniendo desde que salió de la notaría.
—Hola—. Su propia voz resonó por el salón vacío.
Esperó un segundo.
—¡Qué educada soy! —se dijo con una risita—. Saludando a una casa.
Dejó el bolso sobre una caja que todavía no sabía dónde iba a colocar y avanzó unos pasos.
La luz entraba por las ventanas, aunque las cortinas antiguas apenas dejaban pasar el sol. Había muebles que no pensaba conservar: un sofá marrón que había vivido tiempos mejores; una mesa de comedor demasiado grande para aquel espacio; una lámpara horrible…
Isabel la señaló.
—Tú no vas a sobrevivir a la reforma.
La lámpara, naturalmente, no respondió.
Fue hasta la cocina, abrió uno de los armarios y las bisagras protestaron.
—Tú tampoco.
Abrió otro.
—Definitivamente, tú tampoco —sonrió.
Sacó el móvil y empezó a hacer fotografías, no de lo que había, sino de lo que iba a haber.
Se colocó en mitad del salón y giró lentamente sobre sí misma.
Allí iría el sofá, en la pared de enfrente, la televisión.
La mesa cerca de la ventana y la pared que separaba la cocina del salón...
Isabel entrecerró los ojos.
—Tú vas fuera.
Abrió la aplicación de notas del teléfono y escribió:
Tirar tabique cocina-salón.
Debajo añadió:
Preguntar presupuesto.
Y después:
No arruinarse en el proceso.
La tercera anotación era, probablemente, la más importante. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una pared todavía vacía. Por primera vez desde que había entrado, dejó de pensar en reformas y solo miró alrededor.
Aquello era suyo.
Le había costado años de ahorrar cuando podría haber gastado, de decir que no a viajes, de aplazar caprichos y de hacer cuentas antes de comprar cualquier cosa que no necesitara.
No había sido fácil y durante mucho tiempo había pensado que quizá nunca llegaría, pero había llegado.
Sacó el móvil del bolsillo, tenía una llamada perdida de Clara, se la devolvió inmediatamente.
Su amiga respondió antes del segundo tono.
—¡Dime que ya estás dentro!
—Estoy dentro.
—¿Y?
Isabel giró la cámara.
Clara guardó silencio.
—¿Qué?
—No quiero herir tus sentimientos.
—Clara.
—¿Seguro que has comprado esto voluntariamente?
Isabel soltó una carcajada.
—Es antiguo.
—Isabel, creo que he visto casas abandonadas con mejor cocina.
—La cocina se reforma.
—¿Y ese sofá?
—Se tira.
—¿La lámpara?
—Se tira.
—¿La puerta?
Isabel miró la puerta.
—Probablemente también.
—Bueno, entonces hay esperanza.
Isabel volvió a reír, era exactamente la reacción que esperaba de ella.
—No está tan mal.
—Claro que no —dijo Clara irónicamente.
—Tiene encanto.
—Eso es lo que dicen los agentes inmobiliarios cuando quieren cobrarte más por una casa vieja.
—Te odio.
—No es verdad.
—No.
Isabel sonrió.
Clara la conocía demasiado bien.
—¿Estás contenta?
La pregunta llegó con un tono diferente. Isabel dejó de mirar la cámara y volvió la vista hacia el salón.
—Sí.
—¿De verdad?
Ella asintió.
—Sí.
Clara sonrió al otro lado de la pantalla.
—Entonces me alegro.
Hubo un pequeño silencio.
—Tengo miedo —admitió Isabel.
—Eso también está bien.
—¿Y si he hecho una locura?
—La has hecho.
Isabel la miró.
—Gracias.
—Pero es tu locura.
Eso consiguió que volviera a sonreír.
—Supongo que sí.
—Oye.
—¿Qué?
Clara se quedó callada unos segundos.
—Prométeme una cosa.
—Depende.
—Que esta casa sea para vivir, Isabel, no solo para trabajar.
Isabel frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que llevas años diciendo que cuando tengas tu propia casa harás esto, reformarás aquello, trabajarás más, ahorrarás para lo siguiente...
—Porque hay que pagarla.
—Ya lo sé.
Clara sonrió.
—Pero también tienes que disfrutarla.
Isabel no respondió inmediatamente.
—Te lo prometo.
—Bien.
—¿Algo más?
—Sí… quiero ser la primera invitada.
—Eso estaba claro.
—Y quiero una habitación.
—¿Para qué?
—Para cuando me canse de ti.
—Entonces tendrás que esperar al menos veinte años.
—Perfecto, me quedo con el salón.
Las dos volvieron a reír, cuando colgaron, Isabel se quedó unos segundos mirando la pantalla apagada, después guardó el móvil y se levantó.
Necesitaba empezar.
****
Unos veinte minutos después, Isabel estaba tomando medidas de la pared del salón cuando escuchó una voz detrás de ella.
—¿Isabel Ferrer?
Se giró: un hombre de unos sesenta años estaba parado en el marco de la puerta.
—Sí.
—Soy Julián: el presidente de la comunidad.
Isabel dejó la cinta métrica.
—Encantada —contestó ella con una sonrisa cordial, tendiéndole la mano.
Julián sonrió y correspondió su saludo.
—Bienvenida.
—Muchas gracias.
—Si necesitas cualquier cosa, pregúntame, vivo en el segundo.
—Lo tendré en cuenta.
Julián miró alrededor.
—Así que vas a reformar bastante.
—Bastante —asintió la joven.
—Ya me había avisado el anterior propietario.
Isabel levantó una ceja.
—¿Hay algún problema?
—No, no. Ninguno.
La rapidez con la que lo dijo consiguió que Isabel sospechara justo lo contrario.
Julián se aclaró la garganta.
—Solo tendrás que respetar los horarios de obra y avisar si vas a hacer algo especialmente ruidoso.
—Por supuesto.
—Y con el ascensor, intenta no dejar materiales demasiado tiempo.
—Vale.
—Ah, y una cosa.
Julián hizo una pequeña pausa.
—¿Sí?
—Arriba vive Adrián Valcárcel.
Isabel esperó.
—¿Y?
Julián pareció sorprendido.
—¿No sabes quién es?
—No.
—¿Nunca has oído hablar de él?
—No que yo recuerde.
Julián sonrió de una manera extraña.
—Bueno... es un hombre con bastante carácter.
Isabel se encogió de hombros.
—Yo también.
Julián soltó una pequeña risa.
—Entonces quizá os llevéis bien.
No sonó demasiado convencido, antes de marcharse, añadió:
—Eso sí, procura no molestarlo demasiado.
—¿Por qué?
—Le gusta mucho la tranquilidad.
Isabel miró el piso vacío.
—Pues ha tenido mala suerte conmigo.
Julián sonrió.
—Eso parece.
Y desapareció por el pasillo, Isabel cerró la puerta, se quedó quieta un instante.
—Adrián Valcárcel.
El nombre le resultaba vagamente familiar, quizá lo había escuchado en alguna parte, pero no le dio importancia y volvió a sus planos.
****
A las ocho y cuarto de la tarde, Isabel seguía allí.
Había conseguido medir casi todas las habitaciones, hacer una lista interminable de cosas que comprar y descubrir que el presupuesto que había calculado por la mañana ya no servía para absolutamente nada.
Se sentó en el suelo con los planos delante.
—Necesito un milagro.
Abrió la calculadora del móvil, hizo números y volvió a hacerlos.
Los borró.
Suspiró.
—O un segundo trabajo.
Entonces escuchó un ruido.
Toc.
Isabel levantó la cabeza, miró al techo y esperó.
Toc. Toc.
Frunció el ceño.
Otro golpe.
Esta vez más fuerte.
Se puso de pie.
—¿En serio?
No sabía exactamente qué estaba haciendo el vecino del ático, pero parecía decidido a recordarle que existía. Volvió a escuchar el ruido.
Isabel miró el reloj: las ocho y media. No era una hora especialmente problemática, pero después de todo un día de notaría, cajas, mediciones y presupuestos imposibles, su paciencia tampoco estaba en su mejor momento.
—Perfecto.
Cogió el móvil, apagó las luces y cerró la puerta.
Mientras bajaba las escaleras, todavía escuchaba algún golpe amortiguado procedente de arriba.
No podía saberlo todavía, pero aquella sería la primera de muchas veces que terminaría preguntándose qué demonios hacía Adrián Valcárcel al otro lado del techo y tampoco podía saber que, unas horas después, él se preguntaría exactamente lo mismo sobre ella.
Isabel salió del edificio, miró una última vez hacia las ventanas del ático.
Una de ellas estaba iluminada.
—Qué vecino más raro.
Se colocó el bolso sobre el hombro y echó a andar, sin saber que acababa de comenzar una guerra y que, algún día, recordaría aquella primera noche como el momento exacto en el que empezó todo.








