Prólogo...
**Quinientos años antes**
El eclipse había comenzado.
La Luna, devorada poco a poco por una sombra carmesí, permanecía suspendida sobre un cielo sin estrellas. Su luz teñía las montañas de un rojo oscuro y hacía brillar los antiguos símbolos grabados en las piedras, como si algo enterrado bajo ellas hubiera comenzado a despertar. El viento dejó de soplar. Hasta las criaturas del bosque guardaron silencio.
En lo alto de una colina, una figura permanecía inmóvil frente a un círculo de piedras negras. A sus pies, la tierra estaba cubierta de cenizas y de pequeñas flores plateadas que solo florecían bajo la luz de la Luna. Frente a ella, un hombre permanecía de rodillas. Su respiración era irregular. Tenía las manos cerradas contra la tierra y la mirada perdida en algún punto del horizonte. Algo en él había cambiado. Sus venas parecían arder bajo la piel y, en sus ojos, comenzaba a aparecer un brillo que no pertenecía a ningún ser humano.
—No puedes rechazar lo que la Luna ha elegido para ti.
La voz de la mujer fue apenas un murmullo, pero resonó en el silencio como si la propia montaña la hubiera escuchado.
Él levantó lentamente la cabeza. El resplandor plateado del eclipse se reflejó en sus pupilas.
—Yo no la elegí.
La mujer lo contempló durante unos segundos. No había ira en sus ojos. Solo una tristeza antigua, la clase de tristeza que se acumula a lo largo de siglos.
—Ese es precisamente tu error.
El eclipse avanzó. La sombra cubrió casi por completo la Luna y, durante un instante, un resplandor plateado recorrió las piedras a su alrededor. Los símbolos comenzaron a iluminarse uno tras otro, formando un antiguo círculo de luz bajo sus pies. Él retrocedió, como si el suelo mismo le quemara.
—No aceptaré un vínculo que jamás pedí.
La mujer cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado en su expresión. Ya no era solo tristeza. Había una certeza fría, irrevocable.
—Entonces tendrás que aprender a vivir con aquello que rechazaste.
Él apretó los dientes. El brillo en sus ojos se intensificó por un segundo, salvaje, antes de volver a controlarse.
—No me importa.
Ella comenzó a alejarse. Dio un paso. Después otro. La luz del círculo se debilitó a su paso, como si su presencia hubiera sido lo único que lo mantenía vivo. Pero antes de desaparecer entre la oscuridad, se detuvo y volvió ligeramente el rostro hacia él.
—Cuando la Luna entrega un vínculo, no lo hace dos veces.
El hombre permaneció inmóvil. El viento aún no había regresado. El silencio era tan denso que parecía tener peso.
La mujer continuó, con una voz que ya no era un murmullo, sino una sentencia:
—Rechazarlo es desafiar aquello que no debe ser desafiado.
Un silencio aún más profundo cayó sobre la montaña. Entonces pronunció las últimas palabras, y cada una de ellas pareció grabarse en la piedra misma:
—Y aquello que la Luna ha unido… siempre encuentra el camino de regreso.








