Tres vidas demasiado ocupadas
La ciudad nunca dormía.
Entre los enormes edificios iluminados, el ruido de los automóviles y las pantallas publicitarias que cubrían las avenidas, tres hermanos llevaban vidas completamente diferentes.
Pero había algo que los unía.
Los tres trabajaban demasiado.
Y ninguno sabía cuándo detenerse.
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KANG HYUN WOO
En el último piso de uno de los edificios más importantes de la ciudad, una oficina permanecía iluminada a pesar de que ya era de noche.
Frente a un enorme ventanal estaba sentado Kang Hyun Woo.
A sus veintisiete años, era el director ejecutivo de una de las empresas más importantes de la ciudad.
Su traje oscuro estaba perfectamente acomodado.
Su cabello gris platinado no tenía un solo mechón fuera de lugar.
Sobre su escritorio había documentos, contratos y una computadora llena de informes.
Hyun Woo pasó una página.
—Rechazado.
Su asistente levantó la mirada.
—¿Está seguro, señor Kang?
—La propuesta no cumple con nuestras condiciones.
—Pero lleva revisando contratos desde esta mañana.
Hyun Woo ni siquiera levantó la mirada.
—Entonces todavía tengo tiempo para terminar este.
El asistente suspiró.
—Son casi las diez de la noche.
Hyun Woo miró su reloj.
—¿Y?
—Nada, señor.
El hombre volvió a salir de la oficina.
Hyun Woo continuó trabajando.
Para él, aquella era una noche completamente normal.
Trabajo.
Decisiones.
Reuniones.
Dinero.
Nada más.
El amor nunca había sido una prioridad.
Mucho menos una relación.
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KANG EUN HO
A varios kilómetros de allí, la música retumbaba dentro de un enorme estudio de ensayo.
—¡Otra vez desde el principio!
La música comenzó.
Kang Eun Ho volvió a colocarse en posición.
A sus veinticinco años, era uno de los cantantes más populares del país.
Cámaras.
Bailarines.
Representantes.
Productores.
Todos estaban pendientes de él.
Eun Ho terminó la coreografía y respiró profundamente.
—¿Así está bien?
—¡Perfecto! —respondió uno de los productores—. Hagámoslo una vez más.
Eun Ho abrió los ojos.
—¿Una vez más?
—Una última.
—Eso dijeron hace tres horas.
Algunos bailarines soltaron una carcajada.
Eun Ho sonrió.
A pesar del cansancio, siempre sabía cómo mantener una sonrisa frente a los demás.
Después de terminar el ensayo, tomó una botella de agua y se dejó caer sobre una silla.
Su representante se acercó con una tablet.
—Mañana tienes una entrevista a las nueve, una sesión de fotos a las once, grabación a las dos y otro ensayo por la noche.
Eun Ho miró la pantalla.
—¿Y cuándo se supone que duermo?
—Entre una actividad y otra.
—Maravilloso.
Se dejó caer hacia atrás.
—Definitivamente necesito vacaciones.
Su representante sonrió.
—Eso tendrás que hablarlo con tu madre.
Eun Ho hizo una mueca.
—No me recuerdes a mi madre.
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KANG GUN WOO
Mientras tanto, en otro extremo de la ciudad...
—¡Otra ronda!
El sonido de los golpes llenaba el gimnasio.
PUM.
PUM.
PUM.
Kang Gun Woo golpeaba el saco de entrenamiento sin detenerse.
A sus veintitrés años, era un boxeador profesional conocido por su fuerza y su temperamento.
Su entrenador observó el reloj.
—Gun Woo, suficiente por hoy.
—Una ronda más.
—Llevas cuatro horas.
Gun Woo volvió a golpear.
—Una.
—No.
Gun Woo se detuvo.
Miró al entrenador con expresión seria.
—¿No?
—No.
El boxeador tomó una toalla y se secó el rostro.
—Entonces cinco minutos.
—Gun Woo...
—Cinco.
Su entrenador negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Gun Woo no respondió.
Simplemente volvió a mirar el saco.
Para él, entrenar era mucho más sencillo que hablar de sus sentimientos.
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UNA LLAMADA
En tres lugares diferentes de la ciudad...
Tres teléfonos comenzaron a sonar al mismo tiempo.
TRIN... TRIN...
Hyun Woo miró la pantalla.
Mamá.
Frunció ligeramente el ceño.
Al mismo tiempo, Eun Ho miró su teléfono.
Mamá.
—No puede ser...
Y en el gimnasio, Gun Woo observó la misma llamada.
Mamá.
Los tres contestaron casi al mismo tiempo.
—¿Qué pasa, mamá?
Durante unos segundos solo hubo silencio.
Después, una voz femenina respondió desde el otro lado.
—Quiero hablar con ustedes tres.
Hyun Woo se acomodó en su silla.
—Estoy trabajando.
—Lo sé.
Eun Ho se levantó de la silla.
—Yo también estoy trabajando.
—También lo sé.
Gun Woo cruzó los brazos.
—Estoy entrenando.
—Eso también lo sé.
Los tres se quedaron en silencio.
La voz de su madre cambió.
Ya no sonaba como una simple llamada.
Sonaba como una decisión.
—Y precisamente por eso van a hacer algo que no han hecho en mucho tiempo.
Hyun Woo preguntó:
—¿Qué cosa?
—Descansar.
Eun Ho soltó una pequeña risa.
—Mamá, si quieres que descanse, puedes cancelar mi agenda.
—No.
—¿Entonces?
Hubo una pausa.
—Los tres se van al campo.
Silencio.
Hyun Woo dejó el documento que tenía en las manos.
Eun Ho abrió los ojos.
Gun Woo dejó de secarse el rostro.
Los tres hablaron al mismo tiempo.
—¿QUÉ?
Su madre respiró profundamente.
—Escucharon perfectamente.
—Mamá, tengo una empresa —dijo Hyun Woo.
—Y tienes veintisiete años y pareces un hombre de cincuenta cada vez que hablas de trabajo.
—¡Mamá!
Eun Ho intervino.
—Yo tengo una gira.
—Tu gira puede esperar.
—Pero...
—No hay pero.
Gun Woo frunció el ceño.
—No pienso ir.
Su madre respondió inmediatamente:
—Sí vas a ir.
—No.
—Sí.
—No.
—Gun Woo.
Silencio.
El boxeador apretó los dientes.
—¿Cuánto tiempo?
Su madre sonrió al otro lado del teléfono.
—Un mes.
Los tres hermanos volvieron a quedarse en silencio.
Un mes.
En el campo.
Lejos de sus trabajos.
Lejos de la ciudad.
Lejos de todo lo que conocían.
Hyun Woo cerró los ojos.
Eun Ho se pasó una mano por el cabello.
Gun Woo simplemente miró hacia otro lado.
Entonces su madre añadió:
—Saldrán pasado mañana.
—¿Pasado mañana? —preguntó Eun Ho.
—Exactamente.
—¡Mamá!
Pero la llamada terminó.
Pip.
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LA PEQUEÑA DISCUSIÓN
Los tres hermanos se quedaron mirando sus teléfonos.
Eun Ho fue el primero en hablar.
—Esto es una locura.
Hyun Woo respondió con tranquilidad:
—Estoy de acuerdo.
Gun Woo se levantó.
—Yo no voy.
Eun Ho lo miró.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Decirle que no a mamá?
—Sí.
—Buena suerte.
Gun Woo frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Eun Ho soltó una risa.
—Que sabes perfectamente que cuando mamá decide algo, nadie puede hacerla cambiar de opinión.
Hyun Woo intervino:
—Discutir no servirá de nada.
Gun Woo lo miró.
—Claro. Tú siempre tienes una respuesta para todo.
—Porque pensar antes de hablar suele funcionar.
—¿Me estás diciendo que no pienso?
—No dije eso.
—Lo insinuaste.
Eun Ho se llevó una mano a la frente.
—Dios mío... ni siquiera hemos llegado al campo y ya están peleando.
Gun Woo lo miró.
—Tú cállate.
—¿Por qué yo?
—Porque eres insoportable.
Eun Ho sonrió.
—Y tú eres un gruñón.
Hyun Woo suspiró.
—Los dos son unos niños.
Gun Woo y Eun Ho lo miraron al mismo tiempo.
—¿Y tú qué? —preguntó Eun Ho.
Hyun Woo volvió a mirar sus documentos.
—Yo soy el único que está trabajando.
Eun Ho se quedó callado unos segundos.
—...Eso fue bastante arrogante.
Gun Woo asintió.
—Por una vez estoy de acuerdo contigo.
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Los tres hermanos continuaron discutiendo durante varios minutos.
Ninguno quería admitirlo, pero los tres estaban pensando exactamente lo mismo.
No querían ir al campo.
Sin embargo, la decisión ya estaba tomada.
Pasado mañana abandonarían la ciudad.
Y ninguno de ellos imaginaba que aquel viaje cambiaría sus vidas para siempre.
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A cientos de kilómetros de allí, en un pequeño pueblo rodeado de cultivos, alguien continuaba trabajando tranquilamente sin saber nada de aquella conversación.
Un joven levantó la mirada hacia el cielo nocturno.
El viento movió suavemente los cultivos.
El aroma fresco de la lima y el limón se mezcló con la brisa.
Su nombre era Lee Seo Jun.
Y todavía no sabía que tres desconocidos estaban a punto de entrar en su vida.








