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Silent Threat

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Summary

En Silent Threat, una serie de desapariciones inexplicables sacude una remota comunidad rodeada de bosques y viejas instalaciones militares abandonadas. Lo que comienza como un caso aislado pronto se revela como la punta de una conspiración cuidadosamente enterrada durante décadas. Entre amenazas invisibles, huellas que nadie puede seguir y una presencia que aprende del miedo humano, cada noche se convierte en un desafío por sobrevivir. Mientras el pánico crece, un reducido grupo de investigadores comprende que la clave no está en lo que pueden ver... sino en lo que no se atreverían a escuchar.

Genre
Horror
Author
César
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La Llamada de los Bosques

La noche del 22 de marzo de 1983 cayó sobre Arghanj Khwa como un manto de plomo.

No había luna. Solo oscuridad espesa, interrumpida por las luces mortecinas de las casas que bordeaban el límite de la ciudad. Más allá, donde la civilización cedía ante la naturaleza, se extendía el área boscosa del perímetro de las Montañas Badajshan: un territorio salvaje, inhóspito, donde pocos se aventuraban después del anochecer.

Pero en los últimos siete días, algo había cambiado.

El primer cuerpo apareció un martes por la mañana.

Un leñador local, Farid Ahmadi, de cincuenta y tres años. Lo encontraron a menos de dos kilómetros del camino principal, cerca de un claro utilizado para acampar. Su esposa había reportado su desaparición la noche anterior. Las autoridades tardaron menos de cuatro horas en hallarlo.

Lo que quedaba de él.

El informe forense fue escueto, clínico, pero las palabras no podían ocultar el horror: "Heridas compatibles con mordeduras humanas. Tejido blando arrancado de brazos, torso y muslos. Falta aproximadamente el cuarenta por ciento de la masa corporal. Causa de muerte: desangrado masivo y trauma múltiple."

Mordeduras humanas.

Canibalismo.

La palabra circuló en susurros por las oficinas del ayuntamiento. Nadie quería pronunciarla en voz alta. Nadie quería creerla.

Pero tres días después, apareció el segundo cuerpo.

Una mujer joven, Salma Karimi, veintiséis años, estudiante universitaria que había ido de excursión con amigos. Se separó del grupo para buscar señal en su radio portátil. No regresó.

La encontraron al amanecer, en una zanja poco profunda, cubierta de hojas y ramas. Las heridas eran idénticas: mordeduras, desgarros, ausencia de grandes porciones de carne.

Y luego un tercero.

Y un cuarto.

Para el sexto día, el pánico había comenzado a filtrarse entre la población. Las radios locales hablaban de "ataques de animales salvajes", pero los rumores eran más oscuros, más perturbadores. Algunos hablaban de cultos. Otros, de algo peor.

El ayuntamiento no podía seguir ignorándolo.

La noche del 21 de marzo, el alcalde Yusuf Maliki convocó una reunión de emergencia. En la sala principal del edificio municipal, rodeado de funcionarios nerviosos y policías locales sin experiencia en este tipo de situaciones, tomó la única decisión que consideró apropiada:

Contactar a los F.E.A.K.

Las Fuerzas Especiales de Arghanj Khwa no eran un cuerpo policial convencional. Eran una unidad de élite, entrenada para operaciones de alto riesgo, rescates en zonas hostiles, y situaciones que excedían las capacidades de la policía regular.

Si había algo -o alguien- en esos bosques capaz de descuartizar a seis personas en menos de una semana, los F.E.A.K. eran la única opción.

La Unidad Delta fue despachada a primera hora del 22 de marzo.

Seis agentes. Equipo completo. Experiencia probada.

Su misión: adentrarse en el área boscosa, investigar los asesinatos, localizar posibles responsables, neutralizar la amenaza.

El helicóptero despegó a las 06:47 horas.

El contacto por radio se mantuvo estable durante las primeras tres horas.

A las 10:15, reportaron haber localizado indicios de actividad humana reciente cerca de una zona de campamento abandonado.

A las 11:03, confirmaron el hallazgo de restos biológicos no identificados.

A las 11:42, solicitaron autorización para continuar más adentro del perímetro montañoso.

A las 12:18, la comunicación se cortó.

Pasaron dos horas antes de que el cuartel general intentara restablecer contacto.

Nada.

Tres horas.

Silencio.

Cinco horas.

Estática.

A las 18:30, el comandante de operaciones declaró oficialmente a la Unidad Delta como "fuera de contacto".

No perdidos.

No muertos.

Fuera de contacto.

Esa distinción era importante.

Significaba que aún había esperanza. Significaba que aún podían estar vivos.

Pero también significaba que algo había salido terriblemente mal.

El Escuadrón Victor fue movilizado a las 19:45 horas.

Seis agentes. Los mejores disponibles.

Capitán Ethan Ryker al mando.

Brett Brandon, tirador de precisión.

Riley Chandler, experta en tácticas de supervivencia.

Logan Barrett, especialista en armamento pesado.

Marcus Dorne, experto en vehículos y armas de apoyo.

Rhett Callahan, piloto de helicóptero.

La misión era clara: localizar a la Unidad Delta, determinar su estado, continuar la investigación si era necesario.

El helicóptero despegó a las 20:12 horas.

La noche ya había caído por completo.

Desde el aire, el bosque parecía una masa negra infinita, sin principio ni fin. Las copas de los árboles se extendían como un mar oscuro bajo el cielo sin estrellas. No había luces. No había señales de vida. Solo oscuridad.

Brett Brandon observaba desde la ventanilla lateral, con la Beretta 92FS asegurada en su funda. Su rostro serio reflejaba la tensión que todos sentían pero nadie mencionaba.

Riley Chandler revisaba su equipo por tercera vez: munición, linterna, radio portátil, kit de primeros auxilios. Todo en orden. Todo listo. Pero sus ojos azules no dejaban de moverse, inquietos.

Logan Barrett permanecía en silencio, con la Magnum .44 descansando en su regazo. Su barba roja ocultaba parcialmente su expresión, pero sus manos grandes y curtidas no temblaban. Estaba listo para lo que fuera.

Marcus Dorne, con su bandana marrón rojiza y su sonrisa habitual, intentaba mantener el ánimo ligero. Revisaba la escopeta que colgaba de su hombro, ajustando las correas, verificando el cargador. Su actitud relajada era casi reconfortante.

Casi.

Ethan Ryker, de pie junto al piloto, observaba el horizonte oscuro con sus gafas de sol puestas a pesar de la noche. Su postura era firme, autoritaria. No había dicho mucho desde el despegue. No necesitaba hacerlo. Su presencia bastaba.

Rhett Callahan pilotaba con manos firmes, pero su rostro mostraba una tensión contenida. Conocía esos bosques. Sabía lo fácil que era perderse. Lo fácil que era desaparecer.

-¿Cuánto falta? -preguntó Ryker, su voz cortando el zumbido del rotor.

-Tres minutos para la última posición conocida de Delta -respondió Rhett, sin apartar la vista de los controles-. Deberíamos verlos pronto.

-Deberíamos -murmuró Brett desde atrás.

Nadie respondió.

El helicóptero descendió lentamente sobre un claro entre los árboles. Los focos delanteros iluminaron la zona, revelando tierra removida, ramas rotas, marcas de aterrizaje reciente.

Y entonces lo vieron.

El helicóptero de la Unidad Delta.

Estaba volcado de costado, con el rotor principal destrozado, el fuselaje abollado y rasgado. Cristales rotos brillaban bajo la luz artificial como fragmentos de hielo. Una de las puertas laterales colgaba de una sola bisagra.

No había fuego.

No había humo.

Solo destrucción.

-Maldita sea... -susurró Marcus.

Rhett posó el helicóptero a treinta metros de distancia. El motor se apagó lentamente, dejando un silencio pesado, opresivo.

Nadie se movió durante unos segundos.

Luego, Ryker abrió la puerta y saltó al suelo.

-Todos fuera. Formación estándar. Mantengan los ojos abiertos.

Uno a uno, descendieron. Botas golpeando tierra húmeda. Armas en mano. Respiraciones controladas.

El bosque estaba en silencio.

Demasiado silencio.

No había insectos. No había aves nocturnas. No había viento.

Solo quietud.

Se acercaron al helicóptero caído con cautela. Brett iba al frente, Beretta apuntando hacia adelante. Riley cubría el flanco izquierdo. Logan, el derecho. Marcus permanecía cerca de Ryker, escopeta lista.

La cabina estaba vacía.

Los asientos estaban manchados de algo oscuro. Sangre seca. Mucha.

Riley iluminó el interior con su linterna. Los controles estaban destrozados. El panel de instrumentos, arrancado. Cables colgaban como intestinos mecánicos.

-No fue un accidente -dijo Brett, señalando con la linterna las marcas en el fuselaje-. Miren eso.

Arañazos profundos. Paralelos. Como garras.

-¿Qué demonios puede hacer eso? -murmuró Marcus.

Nadie tenía respuesta.

Ryker rodeó el helicóptero, examinando cada detalle. Luego se detuvo.

-Aquí.

Todos se acercaron.

En el suelo, a pocos metros del helicóptero, había algo.

Una mano.

Cortada a la altura de la muñeca.

No. No cortada.

Arrancada.

Los bordes eran irregulares, desgarrados. Fragmentos de hueso sobresalían entre la carne destrozada. La piel estaba pálida, casi gris.

Riley apartó la mirada.

Marcus tragó saliva.

Brett se arrodilló, iluminándola de cerca.

-¿De quién es? -preguntó Logan, su voz grave.

Ryker no respondió. Se limitó a observar la mano con expresión inescrutable detrás de sus gafas oscuras.

-No lo sé -dijo finalmente-. Pero quien sea... ya no está completo.

Un sonido cortó el silencio.

Un crujido. Lejano. Apenas perceptible.

Todos se tensaron.

Brett apuntó hacia la oscuridad del bosque.

Riley activó su radio, pero solo obtuvo estática.

Logan levantó la Magnum.

Marcus ajustó el agarre de la escopeta.

Otro crujido. Más cercano.

Luego otro.

Y otro.

No era uno.

Eran varios.

Moviéndose entre los árboles.

Acercándose.

Ryker levantó una mano, ordenando silencio absoluto.

El bosque volvió a quedar quieto.

Pero ahora, en esa quietud, había algo más.

Algo esperando.

Algo observando.

Y entonces, desde la oscuridad, llegó un sonido que heló la sangre de todos.

Un gruñido bajo. Gutural. Hambriento.

Seguido de otro.

Y otro.

Y otro más.

Brett apretó el gatillo de la Beretta, pero no disparó.

No todavía.

No podía ver nada.

Pero lo sentía.

Lo sentían todos.

No estaban solos.

Chapters
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