Capítulo 1. Akos
Todos estábamos listos para entrar en la nave a la que nos ha llevado la investigación en la que hemos trabajado durante casi tres años.
En aquel momento se encontró el cadáver de un omega, el cual tenía una herida aún abierta en su vientre. Llevaba varios meses desaparecido según los registros, pero nunca se dio con él hasta ese momento y nos llevó a una investigación en la que no solo fue un caso aislado, sino que se conectaba con otras desapariciones de omegas que a lo largo de aquellos tres años hemos tenido que rescatar sus cuerpos con una rabia inmensa.
El operativo de esa noche era una apuesta arriesgada porque estábamos en un callejón sin salida y pensamos que venir a este lugar con la esperanza de dar con los omegas que aún no han aparecido ni vivos ni muertos.
Mi escuadrón permanecía cerca mientras me comunicaba por radio con el otro alfa que dirigía conmigo este operativo y estaban al otro lado, pero a la vista.
—Equipo Bravo para Sierra ¿me recibes?
—Aquí equipo Sierra.
—Por aquí está todo despejado.
—Igual.
—A mi señal entramos.
Miré a mi escuadrón los cuales prepararon sus armas y asintieron antes de que yo levantara la mano sin dejar de estar atento a mi alrededor a cualquier posible ruido que viniera del interior o de la zona.
Bajé la mano y me dirigí a la puerta de aquella nave a la que le di una patada haciendo que ambas puertas casi saltaran de sus goznes.
Enseguida alumbramos alrededor con nuestras linternas, pero a simple vista parecía un almacén normal.
Nuestros pasos era lo único que se oía en aquel lugar y el goteo de alguna tubería en mal estado.
El polvo flotaba ante los pequeños haces de luz.
Solo cuando llegamos al fondo sentí náuseas de lo que allí encontramos.
—¿Qué cojones…? —preguntó uno de los míos a mi espalda.
Aquella habitación era un puto quirófano.
Me adentré haciendo una señal a mis chicos para que permanecieran fuera. Mi linterna apuntó hacia una camilla en el centro de este. Tenía sábanas manchadas de sangre reciente.
Las paredes estaban llenas de armarios en los que se podía ver todo tipo de materiales que se podrían usar perfectamente en una operación. Todos colocados perfectamente con su propio envoltorio estéril.
No muy lejos de la camilla había un carrito con una tela verde sobre la que aún mantenía el instrumental como si hubiesen salido hacía muy poco de aquí.
Me giré con rapidez hacia mis hombres.
—¡Rápido! Hace poco que estuvieron por aquí, no deben andar lejos. —Algunos de ellos salieron corriendo mientras informaban al otro equipo y salían de la nave—. Revisad todo alrededor y si encontráis algo, avisadme.
Los demás asintieron y se dispersaron por el lugar.
Me quité el casco de protección que llevaba haciendo que el pelo que se había escapado de mi media coleta se pegara a mi frente sudada.
Maldije en silencio mientras seguía inspeccionando. En una de las paredes había una puerta que abrí encontrándome un lavabo pequeño y en donde estaban los guantes ensangrentados que habían utilizado con el pobre desgraciado que había caído en sus manos.
La rabia me invadió y sin darme cuenta empecé a soltar feromonas que volvieron pesada la estancia. Me di cuenta cuando uno de los míos entró cubriéndose el rostro, ya que también estaban sin el casco.
—¿Ocurre algo? —pregunté intentando controlarme.
Este asintió y cuando bajé de intensidad es que se quitó la mano del rostro para mirarme con seriedad.
—Hemos encontrado algo.
Me acerqué a él para que me indicara el camino saliendo de aquel lavabo y aquel quirófano que solo me producía horror y ganas de vomitar.
Me llevó por todo el almacén hasta un lateral de la nave en la que había otro de mis hombres agarrando una trampilla que de primeras nos pasó desapercibido.
—¿Qué hay aquí?
Me asomé y diferentes olores impactaron contra mí. Todos variados, desde la menta, pasando por la canela hasta…
Uno de esos olores se superpuso a todos los demás. Era tan potente que no me dejaba pensar con claridad.
Bajé las escaleras con rapidez viendo ante mí un enorme pasillo con muchas puertas a ambos lados. Los olores salían de estos. Algunas de las puertas estaban abiertas, ya vacías, pero otras…
Mis hombres estaban rompiéndolas haciendo que los olores se intensificaran aún más.
Pero ese olor…
Lo seguí, era tan potente.
Azahar.
Me embota la mente, no me deja pensar con suficiente claridad y mis pasos me llevan a la última puerta.
El olor salía de ahí. Intenté abrir, pero estaba cerrada con llave, así que me alejé un par de pasos hasta el otro lado del pasillo y con fuerza golpeé la puerta para que se abriera.
Tal y como ocurrió con las puertas principales de este lugar, la de esta habitación saltó de sus goznes y oí un grito de terror.
Me adentré, iluminando con mi linterna.
El lugar era inhumano. Apenas un inodoro con un lavamanos, casi como si aquello fuera una celda de la cárcel, aunque no parecía haber mucha diferencia por lo que estaba comprobando.
Frente a esto había un camastro que hacía un ruido infernal por la persona que la ocupaba, encogida en una esquina.
El olor provenía de él. Eran sus feromonas cargadas de miedo.
Sus piernas delgadas estaban encogidas todo lo que su vientre hinchado le permitía. En uno de sus tobillos había un grillete cuya cadena se enganchaba a la pared y vestía una sucia bata de hospital.
La suciedad no impedía que su pelo largo pelo oscuro destacara sobre esta y cuando vi los rasgos de su rostro, algo pareció calar en mi interior.
Unos ojos rasgados oscuros lo miraban con miedo mientras sus labios ligeramente gruesos parecían querer decir algo que era incapaz de ponerle voz.
En el momento en el que nuestras miradas se cruzaron, un sentimiento de posesión se abrió paso dentro de mí y de mi boca salió.
—Mío.








