Capítulo 1
— El Mercader
Puerto Marfil olía a sal y a arcilla cocida. Ilena había dejado de notarlo hacía años, salvo en los días de niebla, cuando el viento del puerto empujaba el humo de los hornos del Gremio de vuelta hacia las calles y la ciudad entera terminaba oliendo a algo a medio camino entre el mar y un horno de pan que nunca se apaga.
Hoy era uno de esos días.
Desde la ventana del taller de segundo año, apenas se distinguían los mástiles de los barcos anclados en la bahía, borrones grises tragados por la bruma. Ilena no levantó la vista para mirarlos. Tenía los dedos manchados de esmalte hasta la segunda falange y un rostro de porcelana a medio pintar frente a ella, y si algo le había enseñado la maestra Verel en dos años de aprendizaje era que la niebla no perdonaba a quien perdía la concentración por mirarla.
—El párpado izquierdo —dijo una voz a su espalda, sin necesidad de acercarse más—. Otra vez.
Ilena bajó el pincel y estudió el rostro que tenía delante. El párpado izquierdo, en efecto, caía un cuarto de milímetro más que el derecho. Una diferencia que ningún comprador notaría jamás, que ningún inspector del gremio señalaría en una pieza de venta corriente. Pero la maestra Verel no hablaba de piezas de venta corriente cuando se paraba detrás de ella con esa voz.
—Lo corrijo —dijo Ilena.
—Ya lo sé. Por eso sigues aquí y no fregando calderas en la planta baja.
No era un cumplido. En el Gremio de Muñecas de Puerto Marfil, nadie decía cumplidos a un aprendiz de segundo año. Se decían correcciones, y se aprendía a escuchar el respeto escondido dentro de ellas, si es que había alguno.
Tres mesas más allá, junto a la ventana grande, Cato no necesitaba que nadie le corrigiera nada.
Ilena no necesitaba mirarlo para saberlo —llevaba trece años siendo su hermana y dos siendo su compañera de taller, y conocía el silencio particular que se formaba alrededor de su mesa cuando trabajaba. No era el silencio del respeto forzado que rodeaba a la maestra Verel. Era otra cosa. Era el silencio de gente que ha dejado de respirar sin darse cuenta.
Se permitió mirar, solo un segundo.
Cato tenía trece años y las manos de alguien que llevaba trabajando la porcelana desde antes de aprender a leer, lo cual, en su caso, era casi literalmente cierto. Sostenía en alto un rostro sin terminar —una niña, a juzgar por los pómulos, aunque nadie lo habría dicho con las cuencas de los ojos todavía vacías— y con la punta de una gubia del tamaño de una aguja de coser le estaba dando forma a la comisura de la boca. Solo eso. Un extremo de una boca que aún no existía del todo.
Y aun así, incompleta, sin ojos, sin color, esa boca ya parecía a punto de decir algo.
Era lo que hacía que a Ilena, algunos días, le costara mirar el trabajo de su hermano más de unos segundos seguidos. No era envidia —se había hecho esa pregunta muchas veces, con la misma honestidad metódica con la que revisaba cada pieza que salía de sus manos, y la respuesta seguía siendo no, no es envidia. Era otra cosa, más parecida a asomarse por accidente a una ventana que no debería estar ahí.
—Ilena.
La maestra Verel seguía de pie junto a su mesa, esperando.
—El párpado —dijo Ilena, y volvió a levantar el pincel.
—El párpado, sí. Pero te hablaba de otra cosa. La maestra Guildaria quiere a los aprendices de segundo y tercer año en el patio grande antes del mediodía. Todos. Deja lo que tengas y ve.
Eso sí que hizo que Ilena levantara la cabeza del todo.
—¿A todos? ¿Hoy?
—Hoy. —Verel ya se estaba alejando hacia la siguiente mesa, hacia el siguiente párpado torcido de algún otro aprendiz menos aplicado—. Al parecer tenemos visita.
El patio grande del Gremio no se usaba para reuniones generales más que dos o tres veces al año: la ceremonia de ascenso de aprendices, el día en que se anunciaban los encargos reales de la temporada, y —una sola vez que Ilena recordara, cuando tenía nueve años— el día en que un incendio en los hornos bajos había obligado a evacuar todo el edificio. Así que cuando llegó, empujando entre los demás aprendices que ya se apretujaban bajo los soportales para protegerse de la llovizna fina que había empezado a caer sobre la niebla, sintió el mismo cosquilleo incómodo que sentía cada vez que el orden habitual de las cosas se rompía sin explicación.
Cato apareció a su lado un momento después, sin aliento, con las manos todavía manchadas de esmalte blanco hasta las muñecas.
—¿Sabes de qué se trata? —le preguntó.
—No.
—¿Ni idea?
—Ninguna, Cato.
Él no pareció desanimado por la respuesta. Muy pocas cosas desanimaban a Cato; era, en ese sentido, el opuesto exacto de Ilena, que llevaba desanimándose metódicamente desde que tenía memoria y había aprendido a convertir ese desánimo en algo útil: atención. Cuidado. La costumbre de fijarse en los detalles que a los demás se les escapaban precisamente porque a ella nunca se le habían dado gratis los que sí notaba su hermano sin esfuerzo.
En el centro del patio, sobre la tarima donde normalmente se anunciaban los ascensos, estaba la maestra Guildaria —la cabeza del Gremio, una mujer de sesenta y tantos años con manos tan cubiertas de cicatrices de horno que parecían llevar guantes de cuero curtido— y junto a ella, un hombre que Ilena no había visto nunca en Puerto Marfil.
No era alto. No era imponente en ningún sentido físico obvio. Vestía de gris oscuro, sin escudo ni blasón que Ilena reconociera, con una capa cuyo corte no encajaba del todo con la moda del continente que ella conocía —ni tan al norte, ni tan al sur, como si viniera de un lugar situado deliberadamente en ninguna parte concreta. Tenía el pelo canoso peinado hacia atrás con una pulcritud casi excesiva, y sonreía con la clase de sonrisa que uno aprende a poner, no la que le sale a uno solo.
Fue lo primero que Ilena notó de él, antes incluso de que hablara: que su sonrisa parecía ensayada. No falsa exactamente. Ensayada. Como si llevara mucho, mucho tiempo dando ese mismo discurso, en ese mismo tono, con esa misma sonrisa, en tantos gremios y tantos patios que ya no necesitaba pensar en cómo hacerlo.
—Aprendices de Puerto Marfil —dijo la maestra Guildaria, y su voz, entrenada durante décadas para llenar salones de horno, resonó sin esfuerzo entre los soportales—. Tenemos el honor de recibir a un comprador que ha viajado una distancia considerable para visitar nuestro Gremio. Escuchen lo que tiene que decir.
El hombre dio un paso al frente. Cuando habló, su voz era más suave de lo que Ilena esperaba, casi íntima, del tipo que obliga a callarse a un patio entero solo para poder oírla bien.
—Me disculpo de antemano —dijo— por interrumpir su jornada. Sé mejor que nadie lo que cuesta un párpado bien tallado.
Una risa pequeña, nerviosa, recorrió el patio. Ilena no rió. Notó, en cambio, que el hombre había dicho exactamente la palabra que la maestra Verel le había repetido a ella esa misma mañana, y se dijo a sí misma, con la parte metódica y terca de su cabeza que nunca se apagaba del todo, que probablemente era solo coincidencia. Un párpado mal tallado era, después de todo, el error más común de cualquier aprendiz de porcelana en cualquier gremio del continente.
Probablemente.
—Me llaman el Mercader —continuó el hombre—, porque es lo único que necesitan saber de mí para hacer negocios conmigo, y porque los nombres, en mi experiencia, tienden a estorbar más de lo que ayudan. Trabajo, si se le puede llamar así, para una colección real. No diré de qué reino, porque el reino en cuestión valora su intimidad tanto como valora la belleza, y ambas cosas van de la mano más a menudo de lo que la gente cree.
Hizo una pausa. Dejó que el silencio hiciera parte del trabajo por él.
—He venido a Puerto Marfil porque, en todo el continente conocido, no existe un gremio capaz de producir lo que esta colección requiere. Ustedes son, sencillamente, los mejores. Eso no es un halago, es un hecho comercial, y yo no pago por halagos.
—¿Y qué requiere la colección? —preguntó alguien desde el fondo del patio, un aprendiz de tercer año que Ilena reconoció vagamente.
El Mercader sonrió —esa misma sonrisa ensayada, paciente— y por primera vez metió la mano dentro de su capa.
Lo que sacó no era grande. Cabía entero en la palma de su mano, y aun así, cuando lo levantó para que todo el patio pudiera verlo, algo en el gesto hizo que hasta los más inquietos entre los aprendices más jóvenes se quedaran completamente quietos.
Era una muñeca de porcelana. Rota.
No rota de forma reciente, ni de manera accidental —la fractura, que le cruzaba el rostro desde la sien hasta la mandíbula, tenía los bordes suavizados, como si llevara así mucho, mucho tiempo, y alguien, en algún momento, hubiera decidido conservarla exactamente en ese estado en lugar de repararla.
—Belleza incompleta —dijo el Mercader, con una ternura extraña, casi paternal, que no encajaba con la frialdad del objeto que sostenía—. Eso es lo que colecciona mi patrón. No la perfección, que aburre, sino el instante justo antes o justo después de ella. La grieta. El párpado torcido. —Sus ojos, por una fracción de segundo, recorrieron el patio, y a Ilena le pareció, aunque después nunca pudo asegurarlo del todo, que se habían detenido en la mesa donde ella misma había estado corrigiendo un párpado esa misma mañana—. Ustedes, aquí, en este gremio, entienden esa clase de belleza mejor que nadie que haya visitado.
Guardó la muñeca rota de nuevo dentro de la capa, con el mismo cuidado con que un sacerdote guarda una reliquia.
—Pagaré, por cada pieza que mi patrón considere digna de la colección, una suma que la maestra Guildaria ya conoce y que, les aseguro, ningún comprador de este continente ha ofrecido jamás por el trabajo de un aprendiz. No busco piezas terminadas de sus maestros. Busco algo más difícil de encontrar y mucho más valioso: el talento sin pulir. Aprendices. Los mejores que este gremio pueda ofrecerme.
El patio entero pareció inclinarse hacia adelante, medio centímetro, sin que nadie se moviera en realidad.
—Pasaré la tarde recorriendo los talleres —terminó el Mercader—, con el permiso de la maestra Guildaria, por supuesto. No interrumpiré su trabajo más de lo necesario. Solo... miraré.
Y sonrió otra vez, la misma sonrisa de siempre, y a Ilena, por razones que no habría sabido explicar entonces ni mucho después, se le puso la piel de gallina bajo las mangas manchadas de esmalte.
No miró mucho, en realidad. O más bien: miró mucho, pero se detuvo poco.
Ilena lo observó recorrer el taller de tercer año desde la puerta, con la maestra Guildaria a su lado explicando el trabajo de cada mesa, y contó los segundos que el Mercader dedicaba a cada aprendiz. Tres. Cinco, como mucho. Una mirada, un asentimiento cortés, y seguía andando.
Hasta que llegó al taller de segundo año.
Hasta que llegó a la mesa junto a la ventana grande.
Ilena, que fingía seguir puliendo un contorno de mandíbula tres mesas más allá, vio cómo el paso del Mercader se hacía más lento sin llegar a detenerse del todo, como si su cuerpo hubiera decidido frenar antes de que él mismo se diera cuenta. Se detuvo frente al trabajo de Cato —el mismo rostro sin terminar, la niña de cuencas vacías con la comisura de la boca ya a punto de decir algo— durante mucho más de cinco segundos. Mucho más de diez.
—¿Puedo? —preguntó, y sin esperar respuesta, cogió el rostro de porcelana entre sus manos con un cuidado que a Ilena le pareció, de algún modo, más inquietante que si lo hubiera manejado con brusquedad.
Cato, a su lado, se enderezó en el taburete con la espalda muy recta, la mezcla exacta de orgullo y nervios que Ilena conocía de memoria desde que su hermano tenía seis años y le enseñaba sus primeros dibujos torpes de gatos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el Mercader, sin apartar la vista del rostro de porcelana.
—Cato, señor.
—Cato. —Lo repitió despacio, como si probara el sabor de la palabra—. ¿Cuántos años llevas en el gremio, Cato?
—Cinco. Empecé a los ocho.
—¿Y quién te enseñó a hacer esto? —El Mercader giró levemente el rostro sin terminar hacia la luz de la ventana, y la comisura de la boca pareció, por un instante, moverse—. Esta comisura no es técnica de gremio. Ningún maestro enseña a un aprendiz de trece años a insinuar una emoción en un rostro que todavía no tiene ojos. Eso no se enseña. Eso se tiene, o no se tiene.
Cato no respondió enseguida, y por primera vez desde que Ilena podía recordar, vio algo parecido a la incertidumbre cruzar la cara de su hermano.
—No lo sé, señor. Simplemente... lo veo antes de tallarlo. Sé cómo va a quedar la cara antes de empezar.
El Mercader bajó por fin la vista del rostro de porcelana hacia el chico que lo había hecho, y esa mirada, esa sí, duró mucho más de lo que había durado con nadie más en todo el gremio.
—Sí —dijo, en voz muy baja, casi para sí mismo—. Ya lo veo.
Devolvió el rostro sin terminar a la mesa con el mismo cuidado ceremonial de antes, se irguió, y se volvió hacia la maestra Guildaria con la sonrisa ensayada ya de vuelta en su sitio, como si nunca se hubiera ido.
—Maestra Guildaria. Creo que ya he encontrado lo que buscaba.
Ilena, tres mesas más allá, dejó de fingir que pulía nada.
Esa noche, en la habitación diminuta que compartían en el ala de los aprendices —dos camas, un baúl, una ventana que daba a un callejón que olía permanentemente a algas—, Cato no dejaba de hablar.
—Dijo que era el mejor talento que había visto en años. En años, Ilena. Y no solo en Puerto Marfil, dijo en todo el continente. La maestra Guildaria firmó los papeles esta misma tarde, ¿te lo puedes creer? Ni siquiera esperó a mañana.
Ilena estaba sentada en el borde de su cama, con las rodillas contra el pecho, mirando cómo su hermano sacaba del baúl las pocas cosas que pensaba llevarse —no muchas; según le habían dicho, todo lo necesario para el "taller privado" se lo proporcionarían allí—. Entre esas pocas cosas, sobre la manta gris de su cama, había dejado aparte un pequeño objeto envuelto en un trozo de tela.
—¿Qué es eso? —preguntó Ilena, aunque ya lo sabía. Llevaba diez años sabiéndolo.
Cato lo cogió y se lo tendió, como había hecho una docena de veces antes, cada vez que se iba a algún lado por más de un par de noches, como si fuera un ritual entre ellos que ninguno de los dos hubiera nombrado nunca en voz alta.
—Cuídamela mientras no estoy.
Ilena desenvolvió la tela lo suficiente para verla: una muñeca de porcelana pequeña, del tamaño de su mano, con el rostro partido en dos desde la sien hasta la mandíbula —una fractura casi idéntica, pensó de pronto con un escalofrío que no supo de dónde venía, a la que el Mercader había sacado de su capa esa misma mañana— pero pintada, a diferencia de aquella, con un cariño torpe y desigual que solo un niño de ocho años podría haber logrado. Cato la había hecho para ella cuando ambos eran mucho más pequeños, en sus primeras semanas en el gremio, antes de que nadie supiera todavía lo que sería capaz de hacer con las manos. Se le había roto al segundo día, cayéndose de la repisa de la ventana, y en lugar de tirarla o repararla del todo, Cato había insistido en pegarle solo lo justo para que no se deshiciera, dejando la grieta visible.
—Así es más bonita —le había dicho entonces, con ocho años y toda la seguridad del mundo—. Así se nota que la hice yo y no un maestro.
Ilena cerró los dedos alrededor de la muñequita rota.
—Vas a volver en unos días —dijo, y no era una pregunta.
—Claro que sí. —Cato sonrió, la misma sonrisa despreocupada de siempre, sin ningún rastro de la incertidumbre que Ilena había visto cruzar su cara esa tarde frente al Mercader—. Es solo un encargo especial. Tengo que darme prisa, dice el Mercader, pero volveré antes de que te des cuenta de que me fui.
—¿Por qué esta noche? ¿Por qué tanta prisa?
—El Mercader dijo algo sobre que el taller privado solo recibe aprendices nuevos en ciertas noches. Algo sobre la luna, no lo entendí del todo, la verdad. —Se encogió de hombros, terminó de atar el pequeño hatillo de sus pertenencias, y se lo cargó al hombro con la misma ligereza con la que habría cargado sus herramientas de tallar para un día cualquiera de trabajo—. ¿Me acompañas hasta el patio?
Ilena se guardó la muñequita rota en el bolsillo interior de su chaqueta, contra el pecho, y se levantó.
No dijo nada de lo que llevaba sintiendo desde el mediodía —ni la sonrisa ensayada, ni los cinco segundos que se habían convertido en veinte frente al trabajo de su hermano, ni la palabra "párpado" repetida como una coincidencia demasiado precisa para ser coincidencia. No tenía nada concreto que decir. Solo tenía la misma sensación metódica y terca que la ayudaba a corregir un párpado torcido antes de que nadie más lo notara: que algo, en algún lugar de todo esto, no encajaba del todo bien, y que ella era, quizás, la única persona en todo el gremio prestando la suficiente atención como para verlo.
El patio trasero del Gremio, el que daba directamente a la escalinata de servicio que bajaba hacia los niveles inferiores del edificio, estaba casi vacío cuando llegaron. Solo la maestra Guildaria, dos aprendices de mayor rango cargando el resto del equipaje, y el Mercader, de pie junto a una puerta de hierro que Ilena había visto cerrada toda su vida, con esa misma sonrisa paciente esperando bajo la niebla que no había parado de caer en todo el día.
—Cato —dijo, extendiendo una mano hacia la oscuridad más allá de la puerta, hacia los peldaños que descendían directamente al taller privado donde, según se decía en susurros entre los aprendices más jóvenes desde hacía años, se preparaban los encargos reales más exclusivos del Gremio—. Es hora.
Cato se volvió una última vez hacia Ilena. La niebla le difuminaba ya los bordes de la cara, como si el chico entero estuviera hecho de la misma porcelana sin terminar que llevaba tallando toda su vida.
—Cuídame la muñequita —dijo, sonriendo.
—Siempre lo hago —contestó Ilena.
Y observó, con los dedos cerrados con fuerza alrededor de la pequeña figura rota en el bolsillo de su chaqueta, cómo su hermano cruzaba la puerta de hierro del patio trasero del Gremio de Muñecas de Puerto Marfil, y empezaba a bajar los peldaños hacia la oscuridad, hacia el taller privado, hacia la colección real, hacia el Mercader que lo seguía sin hacer ningún ruido sobre la piedra húmeda.
La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido metálico, seco, definitivo.
Ilena se quedó allí mucho después de que la maestra Guildaria y los demás se hubieran retirado hacia el calor de los talleres, mirando la puerta de hierro que se había tragado a su hermano, hasta que el frío del patio le caló los huesos y la única prueba que le quedó de que aquella tarde había sucedido en realidad fue el peso pequeño y familiar de una muñeca rota, apretada contra su pecho.








