SCORE: El Brote
Capítulo 1 — El primer día
Nueva York todavía estaba despierta.
A las nueve y diecisiete de la noche, las calles seguían llenas de personas que regresaban del trabajo, turistas que caminaban sin prisa y grupos de jóvenes que buscaban algún lugar donde comer antes de volver a casa. Los taxis avanzaban lentamente entre el tráfico y las luces de los edificios se reflejaban sobre el pavimento húmedo.
Era una noche normal de 2012.
Nadie miraba el cielo esperando una señal.
Nadie pensaba que aquella noche sería recordada durante décadas.
En un restaurante pequeño de Manhattan, cerca de una de las avenidas más transitadas, los camareros iban de una mesa a otra cargando platos. El aire olía a carne recién preparada, pan caliente y café.
Un hombre de unos cuarenta años estaba sentado solo.
Había llegado hacía poco.
Frente a él descansaba un plato con carne y pan.
No parecía enfermo.
No parecía diferente a las demás personas del restaurante.
Simplemente estaba cansado.
Tomó un pedazo de pan, lo llevó a la boca y continuó comiendo.
Afuera, algo comenzaba a cambiar.
Un policía caminaba rápidamente entre la gente reunida frente al restaurante. Había recibido varias llamadas sobre una pelea en la calle, pero ninguna de las personas que le hablaban conseguía explicar exactamente qué había ocurrido.
—¡Se volvió loco! —gritó una mujer.
—¡Atacó a un hombre!
—¡No estaba borracho!
El policía levantó una mano.
—Tranquilos. Retrocedan.
Intentaba mantener la calma, aunque tampoco entendía qué estaba pasando.
Entonces escuchó un golpe proveniente del interior.
Se giró hacia las puertas del restaurante.
Durante unos segundos nadie salió.
Después apareció un camarero corriendo.
Tenía la cara completamente pálida.
—¡Policía!
El agente se acercó.
—¿Qué pasó?
El hombre intentó responder, pero respiraba demasiado rápido.
—Hay... hay alguien atacando a la gente.
El policía miró hacia el interior.
—¿Está armado?
—No.
—Entonces dígame qué está pasando.
El camarero abrió la boca.
Antes de poder responder, un grito atravesó el restaurante.
El policía entró.
Y entonces lo vio.
El hombre que había estado comiendo unos minutos antes estaba de pie junto a una mesa.
Había sangre en su camisa.
Una mujer estaba en el suelo.
Varias personas retrocedían contra las paredes.
El hombre levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban enrojecidos.
Demasiado.
El policía llevó una mano hacia su arma.
—Señor, aléjese de ella.
El hombre no respondió.
Solo respiró.
Una respiración pesada y desigual.
—Señor.
El hombre dio un paso.
El policía retrocedió.
—No se acerque.
Otro paso.
Entonces se lanzó hacia adelante.
El disparo resonó dentro del restaurante.
La gente gritó.
Alguien rompió una ventana intentando escapar.
En menos de un minuto, Nueva York comenzó a recibir llamadas de emergencia.
Todavía nadie sabía que aquello no era una pelea.
Todavía nadie sabía que aquella era la primera página de una historia que terminaría cubriendo todo el país.
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Veinticuatro horas después...
La Universidad de Nueva York parecía abandonada.
No completamente.
Pero lo suficiente para que algo se sintiera mal.
Los edificios seguían allí. Las ventanas seguían intactas en muchos lugares. Los carteles de las facultades continuaban colgados en las paredes y algunas máquinas expendedoras todavía funcionaban.
Sin embargo, casi no había estudiantes.
Los pasillos estaban llenos de mochilas abandonadas, papeles pisados y teléfonos móviles que nadie había vuelto a recoger.
Marín permanecía junto a una ventana del segundo piso.
Tenía veintidós años y llevaba varias horas sin dormir.
Miraba hacia la calle.
No sabía cuántas veces había observado el mismo lugar.
A la distancia se escuchaba una sirena.
Después otra.
Luego silencio.
—¿Sigues ahí?
Marín no respondió inmediatamente.
—Sí.
La voz pertenecía a Valeria, una de sus amigas. Estaba sentada sobre una mesa, abrazando su mochila contra el pecho.
—Llevas como veinte minutos mirando por esa ventana.
—Estoy pensando.
—Eso haces demasiado.
Valeria intentó sonreír.
No le salió.
En la habitación había otros cuatro jóvenes.
Lucía estaba revisando su teléfono por quinta vez aunque ya no tenía señal.
Camila había colocado varias botellas de agua sobre una mesa y trataba de contarlas.
Daniel estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una pared.
Y Sofía permanecía cerca de la puerta, escuchando.
Los seis eran amigos.
Hasta el día anterior, sus preocupaciones habían sido exámenes, trabajos universitarios, dinero, relaciones y decidir dónde comer después de clases.
Ahora estaban encerrados en una habitación de la universidad.
Y ninguno sabía qué estaba pasando.
—Tenemos que irnos —dijo Daniel.
Marín finalmente se apartó de la ventana.
—¿A dónde?
—A nuestras casas.
—¿Y cómo?
Daniel señaló hacia la calle.
—Caminando.
Marín miró por la ventana otra vez.
Había algunos vehículos detenidos.
Uno estaba atravesado en medio de la avenida.
Otro tenía una de las puertas abiertas.
No se veía al conductor.
—No sabemos qué hay afuera.
—Tampoco sabemos qué habrá aquí dentro dentro de unas horas.
La frase dejó a todos en silencio.
Camila levantó la mirada.
—Mi mamá me llamó ayer.
—¿Y?
—Me dijo que no saliera.
—¿Está bien?
Camila tardó en responder.
—No lo sé.
Aquella vez nadie intentó hacer una broma.
Un golpe sonó en el pasillo.
Todos se quedaron quietos.
Otro golpe.
Más fuerte.
Daniel se puso de pie.
Marín levantó una mano.
—Esperen.
El sonido volvió a escucharse.
Golpe.
Golpe.
Golpe.
Alguien estaba intentando abrir una puerta.
Sofía se acercó lentamente.
—¿Y si es alguien que necesita ayuda?
Marín negó con la cabeza.
—No abras.
—Pero podría estar herido.
—No sabemos quién es.
El golpe cesó.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces escucharon pasos alejándose.
Todos soltaron el aire casi al mismo tiempo.
Marín se pasó una mano por el rostro.
—Nos vamos esta noche.
Daniel lo miró.
—¿Estás seguro?
—No.
Marín observó a sus amigos.
—Pero quedarnos aquí tampoco parece una buena idea.
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A varios kilómetros de allí, un hombre caminaba por una calle vacía.
Llevaba un rifle sujeto contra el pecho.
Era alto.
Tenía el cabello largo, canoso, y una cicatriz que atravesaba parte de su rostro.
Su nombre era Anderson.
Tenía treinta y ocho años.
Había pasado gran parte de su vida aprendiendo a sobrevivir en lugares donde otros hombres no duraban demasiado.
Aquella noche no llevaba uniforme.
Tampoco llevaba insignias.
Solo ropa oscura, una mochila y el rifle.
Avanzaba despacio.
No porque tuviera miedo.
Porque sabía que correr sin necesidad era una buena manera de cometer errores.
Se detuvo junto a un automóvil abandonado.
Miró el interior.
Nada.
Continuó.
A su alrededor, Nueva York comenzaba a perder su sonido habitual.
Ya no había tráfico constante.
Ya no había conversaciones.
Ya no había música saliendo de los restaurantes.
Solo alarmas lejanas, sirenas y el ruido ocasional de algo golpeando contra una puerta.
Anderson miró un edificio al otro lado de la calle.
Había varias ventanas rotas.
En una de ellas alguien había escrito con pintura:
NO ENTREN.
Anderson observó las palabras durante unos segundos.
Después siguió caminando.
No sabía todavía quién había escrito aquello.
Pero sabía una cosa.
Alguien había entendido antes que los demás que aquello no era una simple emergencia.
Escuchó un ruido detrás de él.
Se detuvo.
Lentamente giró la cabeza.
Una figura estaba al final de la calle.
Era un hombre.
Caminaba de una manera extraña.
Anderson no levantó inmediatamente el rifle.
Esperó.
El hombre dio otro paso.
Su rostro estaba cubierto de sangre.
Anderson entrecerró los ojos.
—No...
El hombre levantó la cabeza.
Y comenzó a correr.
Anderson retrocedió un paso.
Entonces comprendió que las personas que habían atacado a otras durante las últimas veinticuatro horas no estaban simplemente enfermas.
Algo había cambiado dentro de ellas.
El hombre se lanzó hacia él.
Anderson levantó el rifle.
El disparo rompió el silencio de la calle.
Y por primera vez desde que había comenzado el brote, Anderson comprendió que aquella ciudad ya no pertenecía a los vivos.








