El último ciclo
El zumbido de 50 Hz penetraba el suelo de hormigón con una vibración imperceptible pero constante, de esas que no se escuchan con los oídos, sino que se sienten con la planta de los pies. En el laboratorio de alta tensión de la facultad, el olor era muy familiar: una mezcla rancia de aceite dieléctrico tibio, polvo acumulado sobre las aletas de los radiadores y ese olor penetrante, casi metálico, que deja el ozono cuando el aire empieza a ionizarse en presencia de alto voltaje. Afuera, el atardecer cordobés en febrero caía sobre el campus con ese calor tibio que presagia el final del verano.
Detrás de la rejilla de protección, Alexander ajustó la calibración del multímetro y miró a su compañero de tesis, que lidiaba con la planilla de registros sobre el escritorio.
—Si esta prueba sale limpia, te juro que apenas terminemos me voy volando a casa para llegar a ver el partido de Boca contra esos peruanos, confío en que le damos vuelta— comentó su amigo con una expresión claramente aburrida pero algo preocupada por el papelón al que podría exponerse el club del cual era hincha confeso.
Alexander dejó escapar una sonrisa corta.
—No festejés antes de tiempo. Si el relé no corta en el tiempo justo, el profesor nos hará revisar las curvas de armónicos desde cero y nos quedaremos acá hasta el fin de semana.
No era una exageración. Habían pasado casi ocho meses armando ese prototipo, sorteando los tropiezos habituales de la carrera. Para Alexander, recibirse de ingeniero en Argentina a veces se sentía como correr una maratón con pesas en los tobillos. Para conseguir el integrado de precisión que necesitaban, el grupo había tenido que esperar cuatro meses de trámites absurdos, lidiar con presupuestos universitarios que la inflación devoraba de un mes a otro y rezar para que el paquete no quedara “extraviado” por parte de los delincuentes de la aduana.
Incluso cuando miraba las noticias del exterior, la perspectiva no parecía mucho mejor. Europa, y en especial Alemania —la tierra de sus bisabuelos y el histórico motor industrial del continente— llevaba casi una década sumida en un estancamiento exasperante. Había seguido con atención la evolución del país durante los últimos años y, desde su perspectiva, muchos de sus problemas parecían innecesariamente autoinfligidos: el error garrafal con el cierre de sus centrales nucleares, una transición energética, guiada por eslóganes políticos más que por una estrategia seria, que encareció la energía a niveles insostenibles para la industria nacional, una burocracia especializada en regular más que en permitir innovar y una pérdida paulatina pero constante de su competitividad tecnológica frente a los países asiáticos. El gigante que alguna vez enseñó al mundo cómo moldear el acero y la química parecía haberse momificado. Para él las cosas eran más simples: un país no crecía en base a eslóganes políticos, sino con infraestructura, reglas de juego claras para que el sector privado produjera y un Estado que garantizara servicios básicos sin entorpecer el mérito de quienes querían innovar.
—Qué diferencia abismal— pensaba a menudo Alexander mientras leía libros de historia militar en sus ratos libres, con aquella Alemania de la Belle Époque. La época del Gründerzeit, cuando el Imperio recién unificado estallaba en audacia científica, levantando complejos químicos sin parangón, tendiendo redes ferroviarias a una velocidad vertiginosa y construyendo una flota en tiempo récord que osó mirar de tú a tú a los británicos en el mar.
Sin embargo, Alexander no era un nostálgico ciego. Sabía exactamente cómo había terminado aquella historia. Para él, el esplendor del Segundo Reich no colapsó en noviembre de 1918 únicamente por la superioridad numérica de sus enemigos, sino por los fatales cuellos de botella de su propia estructura: la dependencia crítica de las materias primas importadas, una logística rígida y una doctrina naval que, pese a la brillantez técnica de sus buques, jamás logró romper el estrangulamiento económico del bloqueo naval británico. Y de aquellas cenizas surgirían las semillas del odio que germinarían en la locura y la aniquilación total de 1945.
Aunque le rechinaban los dientes por los errores no forzados que condujeron a dicha situación, Alexander admiraba aún más la resiliencia de los alemanes, capaces de realizar un milagro económico tras cada derrota hasta convertirse, en ambas ocasiones, en la mayor economía de Europa.
En cierta medida, ese contraste había moldeado su carácter. Tras perder a sus padres unos años atrás, cuando apenas empezaba la carrera, Alexander había volcado toda su disciplina en la facultad. Su introversión no lo convertía en un tipo huraño; tenía un par de amigos cercanos con los que compartía el café de madrugada y los chistes del día a día, pero sus pasiones reales lo mantenían en silencio. En su tiempo libre, le gustaba pasar la noche frente a la pantalla, fascinado por la logística industrial, la historia militar y los videojuegos de gran estrategia o de combate naval. Fue en esos entornos digitales donde nació su devoción por los grandes cañones que simbolizaban los acorazados, no por una fascinación bélica simplista, sino por lo que representaban: la manifestación definitiva de la capacidad metalúrgica, energética y económica de una nación.
—Atención en la celda. Subimos a treinta y tres kilovoltios— avisó el profesor desde la consola principal, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos.
Alexander dio un paso atrás, respetando la franja de seguridad demarcada en el suelo. Las normativas de seguridad se habían cumplido sin saltarse un solo paso: corte visible, enclavamiento, verificación y puesta a tierra.
La perilla de la rampa de tensión comenzó a girar. En el panel analógico, la aguja marcó diez, veinte, treinta kilovoltios...
Un chasquido seco y sordo quebró el silencio del recinto.
No hubo tiempo para que actuaran las protecciones ni para que saltaran los interruptores de la celda. Una microfisura no detectada en el aislador de porcelana del tablero, combinada con un pico transitorio en la red externa, que llevaba buen tiempo sin recibir un mantenimiento adecuado, redujo la rigidez del dieléctrico a casi cero en una fracción de milisegundo.
El aire ionizado se convirtió en un conductor casi perfecto y la corriente acumulada se liberó en un arco eléctrico violento. Un destello incandescente de plasma superó los 15 000 °C en el centro del espacio, más del doble de la temperatura en la superficie del sol.
Alexander no sintió dolor. La retina quedó cegada por la luz antes de que la señal del miedo llegara al cerebro, y la onda de presión anuló cualquier sonido o sensación motora en un instante.
En ese último chispazo de conciencia, sofocado por la luz blanca que lo envolvía todo, su mente no formuló una frase compleja. Solo hubo un pensamiento interno cargado de su ironía habitual:
«Qué manera más pelotuda de ir a visitar a mi Creador...»
Y de golpe, el zumbido de los 50 Hz se apagó. La luz desapareció y la oscuridad llenó el ambiente del laboratorio.








