Todas Las Veces Que Amé by Agussss at Inkitt
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Todas Las Veces Que Amé

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Summary

Aiden todavía no sabía que enamorarse podía cambiarlo todo. Aiden tiene una vida bastante normal: una escuela llena de tareas, profesores que parecen tener algo en su contra, tardes con sus mejores amigos Louis y Katie, bromas, discusiones y una familia que siempre está presente. Hasta que aparece Caroline. Ella tiene el cabello negro, usa lentes y parece ser completamente diferente a él. Al principio, Aiden solo quiere conocerla. Después quiere pasar más tiempo con ella. Y, sin darse cuenta, empieza a sentir algo que nunca había sentido antes. Pero ¿cómo se supone que uno sabe qué hacer cuando es la primera vez que se enamora? Entre recreos, mensajes a escondidas, tardes en el parque, pijamadas, risas, secretos, malentendidos y momentos que parecen pequeños pero terminan significándolo todo, Aiden descubrirá que crecer no consiste solamente en cumplir años. También significa aprender a querer. Esta es la historia de un chico de trece años, su primer amor y las personas que estuvieron a su lado cuando todo comenzó. Porque Caroline será la primera. Pero definitivamente no será la última. Todas las Veces que Amé Diez historias. Un solo corazón. Y una vida entera por delante.

Genre
Romance
Author
Agussss
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1 — Un martes cualquiera

El despertador sonó tres veces antes de que yo hiciera algo al respecto. No porque no lo escuchara — lo escuchaba perfectamente, era imposible no hacerlo con ese pitido que sonaba menos a alarma y más a que alguien estaba torturando a un microondas — sino porque había desarrollado, a lo largo de doce años de escuela, una teoría personal: si posponés la alarma con los ojos cerrados, técnicamente todavía estás durmiendo. No sé si eso tiene alguna base científica. Katie dice que no. Katie dice muchas cosas.

A la cuarta vez me rendí, más que nada porque escuché a mi hermana golpeando la pared que compartíamos —tres golpes secos, su código personal para “apagá esa cosa o la apago yo”— y decidí que valoraba más mi puerta cerrada que otros cinco minutos de sueño fantasma.

Noviembre en Brookfield tiene esa luz particular, gris pero no triste, como si el cielo estuviera pensando en ponerse serio pero todavía no se hubiera decidido. Me quedé un segundo sentado en el borde de la cama, mirando la guitarra apoyada contra la pared —la misma que llevaba ahí desde que volví de tocar la noche anterior, sin guardarla en la funda, algo que mi mamá me repite que no haga porque “se puede rayar”, como si yo no supiera que ya tiene como quince rayones y ninguno me importó nunca— y agarré el celular para ver la hora.

7:12. Tarde, pero no una tragedia todavía.

Bajé las escaleras con el pelo hecho un desastre y la mochila colgando de un solo hombro, y me encontré con la escena de siempre: mi papá con la corbata a medio hacer y el diario en la mano —sí, el diario de papel, algo que se negaba a abandonar aunque tuviera el celular ahí mismo—, mi mamá sirviendo café con la otra mano ocupada en atarse el pelo para el turno, y Zoe con los auriculares puestos, comiendo cereal como si estuviera en una película donde nadie más existía.

—Buenos días —dije, a nadie en particular.

—Hay pan tostado si llegás antes de que se enfríe —contestó mi mamá, sin darse vuelta, con esa habilidad que tiene de estar en cuatro conversaciones al mismo tiempo sin perder ninguna.

Mi papá bajó el diario lo suficiente como para mirarme por encima.

—¿Turno en lo de Gary este sábado?

—Sí.

—Bien. —Una pausa que yo ya conocía, la pausa antes de la frase que en realidad quería decir—. ¿Averiguaste algo más sobre las fechas de inscripción? Para lo de administración de empresas, en la estatal.

Ahí estaba. Ni siquiera había terminado de sentarme.

—Todavía no —dije, tratando de que sonara casual, como si estuviera hablando del clima y no de un tema que llevaba semanas rondando la mesa del desayuno como un fantasma con muy mala educación.

—Las fechas se cierran rápido, Aiden. No es por presionarte, pero...

—Ya sé, papá.

No lo dije con mala onda. O bueno, tal vez un poco. Pero mi papá no es un tipo horrible ni nada parecido —es contador, es de los que hacen planillas para las vacaciones familiares con anticipación de meses, es de los que cree que si algo no está en un papel con fecha y hora, no existe. Y a su manera, cuando insiste con lo de administración de empresas, no está tratando de arruinarme la vida. Está tratando de que no termine viviendo en su sótano a los treinta, como el primo Kevin, que es la referencia que usa cada vez que quiere ilustrar lo que le preocupa sin decirlo directamente.

El problema es que cada vez que él dice “las fechas se cierran rápido”, en mi cabeza hay otra fecha límite completamente distinta, una que tiene que ver con un conservatorio a seis horas de acá y una carpeta de audición que llevaba abierta en mi computadora desde hacía tres semanas sin tocarla, como si no tocarla fuera a hacer que dejara de existir.

No dije nada de eso. Comí el pan tostado, ya un poco frío, y salí antes de que la conversación pudiera seguir un segundo round.

—¡Aiden! —gritó Zoe desde la puerta, sacándose un auricular—. Louis te dejó como quince mensajes de audio, escuché sin querer porque tu celular estaba en la mesada.

—Eso se llama espiar, Zoe.

—Se llama que gritás demasiado fuerte para tener el celular en modo silencio. —Se encogió de hombros con esa superioridad moral que solo puede tener alguien de catorce años—. Decile que deje de mandarme audios a mí también, no soy tu secretaria.

Miré el celular recién en la vereda, caminando hacia la escuela, con el frío de noviembre metiéndose por el cuello de la campera que todavía no había decidido si era suficiente abrigo o no. Louis, efectivamente, me había mandado catorce audios. El asunto general, deduje escuchando fragmentos sin orden particular, era una teoría sobre por qué el entrenador Okafor lo había puesto de suplente en la práctica del lunes, teoría que involucraba una conspiración, un malentendido con otro compañero y, en algún punto que no llegué a entender del todo, un sándwich.

Katie me escribió un solo mensaje, mucho más eficiente:

Katie: buen día. Louis está insoportable, andate preparando

Katie: también necesito hablar con vos de algo pero no ahora

Me quedé mirando ese segundo mensaje más tiempo del que hacía falta. Katie no era de las que decían “necesito hablar con vos” por cualquier cosa. Katie decía “che, ¿tenés un minuto?” para las cosas normales. “Necesito hablar con vos de algo” era una categoría completamente distinta, una que activaba una alarma silenciosa en algún lugar de mi cerebro.

Le contesté con un simple “dale, avisame cuando” y guardé el celular, decidiendo, con la sabiduría de quien elige ignorar un problema durante al menos las próximas seis horas, que ya me preocuparía por eso después.

La Secundaria Brookfield, vista desde afuera a las 7:40 de la mañana, tenía la energía particular de un lugar donde doscientas personas caminaban rápido sin ganas reales de llegar a ningún lado. Louis me estaba esperando en la escalinata de siempre, con la mochila tirada de cualquier manera y el pelo mojado porque, según él, “las duchas frías activan el sistema nervioso”, una frase que le había escuchado usar también para justificar por qué no estudiaba para los exámenes con anticipación.

—Aiden. Aiden, escuchame. Escuchame esto. —Ni siquiera me saludó, directo al grano, con las manos ya moviéndose como si estuviera dibujando el argumento en el aire—. Okafor me puso de suplente. A MÍ. El sábado atajé todo, TODO, y ayer me pone de suplente detrás de Marcus.

—¿El Marcus de...?

—Sí, ESE Marcus. —Louis dijo el nombre como si fuera una mala palabra—. Y no tiene sentido, salvo que —bajó la voz, mirando alrededor como si estuviéramos en una película de espías— salvo que el papá de Marcus haya hablado con el director de nuevo, como el año pasado con lo del uniforme.

—¿Vos creés en serio que hay una conspiración del papá de Marcus para que vos seas suplente en la práctica del lunes?

—No sé qué creer, Aiden. Ya no sé qué creer. —Suspiró, dramático, y después, sin transición alguna, cambió completamente de tema—: ¿Trajiste algo de comer? Tengo un hambre que no es normal.

Ese era Louis. Podía pasar de una teoría conspirativa a preguntarte por un sándwich en la misma respiración, sin que ninguna de las dos cosas le pareciera menos urgente que la otra.

Katie llegó dos minutos después, con el pelo recogido de forma práctica y una carpeta apretada contra el pecho de una manera que, ahora que lo pienso, ya debería haberme dado una pista de que algo pasaba. Pero en ese momento no pensé en nada de eso. Solo la vi llegar y le dije:

—Louis cree que hay una conspiración del papá de Marcus.

—Buenos días a vos también —dijo Katie, sin mirarme, ya caminando hacia la entrada—. Y no, Louis, no hay una conspiración. Vi la lista. Marcus corrió mejor tiempo en las pruebas de resistencia. Es matemática, no política.

—Eso es exactamente lo que alguien metido en la conspiración diría.

—Louis.

—Está bien, está bien. Pero si en algún momento se descubre la verdad, yo ya lo dije acá, con testigos.

Entramos juntos, como todos los días, sumándonos al río de gente que se movía por los pasillos con la misma coreografía de siempre: casilleros que se abrían de golpe, alguien gritando el nombre de alguien más desde el otro lado del pasillo, el olor a café malo de la cafetería mezclándose con el olor a productos de limpieza industrial que nunca terminaba de irse del todo.

En algún punto de ese caos, Louis se despegó del grupo para ir a buscar algo a su casillero —“algo” que resultó ser, según nos contó después, una bolsa entera de papas fritas que había escondido ahí el viernes anterior “por si acaso”— y Katie y yo quedamos caminando solos un tramo.

—¿Vas a contarme lo de “necesito hablar con vos” o me vas a hacer sufrir todo el día?

Katie me miró de reojo, con esa expresión que tenía cuando estaba calculando algo.

—Todavía no. Después de clase.

—Katie.

—Aiden. —Copió mi tono exactamente, con una ceja levantada—. No es nada malo. O bueno. No sé si es malo. Es grande. Necesito pensarlo bien antes de decírtelo, y necesito que estemos Louis y vos juntos, no separado, porque no quiero contarlo dos veces.

—Eso no me tranquiliza para nada.

—No estaba tratando de tranquilizarte.

Sonrió, apenas, de esa forma en que sonreía cuando sabía algo que yo no sabía y le divertía un poco tenerme en ascuas, y no insistí más porque ya conocía a Katie lo suficiente como para saber que insistir no servía de nada. Cuando Katie decidía el momento de decir algo, lo decía en ese momento y ni un segundo antes.

Tercera hora, Literatura, con la profesora Whitfield. Si hay una clase en la que uno esperaría que nada interesante pasara un martes de noviembre cualquiera, es esa. Whitfield era de las profesoras que exigían silencio real, no silencio de “bajen la voz”, y llevaba el curso con una disciplina que en marzo parecía insoportable y que para noviembre uno ya había aprendido a respetar, incluso a agradecer un poco.

Estábamos en medio de una explicación sobre estructura narrativa —algo que, para ser honesto, escuchaba a medias, más ocupado en dibujar acordes en el margen de mi cuaderno que en prestar atención real— cuando la puerta se abrió y entró alguien con una nota de la dirección.

—Perdón por la interrupción —dijo la persona, entregándole el papel a Whitfield.

Era Caroline Hale. La conocía, en el sentido en que uno “conoce” a alguien con quien compartió clases desde hace años sin haber tenido nunca una conversación real: sabía su nombre, sabía que usaba lentes de marco fino que se acomodaba todo el tiempo, sabía que era la editora de fotografía del periódico escolar porque su nombre aparecía siempre en letra chica al pie de las fotos, y sabía, vagamente, que había salido con Marcus el año anterior, aunque no tenía ni idea de los detalles y tampoco me importaban demasiado.

Whitfield leyó la nota, frunció el ceño de esa manera que usaba para procesar información antes de reaccionar, y después miró hacia el curso.

—Parece que el periódico necesita gente para la nota sobre el evento de invierno y está corto de manos. Marsh, Sullivan, ¿alguno de los dos tiene tercera hora libre mañana?

Katie levantó la mano casi automáticamente —tenía sentido, ella ya colaboraba con el periódico de vez en cuando— y yo, sin saber muy bien por qué, la levanté también, medio segundo tarde, como si mi mano hubiera decidido algo antes que mi cerebro.

—Bien. Entonces mañana en horario de tercera se presentan en la sala de redacción. Hale, decile a la profesora Reyes que van dos personas, no una.

—Perfecto, gracias. —Caroline asintió, y justo antes de darse vuelta para irse, su mirada pasó por el curso y se cruzó, por una fracción de segundo, con la mía.

No fue nada. Fue literalmente nada: un cruce de ojos de menos de un segundo, del tipo que pasa cien veces por día entre cualquier par de personas que comparten un espacio. Pero por alguna razón que no me tomé el trabajo de analizar en ese momento, sentí la necesidad estúpida de mirar para otro lado como si me hubieran agarrado haciendo algo.

Katie, sentada dos bancos más allá, me lanzó una mirada que no dije nada pero que claramente decía “te vi”.

— CAROLINE —

(Antes, esa misma mañana.)

El despertador de Caroline sonaba una sola vez. Lo apagaba antes de que terminara el primer timbre, no porque tuviera algún poder sobrehumano sobre el sueño, sino porque hacía años había decidido que posponer la alarma era, en el fondo, discutir con una versión de una misma que ya sabía que iba a perder esa discusión. Mejor no empezar el día perdiendo nada.

Lo primero que hacía, todas las mañanas, sin excepción, era abrir las cortinas de su ventana y sacar una foto. No una foto cualquiera —una foto exactamente del mismo encuadre, el techo de tejas grises de la casa de los vecinos y, más allá, la copa de un roble que en otoño se ponía naranja y en invierno se quedaba pelado y negro contra el cielo. Llevaba haciéndolo desde hacía casi dos años, desde que su abuelo le regaló la cámara analógica que ahora guardaba con más cuidado del que le tenía a casi cualquier otra cosa que poseyera. Todavía no sabía bien para qué servía esa colección de fotos casi idénticas del mismo árbol en distintas estaciones. Pero le gustaba la idea de que existiera, en algún cajón, una prueba exacta de cómo había cambiado el tiempo sin que ella hiciera nada más que estar ahí, mirando.

Bajó a desayunar ya vestida, con el pelo recogido en una trenza floja, y encontró a sus padres en la cocina en esa coreografía silenciosa que tenían desde siempre: su papá revisando planos en la tablet mientras tomaba café, su mamá preparando avena con una precisión casi química, midiendo la canela con una cucharita en vez de calcularla a ojo.

—Buen día —dijo Caroline, sirviéndose jugo.

—Buen día, cariño. —Su mamá le sonrió, ese tipo de sonrisa temprana que todavía no tenía toda la energía del día pero que era real igual—. ¿Tenés que quedarte hasta tarde hoy por lo del periódico?

—No debería. Reyes dijo que solo necesita gente para repartir un par de notas y coordinar quién escribe qué para la edición de invierno.

Su papá levantó la vista de la tablet, brevemente, con esa expresión que Caroline conocía bien: la expresión de “tengo algo que decir pero voy a esperar el momento justo para decirlo, aunque el momento justo, para mí, sea prácticamente cualquier momento”.

—Hablando de plazos —dijo, como si no hubiera ninguna transición forzada ahí—, ¿ya armaste la lista de proyectos para el portafolio? La fecha de la muestra de admisión temprana de Arquitectura está más cerca de lo que parece.

—Todavía estoy eligiendo cuáles fotos incluir, papá.

—No te apures, eh, no es una presión. —Lo era, un poco, aunque Caroline sabía que su papá no lo decía con mala intención. Daniel Hale hablaba de plazos y portafolios de la misma manera en que hablaba de estructuras y cimientos: como si el mundo entero funcionara mejor con una base sólida y una fecha clara para cada cosa—. Solo digo que cuanto antes lo tengas armado, menos estrés después.

—Ya sé, papá.

—Daniel —intervino su mamá, sin levantar la vista de la olla, con un tono que llevaba veinte años de práctica en suavizar las cosas sin necesidad de decir mucho—, la chica todavía no terminó ni el desayuno.

Daniel levantó las manos, en gesto de rendición pacífica, y volvió a la tablet. Caroline le sonrió a su mamá, agradecida, y se llevó el resto del jugo de un trago antes de agarrar la mochila.

Susan Hale enseñaba arte en otra escuela, al otro lado de la ciudad, y era, de las dos figuras paternas, la que entendía sin que hiciera falta explicarlo por qué Caroline llevaba una cámara colgada del cuello incluso los días en que no tenía ninguna intención de usarla para nada específico. “Es sacar la foto lo que importa, no siempre lo que sale en la foto”, le había dicho una vez, años atrás, y Caroline todavía pensaba en esa frase más seguido de lo que hubiera admitido.

Encontró a Priya en su casillero de siempre, a mitad de pasillo, ya con el café que compraba todas las mañanas en la máquina del primer piso a pesar de que, según sus propias palabras, “sabe literalmente a cartón hervido, pero la cafeína es la cafeína”.

—Reyes me escribió como quince mensajes sobre lo de la nota del evento de invierno —dijo Priya a modo de saludo, sin sacar los ojos del espejito pegado adentro de la puerta del casillero mientras se acomodaba un aro—. Está en modo pánico total porque perdimos dos colaboradores este semestre y la edición especial se le viene encima.

—Ya sé, me pidió que reparta unas notas en un par de aulas para ver si consigue gente.

—Qué generosa, ofreciéndote de mensajera. —Priya cerró el casillero y empezaron a caminar juntas—. ¿Vas a ir vos también a escribir o solo repartís y te vas?

—Voy a ayudar, obvio. Es la edición de invierno, es la más importante del semestre.

—Es la más importante del semestre porque vos decidiste que es la más importante del semestre. El resto del periódico ya se fue mentalmente de vacaciones.

Caroline no pudo evitar sonreír, porque era exactamente el tipo de comentario que Priya hacía con toda la razón del mundo y sin ninguna intención real de que Caroline cambiara de actitud al respecto.

Fue en ese momento, doblando hacia el pasillo de Ciencias, que se cruzaron con Marcus, que venía en dirección contraria con un par de compañeros del equipo de fútbol americano, riéndose de algo que Caroline no llegó a escuchar. El cruce duró literalmente dos segundos —un asentimiento breve de él, uno igual de breve de ella, nada dramático, nada que un observador externo hubiera notado siquiera— pero Priya, que notaba absolutamente todo, le clavó la mirada apenas Marcus quedó atrás.

—¿Estás bien?

—Estoy perfectamente bien, Priya.

—No pregunté si estabas perfectamente bien. Pregunté si estabas bien.

—Es lo mismo.

—No es lo mismo y las dos lo sabemos, pero te dejo pasar por hoy porque tenemos trabajo. —Priya la empujó suavemente con el hombro, en un gesto más cariñoso que la frase que lo acompañaba, y no volvió a mencionar a Marcus en lo que quedaba del trayecto.

La sala de redacción del periódico estaba, como siempre a esa hora, en un estado de organizado desorden: la profesora Reyes con tres pestañas del navegador abiertas y una taza de café que ya no humeaba, dos notas escritas a mano sobre el escritorio con instrucciones apenas legibles.

—Hale, hacé un favor enorme. Llevá esta a la clase de Whitfield y esta otra a la de Delgado, tercera hora, y decíles que necesito gente para la nota del evento de invierno. Cualquiera con tercera hora libre mañana.

Caroline agarró las dos notas y salió, con Priya quedándose atrás para ayudar a maquetar una página, y llegó al aula de Whitfield justo cuando la clase estaba en medio de algo —podía escucharse la voz de la profesora explicando algo sobre estructura narrativa a través de la puerta entreabierta— y golpeó dos veces antes de entrar.

—Perdón por la interrupción —dijo, entregándole la nota.

No prestó demasiada atención al curso mientras Whitfield leía —estaba más concentrada en no interrumpir más de lo necesario— hasta que la profesora preguntó en voz alta quién tenía tercera hora libre al día siguiente, y dos manos se levantaron casi al mismo tiempo. Una era Katie Sullivan, a quien Caroline conocía bien del periódico, siempre confiable, siempre puntual con las entregas. La otra mano tardó un segundo más en subir, casi de mala gana, y pertenecía a un chico que Caroline reconoció vagamente —Aiden algo, pensó, del grupo de Katie— y que, hasta donde ella sabía, no era exactamente el tipo de persona que se ofrecía como voluntaria para escribir artículos de un periódico escolar.

—Bien. Entonces mañana en horario de tercera se presentan en la sala de redacción. Hale, decile a la profesora Reyes que van dos personas, no una.

—Perfecto, gracias.

Se dio vuelta para salir y, al pasar la mirada por el curso una última vez, sus ojos se cruzaron con los del chico de la mano tardía, durante lo que no debió ser más de medio segundo. Él miró para otro lado casi de inmediato, con una rapidez que a Caroline le pareció, de alguna forma que no se molestó en analizar del todo, un poco graciosa.

No pensó nada más al respecto mientras caminaba de vuelta —o eso se dijo a sí misma, al menos, con la misma seguridad práctica con la que se decía todas las cosas que prefería no examinar con demasiado detenimiento— y entregó la segunda nota en la clase de Delgado sin ningún incidente memorable.

—¿Conseguiste gente? —preguntó Reyes cuando volvió a la sala de redacción.

—Dos personas de la clase de Whitfield. Katie Sullivan y un compañero suyo.

—Perfecto, cualquier mano ayuda en este momento. —Reyes ya estaba mirando otra pestaña del navegador, la conversación prácticamente terminada antes de empezar.

Priya, sentada en su lugar de siempre frente a la computadora de maquetación, levantó la vista apenas el tiempo suficiente para captar algo en la expresión de Caroline que la propia Caroline ni siquiera sabía que estaba mostrando.

—¿Qué?

—Nada. —Priya volvió a la pantalla, con una sonrisita que no explicó y que Caroline decidió, sabiamente, no preguntar.

No le hice caso. O lo intenté.

—¿Por qué levantaste la mano? —me preguntó Louis en el recreo, cuando Katie le contó lo que había pasado con una sonrisa que a mí me pareció francamente excesiva para la situación—. Vos odiás escribir. El año pasado hiciste el trabajo de historia entero copiando y pegando cosas de internet con sinónimos cambiados.

—Eso era distinto, era sobre la Guerra de 1812, nadie puede escribir algo interesante sobre la Guerra de 1812.

—No respondiste la pregunta.

—No sé por qué levanté la mano, Louis. La levanté y ya.

—Ajá. —Louis intercambió una mirada con Katie que no me gustó nada—. Bueno. Como sea. ¿Alguno va a comer conmigo o me van a dejar solo con mis papas fritas robadas de mi propio casillero?

A Rosie’s íbamos casi todos los días después de clase, con la regularidad de un ritual religioso que nadie había decidido formalmente pero que todos respetábamos igual. Era un diner de esos que parecían no haber cambiado el menú, ni la decoración, ni probablemente el aceite de la freidora, desde algún momento indeterminado de los años noventa —manteles de cuadros rojos y blancos un poco desteñidos, un cartel de neón de la palabra OPEN que parpadeaba en la letra O como si tuviera un tic nervioso, y Rosie, la dueña, que en realidad se llamaba Denise pero que todos llamaban Rosie porque así se llamaba el local y a nadie se le ocurrió preguntar por qué no coincidían los nombres.

Nuestra mesa —la del fondo, junto a la ventana que daba al estacionamiento— llevaba siendo nuestra desde primer año, cuando Louis se peleó literalmente con otro grupo de séptimo grado por ese lugar específico (“es estratégico”, había argumentado entonces, “podés ver quién entra sin que te vean a vos”) y de alguna forma ganó la disputa, y desde entonces nadie más se sentaba ahí, como si Rosie’s tuviera un sistema de reservas tácito que solo nosotros conocíamos.

—Bueno —dijo Katie, apoyando el batido de vainilla en la mesa con una precisión casi ceremonial, después de que Louis terminara de contarle a la mesera, sin que nadie se lo pidiera, la teoría completa de la conspiración de Marcus—. Ahora sí. Lo que les quería contar.

Louis se enderezó de golpe, con la boca todavía medio llena de papas fritas.

—Al fin. Llevo todo el día en ascuas.

—Vos no sabías nada hasta hace diez segundos.

—Igual estaba en ascuas por otras cosas. Es un estado general.

Katie puso los ojos en blanco, pero respiró hondo, y por primera vez en el día la vi realmente nerviosa, algo raro en ella, que solía tener siempre la palabra exacta lista antes de que uno terminara de preguntar.

—Me llegó la aceptación anticipada. De la universidad, para periodismo. La de fuera del estado.

Se hizo un silencio de esos que duran mucho menos tiempo real del que parecen durar.

—Katie. —Fui yo el que habló primero, sin saber muy bien qué decir después de decir su nombre—. Eso es... Katie, eso es increíble.

—¿En serio? —Louis, en cambio, no dudó ni un segundo, y se levantó a medias de la mesa para abrazarla de costado, torpe, chocando el codo contra el salero—. ¡Katie! ¡Eso es buenísimo!

—Ya sé que es bueno. —Se rió, aliviada, dejándose abrazar aunque el abrazo casi tira su batido—. Por eso mismo no sabía cómo decirlo. Porque es bueno, pero también significa que en unos meses me voy a ir a seis horas de acá, y no sabía cómo decir “tengo una noticia genial” y “me voy a ir lejos” en la misma frase sin que sonara raro.

Louis se sentó de nuevo, más serio de repente de lo que yo lo había visto en mucho tiempo.

—No suena raro. Suena a vos. Vos siempre quisiste eso, Katie. Desde que hiciste ese trabajo del periódico en séptimo grado sobre la cafetería del colegio, ¿te acordás? Con el título exageradísimo.

—“La Crisis del Puré: Una Investigación” —recité, de memoria, porque era imposible olvidar ese título—. Todavía tengo la copia en algún lado.

—No la tenés.

—La tengo, Katie. La guardo por las dudas de que algún día seas famosa y necesite pruebas de que te conocí antes.

Eso la hizo reír de verdad, con la risa completa, no la risa contenida que había tenido hasta ese momento, y algo en el ambiente de la mesa se aflojó, como si el peso de la noticia se hubiera repartido entre los tres y ya nadie tuviera que cargarlo solo.

—Todavía no le dije a Caroline —agregó después, más bajo, casi para sí misma—. Somos compañeras en el periódico, se va a enterar en algún momento, pero quería decírselo primero a ustedes.

Ahí estaba ese nombre otra vez. Segunda vez en un día que normalmente no incluía ese nombre ni una sola vez.

—Hablando de Caroline —dijo Louis, con una sonrisa que no me gustó nada, el tipo de sonrisa que anunciaba problemas—, alguien levantó la mano hoy para ir a ayudar al periódico mañana, cuando ese alguien odia escribir con una pasión que solo he visto igualada por su odio a la Guerra de 1812.

—Ya hablamos de esto.

—No hablamos de nada, evadiste la pregunta con mucho estilo pero la evadiste igual.

—No hay nada que hablar, Louis. Katie levantó la mano primero, y a mí me pareció que estaba bien acompañarla.

—Ajá. —Katie, que hasta ese momento se había mantenido al margen con una expresión cuidadosamente neutral, dejó escapar la sonrisa que claramente venía conteniendo—. Qué generoso de tu parte.

—¿Por qué los dos me están mirando así?

—Así, ¿cómo? —preguntó Katie, con una inocencia que no le creí ni por un segundo.

—Así, como si supieran algo que yo no sé.

—No sabemos nada que vos no sepas —dijo Louis, robándose una papa frita del plato de Katie a pesar de tener las suyas propias todavía—. Solo nos parece gracioso que de repente te interese tanto el periódico escolar.

No contesté nada, porque en el fondo no tenía una respuesta que no sonara todavía más sospechosa que el silencio. La verdad era que ni yo mismo entendía del todo por qué había levantado la mano. No es que hubiera pensado conscientemente “quiero pasar tiempo con Caroline Hale” — eso hubiera sido, primero que nada, una idea completamente nueva que nunca antes había tenido, y segundo, ni siquiera la conocía lo suficiente como para que eso tuviera sentido. Solo había sido un impulso, algo automático, del mismo tipo que te hace decir “sí” antes de terminar de pensar la pregunta.

Cambié de tema, sin mucha sutileza, preguntándole a Louis sobre la práctica del lunes, y funcionó, en el sentido de que consiguió que Louis retomara la teoría de la conspiración con renovado entusiasmo durante los siguientes veinte minutos, mientras afuera el cielo de noviembre terminaba de decidirse por el gris definitivo y las luces del estacionamiento se encendían una por una.

Caminé a casa solo esa tarde, porque Katie tenía que ir a buscar a su hermano y Louis tenía práctica —de suplente, como no se cansó de recordarnos con dramatismo antes de irse— y en algún punto del camino, con las manos metidas en los bolsillos de la campera y el aliento formando nubecitas pequeñas en el aire frío, me encontré pensando en esa fracción de segundo en el aula de Whitfield. En nada en particular. Solo en el hecho de que había pasado, y en que, por alguna razón que todavía no me molestaba en analizar, la sala de redacción del periódico escolar de repente me parecía un lugar mucho más interesante de lo que me había parecido esa misma mañana.

No le di más vueltas de las necesarias. Al fin y al cabo, era solo un trabajo grupal para el periódico. Al día siguiente iba a ir, iba a escribir dos o tres párrafos sobre el evento de invierno, y esa iba a ser toda la historia.

Esa noche, después de la cena —una cena tranquila, sin más mención de fechas de inscripción, algo que le agradecí en silencio a mi mamá porque sospeché, sin pruebas, que había sido ella la que le pidió a mi papá que aflojara un poco por un día—, subí a mi cuarto con la excusa de “tarea” que nadie en mi familia se creyó del todo, y agarré la guitarra.

Había un acorde que llevaba dándome vueltas hacía como una semana, algo que no terminaba de encajar en ninguna canción específica pero que sonaba bien solo, como una frase suelta que todavía no encontraba la oración a la que pertenecía. Me senté en el piso, con la espalda contra la cama, y probé un par de progresiones, grabando fragmentos en el celular como hacía siempre, esa carpeta enorme de audios de treinta segundos que algún día, tal vez, se iban a convertir en canciones reales.

Zoe golpeó la puerta sin esperar respuesta, como hacía siempre, y se sentó en el borde de la cama con la confianza absoluta de quien sabe que nadie le va a decir que se vaya.

—¿Es nueva esa? —preguntó, señalando la guitarra con la cabeza.

—Más o menos. Todavía no tiene letra.

—Tocá algo, aunque sea sin letra.

Toqué el fragmento, ese que llevaba dándome vueltas, y Zoe escuchó con esa seriedad que solo mostraba cuando algo le importaba de verdad, sin el sarcasmo habitual de catorce años.

—Es lindo —dijo, cuando terminé—. Deberías tocarle eso a papá alguna vez. En serio.

—Sí, claro. Le encantaría, entre reunión y reunión de estudiar administración de empresas.

—No sabés si le encantaría o no, porque nunca se lo mostraste. —Se encogió de hombros, con esa lógica implacable que a veces tenía, la que la hacía parecer mayor de lo que era—. Solo digo.

No contesté nada, porque no tenía un buen argumento en contra, y Zoe, satisfecha con haber plantado la idea, se fue a su cuarto sin decir nada más, dejándome otra vez solo con la guitarra y ese acorde sin terminar.

El celular vibró un rato después. Louis, con un mensaje que era, sorprendentemente, coherente:

Louis: che mañana antes de que entres al periódico avisame como te fue, quiero saber todo

Louis: no por nada en particular

Louis: solo tengo curiosidad general sobre tu nuevo interés en el periodismo

Yo: cerrá el pico Louis

Louis: 🙂

Katie no escribió nada más esa noche, y no la culpé — imaginé que estaba ocupada procesando la propia noticia que había soltado esa tarde, la del futuro que de repente tenía una fecha y un lugar concretos, a seis horas de acá.

Apagué la luz más tarde de lo que debería, con el acorde sin terminar todavía dando vueltas en mi cabeza, mezclado, sin que se lo hubiera pedido, con el recuerdo tonto de dos segundos de contacto visual en medio de una clase de Literatura. Pensé, antes de quedarme dormido, que mañana tenía tercera hora libre. Que mañana iba a ir a la sala de redacción del periódico.

Y que, por alguna razón que todavía no me molestaba en examinar del todo, tenía ganas de que llegara rápido.

Eso pensé, al menos. No tenía forma de saber, esa noche de martes de noviembre, apenas semanas antes de las vacaciones más largas que el calendario escolar todavía no había llegado a mostrar, que me estaba equivocando por completo respecto a lo simple que iba a ser todo esto.

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1. CAPÍTULO 1 — Un martes cualquiera
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Lyzebelle: Marina and Brennan grew up as friends. She becomes the Boss. Nice love story. 💚💚👽

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Ruthless Lord

AlyKeller: I love this story about a girl hated by her father and sister because her mother died given birth to her. She is sent away to a farm from her life in a castle, where she learns how to survive, hunt, and fight. She is forced into an arranged marriage by her dad and king. Her life takes a change for t...

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Milky Treasures on a Healing Love

Ms. FunBun: The writer didn't rush the story, nor did they over do it. Every part of suspense, the emotional ups and downs. It all had me at the edge of my seat with a constant thought: "What would happen next?". Beautifully punctuated, great character development and amazing story altogether. I've never been s...

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Sweet Caroline

Clinton Foster: So far, I’ve only disliked one draft. It was the last one. It’s a lovely book.

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What We Never Healed

Debbie Tan: Easy to read and not too many suspense. A heart warming love story.

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Crowned in Blood: Fated to the enemy

Authorhelper: Your story sounds really interesting! As a beta reader and book editor, I love helping writers strengthen plot, pacing, character depth, and overall flow while keeping their unique voice. I’d genuinely be interested in reading more of this project.

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Fated to My Ex- Best Friend

Authorhelper: Your story sounds really interesting! As a beta reader and book editor, I love helping writers strengthen plot, pacing, character depth, and overall flow while keeping their unique voice. I’d genuinely be interested in reading more of this project.

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