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La Ciguapa

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Summary

Durante siglos, las lomas de República Dominicana han protegido un secreto que el mundo convirtió en leyenda. Lucas Rivera llega dispuesto a desmentirlo. Caona ha nacido para protegerlo. Sus mundos jamás debieron encontrarse, mucho menos enamorarse. Pero mientras una antigua verdad comienza a despertar entre las montañas, Lucas descubrirá que la Ciguapa no es solo una historia contada para asustar a quienes se aventuran en la noche. Y Caona descubrirá que hay fuerzas más peligrosas que romper las leyes de su pueblo. Amar a un humano podría ser una de ellas.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Sombras en las Lomas

Lucas Rivera llevaba tres noches esperando que una mujer con los pies al revés tuviera la cortesía de aparecer.

Hasta el momento, lo único que había conseguido era una picadura de mosquito debajo del ojo, dos horas de grabaciones de coquís y una fotografía borrosa de lo que probablemente era una jutía.

Probablemente.

Amplió la imagen en la pequeña pantalla de la cámara y soltó un suspiro.

—Trescientos kilómetros para esto.

El animal desapareció entre la maleza antes de que pudiera fotografiarlo de nuevo.

Lucas bajó la cámara y miró alrededor.

De noche, las lomas parecían distintas.

Durante el día había recorrido parte del sendero acompañado por un hombre del pueblo. Había marcado puntos de referencia, tomado coordenadas y colocado dos cámaras de movimiento. Nada extraordinario.

Pero cuando el sol desapareció detrás de las montañas, el bosque pareció cerrarse sobre sí mismo.

Los árboles se confundían unos con otros. Las raíces sobresalían de la tierra húmeda como dedos. El canto insistente de los insectos se mezclaba con el croar de las ranas y, más lejos, con el rumor constante de un río.

Lucas encendió la grabadora que llevaba enganchada al pecho.

—Veintitrés cuarenta y siete —dijo—. Humedad alta. Actividad nocturna considerable. Hasta ahora, ninguna evidencia de mujeres sobrenaturales caminando al revés.

Hizo una pausa.

—Sorprendentemente.

Sonrió y apagó la grabadora.

Precisamente por eso estaba allí.

Durante meses había recopilado testimonios de habitantes de distintas comunidades rurales. Las historias cambiaban dependiendo de quién las contara, pero ciertos detalles permanecían.

Mujeres de extraordinaria belleza.

Cabellos largos y oscuros.

Apariciones cerca de ríos y cañadas.

Hombres que las seguían y después eran incapaces de encontrar el camino de regreso.

Y, por supuesto, los pies.

Siempre los pies.

Vueltos hacia atrás.

Lucas había escuchado historias sobre Ciguapas desde niño. Como casi cualquier dominicano, conocía alguna versión. La diferencia era que ahora tenía una formación científica suficiente para hacerse una pregunta mucho menos emocionante que las leyendas:

¿De dónde había salido realmente el mito?

Aislamiento geográfico. Animales vistos a distancia. Relatos transmitidos oralmente y deformados durante generaciones. Sugestión colectiva.

Había muchas explicaciones posibles.

Una criatura humanoide desconocida que seducía hombres y caminaba con los pies invertidos no ocupaba un lugar particularmente alto en su lista.

El plan era sencillo: pasar varias noches documentando la fauna del área, comparar sus observaciones con los relatos locales y demostrar cómo un ambiente como aquel podía alimentar una leyenda durante generaciones.

Una investigación perfectamente racional.

Lucas volvió a encender la linterna.

Entonces escuchó agua.

No el rumor lejano que llevaba oyendo toda la noche.

Esto estaba cerca.

Consultó el GPS.

El río quedaba ligeramente fuera de la ruta que había trazado.

Recordó al viejo de la enramada esa misma tarde.

De noche no se meta por donde oye agua.

Lucas le había preguntado por qué.

El hombre había seguido limpiando un cuchillo con un trapo, como si la respuesta fuera demasiado obvia.

Porque hay cosas que se peinan de noche.

Lucas había tenido que contener la sonrisa.

Ahora, completamente solo entre los árboles, la historia resultaba menos graciosa.

—Sugestión —murmuró.

Y caminó hacia el río.

El agua apareció entre los árboles como una cinta de plata.

Lucas apartó una rama y descendió con cuidado por una pendiente cubierta de hojas húmedas. La luz de la luna atravesaba pequeños espacios entre las copas y se reflejaba sobre la corriente.

Sacó la cámara.

Entonces se detuvo.

Había alguien junto al río.

Una mujer.

Lucas apagó inmediatamente la linterna.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

La mujer estaba sentada sobre una piedra de espaldas a él. Su cabello caía casi hasta el suelo, negro y extraordinariamente abundante. Lo peinaba lentamente con algo que Lucas no alcanzaba a distinguir.

Una vez.

Otra.

Otra.

Lucas sintió una punzada de irritación consigo mismo.

Una mujer.

Eso era todo.

Probablemente alguien de una comunidad cercana.

Y él había estado a punto de convertirla mentalmente en una criatura mitológica por culpa de tres noches escuchando cuentos.

Levantó la cámara.

El objetivo encontró primero el río.

Después la piedra.

Después a ella.

Lucas ajustó el enfoque.

La mujer dejó de peinarse.

Él también dejó de respirar.

Muy lentamente, ella giró la cabeza.

No parecía sorprendida.

Sus ojos encontraron directamente el lugar donde Lucas estaba escondido.

Como si hubiera sabido todo el tiempo que estaba allí.

Lucas bajó la cámara.

La mujer sonrió.

No fue una sonrisa amenazante.

Eso habría sido más fácil.

Fue pequeña. Casi dulce.

Entonces se puso de pie.

Lucas miró hacia abajo.

Y toda explicación racional que había construido durante meses desapareció.

El pie derecho apuntaba hacia atrás.

El izquierdo también.

Lucas no se movió.

Parpadeó.

Miró otra vez.

Talón.

Arco.

Dedos.

No.

Se acercó involuntariamente un paso.

Una rama crujió bajo su bota.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

Lucas sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.

Aquello tenía que ser una deformidad.

Una modificación corporal.

Una ilusión provocada por el ángulo.

Cualquier cosa.

Levantó la cámara.

Necesitaba una fotografía.

Una sola.

La mujer dio un paso hacia atrás.

Lucas disparó.

El flash iluminó el río.

Por una fracción de segundo la vio con absoluta claridad.

El rostro.

El cabello.

La piel.

Los pies.

Imposibles.

La mujer soltó un sonido extraño.

No exactamente una risa.

Luego corrió.

—¡Espera!

Lucas salió de entre los árboles antes de poder pensar en lo absurdo de lo que acababa de hacer.

Ella desapareció entre la vegetación.

Lucas corrió detrás.

Las ramas le golpeaban los brazos. Las botas se hundían en la tierra húmeda. Cada pocos metros alcanzaba a distinguir el movimiento de aquel cabello negro entre los árboles.

—¡Espera!

La vio nuevamente.

Más adelante.

Imposiblemente lejos.

La mujer volvió el rostro hacia él mientras corría.

Sonrió.

Y desapareció entre la niebla.

Lucas siguió avanzando.

Diez metros.

Veinte.

Treinta.

Hasta que dejó de escuchar el río.

Se detuvo.

El silencio cayó de golpe.

Lucas giró.

No reconoció nada.

Miró el GPS.

La pantalla estaba encendida, pero el mapa no cargaba.

—No.

Sacó el teléfono.

Sin señal.

Eso sí era esperable.

Volvió al GPS.

La brújula giró.

Norte.

Este.

Sur.

Norte otra vez.

Lucas frunció el ceño.

Golpeó suavemente el dispositivo contra la palma.

—Vamos.

Nada.

Una risa atravesó los árboles.

Lucas levantó la cabeza.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Avanzó hacia el sonido.

Otra risa.

Esta vez detrás de él.

Lucas se giró.

Nada.

—Muy gracioso.

Su propia voz sonó extraña entre los árboles.

Encendió la linterna.

Por primera vez desde que había entrado a las lomas sintió miedo.

No porque creyera estar frente a algo sobrenatural.

Todavía no.

Sino porque estaba perdido.

Y un hombre perdido de noche en una montaña no necesitaba criaturas mitológicas para morir.

Respiró profundamente.

Pensó.

Tenía agua. Una linterna. Baterías. Un botiquín pequeño. La temperatura era tolerable. Cuando amaneciera podría orientarse mucho mejor.

No debía seguir caminando.

Mucho menos siguiendo sonidos.

Lucas buscó un lugar donde esperar.

Entonces escuchó pasos.

Lentos.

Pesados.

Humanos.

Apuntó la linterna hacia los árboles.

—¿Quién anda ahí?

Los pasos se detuvieron.

Lucas sostuvo la luz con ambas manos.

Una figura apareció entre la niebla.

Era un hombre.

Mayor, quizá de sesenta años, aunque resultaba difícil saberlo bajo aquella barba. Llevaba botas embarradas, pantalones gastados y un machete sujeto a la cintura.

No parecía sorprendido de encontrarlo.

—¿Qué hace un hombre de ciudad metido aquí a estas horas?

Lucas bajó un poco la linterna.

—Me perdí.

El hombre observó el bosque detrás de él.

Después miró a Lucas.

—No.

Lucas frunció el ceño.

El hombre escupió hacia un lado.

—A usted lo perdieron.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué quiere decir?

—Que si quiere amanecer en una cama y no debajo de un palo, venga.

El hombre se dio la vuelta.

—Espere.

No se detuvo.

—¿Usted vive por aquí?

—Por aquí no vive nadie.

Lucas miró hacia la oscuridad que acababa de dejar atrás.

Durante un instante creyó distinguir algo entre dos árboles.

Cabello negro.

La linterna parpadeó.

Cuando volvió a iluminar el lugar, no había nada.

—¿Viene o se queda? —preguntó el hombre.

Lucas lo siguió.

El desconocido caminaba sin linterna.

Eso fue lo primero que comenzó a incomodar a Lucas.

No tropezaba.

No dudaba.

No buscaba marcas.

Simplemente avanzaba.

—¿Cómo sabe por dónde ir?

—Porque sé por dónde no ir.

—Eso no responde mi pregunta.

—Entonces deje de hacer preguntas.

Lucas soltó una pequeña risa.

El hombre no.

Continuaron caminando.

—Vi una mujer —dijo Lucas.

El desconocido se detuvo.

No se volvió inmediatamente.

—¿Dónde?

—En el río.

Silencio.

—Tenía los pies…

—Yo sé cómo tenía los pies.

Lucas sintió que se le secaba la boca.

El hombre continuó caminando.

—¿Cómo lo sabe?

No respondió.

—¿Era una Ciguapa?

El desconocido soltó una risa seca.

—Usted vino hasta aquí para decirme a mí qué fue lo que vio.

—Vine precisamente porque no creo en esas cosas.

Esta vez el hombre sí se volvió.

Lo estudió durante unos segundos.

—¿Y ahora?

Lucas abrió la boca.

No encontró respuesta.

El hombre asintió lentamente.

—Eso pensé.

Siguieron caminando.

Pasaron varios minutos antes de que Lucas volviera a hablar.

—¿Quién es usted?

—Alguien que conoce estas lomas.

—¿Un baquiano?

El hombre no respondió.

Lucas recordó entonces otra de las historias que había recopilado.

Los baquianos.

Hombres que aparecían cuando alguien estaba perdido. Guardianes, según algunos. Simples conocedores de las montañas, según otros.

Pero había una frase que se repetía en algunos relatos.

Nunca preguntes demasiado al hombre que sabe salir.

Lucas observó la espalda del desconocido.

Por primera vez aquella noche decidió hacer caso a una superstición.

Guardó silencio.

Cuando aparecieron las primeras luces del pueblo, Lucas creyó que jamás se había alegrado tanto de ver un techo de zinc.

El cielo comenzaba a aclararse detrás de las montañas.

Se volvió.

—Gracias.

No había nadie.

Lucas quedó inmóvil.

Miró el camino.

Vacío.

—¿Señor?

Nada.

Regresó unos metros.

El sendero por el que acababan de caminar parecía terminar entre la vegetación.

Lucas sintió nuevamente aquel frío extraño en la espalda.

—Perfecto —murmuró—. Perfectamente normal.

—¡Muchacho!

Una voz llegó desde las primeras casas.

Un hombre corría hacia él.

Luego otro.

En pocos minutos había varias personas alrededor.

—¿Dónde usted estaba?

—¿Pasó la noche allá arriba?

—¿No le dijimos?

Lucas apenas escuchaba.

Miraba hacia la montaña.

Una mujer mayor se abrió paso entre los demás.

—Déjenlo respirar.

Lucas la reconoció. Había hablado con ella el día anterior.

La mujer lo miró de arriba abajo.

Después se fijó en sus botas.

—¿La vio?

Lucas levantó los ojos.

Nadie habló.

—¿A quién?

La anciana hizo un gesto de impaciencia.

—Usted sabe a quién.

Lucas pensó en negarlo.

En decir que se había desorientado mientras observaba animales.

En inventar cualquier explicación que no provocara aquella expresión de te lo advertimos en todos los rostros.

Entonces recordó la cámara.

La sacó de la mochila.

—Vi algo.

Los murmullos comenzaron inmediatamente.

Lucas encendió la cámara.

Buscó la última fotografía.

La abrió.

Y dejó de respirar.

El río estaba allí.

La piedra también.

La luz del flash había capturado incluso las gotas suspendidas en el aire.

Pero no había ninguna mujer.

Lucas amplió la imagen.

Nada.

—No…

Pasó a la fotografía anterior.

Nada.

—Ella estaba ahí.

Nadie se rio.

Eso fue peor.

La anciana observó la pantalla.

—Claro que estaba.

Lucas levantó la mirada.

—La vi.

—Yo le creo.

—No, usted no entiende. La fotografié.

La mujer lo miró con una mezcla extraña de lástima y diversión.

—Y ella no quiso salir.

Lucas volvió a mirar la fotografía.

Eso era imposible.

Tenía que haber una explicación.

Un error de exposición.

Movimiento.

Una falla del sensor.

Revisaría los metadatos. Analizaría la imagen. Regresaría al río de día. Buscaría huellas. Revisaría las cámaras de movimiento.

Había una explicación.

Tenía que haberla.

—Venga a comer algo —dijo alguien.

Lucas guardó la cámara.

Antes de entrar a la casa, miró una última vez hacia las lomas.

La niebla comenzaba a desaparecer bajo la luz del amanecer.

Durante un instante creyó escuchar una risa.

Lejana.

Suave.

Lucas apretó la cámara entre los dedos.

Había venido a las montañas para desmontar una leyenda.

Ahora tenía un GPS que había dejado de funcionar, una fotografía imposible y el recuerdo perfectamente nítido de unos pies que ningún ser humano debería tener.

No sabía qué había visto.

Pero sabía una cosa.

Volvería.

Chapters
1. Sombras en las Lomas
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