Capitulo 1 - sala de espera
Nunca me gustaron los hospitales.
No por las agujas. Ni siquiera por el olor a desinfectante.
Era el silencio.
Ese silencio extraño que hace que hasta el sonido de un reloj parezca demasiado fuerte.
Levanté la vista.
Una mujer dormía con la cabeza apoyada contra la pared, aferrada a su cartera como si alguien fuera a quitársela. Un hombre se pellizcaba distraídamente la piel alrededor de las uñas, una y otra vez. Más allá, un niño movía las piernas desesperadamente mientras su madre miraba fijamente el suelo.
Nadie hablaba.
Yo tampoco.
Solo sostenía mi cuaderno entre las manos.
Las tapas estaban desgastadas y las hojas ya no eran completamente blancas. Había dejado de escribir de dibujar hacía meses, pero seguía llevándolo conmigo.
Era como cargar una parte de mí que todavía no sabía cómo soltar.
Suspiré.
—Aely...
La voz era tan pequeña que casi parecía perderse entre el tic del reloj.
Sonreí sin querer.
—¿Qué pasa, Anya?
—No quiero entrar.
Su voz sonaba asustada, como la de una niña que teme que la regañen por haber hecho algo malo.
Apreté un poco más el cuaderno.
—Lo sé.
Antes de que pudiera decir algo más, otra voz apareció.
—Qué exagerada eres.
Era firme. Segura.
Y tenía exactamente mi edad.
—Nadie va a hacernos daño.
Rodé los ojos.
—Emma
—¿Qué?
—No empieces.
—Solo digo la verdad. No necesitamos estar aquí.
Me acomodé en el asiento.
—Entonces explícame por qué llevamos semanas sin dormir.
Emma guardó silencio.
Aproveché para continuar.
—Explícame por qué ya no disfrutamos salir con nuestros amigos.
Nada.
—Explícame por qué todo comenzó a sentirse tan pesado.
Anya guardó silencio también.
Después de unos segundos, habló con aquella voz pequeña.
—Yo solo quiero volver con Colmillo o cuando estaban Ajax y Roqui con nosotras.
Sentí que el pecho se me cerraba.
No respondí.
Había nombres que todavía dolían demasiado.
Una puerta se abrió al final del pasillo.
—¿Aelira?
Levanté la cabeza.
Una mujer de cabello corto me sonrió desde el marco de la puerta.
—Puedes pasar.
Respiré hondo.
Durante unos segundos pensé en levantarme e irme.
Sería más fácil.
Siempre había sido más fácil huir.
Pero esta vez mis piernas caminaron antes que mis dudas.
El consultorio era distinto de como lo imaginaba.
No había paredes completamente blancas ni lámparas que molestaran a la vista. Había una biblioteca llena de libros, una planta junto a la ventana y dos sillones separados por una pequeña mesa de madera.
La mujer señaló uno de ellos.
—Siéntate donde te sientas más cómoda.
Obedecí.
No sabía qué hacer con mis manos, así que las escondí debajo del cuaderno.
Ella esperó.
No parecía tener prisa.
—No hace falta que me cuentes toda tu vida hoy.
Asentí.
—A veces, el principio es la parte más difícil.
Bajé la mirada.
—Ese es el problema.
—¿Cuál?
Tragué saliva.
—No sé dónde empezó todo.
El silencio volvió a llenar la habitación.
No era incómodo.
Solo... pesado.
La mujer se acomodó en su sillón.
—Entonces intentemos algo distinto.
Levanté la mirada.
—No busquemos el principio. Busquemos el primer recuerdo que venga a tu mente.
Cerré los ojos.
Al principio no apareció nada.
Solo oscuridad.
Después, lentamente, algo comenzó a tomar forma.
Un patio.
Tierra húmeda.
Una pelota vieja.
Y un perro corriendo hacia mí con la lengua afuera, moviendo la cola como si el mundo entero cupiera en ese instante.
Sin darme cuenta, sonreí.
—Colmillo... Ajax.... Roqui
Abrí los ojos lentamente.
La terapeuta no dijo nada.
Solo esperó.
Y fue entonces cuando comprendí que, quizá, mi historia no empezaba en ese consultorio.
Empezaba muchos años atrás.
Cuando todavía creía que los finales solo existían en los libros.








