Capítulo 1
― ¡Acaba con él, Tiberio!
El obscuro lugar apestaba a humo de cigarro, a sudor, licor y hierbas. Los gritos emocionados de los presentes lastimaban los oídos y una sensación de excitante violencia reinaba en el ambiente. Todos y cada uno de los espectadores gritaban extasiados, rasgándose la garganta ante el sangriento espectáculo que se presentaba. En el ring manchado de sangre, se encontraban dos hombres batiéndose en un duelo a muerte. Dos gladiadores desnudos, con rostros cubiertos por máscaras. Uno de ellos se arrastraba con dolor, pecho a tierra, dejando un rastro rojo a su paso, mientras el otro, apenas con la fuerza suficiente para estar de pie, luchaba por respirar, sintiendo cada uno de los moretones y heridas abiertas en su cuerpo. La duración de la batalla solo había sido superada por la violencia de los combatientes.
― ¡Atraviésalo, Tiberio!
Bruno ya no prestaba atención a la multitud, solo intentaba levantarse con desesperación cuando sintió que su oponente le sujetaba y de una estocada lo atravesó. Gritó de dolor, pero ya no pudo defenderse. Su adversario había acabado con su fuerza, su valor y su honor. Humillado, herido, ensartado y derrotado, los ojos inyectados de sangre del gladiador se fueron cerrando despacio, mientras la perversa multitud daba alaridos de júbilo.
― ¡Mátalo, Tiberio!
Fue lo último que Bruno llegó a escuchar antes de sentir el grueso brazo de su adversario rodearle el cuello para impedir el paso del aire. Desesperado, usó lo último de sus fuerzas para resistirse, pero fue en vano. Poco a poco, la luz artificial se fue apagando, el dolor desaparecía y los gritos se volvieron distantes.
Negrura, una sensación de inexistencia reinó en él. Sin paz, sin miedo, solo el vacío y la negrura.
Tras una bocanada brusca de aire, Bruno despertó. Al instante su cuerpo gritó de dolor y de su garganta apenas salió un gemido seco y mudo, casi perceptible, pero lo suficiente para ser escuchado por el encargado de turno. Una fulgente luz directa lo cegaba y el frío le hacía temblar. Se percató de que estaba desnudo y extendido sobre una gélida plancha metálica, cuando recuperó su olfato, notó que el lugar apestaba a cloro.
― Espera, ¿oíste eso? — habló un hombre con fuerte seriedad.
― ¿Qué cosa? — respondió otro, un tanto indiferente.
Dos hombres dirigieron su mirada a la plancha donde hasta hace apenas unos minutos, yacía un cuerpo inerte que ahora empezaba a mostrar signos de vida.
― ¿Está vivo? — se asustó uno.
― Así parece — respondió el otro fingiendo indiferencia en lugar de sorpresa.
― ¡Me lleva la chingada, Cristóbal! ¡No mames! Te dije que lo abrieras rápido.
― Esto no es bueno… — sopesó su compañero, inexpresivo — puede morir si no lo atiendo rápido.
Cristóbal se acercó al hombre.
― Oye, ¿puedes oírme?
Bruno, logró mover la cabeza con mucha dificultad, cuando el encargado acercó una pequeña linterna a su ojo derecho, deslumbrándolo.
― No esperaba que estuvieras vivo — reconoció —, voy a revisarte.
― Dime que solo se movió por reflejo — su compañero pasaba del nerviosismo a la molestia —. ¿Pudo haber sido nomás aire dentro del cadáver?
― Intenta mover la mano si me entiendes — Bruno, pese al miedo y el dolor, movió con dificultad sus dedos.
― Lo siento, Diego — el encargado ni siquiera miró a su compañero —. Respira y reacciona. Necesita atención, pásame esos instrumentos sobre la mesa — señaló con un dedo el material requerido.
― ¡No chingues! — Diego, pálido, luchaba por controlarse.
― Vas a tener que contarme su historia.
― ¿Y qué madres quieres que te cuente? — ladró ofendido — No tengo ni puta idea de quién es.
El encargado miró con seriedad a Diego.
― Te estoy diciendo la pinche verdad, Cristóbal. Tú me conoces, no soy así de cabrón.
― No te estoy culpando de nada — dio un paso y bajó la voz lo exacto para no ser escuchados por el convaleciente —, solo dime lo que sabes.
― Te lo dije cuando llegué — insistió entre susurros indignados —. Este pendejo estaba desangrándose a mitad de camino y cuando lo toqué estaba todo pinche frío y tieso. Supuse que estaba muerto.
― Pues al parecer vive y está consciente — Cristóbal se llevó una mano al mentón —. Podré tenerlo aquí un par de días más, lo necesario para que se estabilice, pero después de eso tendrá que ser trasladado a otro lugar para que pueda recuperarse — reconoció —. No puedo hacerme cargo de él.
― ¿Y eso a mí qué?
El encargado volvió a mirar de forma inexpresiva a su compañero.
― No manches, pinche Cristóbal, no puedo…
El hombre tomó a Diego por el brazo y, con grandes zancadas, lo alejó para hablarle con severidad.
― Tú lo trajiste — pronunció mientras le enterraba el dedo índice en su pecho — y si no quieres que nos procesen por intento de secuestro u homicidio, es lo mínimo que podemos hacer.
― Vale más muerto que vivo — insistió.
― Diego… — le reprochó con un tono severo.
El regañado se limpió la cara con una sola mano y miró a derecha e izquierda, frustrado.
― Pinche Cristóbal… — Sin saber qué hacer, Diego miró con odio al paciente — Ojalá te hubieras muerto, pendejo.
Bruno, agotado, confundido cerró los ojos y, pese al miedo, su cuerpo le exigió descanso, obligándolo a caer en un pesado y tormentoso sueño.








