Prólogo
Las botas pesadas resonaron por las paredes de concreto de la clínica abandonada, oculta entre la selva de asfalto.
El aroma a descomposición calaba en las fosas nasales de los investigadores que solo pudieron contener el aliento por la escabrosa escena sacada de las peores películas de asesinos seriales.
Aún a falta de sangre, un cuerpo permanecía en el centro del cuarto sobre una silla de revisión. Las muñecas estaban sobre el reposabrazo mientras alrededor de la cabeza había una bolsa de plástico negra.
Un chico pelirrojo se hizo paso entre los forenses hasta mirar las marcas ya puestas por estos a lo largo del suelo. Su mirada violácea analizaba cada rincón en busca de algo que no pertenecía ahí.
—¿Revisaron las cámaras de seguridad en el perímetro? —preguntó Roran Ravingrid con una voz grave y aterciopelada.
—Solo había una frente al lugar, la desconectaron antes del ataque —Guideon Ross, uno de los fiscales, se acercó para señalar el desorden en el lugar—. Pero no entiendo el motivo de una exposición así para un robo…
El joven asintió apenas. Dio un paso al cuerpo sin vida y se inclinó a la altura por un detalle. Tomó de los bolsillos del pantalón de la víctima una cartera colocada en un ángulo a propósito. Al abrirla, apareció la identificación de un chico rubio y de sonrisa agradable. La inscripción en la casta marcaba un Ω.
Le observó las extremidades de donde podían notarse un par de cortes en la fosa cubital. En el pecho, la incisión sobre la posición de la aorta era la más escandalosa con la mancha roja alrededor de la sudadera del chico, y sobre el cuello se notaban más cortes con un instrumento delgado. Roran entornó los ojos ante los detalles, sobre todo en la placa de metal al cuello del chico con su casta y datos. Como si fuera un espécimen para estudiar.
—Albert Robinson, forma parte de la lista de omegas agredidos por sus alfas en los últimos días —recitó Roran—. No fue un robo, aunque tampoco hay marcas de forcejeos y está exposición puede darme idea de alguien que tiene conocimientos muy básicos científicos. No hay huellas dactilares, lo que significa que sabían lo que hacían.
El fiscal se pasó una mano por la nuca mientras veía al chico volver a su altura y caminar por la habitación con cuidado de no tocar el rastro carmesí que provenía de cierto punto en la habitación. Roran miró las encimeras y mesas, mientras analizaba:
—No hay nada que parezca de la víctima, el hurto no era el objetivo y el único aroma que abunda es justo el de un alfa adulto —continuó con su análisis cuando en la pared contigua a la víctima notó unos trazos de tinta blanca demasiado fuera de lugar. No parecía ninguna anotación médica o científica.
Los ojos del chico se abrieron de más y le extendió una mano a su acompañante.
—Mire esto, acérquese, y necesitaré una cámara —pidió.
Uno de los médicos forenses corrió a entregarla, ya que ante los ojos de los dos hombres había un símbolo formado por un infinito con dos picos en el centro.
—Y de nuevo el mismo símbolo —masculló el fiscal con resignación.
Roran tomó un par de tomas del símbolo.
—Eso significa que debió ser la misma persona —murmuró el forense a su lado con nerviosismo.
Gideon lo miró con escrutinio antes de volver a hablar.
—¿Pero no en el anterior caso habíamos detectado el aroma de un omega?
—O quizá es un grupo, solo que algo no me cuadra —respondió Roran mientras su mente corría en busca de alguna coincidencia.
—Genial, tenemos a la pandilla del terror suelta en las calles —suspiró Gideon y le palpó el hombro al chico-. Necesito a esa pandilla atrapada antes de que la ciudad se vuelva un caos. No queremos un golpe de estado entre castas.
Y se alejó a la entrada para organizar un par de papeles con los hombres del ministerio.
Roran se quedó ahí, mirando aquel símbolo como si con eso pudiera resolver todo el enigma que se venía desatando desde hacía bastante tiempo en Velvet Hollow. Los omegas poco a poco dejaban de confiar en sus alfas y la tasa de ataques como estos había aumentado un 2% en el verano apenas pasado durante las festividades comunes en la fecha.
Volvió a revisar el lugar con la mirada, solo para dar con un papel entre algunos vidrios tirados, doblado, justo debajo del misterioso símbolo. Se acuclilló para tomarlo con una daga de su cinturón, y al abrirlo, la frase simple y poderosa saltó, detrás de lo que parecía una página de periódico arrancado.
“Los Alfas dictan quién vive y quién sirve, quién obedece y quién ama. Los omegas siempre fieles, esconden sus colas y manipulan a su antojo. Qué divertido sería añadir una letra a esa ecuación y romper ese ciclo tan perfecto, ¿no lo cree, jefe?”
La mandíbula de Roran se apretó y guardó el papel dentro de sus bolsillos. Soltó una enorme bocanada de aire y se acercó por última vez al cuerpo sin vida con las manos en los bolsillos y la cabeza inclinada.
—Te juro que lo encontraré —pero el mismo sabia que aquella promesa no había sido solo para el desafortunado omega. Era un consuelo al saber que quizá estaban ante algo más peligroso de de lo que podría manejar. Pero él, Roran Ravingrid, el Jefe de la Unidad de Crímenes de castas de las fuerzas especiales en esa ciudad, no iba a descansar hasta verlo tras las rejas.

Les doy la bienvenida a esta bonita historia. La traje a la plataforma, a ver qué tal se comportaba.








