PRÓLOGO
Lo que es para ti te encontrará.
Incluso después de la muerte.
Vampiros.
Siempre había escuchado hablar a mi padre de ellos con un brillo especial en los ojos. Supongo que por eso crecí sabiendo que eran reales, que existían de verdad.
Todo el mundo lo sabía. Pero eran pocos los afortunados que habían tenido la oportunidad de cruzarse con alguno a lo largo de su vida humana.
Las posibilidades eran escasas. Casi nulas.
Era más probable que te cruzaras con varios asesinos, que con uno de ellos.
Nadie había visto a ninguno en este pueblo desde hacía diez años, así que ni siquiera me molesté en fantasear con la idea de que yo podría ser una de las afortunadas…
hasta esa noche.
Nunca me habían llamado la atención ese tipo de ambientes, pero aquel día hubo algo distinto en mí —un ápice de melancolía, tal vez— que me impulsó a hacerlo.
Como si mi cuerpo supiera lo que estaba a punto de ocurrir.
Como si algo dentro de mí hubiera esperado veintidós años a que saliera de fiesta por primera vez.
Quise ignorar ese nudo que se me había formado en el estómago, probar cosas nuevas e intentar divertirme.
Ser una más.
Pero en el fondo lo sabía.
Solo era cuestión de tiempo que empezara a sentirme fuera de lugar.
Sonreía.
Actuaba como si todo estuviera bien.
Pero no podía seguir engañándome a mí misma.
No encajaba entre toda esa gente.
Lo peor de todo es que no me percaté de ello hasta que la primera copa de alcohol se deslizó por mi garganta, arrancándome una mueca de asco mientras Noelia le lanzaba miraditas a un chico.
Todavía recuerdo lo rápido que desaparecieron entre la multitud.
Me dejaron sola con todas aquellas luces de colores, parpadeantes, que atravesaban cientos de cuerpos sudorosos a mi alrededor con un destello descontrolado.
Parecían querer alcanzarme, pero no lo hacían.
Me sentía desorientada.
Decidí resguardarme en el baño, pero la música estaba tan alta que ni siquiera allí dejaba de retumbar en mis huesos.
Clavé la vista en el primer espejo que vi, y…
me quedé sin respiración.
Algo no encajaba.
La chica que me devolvía la mirada no se parecía a mí.
No pude reconocer a Claudia.
Estaba cambiando.
No sé cómo, pero lo hacía.
Mis ojos tenían un brillo diferente.
Como si en vez de ojos marrones fueran canicas y se hubieran quebrado por dentro.
Translúcidas. Brillantes.
Como si algo oscuro hubiera empezado a extenderse bajo mi piel.
Algo que antes no habitaba en mí.
O que lo hacía en silencio.
Y que ahora devoraba el iris de mis ojos con un destello macabro.








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