Chapter 1
Hay muertes que hacen ruido y otras que simplemente apagan el mundo.
La de Issac había sido una mezcla espantosa de ambas. El sonido de la reja de metal cediendo ante el peso de los infectados, el chasquido del hueso rompiéndose y el último grito de mi amigo pidiéndome que corriera todavía resonaban en mis oídos con una claridad ensordecedora.
Cinco días. Habían pasado cinco días exactos desde que tuve que dejarlo atrás. Cinco días desde que el único lugar que sentía seguro se evaporó, no porque el refugio fuera bueno, sino porque Issac estaba allí para sostenerlo.
Avanzaba con pasos ágiles por el arcén de una carretera abandonada. Mis zapatillas desgastadas apenas hacían ruido contra el asfalto agrietado. Llevaba la mochila a la espalda —cada vez más ligera y vacía— y en la mano derecha apretaba una barra de hierro oxidada. La verdad era que no sabía usarla para atacar; no tenía la fuerza física de los hombres de este nuevo mundo ni la sangre fría para clavarle eso en el cráneo a nada, vivo o muerto. Pero sostenerla me daba la ilusión, aunque fuera falsa, de que no estaba completamente indefenso.
Me detuve bajo la sombra de una marquesina de autobús destruida para tomar aire. Mi respiración agitada era el único sonido en kilómetros. Me dejé caer de espaldas contra el cristal roto y metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar una pequeña linterna de mano con la carcasa rayada.
Era de Issac.
Apreté el metal frío contra mi pecho y cerré los ojos. Los recuerdos me invadieron de golpe, como un golpe seco en el estómago: Issac riéndose mientras intentaba enseñIssace a hacer nudos de supervivencia, Issac poniéndose delante de mí cada vez que una sombra se movía en las esquinas, Issac recordándome que mis manos no estaban hechas para destruir.
«Tú eres el médico, Caleb. Tú mantienes a la gente junta. Déjame la parte sucia a mí».
—Idiota... —murmuré en un hilo de voz, sintiendo cómo las lágrimas calientes se abrían paso por mis mejillas empolvadas—. Dijiste que saldríamos de ese mercado juntos. Dijiste que me cuidarías.
Cinco días caminando solo. Cinco días en los que el dolor no había disminuido ni un poco, solo se había transformado en un cansancio crónico que me calaba hasta los huesos. El nudo en mi garganta amenazaba con ahogarme, pero la supervivencia en este infierno no permitía el lujo de llorar por mucho tiempo. El llanto atraía atención, y la atención significaba los dientes de los muertos o la crueldad de los vivos.
Me limpié el rostro de un manotazo rápido, guardé la linterna en el bolsillo pegado a mi corazón y me puse de pie. Mi cuerpo estaba agotado y la falta de agua empezaba a provocarme un mareo leve, pero mi instinto me decía que debía seguir moviéndome.
Unos kilómetros más adelante, el paisaje de árboles secos dio paso a los restos de una zona industrial abandonada: viejos almacenes de lámina, camiones volcados y el eco distante del viento chocando contra el metal.
Me adentré entre los callejones de la zona buscando algún rincón cubierto para pasar la noche. Fue entonces cuando el sonido de varias voces masculinas y el crujido de pisadas pesadas rompieron el silencio.
Me pegué inmediatamente a la pared de un depósito, aguantando la respiración. Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. Asomé la cabeza con extrema cautela detrás de un contenedor oxidado.
A unos metros de distancia, un grupo de hombres armados rodeaba la entrada de un gran almacén. En el centro de todos ellos, dando órdenes con una calma fría y una postura imponente, estaba un hombre alto, de chaqueta de cuero desgastada y una mirada tan afilada que parecía capaz de atravesar cualquier cosa.
El frío de la tarde se colaba entre las grietas de mi chaqueta gastada, pero el sudor frío que me bajaba por la nuca no tenía nada que ver con el clima.
Apreté la barra de hierro contra mi pecho y retrocedí un paso, pegando la espalda a la pared de lámina oxidada del depósito. Asomé la vista apenas unos milímetros detrás del contenedor de basura para volver a mirarlos.
Eran cinco hombres en total. Se movían con una coordinación ensayada, una disciplina de quienes llevan mucho tiempo sobreviviendo juntos y sabiendo exactamente qué hacer. Cargar estacas de madera, revisar las entradas, mantener el perímetro en silencio... Pero quien dictaba el ritmo de todo era el tipo de la chaqueta de cuero.
Aquel hombre de alta estatura, postura imponente y mirada tan afilada que parecía capaz de cortar el aire.
—Aseguren la reja trasera con las cadenas —la voz del líder resonó firme, grave y raspada por el viento seco—. No quiero sorpresas cuando caiga la noche. Si alguna de esas cosas se acerca a menos de cincuenta metros, lo quiero abatido antes de que haga ruido.
—Entendido —respondió uno de los suyos, ajustándose el rifle al hombro antes de alejarse.
Tragué saliva. Tenía la garganta seca, ardiente por la falta de agua. Habían pasado cinco días desde que Issac murió en aquel mercado, cinco días en los que sobreviví a base de charcos y las pocas galletas rancias que llevaba en la mochila. Mi cuerpo me pedía a gritos detenerme, pero el instinto de autoconservación me decía que dar un paso en falso ahí significaba la muerte.
Di un paso atrás con extrema precaución, intentando retroceder hacia el callejón por el que había entrado.
CRAC.
El sonido de una rama seca rompiéndose bajo la suela de mi zapatilla sonó como un disparo en medio del silencio del callejón.
—¡Alto ahí! —la voz del hombre de la chaqueta de cuero rompió el aire al instante.
Antes de que pudiera darme la vuelta para correr, escuché el eco de unas botas pesadas impactando a toda velocidad contra el suelo. El pánico me nubló la vista; intenté alzar la barra de hierro por puro reflejo, pero no tuve oportunidad de blandirla. Un brazo fuerte como una viga de acero me rodeó el cuello por detrás, mientras otra mano me apresaba la muñeca con una fuerza brutal, haciendo que la barra de metal cayera al suelo con un estruendo metálico.
—¡Tengo a uno! —gritó el hombre que me sujetaba, empujándome de rodillas contra el suelo de grava.
—¡Suéltame! —chillé, intentando removerme, pero el agarre era firme. Mi cuerpo agotado no tenía cómo defenderse—. ¡No tengo nada! ¡Solo voy de paso!
Escuché los pasos apresurados del resto del grupo acercándose. Las sombras de los hombres nos rodearon en cuestión de segundos. Cuando alcé la mirada entre bocanadas de aire, la figura del líder se alzó sobre mí.
De cerca era todavía más intimidante. Sus ojos oscuros y fríos me recorrieron desde mis zapatillas rotas hasta el rostro sucio y descompuesto por el cansancio.
—¿Un infiltrado? —preguntó uno de los hombres a su lado.
—No parece un espía —murmuró el hombre alto sin quitarme la vista de encima. Se agachó despacio frente a mí, quedando a la altura de mis ojos. Su presencia era sofocante—. Míralo. Apenas puede sostener su propio peso.
—No quiero problemas —dije en un hilo de voz, tratando de mantener la poca dignidad que me quedaba mientras sostenía su mirada—. Solo buscaba un lugar para pasar la noche. Me iré. No diré a nadie que están aquí.
El desconocido soltó una risa seca, carente de humor.
—Nadie entra a nuestro territorio y se va solo porque lo pide de favor, chico. —Extendió la mano y sujetó mi barbilla con firmeza, obligándome a alzar más la cabeza para examinarme—. ¿Viajas solo?
El recuerdo de Issac me atravesó el pecho como una puñalada. El nudo en mi garganta se apretó.
—... Sí. Solo.
El hombre de la chaqueta me sostuvo la mirada un segundo más, como si estuviera midiendo la verdad en mis palabras. Luego se puso de pie y se giró hacia sus hombres.
—Llévenlo adentro. Le quitaremos la mochila y lo dejaremos en la celda de suministros hasta mañana. Decidiremos qué hacer con él por la mañana.
—¡Espera! —protesté mientras dos de los hombres me levantaban del suelo sin ningún esfuerzo, sujetándome por los brazos—. ¡No les haré nada! ¡Por favor!
El líder ni siquiera se molestó en volverse a mirar. Caminó hacia las grandes puertas del almacén, manteniéndolas abiertas mientras me arrastraban hacia el interior de la penumbra de su refugio.
Había escapado de los infectados, pero ahora estaba atrapado en la guarida de un grupo de desconocidos... y bajo el mando de un hombre cuyo nombre ni siquiera sabía, pero que claramente decidía quién vivía y quién moría en este lugar.








