Capitulo 1 temporada 1 "Desiciones sin voluntad"
¿Qué pasa cuando dejas a dos adolescentes construir su vida sin intervención adulta? Con cualquiera eso podría terminar mal, el punto es que aquellos que lo intentan no son "Cualquiera
Ángel, un joven casi tan inteligente como se cree, decidió separarse de su familia por problemas personales, decidió robar la herencia de su abuela fallecida y alejarse de culaquier vínculo familiar que tuviera.
Durante su travesía este conoció a un chico un poco más pequeño que el, llamado Sebastián, al cual a palabras de él lo "Adopto"
Este mismo decidió usar todo el dinero que tenía para construir una casa a que el llama "Cuartel" ¿Como consigio la mano de obra? Eso solo lo sabe el ¿Como harán para que su familia o alguien no sospeche de que un chico cree algo así? Eso posiblemente esté por verse.
Durante varios meses, Ángel logró construir aquello que durante tanto tiempo no había sido más que un simple boceto sobre un papel.
El tiempo no pareció traer grandes cambios para la vida de aquellos dos "amigos".
Aunque, pensándolo bien... ¿quién necesitaba que la vida les preparara algo?
Tras la inauguración de su cuartel, ambos se instalaron ya con las suficientes comodidades. Sebastián parecía incluso más feliz que él.
Tener una habitación para sí mismo, un lugar donde nadie pudiera invadir su espacio, era prácticamente un privilegio.
Mientras tanto, Ángel se encontraba en su habitación revisando las noticias más recientes en su computadora.
Pasaba de una noticia a otra sin demasiado interés.
Hasta que una consiguió llamar por completo su atención.
Toc.
Toc.
Toc.
Los golpes sobre la puerta seguían un ritmo extraño, uno que aparentemente solo existía dentro de la cabeza de quien los producía.
Ángel cerró los ojos durante un instante.
Sebastián
—Angelitooooo.
Ángel
—(Y empezamos de nuevo...)
Toc, toc, toc, toc.
Esta vez los golpes fueron más rápidos e insistentes.
Sebastián
—Angelitooo, ábreme.
Ángel no se movió de su lugar.
Ángel
—¿Ahora qué quieres? ¡Y deja de llamarme así!
Como única respuesta, Sebastián comenzó a hacer varios chasquidos con la boca deliberadamente.
Ángel giró lentamente la cabeza hacia la puerta.
Una sonrisa apareció en su rostro, aunque rápidamente se deformó en una expresión amenazante.
Ángel
—Vuelve a hacer eso y te pongo correa y bozal.
La puerta se abrió sin el menor pudor.
Sebastián entró como si aquella habitación también le perteneciera y tomó asiento junto a Ángel.
Sebastián
—¿Qué mirás?
Ángel
—Nada que te interese. ¿Puedes largarte?
Sebastián ignoró la respuesta y asomó la cabeza para leer el titular que aparecía en la pantalla.
Sebastián
—"Grupo delictivo construye laboratorios clandestinos y hace pruebas en niños"...
Se quedó pensativo durante unos segundos.
—¿Qué es delictivo?
Ángel giró lentamente la mirada hacia él.
Ángel
—Wow... ¿Debería sorprenderme que sepas leer?
Sebastián deslizó un dedo sobre la pantalla de la computadora.
Sebastián
—Ya se rompió. ¿Por qué no desliza?
Ángel se llevó una mano al rostro.
Ángel
—Válgame la madre con este tarado...
Sebastián sacó una pequeña barra de chocolate de uno de sus bolsillos y le dio un buen mordisco.
Sebastián
—Oye, Ángel, me prometiste que ibas a poner un televisor en mi habitación.
Señaló la pantalla.
—¿Tú por qué sí tienes?
Ángel cerró la laptop de golpe y, sin pensarlo demasiado, le dio un codazo a Sebastián.
Ángel
—Porque es mi dinero y mis reglas. Ahora vete a jugar con tus barbies y no me molestes.
Sebastián hizo un puchero exagerado y desvió la mirada.
Sebastián
—De seguro ni lo usas. Envidioso.
Ángel lo empujó con todas sus fuerzas hacia la puerta.
Ángel
—Ya, ya, ya... no me importa. Solo vete y no me estorbes.
Sebastián tropezó y se tambaleó hasta llegar al marco de la puerta.
Sebastián
—¡Que quede claro que yo también puse mi granito de arena para construir este lugar!
Un enorme peluche salió disparado desde la habitación y lo derribó de lleno.
Sebastián
—¡AAAH!
Ángel cerró la puerta y echó el seguro.
Ángel
—Por fin... paz.
Volvió a sentarse frente a la laptop, ignorando por completo el alboroto de hacía unos segundos.
En la pantalla permanecía la misma noticia que había captado su atención desde un principio.
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez los golpes fueron suaves y mucho más lentos.
Sebastián
—¿Ya se te pasó?
Ángel, sin despegar la vista de la pantalla, respondió:
Ángel
—No.
Sebastián
—¿Y ahora?
Ángel
—Tampoco.
Pasaron unos segundos.
Sebastián
—¿Y ahorita?
Ángel cerró la laptop de golpe y se levantó con evidente fastidio.
Ángel
—Ya me hartaste...
Abrió la puerta de un tirón.
Asomó la cabeza hacia el pasillo.
No había nadie.
Ángel
—...
Solo una pequeña nota doblada descansaba sobre el suelo.
La recogió con curiosidad y desdobló el papel.
"Fui por chocolate. No te enojes. :D"
Ángel arrugó la nota entre sus dedos.
Una ligera sonrisa intentó aparecer en su rostro antes de que volviera a ocultarla.
Ángel
—Qué idiota...
En ese momento, la laptop emitió un sonido de notificación.
Ángel volvió rápidamente la mirada hacia la pantalla.
El titular acababa de cambiar.
"Autoridades reportan un nuevo caso relacionado con los laboratorios clandestinos."
Ángel entrecerró los ojos mientras releía la noticia.
Ángel
—...
Nueve horas después...
El lugar comenzaba a oscurecerse.
Los últimos rayos del sol se filtraban por las ventanas del Cuartel antes de desaparecer por completo, dejando paso a la noche.
Ángel caminaba a paso ligero por uno de los pasillos, observando las puertas a medida que avanzaba.
Cada habitación vacía representaba una posibilidad.
Allí imaginaba al grupo que algún día quería formar. Personas que ocuparían aquellos espacios, que caminarían por esos mismos pasillos y que, de alguna manera, convertirían aquel lugar en algo más que un simple refugio.
¿Era un deseo?
¿Una misión?
¿O simplemente otro vacío que intentaba llenar?
Ni siquiera él parecía tener una respuesta.
Al llegar al final del pasillo, Ángel se detuvo.
Sus dedos habían recorrido distraídamente la pared durante todo el camino, rozando las puertas y sus manijas. Ahora su mano quedó suspendida en el aire.
Miró su palma durante unos segundos.
Ángel
—Entonces...
Bajó ligeramente la mirada.
Ángel
—"La capacidad de cambiar al mundo"...
Frunció el ceño.
—¿Dónde había escuchado esa frase?
Un recuerdo atravesó su mente.
Una silueta.
Cabello moviéndose con el viento.
Una voz que apenas alcanzaba a distinguir.
Y unos ojos que no lograba recordar con claridad.
Ángel cerró los ojos con fuerza.
Su respiración se aceleró.
Ángel
—¿Otra vez...?
Llevó una mano al pecho mientras intentaba recuperar el aire.
—Yo... ya había olvidado eso.
El recuerdo volvió a aparecer.
Más rápido.
Más confuso.
Ángel abrió los ojos de golpe.
Apoyó ambos puños contra la pared.
Ángel
—¡Yo pude hacer algo!
Su puño derecho impactó contra el concreto.
El dolor recorrió sus dedos, pero Ángel apenas reaccionó.
Respiró profundamente.
Una vez.
Otra.
Ángel
—Esto no se va a repetir...
Los últimos rastros de luz desaparecieron del Cuartel.
El pasillo quedó sumido en una penumbra azulada, iluminado apenas por la luz que entraba desde las ventanas.
Ángel permaneció allí con la cabeza baja.
Poco a poco, su respiración volvió a estabilizarse.
Pero el recuerdo seguía allí.
Esperando.
Ángel retiró lentamente la mano de la pared. Los nudillos, enrojecidos por el golpe, comenzaban a arder.
—...
Apretó la mandíbula y escondió la mano dentro del bolsillo, como si ocultar la herida pudiera hacer desaparecer también aquello que acababa de sentir.
Un sonido metálico rompió el silencio del pasillo.
Ángel levantó la cabeza de inmediato y dirigió la mirada hacia el origen del ruido.
Al final del corredor, una de las puertas permanecía entreabierta. El viento se filtraba por la abertura, haciendo que las bisagras rechinaran una y otra vez.
Ángel soltó el aire por la nariz y comenzó a caminar hacia ella.
—Ni cerrar una puerta saben...
Empujó la puerta con suavidad.
La habitación estaba completamente vacía.
Ángel recorrió el lugar con la mirada. Una ligera sensación de incomodidad cruzó su rostro durante apenas un instante.
—...
Sin decir una palabra, volvió a cerrar la puerta.
No había dado ni un paso cuando una voz resonó desde el otro extremo del pasillo.
Sebastián apareció cargando una enorme bolsa de compras entre los brazos.
—¡¡ÁNGEL!! ¿Tas' bien?
Ángel cerró los ojos lentamente.
—...Cinco minutos.
Suspiró con pesadez.
—Solo quería cinco minutos de tranquilidad.
—(Un momento... ¿en qué momento salió a comprar y con qué dinero?)
Sebastián intentó decir algo.
Ángel levantó una mano y le cubrió la boca.
—Shhh...
Sebastián apartó la mano con una expresión de desconcierto.
—¿Qué?
Ángel lo observó durante unos segundos.
—Aprovechando que apareciste, voy a pedirte tu ayuda.
—¿Ayudarte en qué?
Ángel enderezó el cuerpo, dio media vuelta y comenzó a caminar.
—Solo sígueme.
Sebastián se limitó a ir detrás de él.
Ambos recorrieron el pasillo en silencio.
Bueno... casi en silencio.
De vez en cuando, Sebastián murmuraba alguna incoherencia que parecía tener sentido únicamente para él.
Ángel decidió ignorarlo.
Después de unos segundos, finalmente habló.
—Seré rápido. ¿Te acuerdas de la noticia que leíste?
Sebastián asintió sin dudar.
Ángel continuó caminando, sin molestarse siquiera en voltear.
—Como sea. Voy a rastrear esos lugares y preparar un ataque.
Sebastián guardó silencio.
Por primera vez desde que había aparecido en el pasillo, no parecía tener nada que decir.
Sebastián se detuvo de golpe.
—¿Qué...?
Ángel notó que había dejado de seguirlo y también se detuvo.
—No voy a pedirte que mates ni que hagas cosas que no quieras. Solo voy a necesitar tu ayuda para cosas más...
Afilarse las uñas con absoluta tranquilidad, continuó:
—...técnicas.
Sebastián recuperó poco a poco el movimiento. La sola idea de un ataque hacía que el miedo comenzara a apoderarse de él.
—¿Por qué... un ataque? ¿No sería mejor...?
Ángel lo interrumpió con un tono seco.
—¿La policía? Sí, claro... como si esa organización de ineptos fuera capaz de hacer algo.
Retomó el paso sin mirar atrás.
—Será mejor que me sigas. Puedo hacerte cambiar de parecer.
Sebastián sintió cómo le temblaban ligeramente los labios y las piernas.
—(Conociéndolo... sí lo hará.)
Al llegar a una pequeña sala, Ángel dejó un arma sobre la mesa.
A simple vista parecía una pistola cualquiera, aunque su diseño dejaba claro que tenía muy poco de convencional.
Ángel golpeó la mesa con la palma.
El arma dio un pequeño salto.
—Quiero que entiendas algo.
Tomó el arma y la levantó.
—Tú y yo no somos normales.
Sebastián dio un pequeño brinco.
—¿A qué te refieres?
Ángel hizo girar el arma entre sus dedos con total naturalidad.
—Esto de aquí es un arma de plasma. En teoría, una tecnología como esta no debería existir... y mucho menos haber sido construida por alguien como yo.
Esbozó una ligera sonrisa.
—Pero, sorpresa, aquí está.
Apuntó hacia un viejo cuadro colgado en la pared y apretó el gatillo.
Un único disparo bastó para reducirlo a nada.
Sebastián abrió los ojos.
Ángel bajó el arma.
—Creo haberte dicho que nosotros poseemos habilidades únicas. La mía es la inteligencia... y todo lo que conlleva.
Sebastián observó el arma con una expresión que, poco a poco, reemplazó el miedo por curiosidad.
—¿Como en los videojuegos?
Miró sus propias manos.
—¿Cuál es mi habilidad?
Ángel guardó el arma en una pequeña funda.
—La tuya... todavía la desconozco. Pero estoy seguro de que tienes una.
Los hombros de Sebastián cayeron ligeramente.
Ángel lo observó durante unos segundos antes de continuar, esta vez con un tono firme, aunque no tan frío.
—Pero grábate esto. La gente no puede saber lo que eres.
Hizo una breve pausa.
—Eso... lo aprendí por las malas.
Sebastián se llevó ambas manos a la cabeza.
—Mucha información...
Ángel dejó escapar un suspiro.
—Como sea.
Señaló hacia uno de los dispositivos que tenía cerca.
—Justamente mis drones ya están rastreando todo mientras hablamos.
Volvió a mirar a Sebastián.
—Ahora te contaré el plan.
Sebastián lo señaló con un dedo, completamente convencido de haber descubierto una mentira.
Sebastián
—¡Mentira! ¡No te vi programando nada!
Ángel sacó el celular y se lo mostró con una expresión de fastidio.
Ángel
—¡Lo hice desde mi celular! ¡Ahora cállate y escucha!
Sebastián bajó lentamente el brazo.
—ª
Ángel enderezó la postura y dejó el celular sobre la mesa.
Ángel
—Quiero que entiendas algo. Vamos tras un grupo que, en pocas palabras, tortura niños.
La expresión de Sebastián cambió poco a poco.
Ángel
—Gente como tú, pero con una suerte terriblemente distinta.
Hizo una breve pausa.
—Tú fácilmente podrías haber sido uno de ellos.
Sebastián bajó la mirada.
Sebastián
—¿Por qué torturarían a alguien?
Ángel cerró los ojos durante unos segundos.
Ángel
—No lo sé exactamente.
Abrió los ojos y lo miró directamente.
—Pero sea cual sea la razón, nada justifica lo que hacen.
Sebastián permaneció callado.
Sus manos se cerraron lentamente.
Por primera vez desde que habían comenzado a hablar del tema, ya no parecía confundido ni asustado.
Sebastián
—Entonces...
Levantó la mirada.
—...vamos tras ellos.
Ángel lo observó durante unos segundos.
No esperaba escuchar eso.
Finalmente, dio media vuelta y caminó hasta una pequeña mesa. Allí tomó una máscara.
Ángel
—No te preocupes, Sebastián.
Se colocó la máscara.
Un ligero sonido mecánico acompañó el movimiento y, cuando volvió a hablar, su voz salió distorsionada, artificial.
Ángel
—Yo mismo me encargaré de derramar cada gota de sangre de esos monstruos.
Sebastián no respondió.
Ángel hizo una breve pausa.
Cuando volvió a hablar, la ira terminó por quebrarle ligeramente la voz.
Ángel
—No voy a tener piedad de ninguno de ellos.
Apretó el puño.
—Eso es una promesa.
El silencio volvió a apoderarse de la sala.
Sebastián permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de aquella máscara.
Hasta ese momento, Ángel había sido simplemente Ángel.
Su amigo.
El chico que construyó el Cuartel.
El mismo que discutía con él por cualquier tontería.
Pero ahora, detrás de aquella máscara, parecía otra persona.
Sebastián tragó saliva.
Ángel tomó el arma.
Un clic metálico rompió el silencio.
...
Fin del capítulo 1








