Pequeñas Tentaciones by S. S. at Inkitt
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Pequeñas tentaciones

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Summary

Un paseo por el tianguis parece ser la oportunidad perfecta para que Nuvia y Carlos se conozcan un poco mejor. Entre ropa, micheladas, música y bromas, la confianza entre ambos comienza a transformarse en algo más difícil de ignorar. Lo que empezó como un simple favor termina convirtiéndose en un juego de insinuaciones en el que ninguno parece querer dar el primer paso. Y cuando Nuvia decide seguirle el juego, la tarde toma un rumbo que ninguno de los dos esperaba.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

El short

—Este se ve bonito —se lo prueba el short por encima del pantalón de mezclilla—. ¿Tú qué dices?

—Sí, se ve bien —se queda viendo unos segundos la silueta de sus muslos sobre la mezclilla del pantalón—. Pero todo se te ve bien.

—¡Ay, sí! Me la voy a creer. Es que iré a un balneario y necesito uno para nadar —Nuvia sigue girando sobre sus caderas, más para él que para ella.

—Qué bien. Pensé que eras más de bikini —al terminar de decirlo se arrepiente, pero ya no hay vuelta atrás.

—¿Y por qué crees eso? —Nuvia sonríe; le gusta su timidez mezclada con deseo.

—No lo sé, va más contigo —Carlos devuelve la sonrisa—, creo.

—Pues sí me gustan, pero es una salida de la iglesia, así que no quiero llamar la atención —por fin deja de probárselo por encima—. Pero creo que no me alcanza.

Nuvia odia las salidas a bautizo a balnearios de su iglesia, aunque al principio disfrutaba provocar a los poco muchacos que iban y hacer enojar a la esposa del pastor cuando lo descubria viéndola, se había vuelto repetitivo y ese pequeño divertimento a no era suficiente para animarla.

—Yo te lo invito —Carlos saca su cartera.

—No, ¿cómo crees? —busca en su bolsa—. Vas a decir que soy una aprovechada.

—Para nada, no creo eso —no sabe qué más decir.

—Mejor préstamelo, mañana te lo pago —recibe el dinero y, al darle la espalda para pagar, deja escapar la sonrisa que tenía atorada.

Siguen paseando por el tianguis, señalando cualquier cosa que les llame la atención. De camino se encuentran con un puesto de micheladas; ella se le queda viendo.

—¿Tienes sed? —sin esperar respuesta, Carlos pide dos miches.

—Qué rico, con este calor —recibe el vaso y le da un trago—. Eres muy lindo, gracias.

Algunas parejas bailan cumbia en el centro del círculo de bancos al lado del puesto. Cuando la canción termina, un beat de reggaetón comienza a sonar; algunas frases subidas de tono suenan como introducción.

—¿Sabes bailar? —espera la respuesta dando otro trago.

—No mucho, no se me da muy bien. ¿Y tú?

—Sí, me gusta. Bueno, depende de la pareja —Nuvia espera a que Carlos diga algo, pero no sucede—. Oye, me siento mal de lo del short.

—No, para nada —Carlos se asusta; cree que le dirá que se ven otro día.

—Bueno, al menos veámonos mañana. Quiero que me digas cómo se me ve —Nuvia se le queda viendo fijamente—. Te pagaré modelándotelo.

Carlos sonríe inconscientemente. Está sudando, piensa en invitarla a bailar, pero no sabría cómo moverse. Sigue sus caderas de un lado a otro; su mirada se detiene en la parte del vientre que deja ver la ombliguera, sigue subiendo hasta los hombros descubiertos y los olanes a los lados. Le da el último trago al vaso de litro.

—¡Me encantaría! —duda un segundo, pero decide seguir—. Si me hubieras dicho que sí, te compraba algo y me lo ibas a modelar; te compraba otra cosa —no se atrevió a mirarla.

—¿Cómo que me habrías comprado? —se pone frente a él para verlo, le pasa el vaso vacío y él, a su vez, se lo entrega al que atiende el puesto—. Tal vez acepte.

—Pues... se me ocurren varias cosas, pero no sé si te gusten.

Nuvia mueve ligeramente las caderas al ritmo de la música. Siente calor en sus mejillas; la cerveza le sentó bien. Piensa en que, desde que vio a Carlos, tuvo ganas de estar a solas con él, en que no tiene nada en particular y, al mismo tiempo, eso le encanta. Se pregunta si ellos tendrán problemas, pero después se dice que realmente eso no importa. Detrás de ella, una pareja se come a besos para después seguir con la danza.

—Mejor te muestro —Carlos traga saliva. Nuvia baja la mirada hacia su pelvis—. ¿Qué dices?

Nuvia sonríe y se gira sobre sí. Su cabello perfuma el espacio de Carlos; sus caderas quedan alineadas con las de él. Ella siente el roce y un escalofrío por todo el cuerpo, busca su mano y la jala.

Caminan directo a un puesto de lencería.

Cuando llegan, ella mira una tanga roja. Él se queda mirando un conjunto negro de encaje: cachetero y sostén tipo corset, con detalles en rojo.

—Conque te gustan góticas, ¿eh? —Nuvia se pone al lado de él y toma el conjunto para verlo mejor. Él está más rojo que la tanga que Nuvia soltó hace un momento—. Me gusta.

La señora que atiende el puesto escucha atenta. Al ver la reacción del chico, sonríe y baja más conjuntos del mismo estilo. Le parece tierna la reacción de Carlos. Se los da.

Al recibirlos, Carlos mira por un momento a la señora. Aunque está cubierta, su figura resalta inevitablemente por su tamaño. Carlos aparta la mirada, pero Nuvia se da cuenta. Piensa que, si tuviera esa talla, quizá mostraría más; o tal vez no. Así también se ve linda.

—Mira, aquí hay más.

Carlos agradece y recibe la lencería. Intenta concentrarse en las prendas, pero está demasiado consciente de que Nuvia lo observa.

—¿Sí te gusta este tipo de lencería? —pregunta ella.

—Sí, está muy sensual.

Nuvia suelta uno de los conjuntos por accidente. Cae justo a la altura de la pelvis de Carlos. Ella se agacha para recogerlo y, al levantarse, se acerca a su oído.

—Aunque yo no soy de la talla que veo que te gusta.

—No, no es eso. Perdón —Carlos se cubre poniendo su mochila frente a él—. Fue un accidente.

—Tranquilo, es una broma —Nuvia se recarga en su hombro—. A mí también me gustaron.

Nuvia va hacia el otro lado del puesto y toma uno de los cacheteros de color verde olivo. Carlos duda por unos segundos, pero después se acerca hacia ella.

—Además, las de tallas pequeñas también tenemos lo nuestro —le muestra la prenda olivo—. Esta es como para cuando estemos casados, ¿no crees?

—En serio, creo que todo se te vería bien —Carlos no tiene ningún titubeo al decirlo.

Nuvia lo mira fijamente. Primero sus labios y después sus ojos. Le sorprende su firmeza. No esperaba que Carlos respondiera así.

Por un instante recuerda cómo la invitó a salir, casi sin pensarlo: «¿Por qué no vamos a pasear?».

Vuelve a mirar hacia abajo. Carlos sigue igual de erguido. No soporta sostener la mirada y aparta los ojos.

Al fondo, un letrero gigante anuncia: 4 horas por 300 pesos.

Nuvia vuelve a mirar a Carlos. Piensa que, si él se lo propusiera en ese instante, probablemente no podría decir que no.

Carlos toma tres conjuntos: el que vio primero, negro con detalles rojos; uno rojo con tanga y perlas de adorno; y el cachetero de color olivo.

—Este lo guardo para cuando nos casemos —sonríe y paga.

La señora del puesto le entrega el cambio y una tarjeta. Después les sonríe a los dos.

—Pasen un buen día.

Nuvia toma las bolsas y mira a Carlos.

—Gracias por invitarme —Nuvia le toma la mano—. Ha sido un día muy agradable.

—Gracias por aceptar —Carlos le devuelve el gesto, apretando con más fuerza su mano—. Perdón si he estado nervioso.

—Oye, pero como nos vamos a casar? —Nuvia tiene un tono inocente— no se va a enojar tu novia? —La expresión Carlos cambio, el color se le fue los músculos faciales quedaron congelados

—Pues…

Nuvia recuerda la primera vez que lo conoció, en la noche busco su perfil, vio sus fotos juntos, la chica mas baja, tierna y dulce, 2 años de relación. Despues recuerda aquella ocasión que los encontró en el salón vacio de la universidad, la expresión de placer de ella, sus piernas sosteniéndose del aire y Carlos bajo su vestido incado.

Durante unos segundos, Nuvia no dice nada. Por primera vez desde que se conocen los dos están incomodos. No esperaba que Carlos dijera que la iba a dejar por ella. Tampoco esperaba sentir culpa, ya lo había hecho antes con uno que otro y nunca le importo.

Lo mira de reojo. Carlos parece incómodo, como si acabara de recordar algo que prefería mantener lejos de aquella tarde. Nuvia siente una mezcla extraña de curiosidad y culpa, aunque ninguna de las dos dura demasiado.

Después de todo, ella no había prometido nada.

—¿Te dejé mudo? —ella se recarga en su brazo—. ¿Por qué hoy?

—te deje mudo?—ella se recarga en su brazo—. ¿Por qué hoy?

—Hoy me armé de valor —la toma de la cintura y siguen por el camino—. Pero tal vez no sea tan lindo, ¿eh?

—¿Por qué?

—Porque mañana quiero que me pagues —lo dice sin mirarla.

Antes de irse un mensaje en celular de Carlos suena, lo ve rapidamene y Nuvia sabe que es de su novia

—Claro, yo tengo palabra.

Llegan al metro.

—Mañana nos vemos aquí —voltea hacia el letrero detrás de ella—.modelaré el short.

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