Prólogo

Siempre supimos que nuestro tiempo era prestado.
Que el peso de nuestras decisiones terminaría por alcanzarnos. Que, tarde o temprano, tendríamos que responder por aquello que un día elegimos con tanta desesperación.
Solo que no imaginé que ocurriría tan pronto.
Durante toda mi vida me enseñaron que el miedo era una debilidad. Una grieta invisible, capaz de derrumbar incluso la voluntad más firme. Años de disciplina me convencieron de que estaba por encima de él.
Ahora sé que estaba equivocado.
Frente a estas puertas, mis manos tiemblan.
No importa cuántas veces cierre los puños ni cuánto me esfuerce por mantener la respiración estable. La sensación permanece, aferrada a mi pecho como una presencia ajena, imposible de ignorar.
Y lo más cruel es que no nace de mí.
No temo por mi vida. Hace mucho tiempo acepté que podía perderla. El destino rara vez ofrece concesiones, y mi sangre siempre fue un precio que estuve dispuesto a pagar.
Lo que me aterra es lo que aguarda al otro lado de este umbral.
La posibilidad de llegar demasiado tarde.
La posibilidad de fracasar.
La posibilidad de perder aquello que nunca creí capaz de importar tanto.
Por un instante, cierro los ojos.
Luego vuelvo la mirada hacia la persona a mi lado y comprendo que, pese a todo lo que aprendí, hay cosas para las que nadie puede prepararse.
—Pase lo que pase... por favor, no me sueltes.









