PRÓLOGO
TEMPORADA 2 — LA VITRINA ETERNA
Desde la cima de la montaña alta, el cielo tenía el color que Valen había prometido que tendría.
Belia lo había comprobado la primera vez hacía dos años, tres días después de que el castillo de Aldenmoor se hundiera en el collado norte, cuando por fin llegó arriba con las piernas temblando y el hombro todavía envuelto en vendas improvisadas. Se había quedado mirando ese oscuro-que-se-podía-sentir durante tanto tiempo que el frío del amanecer le entumeció los dedos, y cuando por fin bajó la vista hacia el valle, hacia la cicatriz oscura donde había estado el castillo, entendió que la promesa estaba cumplida. Entera. Sin condicionantes.
No había sabido, entonces, qué hacer con una promesa ya cumplida. Nadie le había enseñado eso.
Así que había vuelto. No todos los días —algunos meses pasaban sin que subiera, ocupada en las cosas concretas de sobrevivir sola en los márgenes de un reino que ya no confiaba del todo en las historias que ella podría contar sobre lo que había pasado esa noche—, pero sí con la regularidad suficiente para que el camino de tierra entre los pinos hubiera empezado a parecerse a un sendero real, marcado por sus propios pasos repetidos.
Tenía diecisiete años ahora. El cuerpo había terminado de crecer en las direcciones en que un cuerpo termina de crecer entre los quince y los diecisiete, pero lo que más había cambiado, si Belia se permitía notarlo, no estaba en el espejo. Estaba en la forma en que sus manos ya no dudaban antes de tomar una decisión. En cómo su mano izquierda, la que había pagado el precio de una noche entera dos años atrás, había recuperado casi toda su fuerza, salvo por esa fracción de segundo de retraso que probablemente nunca la abandonaría del todo, y que Belia había dejado de intentar corregir. Algunas cosas, había aprendido, no se corrigen. Se incorporan.
El hombro derecho, en cambio, todavía le avisaba antes de que lloviera. Eso tampoco lo consideraba ya un defecto. Era, simplemente, información.
Se sentó en la misma repisa de roca de siempre, con las piernas colgando hacia el vacío del valle, en una postura que no había elegido conscientemente pero que reconocía, cada vez que la adoptaba, como un eco de otra postura, en otro muro, hacía mucho más tiempo del que dos años podían contener del todo. Metió la mano en el bolsillo del delantal —ya no el mismo delantal, este era nuevo, cosido por ella misma con una torpeza que la habría avergonzado frente a la maestra Verel de las Crónicas que todavía no conocía, aunque conservaba, cosido en el mismo lugar exacto, el bolsillo interior reforzado— y sacó la esfera.
Tibia. Como siempre. Latiendo con el mismo ritmo suave e irregular que Belia conocía mejor que su propio pulso.
—Llegamos —le dijo, en voz baja, como hacía cada vez que subía, sin estar segura de si hablaba con Valen o solo con la costumbre de haber hablado con él tantas veces que dejar de hacerlo se sentía como una traición más pequeña pero igual de real que todas las demás—. Otra vez. ¿Ves el color?
La esfera no respondía con palabras. Nunca lo había hecho, ni siquiera aquella primera noche en el Gran Salón de Banquetes, cuando la proyección de Valen había aparecido durante tres segundos exactos y después se había deshecho en azúcar glas. Pero el latido, algunas veces —Belia no podía asegurar si era real o si dos años de soledad le habían enseñado a inventar patrones donde solo había repetición— parecía acelerarse un instante cuando ella describía algo que él habría querido ver.
Hoy, sin embargo, el latido cambió de una forma distinta.
No se aceleró. Se detuvo.
Solo un instante —tan breve que Belia, en cualquier otro momento de su vida, lo habría atribuido a su propia percepción cansada, a la luz del amanecer jugándole una mala pasada a los dedos que sostenían el cristal—, pero dos años de dormir con esa esfera contra el pecho, de sentir su ritmo en la oscuridad tantas noches que ya formaba parte de su propia respiración, le habían enseñado a reconocer una interrupción real cuando la sentía.
El corazón de Valen se había detenido. Y había vuelto a latir, un segundo después, con el mismo ritmo de siempre, como si nada hubiera pasado.
Belia se quedó completamente inmóvil, con la esfera apretada entre ambas manos —la buena y la que todavía dudaba una fracción de segundo antes de cerrar del todo—, esperando a que volviera a ocurrir.
No ocurrió. No enseguida.
Pero algo en el aire de la montaña, algo que Belia no habría sabido nombrar hacía dos años y que ahora, sin saber tampoco por qué, reconocía con la misma certeza fría con que reconocía el ángulo de un guardia o el ritmo de una respiración enemiga, le dijo que aquella interrupción no había sido un fallo suyo. Había sido una respuesta.
Algo, en algún lugar, había llamado al corazón de Valen. Y el corazón de Valen, por primera vez en dos años, había tenido que decidir si contestar.
Belia se puso de pie despacio, todavía con la esfera entre las manos, y miró hacia el norte, hacia el valle donde Aldenmoor seguía existiendo, más pequeña, más silenciosa, reconstruida a medias sobre las ruinas de lo que había sido, con la cicatriz del collado norte todavía visible incluso desde esta altura, un óvalo de tierra removida que dos años de lluvia y de hierba nueva no habían terminado de borrar del todo.
Nunca había vuelto a acercarse a esa cicatriz. No por miedo —se había repetido esa mentira a sí misma las primeras semanas, hasta que dejó de convencerla— sino porque una parte de ella, la misma parte metódica que catalogaba patrones y ritmos, sabía que algunas heridas se cierran mejor si nadie las revisa todos los días para comprobar si siguen ahí.
Pero ahora, con el eco de ese latido detenido todavía vibrándole en las palmas de las manos, esa distancia cuidadosa dejó de parecerle prudencia. Empezó a parecerle, por primera vez en dos años, negligencia.
Guardó la esfera en el bolsillo, contra su pecho, donde había estado guardada cada día desde la noche en que la sacó de entre los fragmentos de un monstruo calcificado. Miró una última vez hacia el este, hacia el color que ya no necesitaba comprobar porque lo conocía de memoria, el mismo oscuro-que-se-puede-sentir que Valen había querido ver una vez, antes de que su cuerpo decidiera que ya había terminado.
—Voy a averiguar qué fue eso —dijo, en voz baja, y esta vez no supo, ni le importó saber, si le hablaba a él o a sí misma.
Empezó a bajar.
El camino de vuelta era más rápido que el de subida, siempre lo había sido, con la gravedad ayudando a cada paso en vez de exigiéndolo. Belia lo recorrió con la Gran Guadaña Mística cruzada a la espalda, sostenida todavía por el mismo jirón de tela descolorida que llevaba dos años sirviendo para el mismo propósito, aunque la tela, ahora, estaba tan gastada que apenas conservaba ya la forma original del chaleco al que había pertenecido.
No sabía todavía qué había llamado al corazón de Valen desde algún punto que no podía ver ni nombrar. No sabía si la reconstrucción bajo la cicatriz del collado norte había avanzado más de lo que ella, en dos años de distancia deliberada, había querido creer. No sabía que en una sala sin ventanas, mucho más grande que el estudio secreto que una vez cruzó, alguien acababa de anotar, con la misma letra fría y precisa que había caracterizado a la Diseñadora antes que a él, una sola línea en un registro que llevaba siglos esperando esa entrada exacta.
Pieza localizada. Iniciar recuperación.
Belia solo sabía una cosa, con la misma certeza terca que la había llevado a cruzar un castillo entero hacía dos años: fuera lo que fuera que hubiera tocado el corazón de Valen esa mañana, no iba a esperar a que ella decidiera si estaba lista.
Bajó la montaña más rápido.
Fin del Prólogo.
![The Moon's Weapon : the cursed mate [ MOVING TO GALATEA]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_123f31099804e79c6de11657975bcaae.jpg)







