PRÓLOGO
Los médicos, suelen decir que el cuerpo siempre avisa y que la maquina perfecta, no se apaga de golpe sin antes enviar una respectiva notificación, códigos de emergencia que no le damos importancia y siempre hay destellos en el tablero de control. Pero la ciencia, en su fría y hermosa objetividad, suele frecuentemente olvidar que el lenguaje del alma es el único que realmente, puede traducir esos impulsos.
Magaly pasó cuarenta y cuatro años ignorando los avisos, aprendió a silenciar el ruido de su propio corazón bajo un lema familiar aprendido, de que la vida no se cuestiona, y de esa manera, solo se vive día tras día, en una rutina idéntica a la anterior. Se convirtió en una experta en el arte de la desconexión y de esa manera, construyó paredes altas alrededor de su mente, apagó los pinceles de su imaginación y dejó bajo llave al Dios con el que solía debatir en las tardes soleadas de su infancia hasta que, llegó el día que el sistema colapsó.
Y si, el día en que el anuncio del colapso llegó no vio luces angelicales, ni la voz del supremo hablándole, fue simplemente una presión en el plexo solar, un nudo ciego que intentaba gritar desde sus entrañas y un dolor punzante en el hombro izquierdo que olía a despedida.
En la soledad de un apartamento demasiado grande, frente al silencio de un balcón vacío, una mujer común se descubrió al borde del abismo y, justo en ese microsegundo donde el miedo a la muerte se confunde con el pánico a no haber vivido, pero con el humor negro de lo que podía encontrar su esposo al regresar de viaje, la creatividad dormida emergió como un salvavidas.
Esta no es solo la historia de una mujer que negoció con su creador, es la crónica de una tregua de siete días que logró obtener, siete casillas en un calendario, siete asientos vacíos esperando ser ocupados por las verdades que Magaly pasó una vida entera intentando esquivar.
La cuenta regresiva ha comenzado, y la primera silla está a punto de moverse.








