PRÓLOGO — Cuídala
El primer grito de la niña hizo temblar las lámparas de Éter.
Seraphine Orlaith levantó la cabeza.
Durante años había asistido a nacimientos en los cinco dominios de Vaeloria. Había visto Núcleos despertar antes de tiempo, Afinidades manifestarse de maneras extrañas y recién nacidos provocar pequeñas alteraciones en el Éter que los rodeaba.
Pero aquello era diferente.
—¡Quiero a mi hija!
La voz de Avelyne atravesó la habitación.
Estaba exhausta.
Tenía el cabello negro pegado a la frente por el sudor, las manos temblorosas y el cuerpo todavía resentido por el parto.
Uno de los sanadores intentó tranquilizarla.
—Necesitamos revisarla primero.
—¡Ya la revisaron!
—Avelyne—
—¡Dámela!
Seraphine apenas escuchaba la discusión.
Su atención estaba sobre la recién nacida.
Pequeña.
Cabello negro.
Piel clara.
Los ojos todavía cerrados.
Parecía completamente normal.
Hasta que ocurrió nuevamente.
Tum.
Seraphine dejó de respirar.
No había escuchado aquel sonido.
Lo había sentido.
Dentro de su propio Núcleo.
Miró alrededor.
Ninguno de los otros sanadores parecía haberlo notado.
Tum.
Esta vez las lámparas de Éter parpadearon.
Seraphine se acercó.
—Déjame verla.
La sanadora que sostenía a la bebé se la entregó.
Seraphine colocó dos dedos sobre su pequeño pecho.
Nada.
Esperó.
Entonces…
Tum.
Las flores medicinales colocadas sobre una mesa se inclinaron en dirección a la niña.
Seraphine retiró la mano.
No.
Aquello no era posible.
Los Núcleos de los recién nacidos permanecían latentes.
Siempre.
El Éter podía reconocerlos, pero no responderles.
Mucho menos obedecerlos.
—¿Está bien?
Seraphine levantó la mirada.
Avelyne la observaba desde la cama.
Había miedo detrás de sus ojos.
—¿Mi hija está bien?
Seraphine miró nuevamente a la niña.
—Sí.
La mentira salió demasiado rápido.
Avelyne lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No pongas esa cara y después me digas que no pasa nada.
Incluso agotada, aquella muchacha tenía carácter.
Seraphine se acercó a la cama.
—¿Ya eligieron un nombre?
La expresión de Avelyne cambió.
Miró a su hija.
—Elara.
Seraphine bajó los ojos.
Elara.
La bebé hizo un pequeño movimiento entre sus brazos.
—Quiero cargarla.
Esta vez nadie discutió.
Seraphine colocó cuidadosamente a Elara sobre el pecho de su madre.
Y el mundo pareció detenerse.
Avelyne dejó escapar un sollozo.
Todo el miedo, el dolor y el agotamiento desaparecieron de su rostro por un instante.
Solo quedó ella.
Y su hija.
—Hola…
Elara se movió.
Avelyne sonrió mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
—Hola, mi amor.
Seraphine sintió entonces el segundo Núcleo.
Giró bruscamente.
No.
Aquello era todavía más imposible.
La energía no provenía únicamente de la bebé.
Provenía de Avelyne.
Tum.
Madre.
Tum.
Hija.
Tum.
Madre.
Tum.
Hija.
Dos pulsaciones.
Respondiéndose.
Seraphine retrocedió.
—¿Qué ocurre? —preguntó uno de los sanadores.
—Nada.
—Pareces haber visto un espectro.
Seraphine ignoró el comentario.
No podía ser.
No después de tantos años.
No dos veces en la misma habitación.
Avelyne levantó la mirada.
—¿Segura que mi hija está bien?
Seraphine tardó unos segundos en responder.
—Está perfecta.
Y esa parte era verdad.
Elara estaba sana.
El problema era lo que había dentro de ella.
Seraphine se dirigió hacia la mesa donde se encontraban los registros de nacimiento.
Tomó la pluma.
Nombre: Elara.
Continuó.
Peso.
Hora.
Dominio.
Condición.
Finalmente llegó al último apartado.
Estado del Núcleo:
Su mano se detuvo.
La respuesta correcta era sencilla.
Activo.
Pero escribir aquella palabra significaba condenarla.
Seraphine conocía los protocolos.
Un Núcleo activo al nacimiento requería notificación inmediata.
Investigación.
Aislamiento.
Evaluación.
Y después…
La Orden.
Sintió un escalofrío.
Miró hacia la cama.
Avelyne continuaba hablando bajito con su hija.
Completamente ajena a lo que acababa de ocurrir.
—Eres preciosa —susurró.
Elara abrió los ojos.
Todas las lámparas de Éter se apagaron.
La habitación quedó completamente oscura.
Alguien gritó.
—¿Qué demonios pasó?
—¡Enciendan las luces!
Los sanadores comenzaron a moverse.
Seraphine no.
Permaneció inmóvil.
Mirando hacia el lugar donde sabía que estaban Avelyne y la niña.
Unos segundos después, las lámparas volvieron a encenderse.
Elara dormía.
Como si nada hubiera ocurrido.
Seraphine bajó lentamente la mirada hacia el registro.
Mojó la pluma en tinta.
Y escribió:
Estado del Núcleo: latente. Normal.
Cerró el documento.
—¿Terminamos? —preguntó Avelyne.
Seraphine la observó.
Era demasiado joven.
No tenía idea de lo que acababa de traer al mundo.
Peor aún…
Seraphine comenzaba a sospechar que tampoco sabía lo que llevaba dentro de sí misma.
Se acercó a la cama.
Avelyne levantó la mirada.
—¿Qué?
Seraphine miró a Elara una última vez.
Después a su madre.
Quiso advertirle.
Decirle que ocultara a la niña.
Que nunca permitiera que nadie examinara demasiado su Núcleo.
Que si alguna vez las lámparas volvían a apagarse cuando Elara estuviera cerca, tomara a su hija y corriera.
Pero no podía.
Cuanto menos supiera Avelyne, más natural sería su vida.
Y quizá…
solo quizá…
aquello no volvería a suceder.
Seraphine sabía que estaba mintiéndose a sí misma.
Se dirigió hacia la puerta.
—Seraphine.
Se detuvo.
Avelyne frunció el ceño.
—¿De verdad está todo bien?
Seraphine miró a la pequeña dormida sobre su pecho.
Durante un instante sintió algo que llevaba décadas sin experimentar.
Miedo.
No hacia aquella niña.
Por ella.
—Sí.
Abrió la puerta.
Pero antes de marcharse, volvió la cabeza.
—Avelyne.
—¿Sí?
Seraphine observó a Elara.
Y pronunció las únicas palabras que podía permitirse decir.
—Cuídala.
La puerta se cerró.
Avelyne bajó la mirada hacia su hija.
—Qué mujer tan extraña…
Elara hizo un pequeño ruido mientras dormía.
Avelyne sonrió y besó su frente.
No podía saberlo todavía.
Pero aquella noche, en algún lugar de Vaeloria, un registro que debía permanecer dormido acababa de despertar.
Y aunque Seraphine había mentido para protegerlas…
el Éter no olvidaba.
✦ ✦ ✦
TRES AÑOS DESPUÉS…
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