Preven
El pueblo de Preven estaba escondido entre árboles tan altos que, desde lejos, parecía que el bosque se tragaba las casas.
Nadie sabía exactamente dónde terminaba aquel bosque. Algunos decían que se extendía mucho más allá de Colombia, atravesando tierras que ningún mapa había logrado dibujar. Otros aseguraban que el bosque estaba vivo y que cambiaba de lugar cada noche.
Pero Atral no tenía miedo.
A sus trece años, sentía una enorme curiosidad por todo aquello que los demás intentaban ocultarle. Le fascinaba la magia, aunque ella misma no podía hacerla. Le encantaban las historias sobre brujas, vampiros y criaturas que, según los adultos, era mejor no buscar.
Aquella tarde caminaba entre los árboles cuando escuchó una voz detrás de ella.
—¿Otra vez aquí?
Atral se giró y sonrió.
Era Itzel.
Tenía quince años y era una bruja. A diferencia de Atral, ella podía sentir la magia del bosque y utilizarla. Siempre llevaba consigo un pequeño amuleto que había pertenecido a su familia durante generaciones.
—Te estaba buscando —respondió Atral.
—¿Para qué?
Atral señaló un claro entre los árboles.
—Encontré algo.
Itzel la siguió, intrigada.
En medio del claro había una pequeña flor de color violeta que brillaba suavemente bajo la luz de la tarde.
Itzel se quedó sorprendida.
—Eso es magia antigua.
—¿De verdad?
—Sí. Y es bastante rara.
Atral se agachó para observarla, maravillada.
—Algún día quiero conocer toda la magia que existe.
Itzel sonrió.
—Entonces tendrás que aprender muchas cosas.
—¿Tú me enseñarías?
—Claro.
Las dos se quedaron allí durante un rato, hablando sobre todas las cosas que soñaban hacer algún día.
Atral quería conocer otros lugares, descubrir los secretos del bosque y aprender todo lo posible sobre la magia.
Itzel quería convertirse en una gran bruja.
Pero había algo que ambas querían más que cualquier otra cosa.
Permanecer juntas.
Todavía eran demasiado jóvenes para comprender cuánto podía cambiar el mundo con el paso de los años. No sabían que sus familias tenían planes para ellas. No sabían que el reino de los vampiros pronto entraría en sus vidas.
Solo sabían que, cuando estaban juntas, el bosque parecía un poco menos oscuro.
Y mientras el sol desaparecía detrás de los árboles, Atral miró a Itzel y sonrió.
—Prométeme que nunca vamos a separarnos.
Itzel la miró durante unos segundos.
—Te lo prometo.
Ninguna de las dos sabía que aquella promesa sería puesta a prueba por el destino.








