El agujero
El programa comenzó como todas las noches.
La misma canción de entrada. Una melodía demasiado pegadiza, de esas que se quedan atrapadas en la cabeza incluso cuando uno ya ha dejado de escucharla. Con los años, Art había aprendido a aborrecerla.
Las llamadas entraban una después de otra. Algunas eran absurdas, otras difíciles de creer y unas cuantas, simplemente tristes.
Cuando terminaron los anuncios comerciales, Art se acomodó los audífonos y miró el reloj del estudio.
—Bien —dijo—. Tenemos otra llamada. Buenas noches. ¿Con quién tengo el gusto?
Hubo un breve silencio.
Entonces respondió una voz masculina, grave. A Art le pareció bastante amigable.
—Hola, Art. Debo decir que soy un gran fan del programa.
—Gracias —respondió Art casi por instinto.
El hombre soltó una pequeña risa nerviosa.
—No sé por dónde empezar. De verdad, esta mierda es muy confusa. Perdón... ¿puedo decir esas palabras al aire?
Art se rio.
—No te preocupes. ¿Por qué no empiezas presentándote?
—Robert. Me llamo Robert.
Su voz parecía más tranquila ahora.
—Tengo una granja en las afueras de la ciudad. Es una propiedad bastante grande. Ahora vivo solo, pero antes de que fallecieran la compartía con mi esposa y mi pequeña hija.
Art guardó silencio durante un instante.
—Lamento escuchar eso, Robert.
Por primera vez desde que había comenzado la llamada, Robert pareció dudar.
—Es una hermosa granja, Art. O lo era... hasta que apareció ese agujero.
Art frunció ligeramente el ceño.
—¿Ese agujero?
—Sí. Un día no estaba y al otro apareció ahí. De la nada. Art, ¿cómo puede pasar eso?
Art apoyó un dedo sobre la mesa.
Había escuchado historias extrañas durante años. Personas que juraban haber visto cosas imposibles, animales que no podían identificar, luces en el cielo, voces provenientes de lugares donde no había nadie.
Pero un agujero que aparecía de un día para otro...
No sabía qué decir.
—¿Cómo aparece un agujero de un día para otro, así de la nada, Robert?
—No lo sé, Art. Yo llamo para que tú me lo expliques. Eres el experto —dijo Robert con un tono nervioso, casi burlesco.
Art soltó una risa incómoda.
—Es la primera vez que escucho algo así.
Pensó en algunas posibilidades.
Un derrumbe. Una excavación ilegal. Algún accidente.
Pero todas sonaban ridículas incluso antes de decirlas en voz alta.
Decidió continuar.
—Dime, ¿ha pasado algo más aparte de ese agujero en tu granja?
Robert guardó silencio.
Durante unos segundos no se escuchó nada al otro lado de la línea.
Cuando finalmente respondió, su voz había cambiado.
—Sí.
Hizo una pausa.
—Mis animales están asustados. Se acercan a ese agujero de mierda y se quedan mirándolo todo el día. No creo que duerman ya. Llevan un par de días así.
Art permaneció callado.
—Pero eso no es lo peor.
La frase hizo que Art se incorporara ligeramente en su silla.
—¿Qué ocurrió?
—Anoche tuve que salir corriendo porque unos muchachos estaban mirando el agujero. Por un momento pensé en acordonar el lugar y cobrar por mirarlo. Ya sabes, hacer negocio con los curiosos.
Art soltó una risa leve.
—Pero cuando fui a ahuyentar a esos cabrones, les grité y no me respondieron. Tuve que ponerme grosero, Art. Pero seguían sin hacerme caso —prosiguió Robert.
—¿Cómo es eso?
—No lo sé.
Art intentó descartar posibilidades.
—¿Parecían sordos? ¿Drogados, quizá? ¿O simplemente vándalos?
—Murmuraban algo.
La voz de Robert bajó.
—Algo extraño.
Art dejó de sonreír.
—¿Qué decían?
—No pude entenderlo.
Hubo otro silencio.
—Me estaba asustando, así que tuve que sacar mi arma.
Art levantó las cejas.
—¿Tuviste que sacar un arma?
—Sí.
Robert hablaba cada vez más rápido.
—Los amenacé. Incluso disparé al aire.
Art esperó que continuara.
—Y no se movieron.
—¿Qué?
—Nada.
La voz de Robert sonaba desconcertada.
—Me miraron, pero esa mirada fue muy extraña.
Art no respondió inmediatamente.
—Tuve que llamar a la policía. Lo había evitado porque no quería que se hiciera un escándalo.
Robert soltó el aire lentamente.
—Art, ¿Qué le pasa a la gente?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
—No lo entiendo. ¿Qué pasa con ese agujero?
Art abrió la boca para responder, pero Robert volvió a hablar.
—Art, amigo, espera un momento. Me llaman.
Se escuchó un ruido al otro lado de la línea.
Luego, la voz de Robert se alejó.
—Mi hija me está pidiendo que le lleve su peluche.
Art sonrió apenas.
—¿Tu hija?
Robert ya estaba más lejos del teléfono.
—Ya voy, mi amor.
La voz se volvió más tenue.
Después desapareció.
Art esperó.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
—¿Robert?
No hubo respuesta.
Art miró la consola frente a él.
—Robert... ¿sigues ahí?
Nada.
La línea continuaba abierta.
Art volvió a llamar.
—Robert.
Silencio.
Y entonces recordó algo.
Algo que Robert había dicho apenas unos minutos antes.
Ahora vivo solo.
Art permaneció inmóvil frente al micrófono.
Recordó también la forma en que Robert había hablado de su esposa.
Antes de que fallecieran...
Y entonces comprendió.
Su hija también había muerto.
La canción de entrada había terminado hacía mucho.
Por primera vez aquella noche, Art no supo qué decir.
La línea telefónica continuó abierta unos segundos más.
Después, se cortó.








