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Aeterna Infantia

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Summary

En 2007, Miguel solo quería hacer un amigo. Cuando Lucas llega como alumno nuevo a su salón de cuarto de primaria, ninguno de los dos imagina que aquella amistad cambiará sus vidas para siempre. Los años pasan entre recreos, videojuegos, fútbol, secretos y pequeños momentos que los hacen inseparables. Pero al llegar a la adolescencia, Miguel comienza a descubrir sentimientos que no sabe cómo nombrar. Mientras intenta entender quién es y qué significa Lucas para él, alguien empieza a observarlos desde las sombras. En 2012, Miguel recibe mensajes de un desconocido que conoce sus secretos más íntimos. Lo que parece un simple acoso pronto se convierte en un juego de manipulación cada vez más peligroso. Y cuanto más intenta proteger a Lucas, más cosas pierde en el camino.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo


5 de Julio del 2026


Más de ochenta mil personas cantaban al mismo tiempo.

“...Pero aquí no es así...”

La voz de Caifanes retumbaba en todo el Estadio Azteca mientras miles de gargantas repetían el coro con una fuerza que me erizaba la piel.

Yo también cantaba.

No podía dejar de sonreír.

Jamás me había imaginado estar viviendo un mundial en mi propio país.

Recordé cada uno de los mundiales anteriores.

Qatar. Mi primer mundial en Ciudad de México. Tenía poco de haber llegado.

Rusia y Brasil los viví en Oaxaca.

Y entonces llegamos a Sudáfrica.

Tenía doce años. Estaba en primero de secundaria.

Y las cosas eran muy diferentes.

Las pantallas del estadio mostraban a los fanáticos con sus banderas.

El partido se había demorado por la lluvia, pero aún así no podía dejar de sonreír.

Al día siguiente, tenía que volver a la rutina.

Eran los últimos días del ciclo escolar.

Aún así, tenía que estar atento de aquellos chicos que habían reprobado.

Me gustaba mucho darles clases a los adolescentes.

Me recordaba a mi propia adolescencia.

Caótica.

Estresante.

Pero feliz.

Muchos insistían en que era difícil lidiar con ellos.

Decían que eran rebeldes.

Groseros.

Irrespetuosos.

Pero yo los veía como lo que realmente eran: niños asustados tratando de descubrir quiénes eran.

Yo sabía lo que se sentía.

Miré el cielo.

Las nubes rodeaban el Estadio Azteca.

Parecía que el cielo se iba a caer.

El típico clima de Chilangolandia.

Solté una risa.

Quién lo diría.

Terminar viviendo en la Ciudad de México

Comiendo tortas de tamal.

Diciéndole esquite al elote en vaso.

Sin carnita asada.

Sin ver el Cerro de La Silla todos los días.

Sin el Chicharrón de la Ramos.

A veces extrañaba Monterrey.

Aunque aquí estaba Chapultepec, Bellas Artes, el Zócalo y Xochimilco, nada se comparaba al Paseo Santa Lucía o a ver las montañas a diario.

Había pasado la mayor parte de mi vida allí.

Ahí había crecido.

Ahí había aprendido a andar en bicicleta.

Ahí fui a la escuela.

Ahí conocí a mis amigos.

A mis mejores amigos.

A mi mejor amigo.

En los altavoces empezó a sonar Hasta que te conocí.

La gente se volvió loca.

El estadio estalló.

La letra me pareció irónica.

A mi lado mi acompañante sonreía y cantaba.

Como si nada más importara.

Como si no hubiera importado el costo del boleto.

Ni la contaminación.

Ni nada más.

Solo importaba ese momento.

La miré un segundo.

No podía tener mejor compañía.

Pero, esa canción…

Esa maldita canción.

Siempre me llevaba al mismo lugar.

Cerré los ojos.

Cuarto de primaria.

El año en que mi vida cambió.

El año en que conocí al niño nuevo.

—Alivianate, Miguel. Mira, ahí va Morita a calentar.

El estadio aplaudió a Mora cuando las pantallas lo mostraron.

Los demás jugadores también salieron.

Entonces el estadio se llenó de silbidos.

Harry Kane y Jude Bellingham salieron a entrenar.

Yo también los abucheé.

Sonreí.

Era parte del fútbol.

O, al menos, eso decía él.

Antes, para mí, el fútbol era solo otro juego.

Fue él quien me enseñó que no se trataba solo de noventa minutos.

Se trataba de creer.

De sufrir.

De ilusionarte.

De volver a levantarte después de cada derrota.

Finalmente, el partido empezó.

Los minutos avanzaban.

Pero el gol no llegaba.

—Voy por una cerveza. ¿Quieres algo?

—Simón. Tráeme una Coca.

—Ándale, ven conmigo.

Negué con la cabeza.

—Es la pausa de hidratación, Miguel. No te vas a perder nada.

—Eso dices tú. Imagínate que justo en ese momento cae el gol.

Me quedé observando la cancha mientras los jugadores aprovechaban la pausa para hidratarse.

Algunos tomaban agua.

Otros, Powerade.

Sonreí.

Verlos beber algo me hizo pensar en aquel niño futbolista.

El delantero estrella.

El próximo año cumpliré treinta.

No podía creerlo.

Ya tres décadas.

Tres décadas en las que he conocido personas maravillosas.

En las que recorrí lugares que el niño que fui jamás habría imaginado.

Construí una vida de la que me siento orgulloso.

Y, aun así...

Cada vez que intento recordar los momentos más felices de mi vida,

siempre regreso al mismo salón.

Al cuarto grado de primaria.

Al día en que conocí al niño nuevo.

El partido continuó.

Mi acompañante aún no regresaba.

—Lo sabía... —murmuré.

Y entonces...

¡Gol!

Jude Bellingham se lanzó de cabeza y mandó el balón al fondo de la red.

Inglaterra acababa de ponerse arriba.

Solté un suspiro.

Sí ....

Me agüitó un poquito.

Pero, para mi sorpresa, el estadio no dejó de alentar ni un segundo.

En pocos minutos, Inglaterra anotó otro gol.

Maldita sea.

Ya no se podía hacer nada.

Remontar dos goles a Inglaterra parecía imposible.

Sentí un hueco en el estómago.

Bajé la mirada.

Yo sí creía que este año era bueno.

De verdad lo creí.

Me sentí mal por haber sido tan ingenuo.

Quería llorar.

Ya me quería ir a mi casa.

Pero entonces…

—¡¡¡GOOOOOOOOOOOOOOOL!!!

Todos en las gradas nos abrazamos.

La gente se volvió loca.

Empezaron a volar vasos de cerveza.

Mi acompañante regresó con las cervezas justo cuando el estadio seguía celebrando.

—¿Qué onda, Miguel? ¿Cómo va el partido?

—Vamos perdiendo. Dos a uno.

Hizo una mueca.

—Yo creo que ya no nos levantamos.

Tomé el vaso con la Coca y sonreí.

—No seas tan negativo. ¿Y si sí?

Se rió.

—Ajá... porque anotarle dos goles a Inglaterra va a ser bien fácil.

Me encogí de hombros.

—Nunca se sabe.

El silbatazo anunció el descanso.

Los jugadores desaparecieron rumbo al vestidor.

La gente seguía cantando.

Pero yo ya no estaba ahí.

Ni siquiera en la Ciudad de México.

Estaba en Monterrey.

20 de agosto de 2007.

Nueve años.

Un uniforme azul.

Una mochila más grande que mi espalda.

Un salón de clases con las tablas de multiplicar, dibujos de Disney...

Y un cartel de Five Little Monkeys pegado en la pared.

Y el niño nuevo.

—Miguel, ¿estás llorando?

Abrí los ojos.

Me limpié la lágrima con la mano.

—No…

—A que sí.

—No.

—Ya wey, a lo mejor si empatan. Alivianate.

El segundo tiempo arrancó con un gol de Inglaterra.

Mi acompañante se tomó una cerveza.

Me miró.

—Te dije. Ya valió madres. Vámonos para alcanzar el metro.

Bajé la mirada.

—No...

Todavía queda tiempo.

Y entonces, el árbitro expulsó a uno de Inglaterra.

Mi acompañante chasqueó la lengua.

—Eso no garantiza nada.

Sonreí.

—Pero ya tenemos ventaja. Deja de ser tan negativo.

—No soy negativo, Miguel. Soy realista.

Le saqué la lengua.

—No quiero que te ilusiones mucho y estés llorando al final.

—Pero así es el fut

Luego corregí.

—Así es la vida.

—Miguel, el optimista.

Asentí.

Unos minutos después...

¡Penal para México!

Raúl Jiménez lo cobró y anotó.

El Azteca explotó otra vez.

—Solo nos falta uno para empatar —dije, sin dejar de mirar la cancha—. La altura ya les está pesando. Se ven bien bofeados.

Mi acompañante soltó una risa.

—Ay, Miguel. Pareces un niño chiquito. Estás bien emocionado.

Sonreí.

—Sí. Lo estoy.

Me tomó de la mano.

Yo seguí viendo el partido.

Y entonces, el silbatazo final.

México lo intentó.

De verdad lo intentó.

Todos en el estadio aplaudieron.

Empezó a sonar Wonderwall.

Jude Bellingham celebraba con sus compañeros.

Yo bajé la mirada.

Me dolía la derrota.

Y empecé a llorar.

Era lo bonito del fútbol.

Subir hasta las nubes, y luego caer estrepitosamente.

Mi acompañante me dio una palmada en el hombro.

—Ánimo, Miguel.

Mi acompañante sonrió.

—Hay derrotas que también valen la pena.

—Aún así, creí que era el bueno.

—Ya vendrán otros mundiales.

—Pero tendré 32. Y cada mundial seré más viejo.

Me miró.

—¿Y?

—Que ya no podré disfrutar el fútbol como ahora.

—Ay, Miguel.

—Es la verdad. Y tal vez jamás voy a vivir un mundial en el país otra vez.

—No lo sabes.

—No, pero tal vez ya no tenga la edad para andar en el desmadre.

—¿Por qué?

—Porque debería de ser de cierta forma.

Miré alrededor.

La gente empezaba a abandonar el estadio.

—Debería ser más maduro. Formar una familia. Dejarme de tonterías.

—Miguel…

No respondí.

Me levanté del asiento.

Caminé al baño.

Había mucha fila.

Solo quería llorar sin que nadie me viera.

Cada vez estaba más viejo.

Y cada vez sentía un peso en mis hombros que ya no podía seguir cargando.

Mi acompañante me alcanzó.

Me puso la mano en el hombro en la fila.

—¿Quieres llorar, verdad? —susurró—

Negué con la cabeza.

—N…no. —dije, con la voz quebrada—

Me revolvió el cabello.

—Vámonos a casa.

Llegamos a casa después de un rato en el metro.

Abrí la puerta.

—Ahora sí, puedes llorar todo lo que quieras.

Me abrazó.

Me dio un beso en los labios.

—Hasta mañana, descansa.

Sonreí.

Me quedé unos segundos junto a la puerta después de que se fue.

Luego abrí mi computadora.

Tenía que preparar algunas cosas para la semana.

Pero me daba flojera.

Ya casi no iban alumnos.

Abrí un documento en blanco.

El cursor parpadeó durante varios segundos.

Esperando.

Igual que yo.

No sabía cómo empezar.

Supongo que nadie sabe cómo empezar a recordar una vida.

Pero necesitaba hacerlo.

Necesitaba escribir mis memorias...

antes de que la memoria las borrara.

Escribí una fecha.

20 de agosto de 2007.

Respiré hondo.

Y empecé.

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