Prólogo.
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—Esto podemos arreglarlo por las buenas. Por favor, no les hagas daño a mi esposa e hijo... Son lo único valioso que tengo. Te entregaré la corona si eso es lo que deseas.
Boll hizo una breve pausa mientras se quitaba lentamente el aro de oro que pesaba sobre su cabeza. Lo depositó en el suelo con delicada reverencia y dio un paso atrás.
—Ahí la tienes... Ahora, déjalos en paz.
—Eres tan ingenuo, Boll. Nunca supiste gobernar a quienes llegaron a este reino; fuiste incapaz de controlar a los humanos —el intruso comenzó a caminar a su alrededor con una calma inquietante, obligándolo a seguir cada uno de sus pasos con la mirada—. No sabías cómo ser un rey, mi querido amigo.
La bofetada estalló en el silencio de la estancia. El impacto resonó entre los muros de piedra como un trueno y Boll apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de caer pesadamente contra el suelo. Un agudo zumbido invadió sus oídos. Instintivamente encogió el cuerpo, llevó las rodillas al pecho y protegió su rostro con los antebrazos, intentando hacerse tan pequeño como le fuera posible.
A un costado, la reina permanecía inmóvil, abrazando con fuerza a su hijo, incapaz de apartar la mirada. El miedo había convertido el salón del trono en una jaula helada.
—Levántenlo.
La orden fue pronunciada con absoluta indiferencia. Dos soldados sujetaron a Boll por los brazos y lo obligaron a erguirse. Apenas logró mantenerse en pie, el intruso descargó un nuevo golpe sobre su rostro, seguido de otro y otro más, hasta dejar la piel cubierta de sangre.
—¿Qué ocurre? ¿Tu poder pudo salvarte?
Una sonrisa torcida deformó el rostro del hombre. Sus pupilas comenzaron a dilatarse hasta volverse de un negro profundo, antinatural. Por un instante, Boll comprendió la terrible verdad: aquel sujeto ya no conservaba nada de humano.
—¿Creíste que no nos enteraríamos de tus espías en el bosque? —preguntó con una tranquilidad tan gélida que erizó la piel de todos los presentes.
—¿Cómo…? —Boll palideció, abriendo de par en par sus ojos azul cielo—. ¿Todo fue planeado?
El terror lo asfixiaba a tal punto que le costaba conseguir aire a través del hocico. Su voz se volvía cada vez más débil, suave... dócil.
—Desaparece de mi vista, no deseo volver a contemplar tu miserable rostro. Reyes como tú debieron extinguirse hace siglos —el usurpador desvió la mirada hacia el grueso tomo que descansaba sobre el escritorio, el volumen donde se recopilan las leyes del reino, y soltó una risa burlona—. Tus leyes, mi rey —añadió, haciendo una reverencia sarcástica mientras una risa aguda se filtraba entre sus dientes.
De un tirón, arrancó las páginas con una expresión de absoluto desprecio y cerró el libro de un golpe seco.
—Son un total fracaso.
Boll respiró con dificultad antes de erguirse sutilmente. Su mirada buscó a su esposa e hijo, quienes lloraban ahogados en la impotencia.
—Está bien... —murmuró Boll. Su voz era apenas un hilo, pero sostenía una firmeza inquebrantable mientras apretaba los dientes—. Haré lo que pides. Pero lo pagarás, tarde o temprano lo harás. Las almas consumidas por la venganza poseen una voluntad que ni la muerte puede quebrantar... No nacen de conflictos insignificantes, sino de las traiciones más profundas; incluso de aquellas que trascienden una sola vida.
El extraño soltó una carcajada seca.
—Atenle bien la boca —ordenó a sus hombres sin perder la sonrisa—. Y procura disfrutar el tiempo que te quede, mi querido amigo.
Su risa amarga retumbó en las paredes de piedra, sembrando un pavor sofocante. Mientras el usurpador celebraba su victoria, Boll comprendió la verdad definitiva: jamás había tenido la intención de dejarlo con vida. Aquello nunca fue una negociación, sino una sentencia.
Aún así, en medio del dolor, una certeza logró abrirse paso entre la desesperación. Confiar en que todas las criaturas pueden cambiar era el mayor error que podía cometer un gobernante. Nunca se sabe qué tan afilado puede ser el corazón de alguien, ni cuánto odio puede ocultarse tras una sonrisa.
Sin embargo, la historia no terminaría esa noche. Boll estaba convencido de que el reinado del usurpador sería efímero. Tarde o temprano, su heredero reclamará la deuda de sangre que acababa de nacer.
Tu final ya ha comenzado.








