Capítulo 1: Válindor
Título de la obra: La Leyenda de Válindor: Un Reino en Llamas
Autor: Jorge Ernesto Vargas Toste
Género: Aventura, fantasía medieval
Edad recomendada: A partir de los 15 años
Advertencia: Esta obra contiene violencia, imágenes y descripciones explícitas, lenguaje fuerte y temas oscuros. Por estas razones, no es recomendable para todo tipo de público.
Prólogo
En el vasto mundo de Thorfield existen cinco grandes reinos: Ránfar, Mígart, Estórfen, Hansvard y Keréstos. Cada uno posee sus propias leyes, costumbres y ambiciones; sin embargo, durante generaciones, sus diferencias han alimentado rivalidades difíciles de olvidar.
Cada bando defiende sus propios intereses, creencias y ambiciones.
En Keréstos vive Válindor, un niño de once años que aún desconoce el papel que tendrá en los acontecimientos que se aproximan. Su vida transcurre junto a su familia, lejos de los salones de los reyes y de los campos de batalla. Sin embargo, el destino rara vez advierte antes de cambiar la vida de una persona.
Mientras las alianzas se preparan para un posible enfrentamiento, Válindor tendrá que enfrentarse a peligros, secretos y decisiones que pondrán a prueba su valor.
Esta es la historia de Válindor y del reino que arderá a su alrededor.
▎Presentación de la historia
Válindor es un muchacho de once años, delgado y de piel clara. Tiene el cabello rubio, ligeramente largo, y unos llamativos ojos azules que reflejan su curiosidad y su carácter inquieto.
Suele vestir una camisa y unos pantalones grises, acompañados de un cinturón y unas botas marrones. Sobre los hombros lleva una capa roja, una prenda que se ha convertido en una de sus características más reconocibles.
A pesar de su corta edad, Válindor posee una gran determinación. Todavía está aprendiendo a comprender el mundo que lo rodea, pero pronto descubrirá que crecer no solo significa hacerse mayor, sino también enfrentarse a situaciones para las que nadie está preparado.
Válindor vive en el reino de Keréstos junto a sus padres y su hermano mayor.
▎Grindor
Grindor Hausden es el padre de Válindor. Tiene cuarenta y ocho años y es un caballero de gran experiencia. Es un hombre de estatura media, físicamente fuerte y de cabello rubio. Lleva una barba corta y poco espesa, y sus ojos azules tienen una expresión firme, propia de alguien acostumbrado a asumir responsabilidades.Su vida como caballero le ha enseñado a enfrentarse al peligro, pero su mayor preocupación no está en los campos de batalla, sino en proteger a su familia. Bajo su apariencia severa se encuentra un padre dispuesto a hacer todo lo necesario por sus seres queridos.
▎Árida
Árida Hausden es la madre de Válindor. Tiene cuarenta y dos años, es de estatura media y posee una belleza serena. Su cabello es negro, lacio y abundante; sus ojos verdes contrastan con su piel clara y con su nariz ligeramente pronunciada, uno de sus rasgos más distintivo.
Árida es una mujer inteligente y afectuosa, aunque también sabe mostrarse firme cuando las circunstancias lo exigen. Dentro de la familia, suele ser una presencia tranquilizadora, capaz de transmitir seguridad incluso en los momentos más difíciles.
▎Débor
Débor Hausden es el hermano mayor de Válindor y tiene catorce años. Es un muchacho de cabello negro y lacio, ojos verdes y piel clara. Por lo general, se muestra serio y reservado, especialmente cuando se encuentra frente a otras personas.
Aun así, siente un profundo cariño por su hermano menor. Aunque no siempre sabe cómo expresarlo, de vez en cuando bromea con él y procura protegerlo. Débor estudia en la Academia de Caballeros del reino, donde se prepara para seguir un camino marcado por la disciplina, el honor y el peligro.
Mientras Débor se acerca cada vez más al mundo de los caballeros, Válindor comienza a descubrir que su propia vida también está relacionada con los conflictos que amenazan a Thorfield. Muy pronto, ambos hermanos deberán enfrentarse a acontecimientos que pondrán a prueba su valor y la fuerza de los lazos que los unen.
Un nuevo día amaneció sobre el reino de Keréstos.
En la familia de los Hausden también comenzaba la jornada
Grindor ya estaba despierto. Permanecía sentado junto a la mesa del comedor, con los brazos cruzados y la mirada fija en las llamas de la chimenea.
Aquella mañana, sin embargo, no pensaba en la guerra ni en los asuntos del reino. Pensaba en su hijo menor.
Válindor estaba creciendo. Ya no era el niño que pasaba las tardes jugando con espadas de madera y persiguiendo a su hermano por el patio. Poco a poco se convertía en un muchacho capaz de comprender el mundo que lo rodeaba: un mundo dividido por alianzas, conflictos y guerras interminables.
Grindor creía que había llegado el momento de tener una conversación seria con él. Debía preguntarle qué deseaba hacer con su futuro y si realmente quería seguir los pasos de su padre y de su hermano Débor para convertirse en caballero.
No sería una conversación sencilla.
En ese momento, Árida terminó de preparar el desayuno. Después de colocar los últimos platos sobre la mesa, se limpió las manos en el delantal y se dirigió al cuarto de su hijo menor.
Abrió la puerta con cuidado.
Válindor dormía profundamente, cubierto casi por completo por las mantas. Su cabello rubio estaba desordenado sobre la almohada y su rostro reflejaba una tranquilidad que rara vez podía encontrarse fuera de aquella habitación.
Árida se acercó a la cama y apoyó una mano sobre su hombro.
—Válindor, cariño, despierta. El desayuno está listo.
El muchacho se movió ligeramente, pero no abrió los ojos.
—Válindor —insistió ella—. Vamos, levántate.
El niño se limitó a emitir un murmullo incomprensible y se dio la vuelta, apartándose de la mano de su madre.
Árida suspiró con una sonrisa.
—Parece que hoy será difícil despertarte.
Desde la puerta, Débor observaba la escena.
Al ver que su madre no conseguía despertarlo, Débor se acercó a la cama con una expresión traviesa.
—Débor —advirtió Árida—, no se te ocurra hacer ninguna tontería.
—¿Yo? Nunca haría algo así, madre.
Árida lo miró con desconfianza, pero antes de que pudiera decir algo más, Débor tomó aire y gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡Válindor, despierta de una vez!!
El muchacho se incorporó de golpe. Sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras miraba a su alrededor, confundido, como si esperara encontrar un ejército enemigo dentro de la habitación.
—¿Qué ocurre? —preguntó, todavía aturdido—. ¿Nos están atacando?
Débor no pudo contener la risa.
—No, pero habría sido una lástima que el enemigo te encontrara dormido.
Válindor lo miró con el ceño fruncido.
—Oye, Débor, no era necesario gritarme.
—Si no te grito, no despiertas nunca.
—Podrías haberme llamado como una persona normal.
—Lo intentó mamá —respondió Débor, señalando a Árida—. Pero tú parecías decidido a dormir hasta el invierno.
Válindor apartó las mantas y puso los pies en el suelo.
—Esta me la vas a pagar. Ya verás, hermano.
Débor cruzó los brazos y fingió sentirse preocupado.
—¿Ah, sí? ¿Y qué piensas hacer?
Válindor miró a su alrededor, buscando algo que pudiera utilizar como arma.
—Todavía no lo he decidido. Pero será algo terrible.
—Estoy temblando de miedo.
El muchacho tomó una almohada y la levantó con ambas manos.
—Podría golpearte con esto.
—Una amenaza muy seria —respondió Débor—. Aunque dudo que consigas acercarte.
—¡Basta los dos! —intervino Árida, intentando ocultar una sonrisa—. Débor, no provoques a tu hermano. Y tú, Válindor, deja esa almohada en su sitio.
Válindor bajó lentamente los brazos, aunque no apartó la mirada de su hermano.
—Está bien, madre.
—Así me gusta. Ahora, baja a desayunar. No quiero que la comida se enfríe.
—¿Qué hay para desayunar? —preguntó Válindor.
—Pan recién hecho, huevos y fruta.
El muchacho cambió de expresión al instante.
—¿Y hay miel? —preguntó Válindor.
—También.
Válindor dejó la almohada sobre la cama y comenzó a vestirse con rapidez. Se puso una camisa y unos pantalones grises, se ajustó el cinturón de cuero marrón y se calzó los zapatos negros. Después tomó su capa roja y se la echó sobre los hombros.
Débor lo observó desde la puerta.
—¿Vas a desayunar o a dirigir un ejército?
—Nunca se sabe —contestó Válindor, abrochándose el cinturón—. Tal vez haya enemigos esperándonos al otro lado de la puerta.
—En ese caso, espero que hayas aprendido a luchar mientras duermes.
—No necesito aprender. Soy un guerrero formidable.
—Por supuesto —dijo Débor, con una sonrisa burlona—. El más formidable de todo Keréstos.
—Te estás riendo de mí.
—Jamás me atrevería.
Árida negó con la cabeza.
—Los dos son iguales. Vamos, bajen de una vez.
Los hermanos siguieron a su madre hasta el comedor. El aroma del pan recién hecho llenaba la casa y hacía que el estómago de Válindor comenzara a rugir.
Grindor seguía sentado junto a la mesa. Al ver a sus hijos, levantó la mirada. Por un instante, observó a Válindor en silencio. El muchacho aún conservaba la inocencia de la infancia, pero cada día parecía acercarse un poco más a la edad en la que tendría que tomar decisiones importantes.



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