Capítulo 1
El frío de la piedra en mi espalda me recordaba cada mañana que seguía viva. No era un frío limpio, de montaña o de primera helada; era el frío rancio de las vigas del viejo desván de granos abandonado sobre el que malvivía. Un ático de madera podrida y tejas sueltas que olía a humedad y a aceite rancio.
Me pasé los dedos por las puntas del cabello. Si alguien buscaba a la nieta de los Oroval, no encontraría a una chiquilla de estirpe, sino a una sombra más de los suburbios. A Lyra. Solo Lyra.
Me ajusté la blusa desgastada sobre el pecho. Las costuras de la tela barata suplicaban piedad a la altura de los hombros, tensas por los años y los enganchones en las cercas de alambre.
Antes de salir, hice lo que hacía cada mañana desde que tenía memoria: contar las monedas. Metí los dedos en la costura descosida del bajo de mi falda y saqué tres piezas de cobre, frías y gastadas de tanto pasar de mano en mano. Las hice sonar una contra otra, como si el ruido pudiera engordarlas. No lo hizo. Tres monedas de cobre no eran nada. No alcanzaban ni para un mendrugo entero si alguien del mercado decidía ser generoso, y nadie lo ha sido estas últimas semanas.
Las devolví a su escondite y me acerqué a la hendidura de la pared del fondo, donde guardaba la única herencia que no se podía comer: una daga con la empuñadura de oro y nácar, envuelta en un paño de algodón desgastado. Saqué la daga con cuidado, como si fuera un vaso de vidrio, y pasé el pulgar por el paño de algodón hasta ver la empuñadura. Después toqué el papel amarillento doblado junto a ella, sin desdoblarlo. No necesitaba leerlo; me sabía cada nombre de memoria, cada trazo de tinta que había asesinado a mi familia. Lo devolví a su sitio y me quedé un segundo con la mano apoyada en la pared fría, como si pudiera sentir el pulso de todo lo que guardaba ahí dentro.
Necesitaba dinero. Dinero de verdad, no las monedas de cobre que sacaba de bolsillos descuidados en el mercado del puerto. Pensé en los tenderetes de telas cerca del muelle norte, donde los comerciantes solían dejar las cajas de cambio sin vigilancia mientras regateaban a gritos. Pensé también en el callejón de los curtidores, donde a veces los aprendices dejaban las herramientas de cobre tiradas al salir a comer. Ninguna opción era buena. Todas eran arriesgadas, y todas daban para poco.
Llevaba cuatro días sin ver a Mía. Cuatro días enteros, y la idea se me clavó en el pecho como una astilla. No era propio de ninguna de las dos dejar pasar tanto tiempo sin cruzar el callejón de los Tintes. Algo en mi estómago se apretó al pensarlo, una mezcla de culpa y de un miedo que no quería nombrar todavía.
Me sentía enferma. No de una enfermedad con nombre, era del cansancio sordo y constante que llevaba meses instalado en mis huesos, ese que no se iba por mucho que durmiera. Me dolía la cabeza al incorporarme demasiado rápido. Los oídos me pitaban si me quedaba de pie más de lo necesario.
Fui hasta el rincón donde guardaba el cubo que dejaba bajo la gotera; era más bien un boquete en el techo por el cual el agua caía a chorros cada vez que llovía y hundí las manos en el agua fría que se había acumulado durante la noche. Me quité la blusa desgastada y me lavé como pude, pasándome las manos húmedas por los brazos, el cuello, el pecho. El agua estaba helada y me hizo temblar.
Al bajar la vista hacia mi propio cuerpo, algo se me encogió por dentro. Nunca había sido una chica de carnes abundantes, pero ahora se me marcaban las costillas con una claridad que no recordaba de hacía unos meses. Me pasé la mano por la espalda y sentí el relieve duro de la columna, cada vértebra asomando, afilada bajo los dedos. No había sido siempre así. Había perdido eso —la carne, el peso, la fuerza— demasiado rápido, en cuestión de meses, no de años, y el cuerpo todavía no sabía cómo llevar esa pérdida con dignidad.
Tenía moratones repartidos por los brazos y las costillas, algunos amarillentos y viejos, otros todavía morados y recientes: recuerdos de forcejeos con matones de callejón, de caídas al saltar muros, de un codazo que no había esquivado a tiempo la semana anterior. En cualquier otro cuerpo, esos golpes habrían sido manchas discretas. En el mío, con la piel tan pegada al hueso, se veían más oscuros, más grandes, como si la falta de carne las hiciera más peligrosas.
Me quedé un momento así, con el agua goteando por la espalda desnuda, mirando mis propias costillas subir y bajar con la respiración. Después me vestí deprisa, antes de que el frío de la mañana terminara de calarme, ajustándome la blusa descosida sobre el cuerpo que ya no reconocía del todo como mío.
—La cabeza agachada, Lyra —musité para mí misma, repitiendo el eco de la voz de mi abuelo. Antes hablaba en salones con la espalda recta. A mí me enseñó así. Mirada al suelo y manos en los bolsillos.
Salí al exterior por la escotilla del tejado, deslizándome por la tubería de plomo hasta el callejón posterior. La ciudad me recibió con su estruendo habitual: cascos de caballos sobre el adoquín húmedo, vendedores de vísceras gritando sus precios y el olor a carbón mezclado con el perfume barato de los prostíbulos del puerto.
El sol ya estaba alto cuando comencé a caminar hacia el puerto, pero no tenía intención de ir directa al callejón de los Tintes todavía. Tres monedas de cobre no bastaban para nada, y llevaba semanas notando que el hambre me ganaba terreno más rápido de lo que yo podía recuperarlo. Necesitaba conseguir algo más. Lo que fuera. Un buen día empezaba así: con una mentira que me contaba a mí misma sobre las probabilidades que tenía.
Me interné en el mercado del puerto, donde el gentío de la mañana se apretujaba entre carretillas de pescado y barriles de cervezas. El aire olía a sal, a tripas y a sudor de hombres que llevaban trabajando desde antes del alba. Me abrí paso hasta los muelles de carga, donde una fila de jornaleros esperaba a que el capataz repartiera turnos para descargar un barco de grano que acababa de atracar.
—Necesito trabajo —le dije al capataz, un hombre corpulento con las manos como jamones y una lista arrugada en el puño—. Puedo cargar tanto como cualquiera de estos.
Me miró de arriba abajo con el mismo desprecio con el que se mira una mancha en la ropa buena.
—No contrato mujeres para el muelle, chiquilla. Y menos con esas pintas que traes, solo atraerás a la guardia hacia aquí. Lárgate antes de que espantes a los clientes.
Los hombres de la fila se rieron. Uno de ellos, un tipo joven con los brazos cubiertos de tatuajes de marinero, me lanzó una mirada de asco, como si estuviera observando a algún tipo de animal salvaje.
No dije nada. No merecía la pena gastar saliva en un hombre que decidiría en un segundo si me daba trabajo o no, solo por la forma de mis caderas y el tono de mi voz. Me di la vuelta y caminé de nuevo hacia el gentío, tragándome la humillación como llevaba haciendo desde que tenía memoria.
Probé suerte con los bolsillos en la plaza del pescado. Elegí a un hombre de mediana edad con un abrigo decente, distraído regateando el precio de un cesto de mejillones. Metí los dedos en el bolsillo interior con la delicadeza de siempre. Esta vez tuve algo de suerte: además de un pañuelo de lino bordado con las iniciales de algún caballero que nunca sabría que lo había perdido, encontré dos monedas de cobre extra. No era mucho, pero era algo, y el pañuelo podría venderlo a un trapero por otro par de monedas más. Lo guardé todo en la costura de mi falda, junto a lo que ya tenía, y seguí caminando antes de que el hombre notara la diferencia de peso en el bolsillo.
Con las monedas ya un poco más abultadas, decidí arriesgar algo propio. Llevaba conmigo, cosido en el dobladillo interior de la chaqueta, una peineta de hueso con incrustaciones finas de plata que había encontrado hacía meses en un cubo de basura del Distrito de la Seda, tirado junto con otros objetos que alguna doncella había decidido que ya no merecían la pena conservar. No tenía ningún valor sentimental para mí. Lo llevé a un comerciante de segunda mano en el límite del mercado gris, un hombre menudo con gafas torcidas que examinaba cada objeto como si pudiera desenmascarar mentiras con solo mirarlo.
—Cinco monedas de cobre —dijo, sin levantar la vista del peine—. Está desportillado por un lado.
—Vale el doble —protesté, aunque sabía que no tenía margen para discutir.
—Vale lo que yo diga que vale, o te lo llevas de vuelta.
Acepté lo ofrecido con los dientes apretados. No era nada, pero sumado a lo demás, ya tenía un puñado pequeño que sonaba distinto en mi bolsillo, un sonido que casi parecía prometer algo.
Envalentonada por ese pequeño progreso, crucé el puente de hierro hacia la zona alta, cargando conmigo la vieja rutina de mendigar trabajos que sabía que no me iban a dar. Probé en dos tiendas de telas, ofreciéndome para coser dobladillos o barrer los suelos a cambio de unas monedas. En ambas me echaron antes de terminar la frase. En la tercera, un hombre mayor con delantal de cuero me miró con algo parecido a la lástima y me dijo que volviera en invierno, cuando necesitaban a alguien para encender las chimeneas de madrugada. El invierno estaba a meses de distancia. Mi estómago no tenía meses.
Fue cerca de la plaza de los relojeros donde noté el peso de una mirada distinta a las demás. Un guardia de la ciudad, apostado en la esquina con las manos cruzadas a la espalda, me observaba con la clase de atención que no se dedica a cualquiera. Reconocí ese tipo de mirada, la de alguien que estudiaba mi cara, no sé si porque me conoce de algún día en el calabozo o porque quería tenerme en su lista.
Bajé la cabeza y aceleré el paso, mezclándome entre un grupo de sirvientas que volvían del mercado con cestos llenos. El guardia dio dos pasos en mi dirección, pero el gentío se cerró entre nosotros lo suficiente como para que decidiera no perseguirme por una simple sospecha. Aun así, el corazón me latió con fuerza durante varias calles, y no me permití mirar atrás hasta que giré tres esquinas seguidas y me aseguré de que nadie me seguía.
Antes de que el sol empezara a caer, me desvié hacia la capilla derruida. Nadie la había reconstruido, ni falta que hacía. En un lugar como este, la fe se moría de hambre igual que la gente. Los suburbios habían dejado de rezar hacía mucho, no por falta de necesidad, sino porque unos dioses que permitían que los niños se murieran de frío en los desvanes mientras a pocos kilómetros brindaban con vino no merecía ni una vela encendida. El tejado se había desplomado hacía años y nadie se molestó en levantar de nuevo lo que ya no servía ni para rezar ni para creer. Solo servía para esconder cosas.
Entre los escombros del altar, oculto tras una piedra suelta que yo misma había movido meses atrás, guardaba mi otro secreto: una capa de lana oscura, gruesa, con capucha y un forro de terciopelo que todavía olía ligeramente a la casa de la que la había sacado. La había robado de un tendedero en el Distrito de la Seda hacía unos días. No la usaba para robar. La usaba para desaparecer.
Me la puse sobre los hombros y crucé de nuevo el puente, esta vez con la intención de intentar suerte una última vez antes de rendirme por el día. El cambio de aire fue instantáneo, como siempre: el hedor a alcantarillado y carbón dando paso al olor de los jardines. Sentí, como cada vez, el peso de todo lo que me separaba de esa gente. No creo que fuera exactamente odio, aunque algunos días se le parecía mucho.
Mi abuelo me había hablado de esto una vez, en las pocas semanas que compartimos antes de que la fiebre se lo llevara. Le pregunté, con toda la rabia de una niña que no entendía nada, por qué no odiaba a los que le habían hecho eso.
—No puedes cargar con odio hacia un apellido entero, Lyra —me había dicho, con la voz ya rota por la enfermedad, pero todavía firme cuando hablaba de esto—. Odié a los hombres que firmaron mi sentencia. A esos sí, con todo mi corazón, hasta el último aliento. Pero no a sus hijos, ni a sus nietos, ni a cualquiera que tenga la desgracia o la fortuna de compartir su sangre. Nadie debería pagar por un pecado que no cometió. En cuanto empiezas a odiar a la gente por lo que es en vez de por lo que hace, te conviertes en lo mismo que ellos. Y nosotros, Lyra, no somos como ellos.
En ese momento no lo entendí del todo. Ahora, cada vez que cruzaba ese puente vestida con lana ajena, empezaba a entenderlo un poco mejor.
Cansada de que cada puerta se cerrara antes de que terminara de tocarla, decidí darme un respiro. Conocía un rincón tranquilo cerca de los jardines públicos del Distrito de la Seda. Una terraza elevada de piedra desde la que se veía parte del puerto, el mar y a lo lejos los palacios y mansiones de las diferentes familias fundadoras, destacando en medio el gran palacio Merker. Me escondí tras un seto descuidado que los jardineros nunca se molestaban en podar del todo. Solía ir allí de vez en cuando simplemente a respirar un aire que no oliera a alcantarilla, a sentarme un momento sin que nadie me exigiera nada.
Me senté en el borde de piedra, oculta por el seto, y cerré los ojos un instante, dejando que el cansancio del día se asentara en mis hombros. Fue entonces cuando oí las voces.
Provenían de un pequeño cenador a pocos metros, medio oculto tras unos rosales. Dos hombres hablaban en voz baja, con ese tono cortante y nervioso de quien discute algo que no quiere que se oiga. No distinguí bien las palabras al principio, solo fragmentos: "El cargamento no puede esperar", "si la guardia se entera", "ya sabes lo que le pasó al anterior intermediario". Me quedé quieta, con la respiración contenida, más por curiosidad que por miedo. Aquí arriba, hasta los secretos olían a dinero, y los secretos de los ricos, bien vendidos, valían más que cualquier bolsillo que pudiera robar.
No llegué a entender de qué hablaban exactamente —algo sobre un envío, una fecha, un nombre que no reconocí—, pero antes de que pudiera acercarme un poco más, uno de los hombres levantó la voz lo suficiente como para que yo diera un respingo, y el movimiento hizo crujir una rama seca bajo mi bota.
Los dos hombres se callaron de golpe.
—¿Hay alguien ahí? —dijo uno de ellos, con un tono que ya no tenía nada de la calma anterior.
No esperé a averiguar quiénes eran ni qué estaban dispuestos a hacer para proteger su secreto. Salí de detrás del seto y eché a caminar rápido, casi corriendo, hacia la salida de los jardines, con el corazón retumbándome en los oídos.
Al salir a la calle principal, mi mala suerte se completó. El mismo guardia que me había mirado dos veces cerca de la plaza de los relojeros estaba allí, apostado en la esquina, y esta vez no dudó. Me señaló con el dedo y gritó algo a un compañero que no había visto.
—¡Esa de ahí! ¡La de la capa! ¡Detente!
No me lo pensé. Eché a correr.
Crucé la avenida esquivando carruajes, sintiendo el peso de la capa tirando de mis hombros mientras corría más rápido de lo que esa tela ajena estaba hecha para permitir. Los silbatos de los guardias empezaron a sonar detrás de mí, llamando refuerzos, y supe que tenía que deshacerme de la capa antes de llegar al puente o la reconocerían en cualquier control.
Me desvié por un callejón trasero, me la quité de un tirón y la escondí bajo mi propio brazo, doblada tan pequeña como pude, y seguí corriendo con ella apretada contra el costado como si fuera un fardo cualquiera. Llegué detrás del restaurante de la Couronne sin aliento, me acerqué a la pequeña escalera trasera y miré debajo, buscando la lona que dejé hace un tiempo, la utilicé para envolver la capa la guardé con las manos temblando de prisa y de miedo, y salí de allí sin mirar atrás, cruzando el puente de hierro de vuelta a los Suburbios antes de que el sol terminara de esconderse del todo.
La noche cayó rápido, como caía siempre en esta época del año. Para cuando llegué a mi zona, ya solo quedaba la luz mortecina de los faroles de aceite que algunos vecinos encendían frente a sus puertas, y el eco lejano de los silbatos de la guardia, que ahora venía del lado del puerto.
Se estaba organizando una redada.
Lo supe por el ruido: gritos ahogados, el golpe de botas corriendo sobre tablones de madera, el chapoteo de alguien cayendo al agua sucia entre dos muelles. El mercado negro del puerto —donde se vendía todo lo que no se podía vender a la luz del día— era terreno habitual de este tipo de incursiones cuando el Consejo necesitaba demostrar que hacía algo contra el contrabando. Normalmente, sabía evitarlas. Esta noche, cansada, hambrienta y con los nervios todavía deshechos por la persecución de la tarde, cometí el error de acortar camino por la zona equivocada.
—¡Ahí está! ¡La de siempre, la ladronzuela! —gritó una voz que reconocí vagamente: uno de los guardias veteranos del distrito, un hombre que llevaba años vigilando estas calles y que me conocía de vista desde que era una cría—. ¡No corras, que ya sabes que no me gusta perseguirte!
Corrí de todas formas.
Los muelles se convirtieron en un laberinto de sombras y niebla. La lluvia fina que había empezado a caer hacía que la madera resbalara bajo mis botas, y el olor a sal y a madera podrida se mezclaba con el pánico que me subía por la garganta. Los guardias habían bloqueado las salidas principales hacia la ciudad baja, obligándome a internarme cada vez más hondo en el laberinto de almacenes de carga, buscando desesperadamente un hueco por el que colarme hacia el agua, hacia cualquier sitio donde pudiera desaparecer.
Encontré un pasadizo estrecho y oscuro entre dos almacenes, apenas un hueco entre dos muros de piedra húmeda, y me lancé dentro sin pensarlo, con la respiración desgarrándome el pecho.
Al doblar la esquina, ciega por las sombras, choqué de lleno contra algo sólido.
El impacto me hizo tambalear hacia atrás, pero unas manos me sujetaron de los brazos con una fuerza que no daba lugar a caídas. Instinto puro. Sin pensarlo, saqué la navaja que llevaba siempre escondida en el muslo, una hoja corta y desgastada que le había robado a un borracho meses atrás, y la planté contra la garganta de la sombra que tenía delante, a milímetros de la piel.
—Suéltame o te juro que te mataré.
La sombra no se movió. No dio ni un solo paso atrás. Una mano me frenó la muñeca con gran fuerza repentina y tan precisa que la navaja tembló sin llegar a cortar nada, desarmando la amenaza con un desinterés que no encajaba con ningún matón del puerto que hubiera conocido.
El farolillo detrás de él me impedía verlo, pero un relámpago de luz, una antorcha lejana, en manos de algún guardia que pasaba corriendo por la boca del callejón, me permitió ver por primera vez el rostro del hombre que tenía delante.
Era grande. Más grande que cualquiera de los guardias que me perseguían. Llevaba ropa oscura, sin ningún emblema del reino o del Consejo, y su rostro, iluminado a medias por el resplandor fugaz, tenía la calma imposible de alguien que no tenía ninguna prisa por reaccionar. Unos ojos verdes, fríos como el agua del canal en invierno, me sostuvieron la mirada a un palmo de distancia, sin un solo rastro de miedo ni de sorpresa.
—Baja eso —dijo, con una voz grave que apenas se alzaba por encima de un susurro—, antes de que alguien te oiga y venga a ver qué pasa.
Las botas pesadas de los guardias resonaban cada vez más cerca, al inicio del pasillo. Sus voces se colaban entre la lluvia:
—¡Sé que te has metido por aquí, rata! ¡No hay salida, así que ahórrate el esfuerzo!
Me quedé paralizada. Si gritaba o forcejeaba, los guardias me encontrarían en cuestión de segundos. Y aquel hombre, fuera quien fuera, ahora mismo tenía tanto poder sobre mi destino como cualquiera de ellos.
El hombre evaluó la situación en medio segundo. No gritó para entregarme. En vez de eso, me empujó, suave pero firme, hacia la sombra profunda de un estrecho hueco en la pared, apenas visible entre dos contrafuertes de piedra, y se colocó delante de mí, cubriéndome por completo con su propio cuerpo y los pliegues de una chaqueta de piel que yo no había notado que llevaba hasta ese momento.
Contuve la respiración. Sentí el calor de su espalda a escasos centímetros de mi cara, el olor a cuero mojado y algo más, algo caro, como si llevara un perfume de tabaco y vainilla que no pertenecía a este lado del puente. Pude mirar por el hueco que dejaba su brazo al poner su mano en la cintura.
Los guardias pasaron corriendo sin detenerse. Uno de ellos alcanzó a echar un vistazo, pero el terror en sus ojos lo hizo desviar la mirada al instante. Decidió no volver a observar el nicho oscuro donde una figura alta e imponente permanecía inmóvil, emanando una presencia que obligaba a cualquier hombre con sentido común a no molestar. Seguramente confundieron su silueta, en la penumbra, con la de alguien peligroso o algún oficial de rango al que era mejor no importunar durante una ronda nocturna.
El eco de sus botas se perdió calle abajo, junto con los silbatos, hasta que el callejón quedó en un silencio roto solo por el goteo de la lluvia sobre las tejas.
Se apartó de mí despacio, sin prisa, como si el peligro que acababa de esquivarnos a los dos no le hubiera alterado el pulso lo más mínimo. Extendió la mano.
—La navaja —dijo, sin más preámbulo.
—Ni lo sueñes.
Una sonrisa breve, casi imperceptible, le cruzó la cara.
—Guárdala, entonces. Pero si vuelves a sacarla contra alguien sin pensar antes a quién apuntas, un día te la vas a encontrar clavada en tu propio costado.
Guardé la navaja en la manga, todavía con el pulso desbocado, estudiándolo con la misma desconfianza con la que estudiaba cualquier cosa que brillara demasiado en este lado de la ciudad. No llevaba uniforme. No olía a guardia ni se movía como uno, aunque tenía esa misma disciplina rígida en los hombros.
—¿Por qué? —le pregunté, sin poder contener la pregunta—. ¿Por qué no me has entregado?
Me miró de arriba abajo, analizando mi cara y lo que llevaba puesto con una mezcla de curiosidad fría y un desprecio que no se molestaba en disimular.
—No lo he hecho por ti —respondió, con una voz que dejaba muy claro que no esperaba ni necesitaba mi gratitud—. Odio la incompetencia de la guardia local casi tanto como odio el ruido innecesario. Y tú, seas quien seas, no eres lo que estoy buscando esta noche. No hueles a pólvora ni cargas nada más pesado que esa navaja oxidada. Solo eres una ladrona de poca monta intentando sobrevivir una noche más. No me interesas.
El insulto debería haberme dolido más de lo que lo hizo. En cambio, sentí una especie de alivio amargo: fuera lo que fuera lo que ese hombre estaba buscando en los muelles a estas horas, con esa ropa y esa actitud de quien no confía en nadie con placa, no era a mí.
—Entonces déjame pasar —dije, irguiendo la espalda a pesar del temblor que todavía no se me había ido de las piernas—. Ya has jugado a tu juego de héroe de las sombras. No necesito que me sermonees también.
Algo parecido a la diversión le cruzó el rostro, apenas un segundo, antes de que su expresión volviera a cerrarse en esa frialdad calculada.
—Ten más cuidado la próxima vez —dijo, dando un paso atrás para dejarme espacio—. Y hazte un favor, que no se te ocurra apuntar más alto de lo que puedes alcanzar. La gente como tú que empieza robando pañuelos en el puerto y termina metiéndose en algo demasiado grande para sus manos, no suele durar mucho en esta ciudad.
No supe entonces por qué me molestó tanto ese comentario, viniendo de un desconocido que ni siquiera sabía mi nombre. Me escabullí sin decir nada más, internándome en la noche hacia el callejón de los Tintes, sin entender quién era ese hombre ni por qué un noble, porque tenía que serlo, con esa ropa, esa voz, esa seguridad imposible, caminaba solo por la mugre del puerto en plena redada. Pero su rostro, su mirada e indiferencia, se me quedaron grabados a fuego de una manera que no supe explicarme.








