Calle Insecurity Zoom
Rina
Hay dos chicos y una mujer evitando que salga por la puerta. Mantienen sus espaldas recostadas a la madera, mientras Kunagua —la rubia de lisos perlados, muy distintos a mis puntas mostaza paradas en todas direcciones— se regodea enseñándome los dientes.
—Hayase, no seas cobarde —dice, riendo acaramelada—. Esta es una oportunidad única.
La pandilla de amigos de Miyamura acaban de incluirme en una fiesta donde asistirá mi héroe favorito. ¿Cuál es el problema? Ninguno en realidad, aparte de las claras anginas en el pecho que sufriré cuando lo vea entrar por esta misma puerta... ¡traigo puesta una maldita camiseta con su gigante cara estampada en ella!
—Podría tomármelo bien, si no fuera porque ustedes no me dejan quitarme esto. —Con furia contraída, señalo mi camiseta negra con el rostro de un hombre más grande que cualquier póster que se haya visto de él.
Esta gente quiere montarse la diversión conmigo. Ya estoy muy cansada para estas cosas. Algo que entiendo en cierto punto, es que Kunagua podría llamarse como la alta matriarca de las fanáticas de Star. Es cierto. Tiene el título de jefa en su club de fans; forma parte de entrevistas esenciales a su lado y muchas veces es la cara de todos aquellos que lo adoran, y guía de los nuevos admiradores. Como si pudiera decidir quién se merece quererlo y quién por su santo peluche no. Por supuesto, la intimidación que trata de sonsacarme no se la puedo despreciar. Un superhéroe que intenta como puede en sus horas libres tener una vida tranquila, lo menos que quiere cerca es una fanática compulsiva; más bien mujeres que priorizan hablar de sus uñas que de él mismo. Para lo anterior, ya se encargan los reporteros, las capturas en vivo de sus batallas y rescates, y ni hablaré sobre los fanfictions que no pidió incentivar en todas las plataformas. Literalmente, si Katsumi —el nombre verdadero de Star—, me encuentra usando esta camiseta, me daría un margen de cinco minutos para que me vaya lejos de aquí, o, convertirme en la piñata de la fiesta. Podría hasta quejarse de a quién por un demonio se le ocurrió invitarme. Un error improcedente que Kunagua no está dispuesta a pasar por alto. Antes se muere, y después me arrastra con ella. Tengo constancia de que Star actuará justo como pienso. Lo hará porque lo conozco en pantalla. Su actitud en el idioma popular es reconocida como tsundere, o el de un cabrón descorazonado. Pero él es más que roña y sentido de superioridad. Los héroes de Sakura City no nacen con poderes, los crea el gobierno desde una edad temprana para establecerles la costumbre del potencial. Es una vía que contribuye a que se sienta natural por los niños, y crezcan acostumbrados a sus dones, al punto de ir jugando con ellos hasta perfeccionarlos, o incluso darle mejorías a su modo de uso. En ese proceso exhaustivo de una vida de entrenamiento, también les establecen como ley obligatoria: personalidades con apego evitativo. Los mentalizan de que nunca serán capaces de crear una vida normal como las demás personas. Por ende, protegen su salud mental y emocional con actitudes reforzadas, en caso de que decidan establecer lazos con la comunidad. Como sea, Katsumi tiene un carácter de los mil demonios, pero entre malas contestas te salva del peligro porque así lo desea. Y ama a su ciudad más que a su propia cara, por esa razón se la pasa arriesgándola todos los días.
—¡Pero nena, esta fiesta es para ti! —Kunagua extiende ambas manos hacia alrededor, sin quitarse de en medio de la puerta.
De hecho, no. Miyamura fue la invitada. Ella quedó al tanto de la participación de Katsumi y avisó que yo iría en su lugar. Vi el pequeño entusiasmo que tenían todos por tratarme bien e incluso hacerme sentir cómoda. Los acabo de conocer y es común la hospitalidad. Fue la misma Kunagua y su elenco de dos gorilas que toma por amigos quienes me recibieron. Soltaron chistes y preguntas sobre cómo estaba. Me quitaron la camisa a cuadros para colgarla en el perchero. Unos pasteles de cordialidad, hasta que repararon en mi camiseta. Fue algo instintivo. Tenían los ojos en mi cara, pero el rostro del dragón en todo mi cuerpo era más grande, y deslizaron los ojos hacia abajo. Juro que por un momento, una miseria de momento, creí que algo andaba mal con mis senos. La auténtica gentileza de Kunagua se congeló en ese instante y noté cómo sufrió la metamorfosis de un estilo de felicidad sádico.
—Eres una gran, gran fan de Star, y él estará justamente aquí hoy —dijo ella—. ¿Por qué la vergüenza de mostrar lo que significa para ti?
Me imagino que tiene colmillos por dientes mientras me sigue sonriendo, y sus dos amigos recostados a la puerta comparten una mirada divertida.
—Lo que él significa para muchas personas —corrijo—. Es un héroe, no es nada relevante mi gusto.
—¡Exacto! ¿Entonces qué sucede contigo? Lograremos que te dé un autógrafo —aplaude emocionada, mirando a sus dos socios.
Ella entrecierra los párpados, hundiéndolos en las mejillas que se le hinchan de tanto amplificar su sonriente semblante. Revisa si tengo coraje para aceptar su juego.
Puedo protestar que llamaré a la policía por retenerme en contra de mi voluntad, lo cual causaría que me expulsaran de la fiesta de inmediato. Pero es cierto, estoy viviendo una oportunidad única de la cual no sé si seré capaz de vivir en otro momento. Y ver a tu héroe favorito tan cerca de ti, respirando la misma átmósfera, no es una situación que pueda expresar con palabras.
Inhalo con profundidad pero sin mostrarles ningún movimiento de que he suspirado siquiera. Este tipo de personas huelen los nervios tan bien como mi tío Jack olfatea la sangre en el océano. Los miro fijamente manteniendo una expresión seria y derrotista.
—Está bien.
—¡Así! —Grita con orgullos falso, rodeándome el cuello con un brazo.
Puta matriarca del infierno. Si no estuve registrada en el club de fans oficial, ahora definitivamente nunca estaré registrada. Puta de mí también.
Me empujo a mí misma al centro de la fiesta. El apartamento es chico pero blanco, lo que ayuda que las luces violetas arrasen hasta las esquinas cuando la casa se apaga. Agarro una botella de alcohol y uno de los ochokos que habían con forma de diablo. La isla de la cocina contiene otra variación de licores donde puedes escoger vasos plásticos, pero ya hay gente jugando con ellos, y de la comida no queda nada. Abro el refrigerador encontrando un trozo de flan y es lo primero que merienda mi estómago desde la tarde. Estoy hambrienta. También hallo una caja de leche medio llena y disocio mirándola más de lo normal. Niego con la cabeza cerrando el refri, exponiéndose ante mí la foto pegada a su puerta con tres imanes de frutas, donde Kunagua abraza a un Star incómodo. Me retuerzo desganada, y a la vez... Dios mío, estará aquí, lo tendré de frente, en cualquier momento. Kunagua desapareció de mi órbita desde que decidí quedarme y ni siquiera me ha rondado. Quizás es un hecho, el que yo sola acabaré hundida en cuanto Star vea mi camiseta, y ni siquiera la matriarca necesitará mover un músculo. No es como si los presentes no fueran admiradores, pero, los demás lucen como personas que solo quieren pasar un buen rato, con sus propios embrollos de ligues, inconvenientes y bailes; no vinieron solo por él. Yo sí, y da pena. Tengo miedo, estoy nerviosa, incluso siento ganas de llorar. Vuelvo al centro de la multitud, moviéndome al son de la música mientras que echo el alcohol en el mini vaso y luego recorre mi garganta, dos tres, catorce veces. En la segunda botella no recuerdo dónde coloqué mi ochoko, ni en qué momento lo solté para ser exacta. Me miro la mano vacía y tambaleo un poco hacia atrás.
Entonces caigo en el piso más rápido de lo que creí... Ah, no; un momento, sigo de pie... Me doy cuenta porque las personas continúan estando enfrente y no encima. ¿En dónde me apoyé? Se siente tan duro como el suelo de mármol. Deslizo lentamente mi cabeza hacia arriba, el cabello regándose en la superficie donde estoy recostada, y cuando mis ojos interceptan el objetivo, el mundo explota.
—¡Gente, un aplauso a Katsumi Ken'na! —Alardeó Kunagua desde un punto lejano.
Las personas estallan en chiflidos y gritos. ¡¡¡Maldita música alta que no me dejó escuchar la puerta!!! ¡¡¡MALDITA BORRACHERA POR DISOCIAR Y NO PRECAVER!! El alcohol se me disipa a los cachetes que gracias a todo no se ven rosas por el violeta de las luces. Mi espalda está contra el pecho de Katsumi, mis ojos fijos en su rostro. Un lapsus ralentizado donde él se fija en mi existencia, la mujer con la que chocó. Ay, su iris rojo natural por la alteración genética de superpoderes; el cabello rubio aceitunado y con desorden; y una mancha de ceniza y carbón en su mejilla izquierda le redobla el aspecto de rudeza. Un suspiro fugaz sale de mi boca. Él mantiene una expresión de incomodidad, como si hubiera encontrado al último psicópata que escapó del asilo. Después, el tiempo regresa a la velocidad actual, en cuanto él me muestra los dientes —los cuales reflejan unos incisivos más afilados y gruesos que el de una persona común—, en lo que claramente recibí el mensaje de incomodidad, o de asco, o a lo mejor un gruñido de hastío por chocar contra él.
Agiganté mis ojos paranóica y recordé algo. ¡Dios mío, la puta camiseta! ¡LA VA A VER SI NO ME MUEVO!
Corro hacia el baño como si no hubiera un mañana, sin siquiera disculparme. Por suerte estaba de espaldas a él. Y por muy alto que fuera, el ángulo tan plano solo le permitió ver mi cara, y gracias a la oscuridad y luces ultravioletas, además de la rapidez con que reaccioné, no vio absolutamente nada, ¿verdad? Claro que no. Ya estaría tumbando la puerta de ser así.
Apoyo mis manos en el lavabo, sofocada, temblorosa, emocionada, aterrada, y no soy capaz de analizar cuántas emociones más. Alzo la vista frente al espejo y me encontré llorando. Las lágrimas se escurren solas, lo cual me asombra; y mientras más pestañeo, más gotas densas reptan de mis ojos para abajo.
Oigo una chica sollozando desde la bañera, oculta por las cortinas, y me ayuda a regresar del subespacio. Limpio el hilo de saliva que no había visto que secretaba mi boca, y escucho a la mujer de la bañera hipar, a la vez que envía un audio al imbécil que pareció ponerle los cuernos.
El cuarto de baño se me hace más pequeño ahora. Las paredes en rojo oscurecen el rostro de mi camiseta, la cara que tuve tan cerca y cuya imágen de la escena que recién viví no puedo arrancar de mi mente. El mareo empeora y creo que es por la fatiga. Necesito azúcar. Pero lo que requiero como prioridad número uno en este instante es: hacer algo con la camiseta. Debo actuar antes de que Kunagua se percate de mi ausencia y venga a sabotear mi idea, la cual acaba de venir.
Me quito la prenda y la vuelco del revés, donde sólo hay un color enterizo y la etiqueta, echando mi cabello hacia atrás cuando la acomodo en mi cuerpo nuevamente. Con la cabeza en alto retorno a la música con efectos de luces violetas, dejando todavía a una despechada retorciéndose en el baño.
Al abrirme paso entre la amalgama de extasiados y ebrios, un aroma de ceniza y algo quemado cubre bastante la zona izquierda del departamento. No quiero ser una acosadora, pero sé perfectamente de quién proviene ese olor y no puedo evitar buscarlo con la mirada. ¡Y ahí está! Un leve vapor mana de él, aún usa su traje de súper, uno ajustado negro que le cubre brazos y torso, enmarcando su musculatura tamaño coloso y la excéntrica redondez de sus pechos henchidos. Calza botas pesadas con suelas de cobre y rodilleras del mismo material. Su cinturón contiene pinchos con filos reales, como espadas diminutas. El pantalón de guerra color rojo y estrujado, está cernido en la parte del muslo derecho por su arnés de cuero, el cual utiliza para regular la circulación de llamas, así una cantidad equis de sangre sobrenatural no corre por partes del cuerpo que no necesita que lleven excesos de poderes en el instante. De la misma forma, porta un grueso collar apretado a su garganta, convirtiéndolo en casi una bestia domesticada. Y por último, unos guantes verdes que le llegan por encima de los codos, con almohadillas especializadas en las palmas y yema de los dedos. Varios hoyos en su traje me cuentan que vino directo a la fiesta después de una batalla, además de las obvias manchas de hollín que a nadie le molesta. Oh chico, quiero sus hijos.
Voy de puntillas un poco más cerca suyo, me agacho entre el gentío y busco la cámara del movil. Hago zoom con los dedos, eligiendo la dirección para que acabe en su rostro, pero, ¡oh, vaya, su pecho! Tiro una fotografía encubierta y creo haber encontrado mi nuevo fondo de pantalla. Deslizo mi cuerpo mareado a través de jeans y vasos en el piso, rodeando el ochoko que había perdido. Continúo hasta una zona segura donde termino sentada en el suelo, y entre risillas abro la imágen que recién tomé. ¡Pero qué pedazo de tetas tan grandes! Qué vida tan hermosa. El collar metálico le brilla en esta foto, y se ve sus guantes agarrando un cigarro. Trago en seco de la emoción cuando me percato de un detalle mucho mejor que todo lo reciente. Quiero vomitar viendo la camiseta blanca que trae puesta, con una imagen gigante de zombis. ¡Yo amo todo lo que tiene que ver con zombis! No sabía que él también. Esa prenda blancusa y percudida ha convertido esta noche en la mejor que he vivido desde hace mucho tiempo. Abrazo el móvil contra mi pecho estremeciendo mis pies dejandome llevar por una sonrisa colorida. Me conformo con esto siempre que no quede en ridículo ante él. Con esconderme hasta que la fiesta se acabe es un buen plan.
—Wow, ¿estás bien? —dijo un chico.
—¿Ah?
—Estás sangrando —señala su nariz.
Consigo varias miradas de las otras personas en derredor. Palpo mis fosas nasales y veo un marrón oscuro embarrarme los dedos.
—Ah, no, esto es... chocolate.
Asustada porque Star y la matriarca me encuentren, cubro mi hocico y salgo corriendo hacia otra habitación. Tendré que ir al baño de nuevo. Camino por inercia el mismo tramo que recorrí hace un rato. Abro y cierro la puerta, y lavo mi cara aún levantando la nariz a ver si logro regresar la sangre al cerebro. Frunzo el ceño e intento de alguna manera desacelerar mi corazón con los pensamientos. Pero de repente, siento el peso de unos ojos extraños. Al girarme a la izquierda, la chica que lloraba por su novio, aún sigue en la bañera... y mantiene sus ojos en mí. Sostiene la cortina, no pestañea. Hasta que reparo en su ropa y el esfuerzo por no padecer tantas palpitaciones se va al olvido. Porque está, está... usando la misma camiseta de zombis que Katsumi. Casi escupo el chillido de incertidumbre, pero lo trago en lo profundo. Del horror pierdo el alcoholismo que tenía.
¿Quién es esta mujer? ¿Ella tiene algo que ver con Katsumi si usan ropas a juego? ¿Sabía lo que él llevaría puesto hoy?
Ay Dios mío. No vomites, no vomites, no vomites. Sus bolsas hinchadas por el llanto, la naríz enrojecida, la mía que sesó de sangrar y parece que quisiera repetirlo. Un dolor ataca mi puente y vuelvo a subir la cabeza.
—¿Te encuentras bien? —La escucho preguntarme.
—Sí, sí. ¿Y tú?
—¿Por qué no lo estaría? —Desprende una risa baja— Me escondo de las personas porque terminé cansándome de esta estúpida fiesta. ¿Ese momento cuando ya estás en media salida y te arrepientes? Pues eso.
—Ah.
Quiere disociar de su realidad y no dar información. De acuerdo, puedo seguir su juego para ayudarla a sentirse mejor.
—Oye, ¿te gustaría que te regale esta camiseta? —Sugirió.
Ay demonios, ¡aquí vamos! Quiero evitar a toda costa su problema, que por mucho que lo pienso no hay otra explicación. Tantas casualidades no existen. Ella estaba llorando, por una pelea con su pareja. Él está allá fuera usando una prenda idéntica. Y esta chica acaba de soltarme así sin más que quiere deshacerse de la única pieza de ropa que hace juego con la del superhéroe que también está aquí, en la misma fiesta que nosotras. Me sonríe de oreja a oreja y ladea la cabeza cansada.
—¿Qué me dices?
Él no puede ser tu novio, ¿cierto?
—Sí. Me gustan mucho los zombis, de hecho.
¿Pero qué diablos estoy haciendo?
—Genial. Ten —comienza a desvestirse y me pasa la camiseta. Lleva un top negro por debajo, así que no me preocupo por si debo intercambiar su ropa con la mía, la cual también tiene que ver con Katsumi y sería un doble problema... si realmente esto tuviera que ver con él.
Me volteo para quitarme mi camiseta y así no se note el logo de Star. La hago un bulto y decido tirarla en la alacena del baño de Kunagua. Tomo la que me obsequió esta chica y me visto.
—Mmmm —golosea el análisis—. Te queda bien.
Da una palmada y sale de la bañera.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta.
—Rina Hayase.
Un entrecierro de ojos se activó en su rostro por un nanosegundo.
—Rina, ¿como rinoceronte? —Nunca lo había pensado desde esa perspectiva. Y ella deja escapar un resoplido de risa—. Lo siento, lo siento, sólo estaba jugando. Yo soy Nanamin Uriyama.
—Gracias por la camiseta, Nanamin.
—Ya quería deshacerme de ella —una silueta sombría surca debajo de sus ojos y termina oscureciendo hasta el tono de voz—. Y es mejor darla que tirarla —cruza por mi lado, obteniendo una sonrisa que no consumo como real, mientras le resta importancia a cierta situación que se nota cuánto le arde—. Disfrútala, Rina Hayase.
—¿A dónde vas?
—A mi casa.
—¿Estarás bien por tu cuenta?
—Es sólo pedir un taxi, ¿por qué sientes que haré algo malo?
Porque creo que una persona triste es peligrosa. Pero no permito salirme del papel en el que me trago su tranquilidad mal fingida.
—Solo lo digo por educación, para que llegues segura a tu casa y eso.
Ella me mira en silencio un rato pequeño y por primera vez, recibí una verdadera sonrisa de su parte.
—Gracias. Sí, estaré bien.
Abre la puerta y se despide con la mano. Le devuelvo el gesto y siento una nostalgia extraña. Regreso mi atención al espejo, observando esta camiseta blanca, la cual ya contiene una historia maldita. No había visto de que su material posee un brillo suave, como mini lentejuelas. Frunzo el entrecejo, golpeteo con mis dedos el lavabo ansiosa, pensativa, inflando mis mejillas y desprendiendo un tornado de aire. Me paso una mano por la cara y cierro los ojos.
Si realmente este problema es por Katsumi, mi superhéroe favorito, entonces cuando salga del baño, él reaccionará por la camiseta de Uriyama. Pero no puede ser, es imposible que se trate de él. Como profesional tiene un nivel distinto para crear lazos con las personas, ¡no es posible que además de tener una pareja, también le haya pegado los cuernos! Padece de apego evitativo, jamás le haría algo así a alguien, algo que ni siquiera querría vivir para sí mismo. Al contrario, sería mezquino y cruel con los que incentiven ese tipo de comportamiento. Es que no, no puede. No, claro que no es su problema. Se trata de otro hombre, un chico engreído y sin principios.
Asiento con la cabeza y salgo del baño sin miedo al éxito. Traspaso a las personas y me coloco en el lugar de siempre: el centro de la fiesta en donde también puedo ver a Star. Pero ya no está allí, se ha trasladado a otra parte del departamento.
Un sonido turbio hace bullicio en mi cabeza, como si entrara en un ataque de pánico, sobrepensando que a lo mejor sí es un problema con Star, y por ende se marchó de la fiesta. Aunque es poco probable. Apuesto a que anda con Kunagua, y ella lo va arrastrando por toda la fiesta para vanaglorear su presidencia del club.
—Katsumi-san, mira esta es tu súper fan que...
Vuelco la cabeza en dirección a la voz con sabor a veneno que se iba acercando a la derecha. Kunagua ha dejado de hablar y me mira con desdén, como si le arruinara la sorpresa de la noche.
—¿En dónde está tu camiseta? —pronuncia Kunagua con voz despectiva.
Mis ojos no se concentran en ella y corren directo hacia la cara de Katsumi, el cual no sé por qué, anda enojado conmigo e incluso confundido. Primero mira su propia camiseta y luego a mí en todas las direcciones posibles de mi cuerpo, tratando de buscar respuestas a algo que no entiende.
Ay. Dime que no. Dios, dime que sólo es su actitud cotidiana, por favor. Estoy dispuesta a sufrir una humillación ante él con tal de probar su inocencia en este asunto con esa extraña.
—La perdí en una apuesta —le contesto a Kunagua sin despegar mi atención de Star.
Katsumi, al oírme hablar, conecta sus ojos con los míos por instinto.
—¿Dónde está Uriyama? —la primera frase que me dirige.
Mi entorno reventó en matices oscuros y tan cenicientos como el verde de los zombis en nuestras camisetas. Veo la fiesta y sus luces derretirse en un gris gótico. La decepción me hizo añicos, y noches arduas de gritos, lágrimas, medicamentos y hambruna renacen en mi cabeza. Lo que contesté a continuación ni siquiera lo pensé:
—Eres asqueroso.
A Kunagua se le caen los hombros del impacto y entreabre la boca anonadada. El brillo de incomodidad en Katsumi se pierde, y sus ojos quedan desprovistos de cualquier luz de emoción; el rojo de su iris se torna terroso, incluso con una ausencia de pupilas. Inhala con fuerza, sin saber por qué acabo de llamarlo así.
—¡¿Disculpa?! —lanza el cigarrillo que llevaba en mano.
Parece como si quisiera gritar, pero no consigue hacerlo. Lo siento más agresivo de como lo imaginé, y probablemente es por culpa de la decepción. He perdido a un ídolo importante para mí y el que se haga de inocente me descontrola aún más.
—Tú eres igual que esas personas que sólo saben estar para ti en las malas —acusé—. Eres un súperhéroe así como los médicos salvan vidas, pero no es más nada que un trabajo, y nada más allá de solidaridad. No significa que sean buena gente ni que sepan gestionar buenos sentimientos por los demás. ¡Y pensar que me gustabas! —No tengo idea de qué acabo de decir. Se escuchaba mucho más coherente en mi cabeza, y la última parte no venía al caso.
Me da náuseas la nitidez con que la imagen de Nanamin Uriyama se mete en medio de Katsumi. Es como si la estuviera viendo a través de él. Todos en la fiesta han silenciado. Son muchas caras congeladas y demasiadas bocas abriéndose. Por suerte, nadie se atreve a filmar la escena. No saben cómo actuar en una controversia así, ni de qué forma ayudar a alguien sobrenatural del desprecio de una chica; no quieren meterse entrometerse, seguro creen que Star se los impediría, y yo también creo eso.
Cuando reparo en su rostro, tiene el ceño fruncido, sin habla, incluso trastornado. El color perdido de sus ojos rubí, cambia casi automático a un rosa cereza. Lo veo apretar el arnés de su pierna con tanta fuerza como si fuera a cortarse la carne, y en el instante que abrió la boca para discutir, Kunagua apareció ante él, y me confronta:
—Es hora de que te vayas, Hayase.
No gritó, no se dirigió con odio. Más bien habló desde una seriedad impoluta.
—Ya —exige.
La ebriedad retorna a mis sentidos en cuanto la sangre caliente va en descenso. Y no veo una mejor idea que largarme a mi departamento, en donde me esperan un pijama cómodo, mi mejor amiga y Pizza.
—Maldito héroe de mierda. Casi me engaña.
Creo murmurar para mí misma, pero no estoy tan segura. Abrir la puerta se me hace una odisea, tratando de identificar para qué lado se gira el picaporte. Cuando lo consigo y después la cierro tras de mí, me percato de que lo hice demasiado suave; la verdad quería tirarla, pero en cuanto quise echar la puerta hacia atrás no había forma de abrirla otra vez. Hice toda la presión que pude, y del fiasco terminé por dar patadas y porrazos mal hechos. Tomé unos segundos, recostando mi pecho contra la puerta, sufriendo tensión como si a mi cerebro lo hubieran cortado unos cuchillos de hielo.
No los necesito, no necesito que haya sido una noche especial con Star, no necesitaba nada de eso. Todo era un sueño de Miyamura, no mío.
Bajo por el ascensor y pido un taxi en la aplicación respectiva. Estaba preocupada de no haber hecho bien mi pedido, hasta que el auto blanco estaciona frente a mí... Ts, blanco, como la camiseta. Ese color me persigue.
Me lanzo sobre el asiento trasero como saco de cemento y recuesto mis rodillas en el respaldo del asiento delantero. Escucho al automóvil comenzar sus arranques y vueltas por las esquinas, mientras masajeo el puente de mi naríz, o miro la ciudad por la ventana, o tomo mi celular y le escribo a Miyamura que esté lista para abrirme la puerta. No pude terminar de leer el mensaje que envió de regreso, cuando oí un:
—¡Oh Dios Mío, es Star! —Exclamó con éxtasis el chofer.
—Jum... —Contesto por inercia porque las palabras me llegan un minuto tarde. Pero luego lo asimilo—. Espera. ¡¿CÓMO DIJO?! —Me siento derecha del espabilón.
Asomo la cabeza entre los dos asientos delanteros, encontrando a Star a través del cristal. ¡¿Star?! ¡¿En qué momento salió tan rápido de la fiesta y por qué?! ¿Habrá un villano suelto? Está parado en medio de la calle, obstruyendo el paso de mi taxi, con los brazos en jarra sobre su cintura. Aún quedan unos metros para llegar hasta él, pero de todas formas estamos cerca. El auto sigue en movimiento y me aseguro de que así sea.
—Sigue avanzando, no pares —reclamo ansiosa—. Estará haciendo algún registro o algo.
—Señorita, está parado en medio de mi senda. Además es un superhéroe, tengo que hacer lo que él me pida.
¡SUMISO! Y no tengo cómo redoblar el pago porque un héroe debe tener más dinero que yo. Bajo la cabeza y atoro un grito, igual que un colmillo, de tiburón para ser más específica, atravesando mi cuello. Me quedo en la oscuridad de mi asiento viendo al hombre rubio quedar a centímetros del capó del auto, obligando a detener el vehículo. Lo veo dar la vuelta y cómo su collar metálico brilla en líneas zigzagueantes por las luces del coche, y toca la ventanilla con los nudillos.
¡Ay, sacrilegio! Me cubro los labios con ambas manos para contener mis gemidos y así no pueda verme desde allí en lo que sea que esté haciendo. ¡Ah, mierda, olvidé que activa linternas en sus ojos!
—Hola. —Recuesta su brazo en la parte superior de la ventanilla. Y regala una sonrisa leve, mostrándonos los colmillos a propósito.
—Oh, Star, soy tu gran fan, hombre. —Casi se orina encima este tipo, hablando con sofoques y estrellas en las pupilas—. Todos los días te doy las gracias por cuidarnos tanto y proteger la ciudad. Es asombroso lo que haces.
—Ajá, sí, eso mismo. Mire, ¿no se le olvidó algo en el bar de al lado? —saca un rollo de billetes que sostiene entre los dedos índice y anular, y se los alcanza al conductor.
¿Qué?
—¡Ay qué imbécil soy, dejé mi reloj allí! —Ríe entusiasta el señor, saliendo del carro a toda prisa.
¡¡¡¡¿Qué?!!!!
Star entra del tirón, dando un portazo a la puerta, poniendo los seguros en el momento que su trasero tocó el asiento del piloto. Se gira hacia mí y yo aguanto la respiración hecha un ovillo de incertidumbre, viéndole los ojos iluminarse de un rosa chillón.
—Tú y yo vamos a hablar.









En lo personal me gustó mucho, quiero saber como se desarrolla la historia la veo interesante, así que seguiré leyendo 😁❤️