Capítulo 1 El error correcto
El almuerzo tenía flores blancas en cada mesa y un motivo que Valentina descubrió solo cuando ya era demasiado tarde para levantarse e irse sin provocar una escena.
Aunque, considerando lo que estaba a punto de ocurrir, una escena sería el menor de los problemas.
—Un anuncio tan importante merece hacerse bien —dijo su madre.
Sonreía hacia las cámaras discretas de dos fotógrafos contratados para la ocasión.
Dos fotógrafos de cuya presencia, por supuesto, nadie se había molestado en avisarle.
Valentina apartó lentamente la mirada de ellos y observó la mesa.
Su padre estaba sentado a su derecha. Su madre, frente a él. Al otro lado se encontraba la familia Lastra.
Y directamente frente a ella estaba Federico Lastra.
Perfectamente vestido.
Perfectamente peinado.
Perfectamente insoportable.
Federico levantó su copa de vino con la sonrisa satisfecha de un hombre que parecía convencido de haber ganado algo.
—Brindemos, entonces —dijo—. Por la fusión.
Valentina, que estaba tomando agua, bajó lentamente el vaso.
—¿La fusión?
—De las familias —corrigió su padre demasiado rápido.
Hubo un pequeño silencio.
Valentina entrecerró los ojos.
Entonces reparó en la carpeta colocada junto a su plato.
La abrió.
Y comenzó a leer.
Fecha del compromiso oficial.
Pasó la página.
Lugar de la boda.
Otra página.
Lista preliminar de invitados.
Sus dedos se detuvieron.
Había fechas.
Nombres.
Reservaciones.
Incluso una lista de posibles medios de comunicación que cubrirían el anuncio.
Todo decidido.
Todo organizado.
Todo prácticamente firmado.
Excepto por un pequeño detalle.
Ella.
Valentina levantó lentamente la mirada.
—¿Cuándo pensaban preguntarme?
Su voz salió mucho más tranquila de lo que se sentía.
Por dentro, algo acababa de incendiarse.
Su madre dejó la copa sobre la mesa.
—Valentina, no seas dramática. Esto es lo mejor para todos.
—¿Para todos?
—Las dos empresas se beneficiarán enormemente de esta unión —intervino su padre—. Los Lastra tienen proyectos que complementan perfectamente los nuestros y nosotros tenemos acceso a mercados que ellos llevan años intentando alcanzar. Es una decisión inteligente.
Valentina lo miró fijamente.
—Entonces fusionen las empresas.
Su padre frunció el ceño.
—No me fusionen a mí con nadie.
Federico soltó una carcajada.
Valentina giró lentamente hacia él.
Aquello pareció divertirlo todavía más.
—Vamos, Valentina —dijo mientras dejaba su copa—. Tampoco es para tanto.
—¿No?
—Nuestras familias llevan años hablando de esto. Era cuestión de tiempo.
—Curioso. Porque aparentemente soy la única que no participó en esas conversaciones.
Federico se encogió de hombros.
—Te acostumbrarás.
Valentina se quedó inmóvil.
Fue esa frase.
Te acostumbrarás.
No el compromiso.
No las flores blancas.
No los fotógrafos.
Ni siquiera descubrir que sus padres habían organizado prácticamente una boda completa sin preguntarle si quería casarse.
Fue la seguridad tranquila con la que Federico pronunció aquellas dos palabras.
Como si ella fuera una adquisición más.
Una empresa.
Una propiedad.
Algo que eventualmente dejaría de resistirse y aprendería a ocupar el lugar que él había decidido para ella.
Valentina cerró la carpeta.
—No.
Su padre la miró.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
—Valentina...
Ella se levantó.
—No voy a casarme con Federico.
La sonrisa de él desapareció finalmente.
Su madre miró discretamente hacia los fotógrafos.
—Siéntate.
—No.
—Estás haciendo una escena.
—Ustedes contrataron fotógrafos para anunciar mi matrimonio antes de preguntarme si quería casarme. Creo que la escena empezó mucho antes de que yo me levantara de la silla.
—Valentina Duarte —advirtió su padre.
Ella tomó su bolso.
Dejó la servilleta sobre el plato con el mismo cuidado con el que revisaba contratos antes de decidir cuáles jamás firmaría.
—Disfruten el almuerzo.
Y salió del restaurante sin mirar atrás.
El parque quedaba a seis calles.
Valentina recorrió las seis caminando.
A la tercera, comenzó a arrepentirse de no haber pedido un automóvil.
A la cuarta, los tacones se habían convertido en instrumentos de tortura.
A la quinta, tenía siete llamadas perdidas de su madre, cuatro de su padre y dos de un número que sospechaba pertenecía a Federico.
A la sexta, apagó el teléfono.
Entró al parque y respiró profundamente.
El vestido de seda se movía con la brisa mientras caminaba. Probablemente parecía una mujer que había escapado de una fiesta elegante.
Lo cual, técnicamente, no estaba demasiado lejos de la realidad.
Encontró una fuente seca y se sentó en el borde.
Cerró los ojos.
Necesitaba pensar.
Sus padres no iban a rendirse.
Lo sabía.
Su padre hablaría de responsabilidad.
Su madre hablaría de reputación.
Federico hablaría de negocios.
Y todos esperarían que ella terminara cediendo.
Te acostumbrarás.
Valentina abrió los ojos.
—Idiota —murmuró.
Fue entonces cuando lo vio.
Había un hombre sentado en un banco a pocos metros de ella.
Solo.
Vestía una camisa sencilla, con las mangas dobladas hasta los antebrazos, pantalones oscuros y un reloj que Valentina ni siquiera se molestó en observar.
Parecía completamente ajeno al mundo.
No miraba el teléfono.
No tenía prisa.
Simplemente contemplaba el parque como si dispusiera de todo el tiempo del mundo.
Algo en aquella tranquilidad la irritó.
Y, extrañamente, también la calmó.
Valentina se puso de pie.
Caminó directamente hacia él.
El desconocido levantó la mirada cuando ella se detuvo frente al banco.
—Necesito hacer algo irreversible.
No hubo saludo.
Ni presentación.
Ni explicación.
El hombre arqueó ligeramente una ceja.
—Suena como el peor plan que he oído hoy.
—Probablemente lo sea.
—Al menos eres consciente.
Valentina extendió la mano.
—¿Vienes o no?
Ahora sí consiguió sorprenderlo.
Mateo bajó la mirada hacia aquella mano.
Después volvió a mirarla a ella.
La había reconocido desde que entró al parque.
Era difícil no hacerlo.
Valentina Duarte aparecía regularmente en revistas económicas y eventos empresariales. A sus veinticuatro años se había convertido en una de las ejecutivas jóvenes más conocidas del país.
Hija de una de las familias empresariales más importantes.
CEO de la compañía de su padre.
Y, aparentemente, una mujer que acostumbraba acercarse a desconocidos en parques para proponerles hacer cosas irreversibles.
Lo verdaderamente interesante era que ella no parecía reconocerlo.
Mateo casi sonrió.
Aquello no sucedía con frecuencia.
Miró nuevamente su mano extendida.
Podía decir que no.
Probablemente debía decir que no.
En cambio, colocó su mano sobre la de ella.
—Voy.
Valentina tiró de él inmediatamente.
Mateo se levantó.
—¿Siempre secuestras desconocidos en parques?
—Solo los lunes.
—Qué alivio.
Ella comenzó a caminar.
—Hay una registraduría a dos calles.
Mateo la siguió.
—Eso explica absolutamente nada.
—Lo hará en cinco minutos.
—Cada vez suena peor.
—Todavía puedes irte.
Mateo observó la mano de ella alrededor de la suya.
—Podría.
Pero no lo hizo.
La registraduría olía a papel viejo, tinta y café recalentado.
El funcionario detrás del escritorio levantó la cabeza cuando escuchó abrirse la puerta.
Primero vio a Valentina.
Después al hombre que entraba con ella.
Luego sus manos entrelazadas.
Parpadeó.
—Señorita Duarte.
Valentina se acercó al escritorio.
—Buenas tardes.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Quiero casarme.
El hombre sonrió automáticamente.
—Por supuesto. Para reservar una ceremonia necesitamos...
—Hoy.
La sonrisa desapareció.
—¿Perdón?
Valentina señaló a Mateo.
—Quiero casarme con él. Ahora.
El funcionario miró a Mateo.
Mateo lo saludó con una pequeña inclinación de cabeza.
El hombre volvió a mirar a Valentina.
—Señorita Duarte, normalmente existen ciertos procedimientos...
Ella apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Puede hacerlo?
El funcionario tragó saliva.
Conocía el apellido Duarte.
Todo el país conocía el apellido Duarte.
Y no parecía tener ningún interés en descubrir qué ocurriría si le decía que no a la hija de una de las familias más poderosas del país.
—Necesitaré sus documentos.
Valentina abrió su bolso.
Mateo metió tranquilamente una mano en el bolsillo.
Durante los minutos siguientes llenaron formularios.
Valentina apenas leyó.
Mateo, en cambio, leyó absolutamente todo antes de firmar.
Ella lo observó.
—¿En serio estás leyendo las condiciones?
Él levantó los ojos del documento.
—Estoy a punto de casarme con una desconocida. Alguna precaución debería tomar.
Valentina estuvo a punto de reír.
El funcionario regresó poco después.
Todavía parecía nervioso.
—Bien...
Acomodó unos documentos.
Miró primero a Mateo.
—¿Acepta usted casarse con esta mujer?
Por primera vez desde que habían entrado, Mateo guardó silencio.
Miró a Valentina.
Ella seguía teniendo el maquillaje intacto.
La espalda recta.
El mentón ligeramente elevado.
Pero ahora que estaba suficientemente cerca podía ver algo más detrás de aquella determinación.
Miedo.
No hacia él.
Hacia aquello de lo que estaba escapando.
Mateo podría haberse marchado.
Podría haber convertido todo aquello en una anécdota absurda.
En cambio, respondió:
—Sí.
Valentina parpadeó.
Tal vez una parte de ella había esperado que se arrepintiera.
El funcionario se volvió hacia ella.
—¿Y usted, señorita Duarte, acepta casarse con este hombre?
Valentina recordó las flores blancas.
Los fotógrafos.
La carpeta.
La sonrisa de Federico.
Te acostumbrarás.
—Sí.
El sello cayó sobre el documento.
Las firmas quedaron registradas.
Y así, sin música, invitados ni flores, Valentina Duarte se convirtió en una mujer casada.
Nadie aplaudió.
Nadie tomó fotografías.
Solo hubo papeles, tinta y un silencio extraño que se instaló entre ellos como un tercer invitado.
Al salir a la calle, Valentina respiró profundamente.
Había sucedido.
Realmente lo había hecho.
Se había casado.
Con un desconocido.
Giró la cabeza lentamente.
Él estaba a su lado con las manos en los bolsillos, tan tranquilo como cuando estaba sentado en aquel banco.
Valentina lo observó.
Por primera vez desde que lo había encontrado, lo miró de verdad.
Y entonces cayó en cuenta de un detalle bastante importante.
—¿Cómo te llamas?
Mateo giró hacia ella.
Hubo unos segundos de silencio.
Después apareció una pequeña sonrisa en sus labios.
—¿No crees que deberías haber preguntado eso antes de casarte conmigo?
Valentina hizo una mueca.
—Técnicamente, el funcionario ya lo sabe.
—Excelente. Entonces puedes preguntarle a él.
Ella entrecerró los ojos.
Mateo dejó escapar una pequeña risa.
—Mateo.
—¿Mateo qué?
Él la observó durante un instante.
—Mateo será suficiente por ahora.
Valentina arqueó una ceja.
—Misterioso.
—Dice la mujer que acaba de secuestrarme de un parque y casarse conmigo.
—No te secuestré. Viniste voluntariamente.
—Detalles.
Valentina cruzó los brazos.
—Bueno, Mateo, yo soy...
—Valentina Duarte.
Ella se detuvo.
—¿Cómo sabes mi apellido?
Mateo la miró como si la respuesta fuera evidente.
—Porque todo el país sabe quién eres.
—Ah.
Por supuesto.
Ella apartó la mirada.
Por alguna razón, aquella explicación le bastó.
Estaba demasiado ocupada calculando la magnitud del desastre que acababa de provocar.
Sus padres.
Federico.
La prensa cuando se enterara.
El consejo administrativo.
Los accionistas.
Su madre probablemente ya estaría organizando su funeral.
Valentina suspiró.
Después miró al hombre que, por culpa de una decisión impulsiva, acababa de quedar atrapado en medio de todo aquello.
—Mira...
Mateo esperó.
—Sé que esto es una locura.
—Coincidimos en algo.
—Y no tienes por qué quedarte enredado en mis problemas. Solo necesitaba impedir que mis padres pudieran anunciar mi compromiso con Federico.
—Una conversación parecía demasiado sencilla.
—Ya intenté hablar.
—Así que elegiste matrimonio.
—Exactamente.
Mateo asintió lentamente.
—Perfectamente razonable.
Valentina ignoró el sarcasmo.
—En cuanto todo esto se calme, podemos divorciarnos. Yo me encargaré de los abogados y de todos los gastos.
Mateo se quedó mirándola.
Ella parecía completamente seria.
La mujer acababa de ofrecerse a pagarle el divorcio.
A él.
Mateo tuvo que contener una sonrisa.
—Qué considerada.
—Es lo mínimo que puedo hacer.
—Naturalmente.
Valentina frunció ligeramente el ceño.
Había algo extraño en su tono.
—¿De qué trabajas?
Mateo metió las manos en los bolsillos.
—Negocios.
—Eso es bastante amplio.
—Tengo algunos.
—¿Una empresa?
Mateo pensó durante un segundo.
—Algo así.
Valentina asintió.
No preguntó más.
Grave error.
—Tengo que volver —dijo ella—. Mis padres probablemente ya están buscándome.
—Probablemente.
Valentina dio dos pasos antes de detenerse.
Se volvió.
—¿Me das tu número?
Mateo levantó una ceja.
—Ahora sí quieres conocerme.
—Estamos casados. Supongo que debería poder localizar a mi esposo.
Aquella palabra produjo un silencio breve entre ambos.
Esposo.
Mateo sacó su teléfono.
Intercambiaron números.
Valentina guardó el contacto simplemente como Mateo.
Él miró la pantalla del suyo.
Valentina Duarte.
—Te llamaré —dijo ella.
—Eso suelen hacer las esposas.
Valentina puso los ojos en blanco.
—Adiós, Mateo.
—Adiós, esposa.
Ella lo fulminó con la mirada antes de darse vuelta.
Mateo permaneció donde estaba mientras la veía alejarse.
Solo cuando Valentina desapareció entre la multitud sacó nuevamente su teléfono.
Tenía diecisiete llamadas perdidas.
Dos de sus directores ejecutivos.
Tres de su asistente personal.
Una del presidente de una de sus cadenas hoteleras.
Y varias relacionadas con una adquisición inmobiliaria que llevaba semanas negociándose.
Mateo ignoró todas.
Miró nuevamente el contacto que acababa de guardar.
Valentina Duarte.
Una sonrisa casi imperceptible apareció en sus labios.
Había salido aquella tarde buscando unas horas de tranquilidad.
Había regresado casado.
Lo curioso era que su nueva esposa parecía creer que acababa de involucrar a un hombre cualquiera en los problemas de una familia poderosa.
Valentina todavía no sabía que Mateo no trabajaba simplemente en «negocios».
Ni que varias de las empresas con las que su padre soñaba cerrar acuerdos pertenecían directa o indirectamente a él.
Mucho menos sabía que el hombre al que acababa de ofrecer pagarle los gastos del divorcio tenía suficiente poder para comprar la empresa Duarte, la de los Lastra y probablemente la manzana entera donde ella estaba parada.
Mateo guardó el teléfono.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía idea de qué ocurriría al día siguiente.
Y aquello le resultaba peligrosamente interesante









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