Chapter 1
Perspectiva de Stephan
El calor de la tarde de verano se pegaba a mi piel incluso bajo la sombra del establo.
A los sesenta años, uno aprende a moverse sin hacer ruido, una destreza que el campo te enseña con la misma paciencia con la que crecen los granos.
Me encontraba tras un pilar de madera vieja y carcomida, el olor a heno y a estiércol llenando mis pulmones, pero mi atención no estaba en los caballos ni en el trabajo pendiente.
Estaba en ellos, en el rincón más escondido del establo, donde la luz del sol se filtraba a través de las grietas del techo creando un polvo dorado en el aire.
Allí estaba ella, Hailey. Mi cuñada.
La hermana menor de mi esposa, una flor de ciudad que no encajaba en este rudo paisaje.
Estaba allí, desnuda, siendo follada por uno de mis empleados, un muchacho treinta años más joven que yo, de nombre Javier.
La vi arquear la espalda, empujando sus nalgas hacia atrás para recibir mejor la verga del joven.

Sus gemidos, aunque apagados, llegaban hasta mí como música perversa.
—Así, más fuerte —escuché que le susurraba ella entre jadeos, y el muchacho, obediente y bestial, la agarró de las caderas con fuerza y comenzó a darle con más violencia, haciendo que sus pechos se balancearan salvajemente.
Me sentí un viejo mirón observando a una mujer tan joven que podría ser mi hija.
Pero joder, no podía apartar la vista. Hailey era una delicia.
Tenía un culo perfecto, redondo y firme, que temblaba con cada embestida.
Sus piernas largas y bronceadas se abrían con una naturalidad que me erizó los pelos de los brazos.
Me ajusté los pantalones, sintiendo cómo mi verga se endurecía bajo la tela áspera del jean.
Era patético.
Un hombre de mi edad, un hacendado, excitándose como un muchacho inútil.
Qué buena puta es.
Qué jodidamente mal estoy por observarla así.
Pero no podía negarlo. Era demasiado excitante.
La manera en que ella movía su cadera, cómo giraba la cabeza para mirar a su amante con ojos llenos de lujuria, cómo sus labios se entreabrían en un rictus de placer puro.
Era una diosa del pecado en medio de mi humilde establo. Y yo, su devoto secreto, observaba cada detalles de su sacrificio carnal.
El joven la giró bruscamente, haciéndola quedar frente a mí, aunque ella no podía verme.
La subió sobre un montón de sacos de heno.
Desde mi posición, tenía una vista perfecta de su coño, húmedo y abierto, y de sus pechos perfectos, con sus pezones duros y rosados.
El muchacho se arrodilló y metió la cara entre sus piernas, y yo la vi agarrarse de su pelo, empujándolo hacia su sexo mientras una maldición escapaba de sus labios.
—Sí, cómeme toda, cariño. Hazme tuya —le ordenó, y yo sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal.
Mi mano, como si tuviera voluntad propia, bajó hacia mi entrepierna.
Me froté por encima de los pantalones, sintiendo el ardor crecer.
Me odiaba por ello, pero el deseo era más fuerte que el orgullo.
Observé cómo el joven se incorporaba, cómo la penetraba de nuevo mientras ella le rodeaba la cintura con las piernas, clavándole los talones en la espalda.
Cada golpe, cada gemido, era una puñalada a mi decencia, y una caricia a mi perversión.
La escena continuó, un ballet de carne y sudor bajo la luz polvorienta de la tarde, y yo no podía hacer más que mirar y desear.
El crepúsculo teñía de naranja y púrpura los extensos campos de mi hacienda cuando llegué al porche de la casa.

El aire, todavía cálido, llevaba el olor a tierra y a los animales.
Entré en la casa grande, con sus altos techos y su suelo de madera que crujía bajo mis botas.
Kennya, mi esposa, estaba en la cocina, su figura recortada por el tibia luz del interior.
—Stephan, cariño, ya estás en casa.
—La cena está servida —me dijo con su voz dulce y habitual, acercándose para darme un beso en la mejilla.
Su cercanía, su normalidad, me sentó como una puñalada de culpa.
—Sí, ya regrese —respondí, con más brusquedad de la que quería.
Necesitaba estar a solas.
—Voy a ducharme primero. He sudado mucho en el establo, estoy apestoso.
—Pero la comida se va a enfriar —protestó ella con una leve sonrisa.
—Tardaré solo un momento, mujer. No te preocupes —la esquivé y subí las escaleras de dos en dos, con una urgencia que me avergonzaba.
Cerré la puerta de nuestro dormitorio a mi espalda, como si con eso pudiera encerrar también mis pensamientos.
Me desnudé con una rapidez febril, tirando la ropa sucia al suelo.
Mi verga, que ya se había despertado en el establo, estaba semidormida pero ansiosa.
Fui a mi armario, al último cajón, donde guardaba mis cosas más viejas.
Detrás de unas camisas desgastadas, sentí el tejido suave y delgado.
Mis dedos temblaron un poco al sacarlo: una tanga de encaje rosa, diminuta, casi insignificante.
La había robado del cesto de la ropa sucia de Hailey hacía una semana. Ese día me sentía como un ladrón vulgar, como un adolescente sin control.
Llevé la prenda al baño, cerré la puerta y encendí la ducha.
El vapor comenzó a llenar el pequeño espacio.
Mientras el agua se calentaba, me quedé frente al espejo, sosteniendo la tanga.
La llevé a mi nariz e inhalé profundamente.
El aroma la golpeó de inmediato: un perfume floral que usaba ella, mezclado con el olor más íntimo, más personal, de su sudor y de su sexo.
Mi verga se endureció al instante, golpeándome el bajo vientre al imaginar cómo se veía esa tanga entre sus nalgas.

—Joder, Hailey... —susurré al espejo.
Mi mano se envolvió alrededor de mi verga, que ya palpitaba con vida propia.
Me masturbé lentamente al principio, con los ojos cerrados, recreando la escena del establo.
Sus piernas abiertas, sus gemidos, cómo se movía...
Me metí bajo la ducha, el agua caliente golpeándome la espalda.
Apoyé una mano en la pared de azulejos fríos, mientras con la otra seguía frotándome, cada vez más rápido.
Seguí oliendo la tanga, absorbiendo su esencia como un drogadicto.
El olor me transportaba directamente a ella, a su piel, a su calor.
Imagine que era mi mano la que la recorría, que mis dedos eran los que la hacían gemir.
—Qué perra tan rica... —murmuré, y las palabras me salieron espesas, cargadas de lujuria.
La imagen de su culo, temblando con cada embestida del peón, se grabó a fuego en mi mente.
Aceleré el ritmo, mi puño apretado, deslizándose sobre mi carne con el agua como lubricante.
La culpa intentó asomar, un pensamiento sobre Kennya abajo, esperando.
Eres un asqueroso, Stephan. Un viejo pervertido pero esa zorra me tiene loco.
Pero el deseo era más fuerte, una bestia hambrienta que se alimentaba de mi perversión.
Acelere el final.
Necesitaba correrme, necesitaba sentir ese alivio momentáneo.
Con la tanga todavía en mi mano, la envolví alrededor de mi verga.
La tela suave y húmeda se deslizó sobre mi glande, una sensación exquisita y perversa.
Era como si ella me estuviera tocando. Imaginé sus labios rodeándome, su lengua lamiéndome.
—Sí, así... tómala toda... —jadeé, hablándole a una fantasía.
Mis piernas empezaron a temblar.
El orgasmo se construyó en mis entrañas, una ola de calor creciendo, creciendo, hasta que rompió.
—¡HAILEY! —grité su nombre en el éxtasis, un rugido gutural que se perdió en el ruido del agua.
Semen caliente y espeso salpicó los azulejos de la ducha, mis testículos se contrajeron con fuerza, vaciándose por completo.
Me apoyé contra la pared, jadeando, con el corazón martilleándome el pecho.
La tanga seguía en mi mano, ahora manchada y mojada con mi semen.
Me quedé allí, bajo el agua, mientras el remolino de excitación disminuía.
Pero entonces, como una respuesta, mi verga, todavía sensible, dio una última pulsación.
En mi mente, la imagen de Hailey se aclaró, no solo siendo follada, sino sonriendo, su cuerpo bronceado reluciente bajo el sol.
Recordé su risa, la forma en que sus ojos brillaban cuando me contaba sus historias de la ciudad.
Y sentí la verdad fría y clara: era jodidamente sexy.
Era una mujer joven, vibrante, llena de vida. ¿Qué hombre de sesenta años no la desearía? La sensación de infidelidad comenzó a disiparse, reemplazada por una justificación perversa y tranquila.
No era mi culpa.
Era simplemente que ella era demasiado deliciosa para ser ignorada.
Salí de la ducha, me sequé y me vestí.
Bajé a la cena, con el rostro sereno, dispuesto a sentarme a la mesa con mi esposa.








