Carmen -Parte 1-
—Aló.
—¿Qué ondas?
—¿Qué hay?
—Estoy en la gasolinera de la esquina. Paré para tus cigarros.
—¿De cuáles?
—Rojos de varoncito.
—¡Chivo! Otra cosa, ¿de qué va hoy?
—Apellidos de las mujeres. Alvarado y García ya me hablaron. Están a diez minutos.
—10-4. Aquí te espero.
Con esa llamada arrancó la velada. El último jueves del mes. Cuatro amigos puntuales para el póquer. Una regla estricta gobernaba las noches: prohibido llamarse por sus nombres. Ese jueves tocaba usar los apellidos de sus esposas. El anfitrión era Melgar. Logró mandar a su mujer a pasar la noche donde la suegra. Quince años de casados, sin hijos, enamorados como novios. La relación con la vieja era armoniosa. Conveniencia pura para que las reuniones fluyeran sin reclamos.
Ventura cruzó la puerta primero. A los pocos minutos entraron Alvarado y García cargando el producto. Melgar tenía la mesa lista en la sala principal. Madera de jardín, redonda, metro y medio de diámetro. Un mazo de cartas españolas descansaba al centro. Cuatro sillas. Solo tres ceniceros. Evidentemente uno no fumaba. La cocina y el baño social quedaban a tiro de piedra. En el estéreo sonaba una lista de reproducción con baladas de rock en español.
—Hubiéramos venido más temprano —reclamó García—. Alvarado maneja como anciana.
—Me dijiste que estabas a diez minutos —reviró Melgar—. Como ya sabía quien venía al volante, calculé veinticinco.
Alvarado tiró las llaves sobre la mesa:
—Hey, Melgar. Si sabias que estos dos pasarían por las frías, ¿por qué no les pediste tus cigarros a ellos?
—Porque sé que te enoja hacerlo. Tenés miedo de que alguien de la iglesia te vea en la gasolinera.
—Desgraciado... —masculló Ventura.
—Al menos tu amistad con él logra que lo haga —reprochó Alvarado—. A mí nunca me ha comprado un solo cigarro.
—Me vas a hacer llorar. Hey, García, ese pichel con limonada yo lo traje. Te servís si querés.
García gritó desde la cocina:
—¡Órale! Pero yo me lanzo de un solo a las morenas. Unas ya venían bien heladas. ¿Les llevo las cervezas ya, par de orangutanes?
—Sí, men. Traete tres. Y el vaso con limonada para Ventura. Empecemos temprano, hoy me siento creativo.
—¡Voy! Igual, hoy nos ganamos el Nobel de literatura.
—Yo vine por la plata —sentenció Alvarado—. Sé que traen muchas coras para mi tonight.
Los cuatro se acomodaron. Tres fumaban con cerveza en mano; uno bebía limonada.
—Par abre y de a cora —anunció Alvarado.
—Ah, como las señoritas —provocó Melgar—. Par de sotas.
—Ahí va mi cora entonces —dijo García.
—Y la mía —secundó Ventura—. A ver, Melgar... dame material. Algo bueno. Algo clásico.
—¿Cartas? —interrumpió Alvarado.
—Tres, por favor —pidió García—. A lo mejor crece esta flor.
—A mí también tres. ¿Algo clásico? Me agrada. ¿Qué tal un San Salvador colonial?
—¡No voy! —Alvarado tiró sus cartas—. No me salió nada. Me entierro. El corazón de las cartas no está conmigo.
—Hablamos de cuando las calles del centro eran para carretas —aportó García—. Reinaban las casas de adobe y lámina.
—La gente a pie, sombrilla en mano —añadió Melgar—. Vestidos frondosos, camisas almidonadas de manta. Igual, no voy. Nada de juego.
—Un San Salvador muy joven —dibujó Ventura—. Gente educada saludándose al pasar. Todos se conocían. Un tiempo donde si era conveniente tener todo a la mano: la botica, la tienda, el mercado, la sastrería, el bazar con novedades, la clínica...
—Todavía no había alcaldías —corrigió García—. Creo que era una rectoría. La capitanía estaba en Guatemala. ¡Yo abro con este par de reyes!
—Ok, ahí va mi cora —soltó Alvarado.
—La idea es que es una sociedad joven —continuó Melgar—. Casi todos hijos de europeos nacidos en América.
—Criollos.
—Eso. Venían por estas tierras presumiendo familias aristocráticas o burguesas. Pero bien sabemos que vinieron a fundar linajes a base de propiedades. Europa era un caos. Más si hablamos del reinado de Isabel I en Inglaterra. Ellos y España estaban a nada de invadirse mutuamente.
—Todos los que venían creían que en algún lado de esta tierra estaba El Dorado —aportó García.
—De todo eso podemos decir poco —opinó Ventura—. Mi idea es que en esta historia el tema principal sea romántico.
—Tan romántico que me atrevo a decir que querés que la protagonista sea una mujer —lanzó Melgar.
—La verdad... ¡sí!
—¿Una chica?—Me parece.
—Estas coras se vienen con papá —interrumpió Alvarado—. Con este full de sietes.
—Lleveselas... —cedió García.
—Bueno... ¿Qué te parece así? —propuso Melgar—. De familia de apellido noble: Gutiérrez. De nombre claramente español y católico: Carmen.








