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El emperador usurpador

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Summary

Durante años, Heinrich vivió a la sombra de su hermano mayor, el emperador Sebasthian. Mientras uno era admirado por el pueblo, el otro fue visto como un hombre rebelde, descuidado e incapaz de gobernar. Hasta que una noche, Sebasthian es asesinado y Heinrich asciende al trono, revelando que su supuesta rebeldía era solo la máscara de un estratega implacable. Pero hay un obstáculo que no puede eliminar sin desatar una guerra: Eleonore, la joven viuda de Sebasthian y última pieza capaz de desafiar su legitimidad. Obligada a permanecer a su lado, Eleonore deberá convivir con el hombre que destruyó su vida mientras intenta descubrir qué se esconde detrás de la muerte de su esposo. Porque Heinrich guarda secretos que podrían cambiarlo todo. Y cuando el imperio comience a fracturarse, Eleonore tendrá que decidir en quién confiar: en el hombre que le arrebató su libertad... o en las verdades que creía conocer.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Matar.




Esto no puede estar pasando.

Mi corazón está a punto de salirse del pecho. Todo está ocurriendo demasiado rápido, tanto que ni siquiera me dio tiempo de ponerme zapatillas o una bata. No sé cuánto tiempo llevo corriendo por los oscuros pasillos del palacio. Solo recuerdo estar alistándome para ir a dormir en la habitación de mi esposo cuando los gritos de mis damas me hicieron salir rápidamente. Y terminé aquí.

Atravieso el gran comedor y me detengo de golpe frente al enorme ventanal de vidrio que da al patio del palacio. El salón comienza a teñirse de un intenso color anaranjado, iluminando la mesa de roble y las sillas a su alrededor. A lo lejos, las llamas devoran el pabellón donde solían celebrarse pequeñas reuniones nocturnas.

Donde se suponía que iba a estar el gran emperador.

Donde Sebasthian debía estar.

Ahogo un grito y me llevo ambas manos a la boca. Toda la vida me han criado para ser perfecta, refinada y nunca cometer errores. Fui preparada para poseer un título importante y mantener siempre la cabeza en alto. Mi madre me repetía que jamás debía perder la compostura, pero en ningún momento me enseñó qué hacer cuando el mundo se quema frente a mis ojos.

Si Sebasthian está allí adentro no sé qué haré.

«Necesito calmarme. Él tiene que estar bien. Necesito llegar hasta él».

Reúno las pocas fuerzas que me quedan y continúo mi huida, adentrándome en un largo corredor decorado con pequeñas estatuas a los lados y cuadros colgando de las paredes de una forma siniestra.

Solo una persona podría solucionar todo este caos.

Me dirijo hacia el único lugar donde sé que podría encontrar una respuesta a todo esto. La idea de que él también haya sido capturado llega a mi cabeza unos segundos después, pero la alejo lo más lejos posible.

Ignoro con todas mis fuerzas los gritos, las cosas que a lo lejos se rompen y el penetrante olor a humo que empieza a llenar el espacio.

No entiendo en qué momento todo se convirtió en un infierno.

Hace apenas unas horas estaba vestida de blanco, casándome con el hombre que amo. Pensé que mi vida entera estaba resuelta, que viviría tranquila con Sebasthian. Y la simple idea de que todo cambie en una sola noche resulta imposible de asimilar.

Simplemente es...

—¡Tenemos que encontrarla!

Las voces resuenan cerca.

«Me están buscando».

Me repito en un eco mental lleno de pánico, sintiendo el corazón en la garganta.

«Necesitan mi cabeza para dejar libre el trono».

Con la mayor agilidad que puedo reunir, y aprovechando todo lo que el miedo es capaz de hacer, me escondo entre dos grandes y pesadas cortinas que decoran uno de los ventanales del pasillo.

Siempre me cuestioné por qué eran tan grandes y gruesas. En estos momentos, puedo ver lo útiles que llegan a ser.

Cierro los ojos con fuerza, intentando controlar mi respiración. Mis manos tiemblan. Probablemente todo mi cuerpo lo haga en este preciso momento.

—Mi capitán, no hemos podido encontrarla.

Los pasos de los soldados son firmes y retumban por el pasillo, mezclándose con el caos que envuelve el palacio. A lo lejos todavía se escuchan personas gritando.

—Registren el ala oeste. No pudo haber llegado muy lejos.

—¡Sí, señor!

Es lo último que escucho antes de que un sinfín de pasos sincronizados y el choque de las espadas comiencen a resonar por todo el pasillo.

Suelto el aire que retienen mis pulmones.

Y, por un momento desde que comenzó todo, me permito relajar los hombros.

Necesito tanto respirar.

La imagen de Sebasthian viene como un pequeño respiro debajo del agua: vestido con su traje de gala, de pie en el altar, sonriéndome como nunca antes lo había hecho jamás.

Yo era la persona más feliz de esta tierra.

Yo era...

Ahogo un sollozo, abrumada por los recuerdos.

Nuestro baile. Nuestros besos. Sus últimas palabras antes de reunirse con el consejo. El olor a peonías todavía permanece en mi nariz.

Mi plan nunca fue enamorarme. Solo tenía un deber que cumplir por el bien de mi reino, aunque no fuera por amor. Pero él lo cambió todo.

Todavía no entiendo cómo no pude ver las señales

«No. Él está bien, tiene que estarlo».

Me limpio las lágrimas y aparto ligeramente las cortinas, con ganas de retomar mi camino.

Al otro lado del pasillo, me encuentro con la imagen de Karl. Está de espaldas a mí, contemplando el enorme retrato del antiguo emperador.

Un rayo de esperanza me atraviesa el pecho.

«Por fin una persona conocida».

Estoy a punto de salir de mi escondite para preguntarle por Sebasthian, cuando un soldado de la guardia se le acerca corriendo.

—Mi coronel, ya todo está listo. Solo falta encontrar a la joven emperatriz.

«¿Qué?».

Karl no responde. Su mirada permanece fija en el lienzo, donde el reflejo anaranjado de las llamas parece consumir lentamente la pintura.

—¿Ya capturaron a la archiduquesa?

—Sí, mi coronel. Las demás tropas ahora mismo están buscando al general.

El silencio vuelve a extenderse por el pasillo, logrando que pueda escuchar por unos segundos mi respiración acelerada. Me echo hacia atrás, desconcertada, ocultándome en la estrecha abertura de las cortinas.

Algo no está bien. Y no sé muy bien qué podría ser, o simplemente algo en mí no quiere aceptarlo.

Karl no es así.

Después de unos largos segundos, el coronel finalmente habla:

—Quiero que encuentren a la emperatriz. Ahora. Que nadie le haga daño.

«No...».

El soldado vacila un poco.

—Mi coronel, ¿no cree que...

—¡Haz lo que te digo! Juramos lealtad al imperio, no al emperador. Ahora ve.

—Sí, mi coronel.

El soldado se retira dejando el eco de sus pasos.

Karl suspira con pesadez, lanza una última mirada al cuadro y se marcha en la misma dirección, dejando tras de sí un silencio crudo.

Escucho que algo se rompe, y no sé si fue mi corazón o un jarrón.

Me quedo helada ¿No quieren hacerme daño? Si es un golpe de Estado, lo más lógico es que necesiten eliminarme. ¿Por qué necesitan dejarme viva? Por un momento siento que el mundo se inclina bajo mis pies. Sus palabras se repiten en mi mente, haciendo un eco en cada rincón.

«Juramos lealtad al imperio, no al emperador».

Mi respiración se acelera tanto que siento que me falta el aire en mi pequeño escondite. La realidad que conocía choca de frente contra mi rostro. El silencio que queda tras su partida me obliga a reaccionar, y finalmente salgo de mi escondite, tambaleándome un poco.

«Karl, ¿qué demonios hiciste?».

Empiezo a correr, esta vez mucho más rápido. Doblo una esquina tras otra, viendo las puertas de madera pasar en mi campo de visión como sombras borrosas.

«Juramos lealtad al imperio...».

Todo me da vueltas, y quiero vomitar.

«No al emperador...».

Sebasthian.

Él siempre estuvo en peligro. Me lo advirtió desde el primer día en que puse un pie en este palacio, pero jamás imaginé que llegarían a esto.

Un golpe de Estado.

Tengo que encontrar a Sebasthian antes de que sea demasiado tarde.

Siempre imaginé que, si llegaba a pasar, serían los del consejo los que se enfrentarían a él, no su mejor amigo.

Karl es un traidor, jamás lo habría imaginado de alguien tan correcto como para hacer algo así.

Simplemente algo no encaja.

Acelero el paso, ignorando el dolor en mis pies descalzos y el sudor cayendo por mi frente. Mis pulmones empiezan a arder por la falta de aire. Los pasillos iluminados por el color naranja del fuego me recuerdan lo que está pasando, y quién podría estar atrapado allí. Al fondo del corredor, distingo las enormes puertas del despacho de Heinrich.

Una chispa de alivio y esperanza vuelve a encenderse dentro de mí, pero al segundo se reemplaza por una pizca de preocupación. Necesito saber que él también está a salvo. Que ya está liderando tropas para rescatarlo.

Necesito decirle lo de Karl, advertirle lo que está haciendo. Él sabrá qué hacer. Y, cuando estoy a punto de abrirlas me detengo; «¿Y si...?» No. Tal vez Karl lo hizo, pero él nunca le haría daño a su hermano.

Empujo las puertas con todas mis fuerzas, notando la oscuridad del lugar.

—¡Heinrich!

Mi voz sale apenas en un hilo, desgarrándome un poco la garganta. Intento con todas mis fuerzas adaptarme a la falta de luz.

Mi mirada recorre el espacio hasta encontrarlo de pie frente a un enorme lienzo. Nunca había entrado en este despacho, casi siempre Heinrich lo mantenía bajo llave, decía que no tenía nada que hacer en ese lugar, por lo que desconocía el retrato que comparte con su difunto padre.

Él lo contempla fijamente, inmóvil como una estatua.

—Heinrich, el pabellón se está incendiando. Karl y los soldados están atacando al palacio. Me están buscando. —Mi pecho sube y baja por la falta de aliento. La voz apenas me sale audible gracias al nudo que se me forma en la garganta—. Tienes que hacer algo. Necesitamos encontrar a Sebasthian.

Él sigue inmóvil en su lugar. Su cabello rubio brilla bajo las sombras de la habitación. Lleva puesto un uniforme distinto al de la ceremonia: uno de gala militar, mucho más imponente y formal que los que solía vestir.

Un sabor amargo se instala en mi boca y un mal presentimiento alerta a todo mi cuerpo. Por un instante, el deseo de salir corriendo por donde vine me invade por completo.

Definitivamente, algo va muy mal.

—¿Heinrich?

Mantiene las manos cruzadas detrás de la espalda, en una postura firme y autoritaria. Ya no parece aquel hombre divertido y relajado que solía evadir sus responsabilidades. En lo más profundo de mi mente busco a su otra versión, la alegre, la que se daría la vuelta para decirme algo gracioso con el fin de calmarme, algo totalmente absurdo para recordarme por qué nadie lo tomaba en serio en el palacio.

«Heinrich es rebelde. Nunca destacó en nada. Desde la muerte de su padre se volvió un desastre, mientras Sebasthian aprendía a gobernar. No deberías prestarle demasiada atención», las palabras de la archiduquesa hacen eco en mi mente.

Creo que lo subestimaron demasiado.

Heinrich se voltea lentamente. Sus ojos azules vibrantes ahora parecen un cielo opaco, sin vida. Sus facciones se notan más finas, más rígidas. Por primera vez, no lo reconozco. No es el chico al que conocí.

—¿Por qué? —pregunta con una calma aterradora. Mi cuerpo se desestabiliza un poco e intento recobrar la compostura lo más rápido posible—. ¿Por qué debería de hacer algo?

—Es tu hermano. ¿Por qué no querrías ayudarlo?

Heinrich tarda varios segundos en responder, alargando aún más mi agonía, haciendo que cualquier esperanza que se albergaba en mi pecho se desvanezca por completo. Me observa detenidamente, impidiéndome descifrar lo que cruza por su mente. Su expresión permanece serena, casi ajena a mi desesperación y a la magnitud de las cosas. Cuando finalmente habla, siento que la tierra se rompe bajo mis pies.

—Porque ya está muerto.

Cualquier expresión desaparece de mi rostro. Algo en mi se aferra todavía a lo que solía conocer, a la realidad en la que creí estar.

—¿Tú cómo lo sabes? —susurro, sabiendo la respuesta, pero por alguna extraña razón quiero que salga de su boca.

—¿Por qué crees que lo sé, Eleonore?

El único hilo que mantenía mi cordura se rompe. Mi mundo se derrumba y mi corazón se cae a pedazos. Las lágrimas que tanto contuve comienzan a desbordarse, y yo solo puedo ver su rostro junto con esa mirada tan serena que la hace cruel.

«Heinrich...».

—¡No! —grito con todas mis fuerzas, y doy un paso firme hacia él. Todo en mi dolía mientras veía todos estos meses pasar por mis ojos—. ¡Él siempre te protegió! ¡Siempre vio por ti! Sebasthian creía en ti incluso cuando nadie más lo hacía. ¿Cómo pudiste hacerle esto?

Heinrich me contempla con una calma que me resulta insoportable.

—Él nunca debió ocupar ese trono.

La tristeza se convierte instantáneamente en una rabia ciega. Corro hacia él sin pensarlo; necesito borrarle esa maldita expresión del rostro. Solo quiero que no sea cierto, deseo con todas mis fuerzas que se trate de una terrible pesadilla. Nada de esto debía estar pasando.

Antes de que pueda alcanzarlo, unos brazos fuertes me sujetan por la espalda, inmovilizándome rápidamente. Forcejeo con desesperación mientras las lágrimas corren por mi barbilla y la garganta me arde al intentar liberarme.

—¡Claro que lo merecía! ¿Crees que tú sí lo haces? ¡Tú nunca serás digno de esa corona! ¿Oíste? ¡Nunca! ¡Suéltenme!

Heinrich ni siquiera se inmuta ante mis gritos.

—A veces los lobos se visten de ovejas para que su rebaño los acepte, Eleonore. Pero eso no les quita lo que son, aunque todos prefieran ignorarlo.

Su voz profunda retumba en las paredes del despacho. Lo miro de una manera en la que jamás lo había hecho, comprendiendo que el hombre frente a mí nunca fue el Heinrich que creí conocer.

—Te odio —susurro apenas. Siento el veneno en mis propias palabras. Entierro en lo más profundo de mí el cariño que le tenía—. Jamás voy a aceptarte como emperador. Primero muerta antes que inclinarme ante ti.

Sus ojos se oscurecen por completo, apagando cualquier rastro de ese azul que alguna vez me pareció hermoso. No responde. Se limita a hacer un leve movimiento con la cabeza hacia los soldados que me retienen.

—Llévensela.

—Sí, mi emperador.

Forcejeo con todas mis fuerzas. Lloro, pataleo y grito, olvidando por completo que solo llevo encima un fino camisón de seda. Agoto hasta el último aliento de energía para zafarme, al punto de que se necesitan dos hombres para contenerme por completo. No sabía si estaba peleando para poder escapar, o simplemente lo hacía contra mí misma y los recuerdos que seguían pasando por mi mente.

De pronto, uno de ellos presiona un paño húmedo contra mi rostro. Un olor agrio e insoportable invade mis vías respiratorias de golpe. Mi visión comienza a volverse borrosa y mis movimientos se tornan lentos, pesados, ajenos a mi control.

Lo último que logro ver antes de caer en la oscuridad es a Heinrich.

No se mueve. Ni siquiera me mira.

A pesar de todo, una parte de mí se niega a creer que Heinrich esté detrás de todo esto.

. . .

¡Hola! Espero que te haya gustado mucho el prólogo. Cabe aclarar que este es el primer borrador y voy improvisando sobre la marcha. Así que cualquier incoherencia o error perdónenme. 😭

Chapters
1. Prólogo
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