Riven Kael A Survivor's Debt by PumpkinNoir at Inkitt
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Riven Kael - A Survivor's Debt

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Summary

Riven Kael Un oso pardo de veintiocho años que solo quería una vida quieta. A los trece perdió a su madre y a su hermana en una fuga de Nexo. Su padre desapareció. Desde entonces aprendió a reparar, a pelear sucio y a no confiar. Carga una cicatriz de cristal negro en el hombro y la costumbre de contar las salidas de aire antes de dormir. El mundo de Vesper Reach no le da tregua. Él tampoco se la da.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Lo que se apaga primero

El olor a aceite quemado y a pan recién tostado era lo primero que Riven recordaba de las mañanas en el Anillo Medio. No el ruido de los generadores lejanos ni el zumbido constante del Nexo que atravesaba las paredes como una vena enferma, sino ese olor doméstico, casi indecente de tan normal. Tenía trece años y todavía creía que las cosas podían quedarse quietas si uno no las miraba demasiado fuerte.

La casa era un departamento de dos ambientes en el tercer nivel de un bloque de hormigón gris llamado Torre 17-B. Las paredes tenían humedad en las esquinas y el techo filtraba un poco cuando llovía ácido, pero el padre había sellado las grietas con resina reciclada y la madre había colgado telas viejas para que no se viera tanto el deterioro. Había una mesa de metal que tambaleaba, tres sillas que no coincidían y un generador chico en el rincón que el padre mantenía vivo con una paciencia de santo. Esa mañana el generador ronroneaba bajo, como un animal contento.

—Riven, bajá la mirada del techo y comé —dijo la madre sin levantar la vista de la costura.

Se llamaba Elara. Era una osa parda de hombros anchos y manos precisas. Reparaba filtros de aire para las Casas del Núcleo y a cambio recibía créditos y, de vez en cuando, un paquete de carne sintética que no sabía a nada pero llenaba. El padre, Torren, era más alto, más callado. Técnico de generadores de Nexo residual. Tenía cicatrices pequeñas en los dedos de tantas veces que el cristal le había mordido la piel. La hermana, Lira, tenía nueve años y todavía dibujaba en las paredes con carbón robado. Ese día había dibujado un sol que no existía desde hacía décadas.

Riven se sentó. El pan estaba duro en los bordes y blando en el centro. Lo mojó en el caldo claro que la madre había hecho con restos de raíz y un cubo de sabor que ya no sabía a nada. Masticó despacio. Miró a su padre.

—Hoy van a hacer una revisión en el sector este —dijo Torren sin levantar la vista del parte que leía en la tableta rayada—. Si escuchan la sirena de contención, no salgan. Ni siquiera al pasillo.

Lira levantó la cabeza.

—¿Otra vez? La semana pasada también.

—La semana pasada fue un escape chico. Este es de mantenimiento programado. Diferente.

Riven sabía que “programado” no significaba seguro. En Vesper Reach casi nada lo era. El Nexo había sido la gran promesa: energía viva que corría por venas de cristal y carne sintética, que alimentaba luces, calefacción, implantes, drones. Durante generaciones las Casas lo habían controlado y la gente había vivido… no bien, pero mejor. Hasta que se contaminó. Nadie hablaba del día exacto en que empezó a pudrirse. Solo se hablaba de las consecuencias. De los Ecos: gente que tocaba demasiado el residual y les crecía cristal negro bajo la piel, les cambiaba la voz, les quitaba el sueño. Algunos seguían trabajando. Otros desaparecían en los Subniveles. Otros se volvían peligrosos.

Esa mañana, sin embargo, la casa seguía oliendo a pan.

Después del desayuno Riven bajó con el padre al taller comunal del segundo nivel. El taller era un espacio amplio con techos bajos y lámparas que parpadeaban. Había bancos de trabajo, herramientas oxidadas, generadores a medio desarmar. Torren le pasó una llave inglesa y le indicó un módulo de filtrado.

—Sacá el núcleo viejo. Sin tocar el cristal interno. Si se quiebra, te corta y después te contamina.

Riven trabajó en silencio. Le gustaba el peso de las herramientas. Le gustaba entender cómo funcionaban las cosas cuando todo lo demás parecía al borde del colapso. El padre lo miraba de reojo de vez en cuando, como si estuviera midiendo algo más que la habilidad técnica.

A media mañana llegó la primera sirena.

No fue la de contención. Fue la de alerta preventiva: tres tonos cortos. La gente en el taller levantó la cabeza, esperó, y después volvió al trabajo. En los Anillos Medios uno aprendía a no saltar por cada ruido. Si saltabas por todo, te volvías loco antes de los veinte.

Riven siguió trabajando. El núcleo viejo salió con un chasquido húmedo. Dentro había una película negra, fina, como moho. El padre la miró con el ceño fruncido.

—Más de lo normal —murmuró—. Lo anoto.

No lo anotó en la tableta oficial. Lo anotó en un cuaderno de papel que guardaba en el bolsillo interno. Riven lo había visto hacer eso antes. Había cosas que no se subían a la red de las Casas.

Al mediodía volvieron a casa. La madre había terminado dos filtros y los tenía envueltos en tela limpia. Lira estaba dibujando otra vez: ahora un animal que no existía, con demasiadas patas y ojos grandes. Riven se sentó a su lado y le corrigió una línea.

—Se te fue la pata ahí.

—Es un Eco —dijo ella con naturalidad de niña—. Cuando se transforman les crecen cosas.

Elara levantó la vista.

—No hables de eso en voz alta, Lira.

—¿Por qué? Todo el mundo lo sabe.

—Porque saberlo y decirlo no es lo mismo.

Riven recordaría esa frase años después, cuando ya no quedara nadie para decirla.

La tarde cayó lenta. La lluvia ácida empezó a golpear los sellos de las ventanas. El generador de la casa subió un tono, compensando. Torren revisó los niveles y asintió, satisfecho. Cenaron temprano: más caldo, más pan, un trozo de carne sintética compartido en cuatro. Hablaron de cosas pequeñas. Del vecino del quinto que había conseguido un filtro nuevo. De un rumor de que en el Núcleo estaban racionando el agua limpia otra vez. De un juego que Lira quería jugar después.

Nadie mencionó la revisión del sector este.

A las diecinueve horas y doce minutos la sirena de contención aulló.

No fueron tres tonos. Fue un grito continuo, largo, que hizo vibrar las paredes. El generador de la casa parpadeó. Las luces bajaron a un rojo de emergencia. Torren se levantó de un salto.

—Al baño. Ahora. Sellos.

El baño era el único espacio de la casa con un sello de contención casero: una puerta reforzada y un sistema de filtrado que el padre había instalado años atrás “por si acaso”. Entraron los cuatro. Torren cerró la puerta y activó el manual. Se escuchó el siseo del aire siendo empujado a través de carbón y resina.

Afuera, en el pasillo, alguien gritó. Después otro. Después un ruido metálico, como si algo grande se hubiera caído varios pisos.

Riven se pegó a la pared del baño. Lira se agarró de la pierna de la madre. Elara tenía los ojos muy abiertos pero la respiración controlada. Torren miraba el medidor de aire que había instalado sobre el lavamanos. La aguja empezó a subir.

—No es un mantenimiento —dijo en voz baja—. Es una fuga real.

El olor llegó primero a través de las rejillas, a pesar del filtro. Era dulce y metálico al mismo tiempo, como sangre vieja mezclada con ozono. Riven lo sintió en la parte de atrás de la garganta. Le picó la cicatriz pequeña que tenía en el hombro izquierdo desde un accidente de taller dos años atrás.

Afuera los gritos se volvieron más cercanos. Alguien golpeó la puerta del departamento. Después otro golpe, más fuerte. Después silencio.

Pasaron minutos. O horas. El tiempo se volvió viscoso. El medidor de aire seguía subiendo, lento pero constante. El filtro casero no iba a aguantar para siempre.

Torren miró a Elara. Ella asintió, apenas.

—Voy a revisar el pasillo —dijo él—. Si el nivel baja, volvemos. Si no…

No terminó la frase. Abrió el sello lo mínimo necesario y salió. Riven quiso seguirlo. La madre le agarró el brazo con fuerza de osa.

—Quedate.

Esperaron. El generador de la casa empezó a fallar. Las luces de emergencia parpadearon y se apagaron del todo. Quedaron en la oscuridad del baño, con el olor cada vez más espeso y el sonido de la lluvia ácida golpeando lejos, como si el mundo de afuera siguiera existiendo en otra frecuencia.

Cuando Torren volvió, tropezó al entrar. Riven lo sostuvo. La mano del padre estaba quemada: no por fuego, sino por algo que había dejado una marca negra y brillante en la piel, como cristal derretido.

—El sector este se abrió —dijo con voz ronca—. El conducto principal. Hay Ecos caminando. Y gente que todavía no lo es pero ya no responde.

Elara lo sentó en el inodoro cerrado y empezó a limpiar la mano con el poco agua limpia que tenían. Lira lloraba en silencio. Riven miraba la marca negra y sentía que algo se le quebraba adentro, algo que todavía no tenía nombre.

No pudieron quedarse.

Al cabo de una hora el filtro del baño empezó a silbar de forma incorrecta. El aire se volvió pesado. Torren tomó la decisión que ningún padre quiere tomar: salieron.

El pasillo estaba en penumbra. Las luces de emergencia de todo el piso habían muerto. Había cuerpos. Algunos se movían todavía. Otros no. Uno de ellos, una vecina que Riven conocía de vista, tenía el brazo derecho cubierto de placas negras que latían con luz débil. Cuando los vio, abrió la boca y emitió un sonido que no era humano ni animal. Riven sintió que se le helaba la sangre.

Bajaron por las escaleras de servicio. El padre iba adelante, la madre detrás con Lira agarrada, Riven en el medio con una barra de metal que había agarrado del taller mental. Cada piso era peor. En el segundo había gente pelean do por un generador portátil. En el primero alguien había abierto un conducto de ventilación y el olor dulce-metálico era tan fuerte que Riven tuvo que taparse la boca para no vomitar.

Salieron al nivel de calle del Anillo Medio. La lluvia ácida les golpeó la cara. Las máscaras improvisadas que llevaban apenas ayudaban. El cielo de Vesper Reach era una placa gris-verdosa. A lo lejos, hacia el este, se veía una columna de luz negra que subía desde el suelo y se perdía en las nubes. El Nexo sangraba.

Corrían. No había otro plan. Torren conocía un acceso a los Subniveles que todavía no estaba sellado: un viejo conducto de mantenimiento que usaban los técnicos cuando las Casas no miraban. Llegaron. El acceso estaba entreabierto. Bajaron.

El aire de abajo era distinto: más frío, más estancado, pero sin el olor dulce. Al menos por ahora.

Caminaron en silencio durante lo que pareció una eternidad. Lira ya no lloraba. Solo caminaba, pequeña, con los ojos demasiado abiertos. Elara tenía una mano en la espalda de la hija y la otra en el hombro de Riven, como si pudiera sujetar a los dos al mismo tiempo y evitar que el mundo se los llevara.

En un recodo del túnel Torren se detuvo. La mano quemada le temblaba. La marca negra se había extendido hasta la muñeca.

—Escuchen —dijo—. Si algo me pasa, siguen hasta el nodo de mantenimiento tres. Ahí hay un refugio viejo. Halen todavía debería estar ahí. Digan que los mando yo.

—No —dijo Elara.

—No es negociación.

Riven miró a su padre. Por primera vez en su vida lo vio asustado de verdad. No del peligro inmediato, sino de lo que venía después. De lo que le estaba pasando a la mano. De lo que les podía pasar a ellos si se quedaban.

Siguieron caminando.

No llegaron al nodo tres juntos.

En un cruce más adelante escucharon pasos. No humanos. Demasiado irregulares. Torren empujó a la familia hacia un lateral y se quedó en el medio del túnel con la barra de metal que Riven le había pasado sin darse cuenta. La cosa que vino no era un Eco completo. Era alguien a medio transformar: un lobo alto, con la cara todavía reconocible pero el pecho cubierto de cristal negro que latía. Cuando vio a Torren, cargó.

El padre no gritó. Solo peleó. Riven vio el momento en que la barra se clavó en el costado del lobo y el momento en que las placas negras se cerraron sobre el brazo de Torren como una boca. Vio a la madre empujarlo a él y a Lira más adentro del lateral. Vio la luz débil del cristal iluminando el túnel por un segundo.

Después solo quedó el sonido de algo pesado cayendo y el silencio que sigue a las peores cosas.

Cuando Elara los dejó salir, Torren ya no se movía. La marca negra le había llegado al cuello. Los ojos estaban abiertos pero vacíos. Riven se arrodilló. Quiso tocarle la cara. La madre se lo impidió.

—No. Todavía puede estar activo.

Se quedaron unos minutos. Después Elara tomó la decisión que le tocaba: siguieron. Riven miró atrás una sola vez. El cuerpo de su padre ya estaba empezando a brillar débilmente en la oscuridad, como si el Nexo estuviera terminando el trabajo.

El nodo de mantenimiento tres estaba más adelante. Había una puerta reforzada y una luz amarilla débil. Cuando golpearon, una voz vieja preguntó quiénes eran. Elara dio el nombre de Torren. La puerta se abrió.

Detrás había un ciervo anciano con una cicatriz cruzándole el hocico. Brother Halen. Los hizo pasar. Les dio agua filtrada. Les dio un rincón con colchonetas viejas. No hizo preguntas todavía.

Lira se durmió casi de inmediato, agotada. Elara se sentó contra la pared y miró la nada. Riven se quedó despierto. Sentía el peso de la barra de metal todavía en la mano, aunque ya no la tenía. Sentía el olor del pan de la mañana como si fuera de otro siglo. Sentía la cicatriz del hombro picarle con un ritmo que no era el de su corazón.

Esa noche, en el refugio improvisado de los Subniveles, Riven Kael dejó de ser el hijo de una familia del Anillo Medio. No lo supo del todo todavía. Solo supo que el generador de la casa ya no ronroneaba, que el pan ya no olía, y que el mundo, de golpe, se había vuelto mucho más chico y mucho más afilado.

Afuera, en los niveles de arriba, la fuga seguía. Las Casas mandarían drones. Sellarían sectores. Contarían muertos. Escribirían informes. Abajo, en la penumbra del nodo tres, un oso de trece años miraba la oscuridad y empezaba, sin saberlo, a aprender la única lección que Vesper Reach enseñaba de verdad: que lo que se apaga primero no es la luz.

Es la parte de uno que todavía cree que las cosas pueden quedarse quietas.

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