Prólogo
Todas las mañanas era lo mismo.
Al despertar, ya sabía qué postura debía tomar: brazos estirados sobre mi cabeza, manos entrelazadas con las palmas hacia el techo, piernas abiertas formando un ángulo y su cuerpo encajando a la perfección contra el mío.
Él no lo hacía con fuerza, pero era algo que ya me cansaba.
Mientras nos fusionábamos, una de sus manos sostenía las mías y con la otra me tocaba hasta el clímax. Le gustaba que yo estuviera en silencio, que ahogara mis gemidos en sus labios.
Al principio, era divertido levantarse así. Creía que él me amaba de la misma manera en la que me poseía, pero con el tiempo comprendí que no era amor. Era rutina.
No había palabras bonitas, ni salidas a cenar o al cine; nada. Solo despertar de ese modo, una ducha rápida, un café a medio terminar sobre la mesada de la cocina, un intercambio vano sobre las actividades del día y él se iba a trabajar.
¿Y yo? Yo me quedaba en casa. Podríamos decir que él traía el sustento y yo era el “ama de casa”.
Hasta ese día.








