Capitulo 1
Valeria
La sala de juntas estaba sumida en un silencio tenso, ese tipo de silencio que a Valeria Black siempre le había complacido. Permanecía de pie al extremo de la larga mesa de roble, su traje oscuro impecable y su cabello negro recogido en un moño bajo y preciso. Las cifras brillaban en la pantalla mientras ella hablaba con una voz firme y autoritaria, marcando cada decisión como si fuera una orden inapelable.
«Este acuerdo se firma hoy», sentenció. «No hay margen para dudas».
Entonces llegó.
Primero fue una presión sorda detrás de los ojos, un latido profundo e insistente. Valeria apretó la mandíbula, decidida a ignorarlo. El dolor de cabeza no tenía derecho a interrumpirla. Nunca lo tenía. Pero el pulso se intensificó, descendiendo por su sien como una garra invisible que apretaba con creciente crueldad.
El aire se volvió denso.
Un murmullo recorrió la mesa cuando Valeria apoyó una mano en el respaldo de la silla más cercana para estabilizarse. El mundo pareció inclinarse un grado, apenas lo suficiente para irritarla. No estaba acostumbrada a sentirse vulnerable. Mucho menos frente a su junta directiva.
-¿Se encuentra bien, señorita Black? -preguntó alguien.
Valeria alzó la mano sin mirarlos. El dolor explotó con violencia, una punzada blanca que le robó el aliento. Por un segundo, el instinto alfa rugió dentro de ella, furioso, desorientado. Algo estaba muy mal.
-Hospital -ordenó, con voz baja y tensa-. Ahora.
No recordó el trayecto. Solo el constante latido en su cabeza y una sensación extraña, como si algo, o alguien, la estuviera esperando.
Elena
Elena Weiss llevaba horas sin sentarse. Una paciente tras otra, historias distintas de dolor y esperanza. Los recibía a todos con la misma sonrisa suave, con la misma voz calmada que parecía envolverlos y tranquilizarlos incluso antes del diagnóstico. Tocaba con cuidado, escuchaba con atención, explicaba con una paciencia infinita.
-Respira conmigo -le dijo a una mujer que sufría un ataque de pánico-. Estás a salvo aquí.
Ser omega en un hospital no siempre era sencillo, pero Elena había aprendido a usar su naturaleza como una fortaleza. Su instinto le permitía leer las necesidades no dichas de sus pacientes, ofrecer consuelo antes de que pidieran ayuda.
Cuando terminó con el último paciente, se lavó las manos con meticulosidad y suspiró suavemente. El turno aún no acababa. Apenas giró hacia la estación de enfermería cuando el ambiente cambió. El aire se tensó, cargado de una urgencia que no podía identificar.
-Tenemos una paciente ingresando por urgencias -anunció una enfermera-. Dolor de cabeza severo y hipertensión.
Elena asintió y caminó hacia la sala, sin saber por qué su corazón latía más rápido.
Valeria
El hospital olía a desinfectante y control, pero también a algo más que no supo identificar. Valeria estaba sentada en la camilla cuando la puerta se abrió. Alzó la vista con fastidio... y se quedó inmóvil.
Rubia. Ojos claros. Presencia suave.
El instinto reaccionó antes que la razón. El dolor seguía ahí, pero algo en su pecho se aflojó, como si su cuerpo reconociera a la mujer frente a ella. Valeria frunció el ceño, irritada consigo misma por esa reacción tan poco habitual.
-Soy la doctora Elena Weiss -dijo ella con voz tranquila-. Voy a atenderla.
Elena se acercó despacio, respetando el espacio, aunque podía sentir la intensidad que emanaba de Valeria como una tormenta contenida. No había amenaza en su mirada, pero sí poder. Mucho poder.
-El dolor es fuerte -continuó Elena, tomando su presión con manos firmes y cálidas-. Pero estoy aquí. Respire conmigo, por favor.
-¿Siempre mira así a sus pacientes? -preguntó Valeria, con voz grave.
Elena sonrió levemente, sin inmutarse.
-Solo a los que lo necesitan.
Elena
La alfa frente a ella era imponente incluso sentada, incluso enferma. Cada movimiento contenía control, autoridad... y algo peligrosamente impulsivo. Elena lo sentía en la piel, en el pulso que se aceleraba sin permiso.
Cuando sus miradas se encontraron, algo se acomodó dentro de ella, como si una pieza invisible hubiera encontrado su lugar. No era sumisión. Era reconocimiento.
-El dolor cederá -dijo Elena con suavidad-. Confíe en mí.
Elena preparó el analgésico con movimientos seguros mientras Valeria la observaba en silencio. Cada gesto de la doctora era preciso, tranquilo, como si el mundo no pudiera alterarla. Esa calma le resultaba extrañamente provocadora a Valeria.
-Voy a administrarle un analgésico intravenoso -explicó Elena-. Ayudará a disminuir el dolor y la presión. Puede sentir un poco de frío.
Valeria sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario. Luego asintió lentamente.
-Haga lo que tenga que hacer -respondió, seria, aunque su voz ya no sonaba tan firme como en la sala de juntas.
Cuando la aguja entró, Elena sostuvo su brazo con cuidado. El contacto fue breve, profesional... y aun así, el instinto alfa de Valeria reaccionó con un leve estremecimiento. Apretó la mandíbula, molesta consigo misma.
Elena levantó la vista hacia ella.
-¿Está durmiendo bien últimamente?
Valeria soltó una risa seca, casi burlona.
-No.
-¿Cuántas horas?
-Las que me deja el trabajo.
Elena frunció suavemente el ceño, sin juicio, solo preocupación genuina.
-¿Y su alimentación? ¿Come de forma regular?
Valeria dudó un segundo antes de responder, como si no estuviera acostumbrada a rendir cuentas.
-Comida rápida. Café. A veces nada.
El silencio que siguió fue denso. Elena terminó de ajustar el suero y luego la miró directamente, con una firmeza inesperada para alguien de naturaleza tan dulce.
-Eso explica muchas cosas -dijo-. El estrés, la falta de sueño y una mala alimentación pueden disparar dolores de cabeza severos e hipertensión, incluso en alfas tan fuertes como usted.
Valeria arqueó una ceja.
-¿Me está regañando, doctora?
Elena no se intimidó. Sonrió apenas, pero su voz se mantuvo clara y profesional.
-Le estoy cuidando. Y eso incluye decirle lo que no quiere oír.
Algo en esa respuesta golpeó a Valeria con más fuerza que el dolor de cabeza. Sostuvo su mirada, intrigada, atraída.
-Necesita dormir al menos seis horas -continuó Elena-. Comer de forma más balanceada. Menos cafeína, menos comida chatarra. Y controlar el estrés, aunque sé que eso no será sencillo para alguien como usted.
-¿Y si no lo hago? -preguntó Valeria, con un tono impulsivo que no podía controlar.
Elena se inclinó un poco más cerca, bajando la voz sin darse cuenta.
-Entonces su cuerpo seguirá obligándola a detenerse... quiera o no.
El analgésico empezó a hacer efecto. El latido en la cabeza de Valeria se suavizó, pero la tensión entre ambas aumentó de una forma distinta, más íntima, más peligrosa.
-Mejorar su estilo de vida no es opcional -concluyó Elena-. Es necesario.
Valeria exhaló lentamente, cerrando los ojos un instante antes de volver a abrirlos y fijarlos en ella.
-Supongo que tendré que obedecer -dijo-. Al menos esta vez.
Elena sintió un leve calor subirle al rostro, pero no apartó la mirada.
Y en ese pequeño intercambio, orden y cuidado, impulso y contención, ambas entendieron que aquello iba mucho más allá de una simple consulta médica.
-Debe regresar en una semana para seguimiento -concluyó Elena, recuperando su tono profesional-. Espero que siga las recomendaciones para que mejore.
Valeria asintió, aunque su mente ya estaba en otra parte: en los ojos claros de la doctora y en la extraña calma que su presencia le había infundido.








