Dando asco en la barra de un bar.
Sentada en un taburete junto a la barra, removiendo el hielo de su refresco con una pajita, Alicia se preguntaba qué demonios hacía allí. Una vez más, Gisela había conseguido arrastrarla, y en lugar de quedarse en casa inmersa en la novela que la tenía completamente obsesionada, estaba allí, sintiéndose ridícula y reprochándose a sí misma por no haberse mantenido firme mientras la música de Bad Bunny le hacía sangrar los oídos.
—Tienes que venir conmigo, no quiero ir sola —le había pedido Gisela unas horas antes por teléfono.
—Pues no vayas, —contestó Alicia— es tan simple como eso. Yo no quiero ir.
—Por favor, es por el curro, vamos, Ali… Acabo de empezar a trabajar para este tío y si me invita y voy yo y le digo que no… —gimoteó— Por favor…
—Gisi, es la fiesta de cumpleaños de un chico al que no conocemos ninguna de las dos, ¿qué hacemos allí? Tu jefe solo quiere acostarse contigo, por eso te invitó. No es trabajo, lo mires por donde lo mires. Es más, como tu abogada no te lo recomiendo.
Gisela tardó unos segundos en contestar.
—Sé que tienes razón, pero Roberto no es un mal tipo. Me gusta, ¿vale? Ven conmigo, solo un ratito, no te pido más. Si no estás a gusto nos vamos; tan pronto como tú quieras, no opondré resistencia, lo prometo.
Ya, claro… Cuesta creer que, aún con toda su inteligencia, Alicia había picado el anzuelo una vez más. Y ahora estaba allí, sola en aquel garito con nombre de discoteca, tan absorta en recordar cómo había acabado en ese lugar que ni cuenta se dio de que el camarero la observaba hasta que le dejó en frente un vaso con hielo y vertió un buen chorro de whisky en él.
Alicia no bebía whisky, apenas bebía ningún tipo de alcohol, pues no le gustaba su olor. Con una sonrisa educada, empujó el vaso suavemente de vuelta hacia él.
—Disculpe —dijo—, se ha confundido, yo no he pedido esto.
—Lo siento señorita —el camarero hizo amago de retirar el vaso—, el caballero ha pedido dos y supuse que uno era para usted.
Le sonrió con picardía.
—Déjalo, Pedro —contestó una voz masculina a su derecha—. Yo la invito.
Sorprendida, giró la cabeza hacia su derecha, de donde había venido la respuesta. Allí estaba él, con otra copa de whisky en la mano y sentado peligrosamente cerca. Cabello castaño, ojos verdes, barba de dos o tres días y la sonrisa más alineada que los puntitos de su cuaderno Moleskine. En resumen: el chico más impresionante que Alicia había visto en su vida. Y, por si fuera poco, le sonreía.
—Gracias, pero estoy servida —dijo algo nerviosa mientras le mostraba su refresco.
El chico dejó su copa sobre la barra, se acercó todavía más (si era posible) y extendió su mano para presentarse.
—Diego Lago, fotógrafo freelance.
—Alicia López, abogada —contestó, aceptando el apretón de manos.
El chico la miró de arriba abajo tratando de recordar si ya la había visto antes.
—¿Eres amiga de Jorge? Porque creo que no nos hemos visto nunca y esta fiesta —señaló la pista con el vaso que contenía la bebida—, es privada.
—Vaya, ¿en serio? —preguntó Alicia anonadada—. Perdona, es que me acabas de invitar a una copa, así que pensé que querías, no sé… ligar conmigo. Ya sé que es un poco pretencioso… ¿Lo que en realidad quieres es echarme de la fiesta?
Irritada porque la noche parecía empeorar por momentos, Alicia cogió su bolso de la barra e intentó levantarse del taburete, demasiado alto para su escaso metro cincuenta y cuatro de altura, vamos, que era demasiado alto como para hacerlo con gracia. Era una maniobra condenada al ridículo.
Apenas había deslizado una pierna fuera cuando una mano se posó en su hombro. Diego, con voz tranquila, como si no hubiera notado su intento de huida, le pidió que se quedara.
—Perdona, no quería decir eso —se disculpó—. Lo que quería decir es que Jorge es mi amigo desde hace tiempo y pensé que conocía a todas sus amigas… —continuó mientras retiraba la mano deslizándola con suavidad por su brazo— Y estoy seguro de que me acordaría de ti.
—Ah, vale —contestó Alicia algo avergonzada por su repentino brote psicótico—. Pues la verdad es que no —prosiguió bajando la mirada de vuelta al refresco casi agotado—. Quiero decir: que no soy su amiga. —Se giró para señalar a toda la gente que bailaba extasiada en la pista—. No tengo ni idea de cuál de todos ellos es Jorge.
Diego apuró su copa de un trago y le hizo una señal al camarero para que le sirviera otra.
—No hace falta que pidas más —dijo Alicia, acercándole su vaso intacto—. Puedes tomarte este. Yo no bebo alcohol.
—¿Nunca?
—Muy de vez en cuando, y esta noche no puedo. Solo estoy aquí para acompañar a mi amiga. Me ha tocado ser la conductora —añadió con un suspiro.
—No pareces muy contenta con el encargo.
—Ya, bueno… es que siempre soy la conductora, a pesar de que odio conducir —admitió, marcando la palabra «siempre»—. Ni siquiera tengo coche.
—Entonces… ¿qué conduces?
—Pues el coche de mi amiga. Fue ella quien me obligó a sacarme el maldito carnet de conducir para tenerme de chófer.
—Ya veo —murmuró él, dándole otro sorbo a la copa.
Alicia suspiró y dejó caer los hombros, algo abatida.
—Hoy me cuesta más de lo normal.
—¿Y puedo preguntar por qué, o todavía no nos conocemos lo suficiente?
—Me siento fuera de lugar. No sé, mírame. Estoy aquí, sola, ahogando mis penas en un vaso de cola light. Soy patética. ¿Y tú?
—Yo sí bebo —contestó agitando la que era su tercera copa de la noche—. Y no me considero nada patético.
—Ja, ja, ja —fingió una risa breve—. De eso ya me había dado cuenta —Señaló su copa—. Lo de que bebes, ya sabes. —Apoyó las manos sobre la barra nerviosa, la situación se le estaba yendo un poco de las manos—. Lo que quiero decir es que tú sí conoces al cumpleañero. ¿No deberías estar en la pista soltándote la melena y buscando compañía para la noche? —Lo recorrió con la mirada sin poder evitar un suspiro. Ese pelo castaño, esa cara de chico malo y esos ojos verdes… Joder, era su tipo ideal, pensó—. No creo que te cueste demasiado.
Diego, divertido, se incorporó un poco en el taburete y le sostuvo la mirada. Esos ojos… madre mía, qué ojos, se repetía Alicia sin poder evitarlo, bajando la vista de nuevo hacia su vaso de cola, ya casi vacío.
—¿Y quién dice que no la haya encontrado ya?
—Touché —contestó sin poder mirarle a la cara—. Perdona, me estoy metiendo donde no debo. Seguro que tienes pareja y yo aquí, haciendo conjeturas que nadie me ha pedido.
—¿Sabes por qué me senté a tu lado? —preguntó.
Alicia levantó la mirada hacia ese chico que le derretía el cerebro y se recolocó un mechón rubio que se le había escapado del moño alto, el cual, a esas horas, parecía más un nido de pájaros que el peinado sofisticado que se había hecho con esmero por la mañana.
—Porque creías que me había colado en la fiesta y me ibas a echar.
—Ja, ja, ja —ahora era él quien fingía partirse de risa—. No, ya te dije que eso fue un malentendido. Me acerqué porque me llamaste la atención. Como has dicho, no encajas en este ambiente, ¿sabes? No por mal —apuntó antes de que volviese a saltar enfadada—. Pareces más… no sé cómo definirlo, solo pareces… como una obra de Dalí en medio de una exposición de Magritte.
—¿Eso es malo? Porque no he entendido la referencia.
—Pues que los dos son surrealistas, pero… Dalí sobresale, simplemente… es mejor.
—¿Y si me gustase más esa o ese Margarite o como se llame? La verdad es que no tengo ni idea de quién es.
—Estarías en tu derecho, el arte depende del ojo que lo admira.
—¿Sabes? —contestó Alicia mientras se acercaba un poco más a Diego atraída por un campo magnético invisible—. Creo que todo el whisky que has bebido está haciendo su efecto. ¿Tienes conductor o te pido un taxi?
—No necesito un taxi —Diego enredó su dedo en el mechón rebelde del pelo de Alicia, se le había vuelto a escapar de detrás de la oreja—. Pensé que a estas alturas… te ofrecerías a llevarme tú.
La cara que Alicia le dedicó en ese momento debía ser todo un poema porque Diego se apartó a carcajadas. Ahora sí se reía de verdad.
—Tranquila, sólo estoy bromeando. No necesito taxi porque vivo en el edificio.
—¿Vives encima de la discoteca? —Contempló el local— ¡Qué espanto! ¿Cómo puedes dormir con este ruido?
Diego alzó los hombros y contestó como si vivir encima de una discoteca fuera lo más normal del mundo.
—Se duerme bien. Los del primero nunca se han quejado, así que supongo que el local está bien insonorizado —dijo con algo de sorna—. Además la discoteca es de mi compañero de piso, así que… paso aquí bastante tiempo. Las copas me salen gratis.
—Espera… ¿Vives con Roberto? —Resopló—. Pues estoy aquí por su culpa.
Diego frunció el ceño ante la respuesta.
—¿Conoces a Roberto?
Alicia escudriñó la pista en busca de Gisela, aunque ya intuía que no la encontraría allí.
—No, que va. Ya te dije que era culpa de mi mejor amiga, Gisela. Acaba de empezar a trabajar como relaciones públicas para la discoteca, seguro que la conoces.
—No me suena, la verdad —contestó.
—Ya bueno, lleva muy poco tiempo. Creo que se dedica a repartir panfletos o vales para copas gratis por la calle. Así que tampoco debe pasar mucho por aquí. —Jugueteó un poco con el vaso mientras hablaba—. El caso es que esta noche le tocaba librar, pero se ve que a tu amiguito le gusta y para poder verla, de forma más informal, la invitó a la fiesta.
—Pues hace como media hora que no lo veo por ninguna parte.
Alicia suspiró y se terminó la poca cola light que le quedaba de un trago, ya sabía dónde estaría Gisela…
—Pues será mejor que no subas a casa.
Diego miró hacia el techo y dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Para qué iba a subir mientras tú estés aquí?
El comentario subió la temperatura de Alicia, que, de forma ligera y sutil, tiró del cuello de su camisa en busca de oxígeno. Gesto que no pasó desapercibido para él.
Diego olía a tabaco, un olor que siempre había detestado desde niña. Lo curioso era que en él no le provocaba rechazo. Al contrario, se sorprendió al descubrir que le gustaba. Era como si ese aroma formara parte de su esencia. Supo, en ese instante, que siempre que oliera tabaco recordaría a aquel chico tan desconcertante.
—¿Sabes? —dijo— Esta noche, al final está siendo mejor de lo que me imaginaba.
—Me alegro —contestó Diego mientras llamaba al camarero—, eso tenemos que celebrarlo. Pedro, ponnos dos chupitos de Fireball.
—¿Estás seguro? —preguntó el chico.
Diego asintió y le deslizó un billete de veinte euros por la barra.
—¿De qué? —preguntó Alicia.
Diego se rio y a ella le dio flojera.
—Ya lo verás, si no lo has probado…
El camarero les sirvió dos chupitos pequeños de color ámbar, para los ojos inexpertos de Alicia podría ser cualquier cosa.
—No debería —dijo mientras cogía el pequeño recipiente indecisa y se la acercaba a la nariz, olía a rayos—. Bueno, supongo que por una no pasa nada.
—Así se dice, pequeña —dijo cogiendo su chupito—. Todo de una vez, sin vacilar.
—Vale…
—Lo digo en serio, no vale a los pocos, esto es como las tiritas.
—Vale —repitió con una sonrisa.
Ambos chocaron las copas y vaciaron el contenido de un solo trago. Fue horrible. El sabor era tan fuerte y abrasador que Alicia empezó a toser de inmediato, sintiendo cómo el alcohol la quemaba por dentro.
—¡Ahhh! ¡Mierda, mierda…! —jadeó entre toses mientras agitaba las manos, desesperada—. ¿Qué demonios me has dado? ¡Ponme un poco de agua, deprisa! —le gritó al camarero—. ¡Joder, me has envenenado!
Diego no podía parar de reír. La escena le resultaba tan divertida que apenas conseguía articular palabra. Hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien con una mujer.
—Fuerte, ¿eh? Es whisky con canela y chili.
—¿Quién coño le pone chili a la bebida? —replicó enfadada.
Diego seguía riéndose a pleno pulmón.
—Vamos, no te enfades. Cuando te acostumbres seguro que te gusta.
Lo contempló con la boca abierta y bebió a toda velocidad y sin respirar el vaso de agua al que Pedro, muy amablemente, había añadido unos cubitos de hielo.
—¿Gustarme? No pienso volver a probarlo en la vida.
—Sí que lo harás —contestó él.
—¿Por qué estás tan seguro?
Diego volvió a acercarse, dejando apenas espacio entre los dos, y le susurró al oído.
—Porque es mi bebida favorita.
En ese momento, a Alicia, le costaba discernir entre la mezcla de emociones que hervían en su interior. El regusto espantoso que había dejado el alcohol en su cuerpo se mezclaba con la sensación del aliento de Diego, que le susurraba al oído, y no podía negarse a sí misma, por más nerviosa que se sintiese, que gracias a Diego, la que prometía ser otra jornada de autocompasión y aburrimiento, se había convertido en una de las mejores noches de su vida.
Porque, después de mucho tiempo, aquella noche, Alicia, se sentía viva y joven. Había descubierto, gracias a un desconocido y a uno cuantos chupitos que a los veintinueve años su juventud no debía estar archivada en una oficina, como un expediente más, sino latiendo ahí mismo, quemando en su garganta y pidiéndole que no volviera a casa todavía.








