Customize readability
Aa

LA MUJER SIN NOMBRE

All Rights Reserved ©

Summary

Leóntides había decidido silenciar la voz de Apolo para ganar la guerra, pero jamás se imaginó que su Oráculo no creía en dioses. La Guerra del Peloponeso estaba llegando a su final; la tensión entre Atenas y Esparta era máxima. Los Juegos Píticos iban a dar comienzo en pocas horas, puesto que ambos estados, enemigos hasta el tuétano, habían acordado una tregua para celebrarlos. A escasas horas del evento, un joven guerrero ateniense, disfrazado de espartano, se infiltró en el corazón del templo con un único propósito: secuestrar a la Pythia y matarla lejos del santuario para liberar a Atenas de unas profecías totalmente faltas de imparcialidad, siempre desfavoreciendo a la ciudad. Sin embargo, Leóntides se encontró con un Oráculo de Delfos muy diferente a lo esperado: una sacerdotisa sin integridad, quejona, malcarada, barullera, nada estoica, demasiado humana para representar la solemne voz de Apolo. Definitivamente, era alguien a quien le iba a costar asesinar.

Status
Complete
Chapters
18
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El cielo de Delfos estaba negro, negro de verdad. No había luna, ni estrellas, nada. Solo unas nubes densas que ocultaban todo el firmamento. Las casas apenas se intuían entre la neblina, convertidas en sombras raras, deformes. La tarde anterior había sido calurosa y muy húmeda. Ahora, ni siquiera corría una brizna de aire. Era la noche ideal, perfecta para cometer un delito.

Todo estaba sumido en una quietud extraña, demasiado extraña. Daba la impresión de que los dioses del Olimpo se mantenían expectantes mientras las polis de Atenas y Esparta acataban a regañadientes la tregua pactada. Llevaban haciéndolo de manera periódica, cada cuatro años, durante los últimos veintiocho de guerra encarnizada. Los Juegos Píticos eran una celebración importante: conmemoraban la victoria de Apolo sobre una monstruosa Pitón, que había traído devastación a la región y servía a deidades profanas. Gracias a su derrota vinieron tiempos de paz, prosperidad y el dios estableció allí su Oráculo. Por desgracia, la tregua por los juegos no duraba demasiado, apenas siete u ocho días. Se podría decir que aquel milagro se basaba más en el miedo a enfadar a los dioses que en la bondad humana.

—¡Maldición! —masculló entre dientes Leóntides, cuando una piedrecilla se le clavó en la planta del pie.

El hombre joven avanzaba pegado a las rocas. Tenía el cuerpo tenso y el entrecejo arrugado, debido a la concentración. La capa carmesí que colgaba de sus hombros rozaba sus muslos. Iba descalzo, igual que aquellos salvajes a quienes tanto despreciaba, esos oligarcas descerebrados, nacidos solo para hacer la guerra. Cada paso que daba era una molestia, piedrecillas, polvo y pequeños cortes.

Maldijo en voz baja. El casco de bronce le pesaba una barbaridad, le tiraba del cuello, le rozaba la nariz hasta hacerle daño. Y todo eso, además, le recordaba cosas que prefería olvidar: campos quemados en el Ática, forzando a los campesinos a refugiarse tras las murallas; los olivares talados por pura maldad, solo para vejar y humillar; hombres degollados tras rendirse y sus esposas encadenadas como botín de guerra; niños arrebatados a sus madres para ser vendidos como esclavos… Sí, demasiadas cosas malas. ¡Cuánto asco le daba llevar ese uniforme puesto!

Esparta no conquistaba, no. Esparta destruía. Por donde pasaba, solo quedaban cenizas. Era un enemigo a batir, un pueblo maligno en sí mismo, que Leóntides había aprendido a odiar y temer desde niño. Una rabia ciega le subió por el pecho y le estranguló la garganta, empujándolo a no dar media vuelta.

—Atenea, hija de Zeus, no te pido gloria ni alabanzas; solo concédeme una mente clara y que mi mano no tiemble al empuñar la espada. Si regreso con vida, llevaré una ofrenda a tu altar cada semana —rogó en un murmullo apenas audible, notando cómo el sudor perlaba su frente. Era una costumbre que había aprendido de su general, a quien consideraba casi como a un padre.

Gracias a su entrenamiento sabía moverse sin hacer ruido, o eso pensaba él. No era espartano, desde luego que no, ni de lejos, pero tampoco un inútil. Había aprendido a sobrevivir, más que otra cosa. A moverse, a callar, a no pensar demasiado cuando hacía falta actuar. No tenía la disciplina de esos monstruos criados para matar desde niños, ni la soltura de los mercenarios que ahora Atenas contrataba como si fueran herramientas. Él… bueno, él simplemente luchaba por seguir vivo. Que ya era bastante.

Su gente era distinta, no como los espartanos. Luchaban porque habían elegido hacerlo, sin imposiciones, sin jerarquías prematuras que doblegaban el criterio y la voluntad. Leóntides se consideraba un hombre libre, criado en democracia, no un soldado instruido en la guerra desde la infancia más tierna. Junto al resto de sus compañeros, había aprendido a mantener la formación hoplítica, creando filas bien cerradas y compactas que solo se rompían cuando el terreno no acompañaba. Luego llegaron los asedios, el hedor a sangre seca pegada a la ropa y esas avanzadillas nocturnas en las que nadie se atrevía a abrir la boca. Le siguieron innumerables batallas y noches sin dormir debido a heridas y dolores. Fueron años muy duros, donde se forjó su carácter, aprendiendo una lección de vida difícil de olvidar: había que adaptarse o morir.

El ulular de un búho rompió el silencio y le provocó un escalofrío. Luego se relajó un poco. «Esperemos que sea una buena señal», pensó, rogando a Atenea para que hubiera escuchado sus súplicas. Su mente iba y venía, incapaz de quedarse quieta. Aunque todo eso desapareció cuando vio el santuario. Su mente se quedó en blanco, como si fuera idiota, maravillándose de su magnificencia. Las columnas, las esculturas pintadas con vivos colores, y sus escaleras pulidas por siglos de pies descalzos y gente arrodillándose. Todo parecía demasiado perfecto, demasiado irreal. Le daba respeto. Mucho respeto. Y, en ese momento, no era de gran ayuda para su misión.

—¡Que sí, que sí! ¡Que algo hay! Lo estoy viendo… bueno… casi, casi… —escuchó decir a uno de los soldados que estaban apostados en la entrada, orientada al este. Su forma de hablar denotaba que padecía algún tipo de carencia intelectual.

El hombre, enjuto y espigado, tenía la frente aplastada contra una caja de madera de dimensiones gigantescas. Intentando no llamar su atención, Leóntides se detuvo, ralentizando su respiración para que no fuera audible.

—Mira por aquí, por la rajita esta… —continuó hablando con absoluta convicción—. Te lo juro por Apolo, hay cosas. Maracas o algo.

—¿Maracas?... ¿Querrás decir marcas? Bueno, letras… —se burló su compañero, un tipo más corpulento y bajito—. No sé por qué pierdo el tiempo escuchando tus desvaríos, si no tienes ni idea de escribir y mucho menos de leer. Lo único que vas a poder distinguir ahí dentro es piedra. Piedra bien dura, igual que tu mollera, so cazurro.

El soldado corpulento fulminó con la mirada a su compañero, que insistía en pegar la cara contra la áspera madera para ver lo que había dentro de la caja.

—Es que creo que también hay dibujitos, cabeza hueso.

—Querrás decir: cabeza hueca —hizo una pausa—. Que los Dioses me den paciencia, la voy a necesitar.

—¡Ay!, como se diga —ignoró la pullita para centrarse en su verdadero interés—. ¿Y si la profecía habla del fin de la guerra? Sí, sí, seguro que el antiguo Oráculo ha hecho algún dibujito del vencedor.

—Lo que tú digas… —El segundo soldado se apoyó en la lanza, tambaleándose un poco; daba la impresión de estar algo beodo—. ¿De verdad piensas que justamente tú, que no diferencias la letra omega de la ómicron, vas a conseguir comprender una profecía?

—Cierra la boca, pedazo de basura —gruñó el fisgón—. No necesito leer. Tengo ojos en la geta y, si hay dibujitos, los veo. Además,… esto es mu’ raro. Mu’ raro. Tanto misterio no es normal. Si Apolo le habló a la vieja Pythia en sueños… y ella hizo grabar sus palabras en piedra… y también hizo traer a un escultor que ni sabía leer… eso es una mala señal. Mala, mu’ mala.

El otro soltó una maldición apagada, cuidándose de no alzar demasiado la voz.

—¡Qué sabrás tú! Siempre estás con esa misma cantinela. Si salieras elegido para solicitar una profecía en el templo ante la nueva Pitia, la malgastarías de la peor manera posible —afirmó el otro, negando con la cabeza—. Casi puedo imaginarlo: te plantarías delante del Oráculo con tu cara bobalicona y, cuando por fin guardara silencio el templo entero, le preguntarías cualquier estupidez, cualquier obviedad… Algo así como: «Oh, sacerdotisa, la voz de Apolo, escuche mi ruego: ¿conoce la pregunta que le quiero hacer?»

El robusto hombre soltó una risa ahogada ante su propio comentario y, luchando por guardar el equilibrio, señaló a su compañero con el dedo índice.

—Ella respondería: «Desde luego, que pase el siguiente». —La mordacidad se asomaba en cada una de sus palabras—. Y justo entonces se acabaría tu turno, puesto que ya habrías formulado tu única pregunta. Porque eres un bobo. Un tooonnto. No das para más….

—¡Eh! No digas eso… que se lo cuento a mi hermanita, ¿eh?

—¡Por las barbas de Zeus! No metas a mi mujer en nuestras discusiones. Tú naciste medio bobo y ella es la encarnación de una arpía. ¡Qué mala suerte la mía!

—Bah… me portaré bien y no le diré nada. Estás bebido, eso es lo que pasa. Sí, sí, estás choborra perdido. —replicó el hombre enjuto y espigado, obstinado en su misión de ver más allá de los tablones de madera—. Pero… se me va a hacer largo esperar hasta que los Juegos Píticos acaben y nos revelen la profecía.

—A ver si Apolo te va a castigar por husmear donde no debes, dejándote tuerto…

Esa contundente frase consiguió su propósito, y el otro se alejó de la caja como si quemara. Obviamente, no quería enfurecer a un dios.

—El del pescado me lo dijo. Que los sacerdotes no saben qué pone ahí dentro. Sí, sí, ninguno de ellos sabe na’ de na’. Naide lo sabe. Solo las gemelitas… las que estaban antes sentadas en el trípode de Apolo… las que se pusieron mu’ malas después de que la piedra fuera grabada. Verdad que eso no es mu’ normal.

—Desde luego que lo es. Llevaban mucho tiempo sirviéndolo, tarde o temprano tenían que perder la voz. Acuérdate que eran dos uvas pasas cuando entraron al templo. —El beodo dio un manotazo en el aire para apartar una mosca que revoloteaba a su alrededor.

—Y antes… mucho antes de ellas, antes de la guerra… una Pitia escupió sangre. ¡Sangre! Y la pobre se murió. Eso cuenta todo el mundo.

—Se dicen muchas estupideces… —El soldado ebrio se encogió de hombros—. También decían que esta guerra no duraría tanto. ¡Y mira cómo estamos ahora!

Hubo un silencio breve. El viento pasó entre las columnas del templo como si el mismo Apolo hubiera hecho acto de presencia. Hasta el fuego de las antorchas se agitó.

—Aun así, me gustaría saber que pone —insistió el primero, volviéndose hacia la caja.

—¡Déjate de tonterías! O lo único que verás será una astilla clavada en tu ojo. ¡Ahí tienes mi profecía!

Mientras el soldado borracho volvía a soltar una carcajada, Leóntides aguardó inmóvil, escondido detrás de una gran roca. Se agachó, tanteando el suelo con cuidado, hasta dar con una piedra del tamaño de una moneda. La notó perfecta, irregular. Sonrió al sopesarla. Había lanzado miles de esas; sabía muy bien cómo utilizarla. Apuntó, no a los guardias, sino más allá. Su objetivo era un conjunto de ánforas apiladas junto a un muro lateral.

Su mano lanzó la piedra, que salió disparada a gran velocidad, cruzando el aire con un silbido corto y seco. Luego vino el impacto, el estallido. Su sonido fue tan contundente y escandaloso que hasta él se sobresaltó cuando otra ánfora cayó, después de la primera, rodó por el suelo y se hizo añicos al precipitarse por un escalón. Leóntides se quedó quieto, conteniendo la respiración. Los guardias reaccionaron de inmediato: aspavientos con las manos, pasos torpes. ¡Bien! Era lo que pretendía. Ahora no había margen para dudas. O salía bien o… mejor no pensarlo.

—¡Por Zeus! —gruñó el soldado corpulento, mirando a todos lados.

—¡Eh! ¿Qui-quién anda ahí? —exclamó el enjuto, llevándose la mano a la espada.

Ambos se alejaron de la entrada, avanzando con torpeza hacia el lugar del ruido, intentando escrutar entre la oscuridad.

—Será algún gato…

—O un choborra como tú —masculló su compañero, todavía resentido por tanto insulto recibido.

—¡Como sea un ladrón, juro que lo atravesaré con mi lanza! —El soldado robusto alzó la voz para asustar a quien fuera que había causado tal alboroto.

En cuanto los guardias se alejaron lo suficiente, Leóntides salió de su escondite. Sin concederse ni un suspiro de titubeo, ascendió por la escalinata y cruzó el gran umbral. El templo lo recibió con un aliento cargado de mirra y humedad, que se entremezclaba con el hedor de su propio sudor.

No se detuvo cuando las sombras se le echaron encima. Tenía claro a dónde iba. Detrás de unas columnas, medio escondido por un tapiz viejo, estaba el acceso. No era evidente, ni mucho menos. Un ojo poco entrenado jamás lo habría descubierto. Apartó la tela con la mano, sin ceremonias, y se metió dentro, encogiéndose un poco porque el sitio no invitaba a entrar.

Cuanto más descendía, más frío hacía. El mundo exterior parecía no tener cabida allí dentro, como si no existiera. Lo único que se escuchaba era un goteo lejano de agua: poic, poic, poic… Le resultaba, en cierto modo, perturbador.

Se detuvo al llegar frente a una puerta de madera robusta, marcada con un símbolo de épsilon. Al abrirla, el ádyton apareció ante sus ojos. No era muy amplio, y estaba sumido en la penumbra. Había visto auténticas masacres, hombres a quienes les habían cercenado miembros, y él no había ni pestañeado. Pero ahora, allí dentro, en aquel espacio tan abrumadoramente reducido, un escalofrío le trepó por la espalda, haciéndole dudar. Tenía la certeza de que los dioses no lo perdonarían. No. Aquel crimen lo perseguiría durante el resto de su vida.

Y entonces la vio. Estaba frente a él, dándole la espalda. Las brasas de un fuego exhausto, apenas arrojaban un poco de claridad sobre el cuerpo femenino. Tenía la piel de un blanco lechoso, igual que el cabello, y su túnica estaba tejida de un lino tan puro que casi resplandecía. Por un instante, Leóntides creyó que estaba frente a una aparición, no delante de una mujer de carne y hueso.

La Pythia se hallaba con el trasero apoyado sobre el trípode de Apolo, ajena a su presencia. Murmuraba algo, algo que él no llegaba a comprender.

—¡Por las tres cabezas de Cerbero! ¡Ojalá que el cielo se prenda en llamas y nunca llegues a mañana! —maldijo la mujer a pleno pulmón de repente, rascándose la cabeza de forma impetuosa, mientras pateaba el suelo con un pie.

El hombre abrió los ojos, asustado, y retrocedió un poco. ¡Había sido descubierto?

Let Mary Hall know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Silver's Second Chance

Clare: Loved the second chance mate story line. But loved even more the strong female lead. Would love to a mini fic of this couple a few years down the line.

Read Now
Werewolf Hollow

ohoney2004: This is a very good novel.Well written, great story line, and the characters are so interesting to me. I enjoyed their story so much.

Read Now
The Offside Arrangement

deea: This is the perfect place for any reader who seeks a story filled with insanely steamy scenes that last several chapters long, narrated with original intrigue and plotted with hilarious episodes and lines. 📚✨️Kaid and Cadence had me cracking up with laughter; they were incredibly amusing. While she...

Read Now
The Alpha's Exiled Mate

Sonakshi: I like the characters and emotions that was so good and perfect and the story was definitely amezing

Read Now
His Blood Mate

Saraa: really enjoyed the atmosphere you created in this story. It felt like there was a lot of thought behind every scene, even the smaller details. Was there a particular scene that you had the most fun writing?

Read Now
Bloodlines

Janet Gagg: Enjoyed the plot and looking forward to finding out where the story is headed, are there more like her ?

Read Now
Ruthless Lord

AlyKeller: I love this story about a girl hated by her father and sister because her mother died given birth to her. She is sent away to a farm from her life in a castle, where she learns how to survive, hunt, and fight. She is forced into an arranged marriage by her dad and king. Her life takes a change for t...

Read Now
Breathe With Me

Ellyani: I love this story so much ❤️ Some chapters make me quite emotional 😢

Read Now