𝕸𝖆𝖉𝖊𝖑𝖊𝖎𝖓𝖊
Punta tacón, punta tacón. El sonido de las pequeñas zapatillas de tacón por el piso de mosaico era una melodía bastante irritante si no se era amante de los bailes. Una gota de sudor bajaba por mi frente, haciéndola maldecir entre dientes; incluso ese reflejo tan humano significaba castigo si mi madre lo notaba. Enderecé mejor la espalda y mojé mis labios con la punta de la lengua antes de llevar la mano de manera rápida a mi frente, deseando no haber sido vista por Annelise, aunque los deseos no parecieron ser vistos por nadie cuando el trozo de madera delgada impactó en mi brazo.
—¡Agh! —gemí al sentir la piel de mi brazo arder, mis ojos lagrimearon; no me hacían más fáciles las reprimendas de madre ante el más pequeño error que cometía. Por el contrario, la hacía cada vez más obstinada y sensible.
—Sin quejas, hazlo de nuevo. — La áspera voz de la mujer, víctima del tabaco, destilaba veneno, como si estuviera también siendo obligada a estar en ese salón de baile, cuando era ella la que me obligaba a practicar diario, sabiendo lo mala que era para caminar recta, y mucho menos danzar. —¡Anda, hazlo de nuevo! —Esta vez no fue una advertencia; su mano se alzó nuevamente en el aire, guiando la extensa regla de madera contra el otro brazo.
Me mordí el labio fuertemente, esperando no gemir o llorar para no ser nuevamente golpeada. Odiaba que me tocaran, pero me era casi imposible coordinar los pies cuando aquella mujer estaba cerca. Las lágrimas amenazaban con desbordarse fuera de mis ojos, haciéndome la vista un poco borrosa. Al contrario de mis hermanos y hermana, parecía correr con la particular suerte de molestar a mi madre; cuando esta exigía algo, mi cuerpo parecía entrar en huelga y hacer todo lo contrario, por lo que cuando la mujer a la que debía llamar madre empujó la regla contra mi espalda para hacerme avanzar de nuevo, mi pie derecho decidió ir por el camino del izquierdo y hacerme tambalear hasta tumbar todos los libros que había sobre mi cabeza.
—¿Por qué nunca haces nada bien, niña? —recriminó mientras me jalaba del brazo. —¡Te he dicho que mires hacia el frente, eres tonta como una mula!
Quise llorar, sabiendo lo que se venía; mi madre era tan dura conmigo. Mi hermana jamás pasó por eso, jamás recibió un golpe de su madre; incluso si ambas habíamos tirado cosas importantes cuando eran niñas, Madeleine era la única que sería castigada. ¿No era eso demasiado injusto? ¿No debería ella esconder un poco la preferencia entre sus hijas?
—No llores o te daré razones buenas para hacerlo. — Escupió la amenaza mientras se retiraba el guante rojo a juego con su vestido de la mano. —Enséñame tus piernas.
Temblé ante la mención, sacudiendo la cabeza desesperadamente en negativa; sentí mis ojos llenarse de lágrimas mientras pedían piedad en unos donde aquello no existía. Podía ser rebelde algunas veces, pero no era tonta; sabía que madre era dura con los golpes.
—No, mamá, por favor, lo haré mejor ahora, lo prometo— Escondí las piernas entre las capas de mi ridículamente pesado vestido azul.
—¡No me desobedezcas, insolente! —La piel de mi mejilla ardió y mi rostro se giró hacia un lado al ser impactado por la madera dura y delgada.
—¿Por qué me lastimas así, mamá? Solo cometí un pequeño error, pero eres dura como un monstruo. — Un destello de seguridad la llenó por un momento, pero tan pronto como llegó se fue y dejó ver lo mala idea que fue cuestionarla.
—¿Cómo te atreves a llamarme así, mocosa tonta? ¿Acaso crees que soy tu padre para permitirte hablarme como se te da la gana? —Pareció esconder una sonrisa cuando sus labios delgados se apretaron en una línea forzada, aunque sus comisuras se curvaban levemente hacia arriba. Parecía haber estado ansiando algo así desde hace tiempo, un motivo. —Te enseñaré cómo es un monstruo en verdad.
Retrocedí hacia atrás apoyando el peso de mi cuerpo en mis manos, arrastrándome prácticamente al sentir que mis piernas apenas respondían del miedo. Aquella mujer que para la sociedad era ejemplar y amorosa con su familia lucía como otra persona mientras me miraba como un animal salvaje en busca de atacar a su débil presa; daba miedo verla.
Sus largos y esqueléticos dedos apretaban y soltaban el agarre en la madera mientras se remojaba el labio con la punta de la lengua; solo había visto una mirada así en los hombres que acompañaban a mi padre en la temporada de caza luego de encontrar un ciervo; la respiración se me cortaba. Incluso intuía que, si los demonios existían, podrían tener una mirada mucho menos aterradora.
Annelise levantó alto la mano a la vez que yo cerraba mis ojos con fuerza, esperando el impacto doloroso en mi cuerpo; las piernas me temblaban a la expectativa y los dientes dolían por apretarlos como si eso hiciera que doliera menos todo lo demás.
—Madre —una voz masculina y algo áspera por fumar interrumpió en la habitación. ¿Era acaso un ángel? Mejor, era mi hermano; supe que estaba a salvo cuando los ojos verdes descendieron de los de su madre hacia mí. Debía ir a orar pronto en la capilla para agradecer por el nacimiento de mi hermano. —¿No cree usted que se está sobrepasando con Madeleine? Baje eso, por favor; no creo que le sea muy útil que padre vea el estado en que planeaba dejar a mi hermana.
Los ojos que antes parecían el infierno ahora estaban cargados en una mezcla de frustración y vergüenza por ser descubierta durante el acto; tal vez podía estar muy enojada, pero no le gustaba decepcionar a sus hijos varones.
Quise reír en la cara de madre por mi golpe de suerte. Al contrario de mi progenitora, el resto de la familia me adoraba y haría todo por mí.
—Creo que Madeleine puede descansar por hoy, fue suficiente práctica por hoy para las dos, ¿no, madre? —Esta pareció a punto de protestar antes de ser nuevamente interrumpida por su hijo—. Padre llegará en unos minutos con Ali; debería esperar por ellos.
Señaló la puerta, dándonos a entender a ambas que esperaba que madre se retirara. El silencio era fuerte y pesado, tanto como la mirada seria mientras golpeaba violentamente sus zapatillas a cada paso hasta abandonar la habitación.
Volví la mirada hacia arriba, encontrándome con los ojos ahora dulces y llenos de pesar de su hermano mientras se agachaba frente a ella. Deslizó sus dedos en mi frente, pasando los cabellos dorados hacia atrás de mi oreja.
—¿Estás bien, Mads? —sonrío ayudándome a levantar — Ah, ¿cómo es posible que te metas en problemas bailando?
—No pienso agradecerte por esto —molesté sosteniéndome del brazo de Louis—. No entiendo por qué me odia tanto; yo no hice nada malo.
—Tal vez eres tan mala bailando que le genera odio. —Una sonrisa burlona se asomó en su rostro; sabía que solo estaba molestando, así que apreté los dedos, clavando las uñas en la piel de este, haciéndole retorcer. su brazo. Debía sufrir un poco — Ay! — chilló — Tal vez es dura ahora, cariño, pero se le pasará en algún momento —acarició mi cabello—. Es nuestra madre; ella jamás podría tener algo en contra de ti.
El agua tibia mojaba mi cuerpo, relajando los músculos adoloridos. Odiaba bailar, odiaba mis pies torpes, odiaba que mi madre me tratara así, odiaba no ser hombre o alguien poderosa para poder huir sin ser tratada como una rata que merecía morir por lo que había entre sus piernas.
Hundí mi cuerpo y cabeza bajo el agua mientras aguantaba la respiración: uno, dos, tres... Exhalé un poco; el aire abandona mis pulmones, cuatro, cinco... Había menos aire, el pecho comenzaba a doler un poco, seis, siete... El rostro comenzaba a sentirse dormido, sentí mi estómago contraerse, ocho...
Abrí los ojos; la apenas visible luz de las velas hacía ver el reflejo de la luz en el agua, especialmente bonita desde adentro. Era borroso, pero bastante lindo; a veces las pequeñas mareas que creaba con los movimientos de su cuerpo formaban figuras con la luz. Intentaba darle identidad a cada una mientras el aire solo dejaba todo de mí. Mi entrecejo se frunció confundido cuando la imagen o mancha sobre el agua parecía cada vez más oscura. ¿Qué era eso? ¿Acaso era la muerte que no veía la ironía en el juego de aguantar cuanto pudiera dentro del agua y venía por mí? La muerte, como quise llamarla, ahora extendió su mancha hacia donde me encontraba. En cuanto más crecía la mancha, podía darme cuenta de que en realidad era un brazo; tal vez no era la muerte quien venía, tal vez era un ángel que no quería que muriera joven por estar jugando con el agua.
Las manos del ángel o la muerte entraron al agua rodeándome por la cintura; quise chillar ante el agarre repentino y firme, sentí el agua llenarme la boca cuando sin querer la abrí al ser retirada de la tina; la tuve que escupir. El frío aire golpeó la humedad de mi cuerpo; me sentía tan cansada, debió ser por la falta de aire o quién sabe. No podía pensar. dejaría que quien sea que cargaba mi cuerpo desnudo me llevara donde quisiera. Sonreí sin comprender por qué lo hacía en verdad.
—Madeleine, ¿qué crees que haces? — La voz algo ronca y a la vez suave del ser divino me hizo temblar el cuerpo, como si detonara algo fuerte en mí; gemí solo con eso — No seas tonta, cariño, aún no he llegado por ti, no puedes morir antes de eso. — Casi protesté cuando los fuertes brazos dejaron mi cuerpo recostado delicadamente en algún lugar y luego cubierto, ocultando mi húmeda desnudez. — Aguarda por mí, mi amada.
Levanté los brazos intentando apretar a quien me hablaba con tanta dulzura para que no se alejara, no pareció alejarme, eso era bueno,moví los delgados y (a causa del agua) frios dedos acariciando la piel, me sentía comoda haciendolo.
—¿Quién eres? —Las largas pestañas se sacudían intentando evitar el pesado sueño que parecía quererme dejar inconsciente, mi voz salió suave y casi fue una súplica aquella pregunta cuando abandonaron mi garganta.
Escuché una pequeña risa, como si algo de la pregunta fuera gracioso; eso me molestó un poco, ¿qué no me tomaba en serio?
—Duerme cariño. —Sentí el corazón dar un vuelco cuando sentí unos suaves labios apretarse contra los míos en un dulce beso; olía tan bien. Sonreí de oreja a oreja, feliz por ello, y aferré un poco más las manos en él, reteniéndolo lo suficiente para ver sus ojos, verdes como la esmeralda que adornaba el anillo de mi madre. La mano áspera se posó en mi rostro y con el pulgar acarició la mejilla, como si me estuviera admirando.
Respiré hondo queriendo embriagarme del olor de este ser, era demasiado bueno.
—No tardes...








