ONE SHOT
El primer roce del Rey del Vacío
Babe aceleró una última vuelta en la pista de entrenamiento del grupo X Hunter. El motor del auto rugía bajo sus manos firmes, el cuerpo pegado al asiento, la mirada concentrada en la línea. Alan le había dado instrucciones precisas por el intercomunicador: mejorar el ángulo en la curva tres, controlar mejor el freno de entrada. Babe las cumplió con precisión quirúrgica. Cuando finalmente detuvo el vehículo frente al taller, el motor se apagó con un último gruñido.
El silencio de la noche de Bangkok se sintió denso. Dentro del taller, Alan, Sonic, North, Dean y Way seguían ocupados con herramientas y conversaciones bajas. Babe se quitó el casco, sacudió el cabello negro húmedo de sudor y caminó hacia los vestuarios. Su piel pálida brillaba ligeramente bajo las luces del pasillo. De físico definido sin exceso, ojos azul-grisáceos fríos y controlados. El Rey del Vacío. El mejor. El que todos querían tocar y al que nadie se atrevía a reclamar de verdad.
Sintió los pasos detrás de él.
No dudó. Se giró en un movimiento rápido, atrapó la muñeca del intruso, lo giró y le aplicó una llave de brazo, presionando con fuerza controlada contra la pared. El cuerpo más alto se tensó con un quejido de dolor.
—¿Por qué me sigues? —preguntó Babe, voz baja, seria, con ese tono gruñón y educado que usaba cuando alguien cruzaba una línea—. ¿Qué quieres?
El chico soltó el aire entre dientes, el cubrebocas aún puesto.
—No lo hago por maldad… en realidad soy un fan tuyo.
Babe arqueó una ceja. Mantuvo la presión un segundo más, evaluándolo. Luego soltó un poco.
—¿Cuál es tu nombre?
—Charlie. Me llamo Charlie.
Babe levantó la mano libre y le bajó el cubrebocas con dos dedos. Lo miró de cerca.
Cabello negro como la noche, piel pálida, ojos grises claros que lo devolvían la mirada con una mezcla de nerviosismo y determinación.
Alto, de físico excelente sin exagerar.
Atractivo. Demasiado atractivo para un simple fan que se colaba en el taller.
Babe inclinó ligeramente la cabeza.
—Para ser un simple fan… estás guapo.
Charlie se sonrojó de inmediato. Las orejas se le tiñeron de rojo. Babe soltó una sonrisa breve, casi imperceptible, esa que rara vez dejaba escapar.
Finalmente lo soltó del todo y dio un paso atrás, todavía bloqueando el pasillo con su presencia.
—Entiendo que seas un fan, pero esto no es un sitio para ti, Charlie. Podrían haberte agarrado los de seguridad.
Charlie se acomodó la ropa, aún sonrojado, pero no bajó la mirada.
—Lo sé… lo siento. Solo quería verte.
Babe repitió, más lento:
—¿Verme? Interesante.
Charlie respiró hondo. La timidez seguía ahí, pero debajo había algo más firme.
—Me gustas mucho. No solo como fan… sino como hombre. Estoy enamorado de ti. Tenía muchas ganas de verte cara a cara, no solo desde las gradas o a través de una pantalla.
Babe sintió algo extraño en el pecho. Un leve tirón que no sabía cómo nombrar. Él, que solo buscaba sexo sin compromisos, que nunca se detenía a escuchar declaraciones, se quedó callado un segundo de más. No entendía por qué no lo estaba mandando a la mierda de inmediato.
Negó con la cabeza, como intentando sacudirse la sensación.
—Debes estar confundido. Será mejor que te vayas.
Charlie dio un paso adelante. La voz le salió más seria, sin temblor.
—No soy un niño de cinco años, Babe. Sé perfectamente cuándo me gusta alguien y cuándo no. Y lo que siento por ti es real.
Babe volvió a arquear una ceja. El cambio de tono le interesó. Ese chico tímido tenía carácter cuando hacía falta.
—Charlie…
—Dame una oportunidad —continuó Charlie, mirándolo directamente—. Una oportunidad para conocernos. Para enamorarte. Si realmente no funciona, lo aceptaré y seguiré apoyándote como tu fan. Nada más.
Babe se quedó en silencio. Procesó las palabras con esa inteligencia fría y controlada que lo caracterizaba. Evaluó riesgos, posibilidades, el hecho de que este tipo se hubiera colado solo para decirle eso. Soltó un suspiro largo, resignado y un poco molesto consigo mismo.
—Está bien. Acepto.
La sonrisa que se le dibujó a Charlie fue inmediata, luminosa, casi deslumbrante. Babe apenas sonrió de vuelta, un gesto pequeño, controlado.
—Me voy a dar una ducha —añadió Babe—. Espérame. Luego salimos juntos… a un bar, o donde te parezca mejor.
Charlie asintió varias veces, incapaz de disimular la felicidad. Sin poder evitarlo, se acercó un paso más, se inclinó y dejó un beso rápido, casi tímido, en la mejilla de Babe.
Luego se apartó de golpe, como si acabara de quemarse, y salió corriendo hacia la salida del taller.
Babe se quedó quieto en el pasillo. Se tocó la mejilla con dos dedos. El calor del contacto aún estaba ahí. Se sonrojó, apenas, y no pudo evitar que la sonrisa se le ensanchara un poco más de lo habitual. Quizá esto… quizá este tipo de respirar diferente no estaba tan mal.
Se dio la vuelta y caminó hacia las duchas, el corazón latiendole un poco más rápido de lo que estaba dispuesto a admitir.
Bajo las luces del taller
Minutos después, Babe salió de las duchas.
El cabello negro todavía húmedo le caía en mechones desordenados sobre la frente.
Llevaba un jean negro ajustado, una musculosa negra que marcaba la línea de su torso y una chaqueta de cuero abierta. En la clavícula, justo sobre el pectoral, se distinguía con claridad el tatuaje en letras firmes: Full Savage. La tinta oscura resaltaba aún más contra su piel pálida. Cargaba el bolso de entrenamiento en una mano y caminaba con ese aire controlado y un poco gruñón que lo caracterizaba.
Apenas cruzó la puerta del taller, lo vio.
Charlie estaba apoyado contra la pared exterior, las manos en los bolsillos, esperándolo. Cuando alzó la vista y lo miró de arriba abajo, se le iluminó la cara. Se enderezó de inmediato.
—Te ves hermoso —dijo, sin filtro, con esa sinceridad que le salía natural.
Babe sintió el calor subir a las orejas. Desvió la mirada hacia un lado, como si el comentario le hubiera tomado desprevenido.
Charlie sonrió al ver la reacción, divertido y tierno a la vez.
Babe recuperó la compostura rápido. Se aclaró la garganta y susurró, casi para sí mismo:
—Gracias, Charlie.
Caminó hacia su auto, un vehículo negro y elegante que estaba estacionado a pocos metros. Abrió la puerta trasera y metió el bolso con un movimiento preciso. Luego se giró hacia Charlie, apoyando una mano en el marco de la puerta.
—¿Quieres ir a un bar… o prefieres otros lugares para comenzar una salida? —preguntó, mirándolo de frente—. Para que te sientas más cómodo.
Charlie parpadeó, sorprendido por la consideración. Dio un par de pasos más cerca, sin invadir demasiado su espacio.
—La verdad… no me importa mucho el lugar —respondió con honestidad—. Solo quiero poder hablar contigo. Sin gritos de fans, sin cámaras, sin que nadie nos interrumpa. Si el bar te parece bien, vamos. Si preferís un sitio más tranquilo… también.
Babe lo estudió un segundo. Esa mezcla de timidez y seguridad en Charlie seguía descolocándolo un poco. Soltó un leve bufido, casi una risa.
—Bar entonces. Hay uno cerca, no muy ruidoso. Buena música, luces bajas. Podemos hablar ahí.
Charlie asintió, sonriendo de nuevo.
—Perfecto.
Babe cerró la puerta trasera y caminó alrededor del auto para abrir el lado del copiloto. Se detuvo un instante, mirando a Charlie con esa expresión seria que usaba cuando evaluaba algo.
—Sube. Antes de que alguien del taller salga y empiece a hacer preguntas.
Charlie obedeció, aunque no pudo evitar lanzarle una última mirada de reojo mientras se acomodaba en el asiento.
—¿Tan malo sería que te vieran conmigo?
Babe se sentó al volante, cerró la puerta y arrancó el motor. El sonido grave llenó el silencio por un momento. Solo cuando ya estaban saliendo del estacionamiento respondió, con la vista fija en la calle:
—No es malo. Es… complicado. Y por ahora prefiero que esto sea solo nuestro.
Charlie se quedó callado un segundo, procesando las palabras. Luego sonrió de lado, más suave.
—Está bien. Solo nuestro… por ahora.
Babe no contestó. Pero la comisura de su boca se curvó apenas, casi imperceptible, mientras aceleraba hacia las luces de Bangkok.
Interés en segundos
Llegaron al bar que Babe había mencionado.
Un local de luces bajas, música suave y ambiente más discreto que los clubes ruidosos del centro de Bangkok. Babe abrió la puerta y entró primero, seguido de cerca por Charlie. Caminaban entre las mesas cuando un hombre se interpuso en su camino.
Era alto, de sonrisa fácil y mirada demasiado familiar. Uno de tantos que solían aparecer cuando Babe buscaba solo una noche sin compromisos.
—Vaya… si apareció el Rey —dijo el tipo, deteniéndose frente a él con tono confiado—. Vamos a mi mesa.
Babe ni siquiera se detuvo del todo. Negó con la cabeza, voz firme y cortante.
—Estoy en compañía.
El hombre giró la cabeza hacia Charlie. Lo miró de arriba abajo y arqueó una ceja, claramente evaluándolo.
—Si te aburres con el anticuado… ya sabes dónde encontrarme —comentó, con una media sonrisa burlona—. Puedo darte una buena noche de acción.
Charlie sintió cómo se le tensaba la mandíbula. No dijo nada, pero sus ojos grises se endurecieron un instante. Babe, en cambio, soltó una sonrisa fría, casi divertida, y miró al otro hombre directamente a los ojos.
—Eso es lo que tú crees —respondió con calma, sin alzar la voz—. Él ha logrado captar mi interés en unos segundos de lo que tú tardaste en lograr un mes. La diferencia habla por sí sola. Ahí te ves.
Sin esperar respuesta, Babe tomó la mano de Charlie con firmeza y lo guió hacia una mesa libre al fondo, ignorando por completo al otro.
Charlie lo siguió en silencio, todavía sintiendo el calor de la confrontación en la nuca.
Se sentaron uno frente al otro. Babe soltó su mano solo cuando ya estaban acomodados.
Un mesero se acercó a dejarles la carta y se retiró para darles tiempo.
Babe se quedó mirando a Charlie unos segundos. Luego bajó un poco la voz, más suave de lo habitual.
—Perdona por lo ocurrido hace un momento. Es un idiota… No le des importancia.
Charlie lo observó en silencio un instante. La tensión en su mandíbula se fue relajando poco a poco. Apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia adelante.
—No me ofendió lo que dijo de mí —admitió, con honestidad—. Me molestó más cómo te habló a ti. Como si todavía tuviera algún derecho.
Babe levantó una ceja, sorprendido por la respuesta.
—¿Y eso te molestó?
—Sí —contestó Charlie sin dudar—. Porque tú no eres alguien a quien se le hable así. Y porque… me gustó lo que dijiste. Lo de que capté tu interés.
Babe desvió la mirada un segundo, como si las palabras le resultaran demasiado directas.
Se pasó una mano por el cabello todavía un poco húmedo y soltó un leve bufido.
—No exageres. Solo dije la verdad.
Charlie sonrió de lado, más suave esta vez.
—Entonces la verdad me gusta.
Babe lo miró otra vez. Esa mezcla de timidez y seguridad en Charlie seguía descolocándolo. Antes de poder responder, el mesero regresó.
—¿Qué van a pedir?
Babe tomó la carta sin realmente mirarla.
—Dos whiskies. El de siempre para mí… y lo que él quiera.
Charlie levantó la vista hacia el mesero.
—Lo mismo que él.
Cuando el mesero se retiró, quedó un breve silencio entre ellos. Babe apoyó un brazo sobre el respaldo de la silla y miró a Charlie con esa expresión seria, controlada, pero ya no tan distante.
—Así que… —dijo al fin—. Ahora que estamos aquí, sin idiotas interrumpiendo… ¿Qué es lo que realmente quieres saber de mí?
Lo que realmente quiero saber
Charlie se quedó callado un segundo, mirando la superficie oscura de la mesa. Los dedos de Babe tamborileaban suavemente contra el respaldo de la silla, esperando. No parecía impaciente, solo atento.
Cuando el mesero dejó los dos vasos de whisky frente a ellos y se retiró, Charlie tomó el suyo entre las manos, sin beber todavía.
—Quiero saber… por qué aceptaste —dijo al fin, levantando la vista—. Podrías haberme mandado a la mierda en el taller. De hecho, casi lo haces. Pero no lo hiciste. Y ahora estamos aquí.
Babe giró el vaso entre sus dedos, observando el líquido ámbar. Su expresión seguía seria, controlada.
—Porque dijiste que sabías lo que sentías —respondió con calma—. Y porque no sonaste como alguien que solo quería una foto o un polvo rápido. Eso… es raro.
Charlie soltó una risa baja, casi incrédula.
—¿Raro?
—Sí. La mayoría de la gente que se me acerca ya tiene una idea fija de lo que quiere. Sexo. Estatus. Una historia para contar. Tú… pediste una oportunidad. Como si realmente creyeras que valía la pena intentarlo.
Babe dio un sorbo al whisky y dejó el vaso sobre la mesa. Sus ojos azul-grisáceos se clavaron en Charlie.
—Así que ahora me toca a mí preguntar. ¿Por qué yo? Hay cientos de corredores. Algunos más fáciles. Algunos menos complicados. ¿Por qué te metiste al taller solo para decirme que estabas enamorado?
Charlie no desvió la mirada. Aunque un leve rubor le subió al cuello, su voz salió firme.
—Porque te vi correr. No solo en las carreras oficiales. También en los entrenamientos. La forma en que controlas el auto… como si fuera una extensión de tu cuerpo. Y después te vi fuera de la pista. Cómo hablas con Alan, cómo proteges a Sonic aunque finjas que te da igual, cómo te pones serio cuando North o Dean cometen un error. Eres… intenso. Y frío. Y al mismo tiempo no lo eres del todo. Me enganché. No supe cómo pararlo.
Babe se quedó en silencio. La música del bar llenaba el espacio entre ellos. Por un momento, solo se miraron.
—Eso suena a obsesión de fan —comentó Babe, aunque no había burla en su tono. Solo una advertencia suave.
Charlie negó con la cabeza.
—No. Si fuera solo eso, me habría quedado en las gradas. En cambio, me colé en tu taller, me dejé poner una llave de brazo y todavía estoy aquí. Eso ya no es ser fan. Eso es… querer conocerte de verdad.
Babe soltó un suspiro corto. Se pasó la lengua por el labio inferior, pensativo.
—Entonces escucha bien, Charlie. Yo no soy fácil de querer. Soy gruñón. Exigente. Paso más tiempo en la pista que con cualquier persona. Y no estoy acostumbrado a esto… a sentarme en un bar y hablar de sentimientos como si fuera normal.
Charlie sonrió apenas, inclinándose un poco más sobre la mesa.
—No te estoy pidiendo que cambies. Solo que me des espacio para intentar. Si en algún momento decides que no funciona… me voy. Sin drama. Pero mientras tanto… déjame intentarlo.
Babe lo estudió en silencio. Esa determinación silenciosa de Charlie, mezclada con la timidez que aún se le escapaba en los gestos, le resultaba extrañamente difícil de ignorar. Finalmente, levantó su vaso.
—Está bien. Intentemoslo.
Charlie alzó el suyo también. Los vasos chocaron con un sonido suave.
—Intentemoslo —repitió.
Babe dio otro trago y dejó el vaso. Luego, casi como si no pudiera evitarlo, preguntó:
—Y ahora que ya sabes que no soy fácil… ¿sigues queriendo saber más?
Charlie sonrió de verdad esta vez, los ojos grises brillando bajo las luces bajas del bar.
—Sí. Quiero saber todo lo que estés dispuesto a contarme.
Tormenta y calma
La conversación fluyó con naturalidad. Babe, más suelto después de un par de whiskies, hablaba con menos filtros. Charlie, que apenas había tocado su vaso, escuchaba con atención y respondía con esa mezcla de timidez y honestidad que lo caracterizaba.
Descubrieron cosas en común: ambos odiaban las mentiras, ambos valoraban la lealtad por encima de casi todo y ambos, de alguna forma, se sentían más cómodos observando que siendo el centro de atención… aunque Babe lo negara. Pero también eran diferentes. Demasiado diferentes.
Babe era tormenta. Impulsivo bajo la superficie controlada, intenso, un huracán de emociones que rara vez dejaba salir del todo.
Charlie era sol. Constante, cálido, la calma absoluta que no se dejaba arrastrar. Babe era el problema. Charlie parecía, sin esfuerzo, la solución. Y de alguna forma, esa diferencia los atraía.
En algún momento, Babe arrastró su silla hasta quedar al lado de Charlie. El movimiento fue natural, casi automático.
Ahora estaban lo suficientemente cerca como para que sus hombros casi se tocaran.
—Eres demasiado paciente —comentó Babe, girando el vaso vacío entre los dedos—. La mayoría ya se habría cansado de escucharme hablar de motores y de cómo odio perder.
Charlie sonrió de lado.
—No me cansa. Me gusta. Eres… real cuando hablas de lo que te apasiona. No intentas quedar bien.
Babe lo miró un segundo más de lo necesario. Luego, sin avisar, inclinó un poco la cabeza y olfateó el aire. Su expresión cambió.
—Charlie… hueles rico.
Charlie se sonrojó de inmediato. Bajó la mirada al vaso que aún sostenía.
—Gracias —susurró.
Babe no se detuvo. Se inclinó más, acercando la nariz al cuello de Charlie.
Respiró profundo, dejando que el aroma natural lo envolviera. Soltó un suspiro bajó, casi satisfecho.
Charlie se quedó completamente quieto.
Sintió la respiración cálida de Babe contra su piel y el calor de su cuerpo tan cerca. Apretó el vaso con más fuerza de la necesaria.
Entonces Babe pasó la lengua lentamente por el costado de su cuello, probando la piel. Se separó apenas unos centímetros y murmuró, con voz grave:
—También sabes rico.
Charlie tragó saliva. La voz le salió más firme de lo que esperaba.
—Babe, compórtate. Venimos a charlar, a conocernos… ¿Recuerdas?
Babe soltó una risa baja, sin apartarse del todo. Sus ojos azul-grisáceos brillaban con una mezcla de diversión y deseo contenido.
—Sí… todavía lo recuerdo. Pero soy débil con los olores. Y el tuyo se ha vuelto mi olor favorito.
Antes de que Charlie pudiera responder, Babe se inclinó y capturó sus labios en un beso corto pero intenso. Mordió suavemente el labio inferior de Charlie, saboreándolo, y luego se apartó. Observó la reacción del otro con clara satisfacción: las mejillas sonrojadas, los ojos grises un poco desenfocados, la respiración alterada.
Babe se recostó contra el respaldo de la silla como si nada hubiera pasado y tomó el vaso vacío, girándolo entre los dedos.
—Sigamos conversando, guapo.
Charlie lo miró unos segundos en silencio, todavía sintiendo el calor del beso en los labios. Finalmente soltó una risa corta, incrédula, y negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Lo sé —respondió Babe, sin una pizca de arrepentimiento—. Pero todavía no te has ido. Así que… ¿de qué más quieres hablar?
Loco por ti
Al día siguiente, Babe estaba en la pista como siempre. El motor rugía, las llantas gritaban en las curvas, pero había algo distinto. Su conducción se sentía más limpia, más precisa. Menos agresiva de lo habitual.
Más controlada.
Desde el taller, Alan, Way, Sonic, North y Dean lo observaban.
—Está… más calmado —murmuró Sonic, sin apartar la vista del auto negro que cruzaba la recta.
Nadie respondió. Todos lo habían notado.
Babe no había llegado de mal humor. No había gruñido por el café. No había lanzado comentarios cortantes. Simplemente… estaba distinto.
Babe sabía por qué.
La noche anterior había sido extraña. Y buena. Habían hablado hasta tarde, habían reído, se habían conocido de a poco. No habían vuelto a besarse. Babe se había contenido a propósito. No quería empujar.
Charlie era serio con lo que quería: una relación. Y por primera vez en mucho tiempo, Babe estaba dispuesto a intentar lo mismo.
Pensar con la cabeza de arriba. Escuchar un poco más a su corazón. Algo le decía que Charlie era lo bueno, lo positivo, lo hermoso que necesitaba en medio de la vida caótica que llevaba.
Cuando terminó la primera sesión, detuvo el auto frente al taller y bajó. Se quitó el casco, sacudió el cabello negro húmedo de sudor y aceptó la botella de agua que Alan le tendía.
—Buen ritmo en la curva tres —dijo Alan—. Pero todavía frenas un poco tarde en la entrada. Si corriges eso, ganas décimas.
Babe asintió, bebiendo un trago largo. Estaba a punto de responder cuando sus ojos se desviaron hacia la entrada del taller.
Charlie.
Estaba de pie ahí, con una camiseta simple y una sonrisa suave. Cuando sus miradas se encontraron, Babe sintió cómo algo se le aflojaba en el pecho. Su expresión seria se suavizó sin que pudiera evitarlo. Los ojos azul-grisáceos brillaron apenas.
Charlie lo notó. Sintió un tirón fuerte en el estómago al ver ese cambio tan evidente.
Babe se giró hacia Alan.
—Dame un segundo.
Caminó hacia Charlie con paso firme, todavía con la botella de agua en la mano. Se detuvo frente a él.
—Hola.
—Hola —respondió Charlie, sonriendo un poco más.
Babe lo miró de arriba abajo, arqueando una ceja.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte entrenar.
Babe negó con la cabeza, aunque la comisura de su boca se curvó.
—Estás loco, Charlie Kittisak.
Charlie no dudó.
—Loco por ti, Babe Wachira.
Babe soltó una risa baja, genuina. Estaba a punto de responder cuando la voz de Alan sonó detrás de él.
—¿Acaso no vas a presentar a tu invitado, campeón?
Babe se giró. Alan, Way, Sonic, North y Dean estaban a pocos metros, observándolos con distintas expresiones. Way, en particular, tenía los brazos cruzados y una ceja levantada.
Babe suspiró.
—Charlie. Él es Alan, el jefe. Sonic, North, Dean… y Way —señaló a cada uno con la cabeza—. Chicos, él es Charlie.
No dio más información. No hacía falta.
Way dio un paso adelante, mirando a Charlie de arriba abajo con una evaluación lenta y deliberada. Su sonrisa era pequeña, casi amable. Casi.
—Ah… otro más —comentó con tono ligero, pero cargado—. Babe suele traer gente interesante de vez en cuando. Aunque normalmente no duran lo suficiente como para que nos los presente. Debe ser especial… o muy bueno en la cama.
El silencio que siguió fue tenso. Babe giró la cabeza hacia Way y le lanzó una mirada afilada, claramente molesto. Pero antes de que pudiera decir nada, Charlie habló.
Su voz salió calmada, educada… y cortante.
—Entiendo que estés acostumbrado a ver pasar gente por la vida de Babe —dijo, mirando directamente a Way—. Pero asumir que soy uno más solo porque llegué sin invitación dice más de tus expectativas que de mí. Si quieres juzgarme, al menos espera a conocerme. O no. Tampoco es obligatorio que te caiga bien. Solo procura que tus conclusiones no se adelanten tanto a los hechos… se nota.
Way parpadeó. La sonrisa se le congeló un segundo.
Babe, en cambio, sintió algo caliente y satisfecho instalarse en el pecho. Charlie no había alzado la voz. No había insultado. Había respondido con inteligencia, honestidad y una crueldad elegante que no necesitaba gritar para dejar claro el punto.
Le gustó. Mucho.
Alan soltó una risa corta, disimulándola con la tos. Sonic se mordió el labio para no reírse abiertamente. North y Dean intercambiaron una mirada divertida.
Babe dio un paso más cerca de Charlie, casi de forma protectora, y miró a Way con una expresión que decía basta.
—Ya escuchaste —dijo Babe, voz baja pero firme—. No es uno más.
Luego se giró hacia Charlie, y su tono se suavizó.
—¿Quieres quedarte a ver la siguiente sesión… o prefieres qué te invite un café después?
Charlie lo miró, todavía con el eco de la confrontación en la mirada, pero sonrió de lado.
—Me quedo. Quiero verte correr.
Celos y silencios
Babe se quedó mirando a Charlie unos segundos después de la confrontación con Way. El eco de las palabras de su mejor amigo todavía flotaba en el aire, y no le gustaba cómo había sonado.
—Lamento lo que ha dicho Way —murmuró, bajando un poco la voz—. Tiene la boca suelta como siempre.
Charlie soltó un leve bufido, todavía con algo de tensión en los hombros.
—Sí, se nota… También es interesante lo de la supuesta lista que tienes.
Babe lo miró de reojo. Una media sonrisa apareció en su cara.
—Eres un celoso de primera, Charlie. Y también posesivo.
Charlie no negó nada. Levantó la barbilla un poco, asumiendo.
—Lo soy. No lo niego. Pero tampoco es lindo que te digan sobre la vida sexual activa del chico que te gusta… cuando estás intentando algo serio con esa persona.
Babe asintió despacio, aceptando el punto.
Luego inclinó la cabeza, y esa sonrisa traviesa que a veces se le escapaba volvió a asomar.
—Lo es. Pero también me gustaría comprobar si es verdad lo otro.
Charlie frunció el ceño, confuso.
—¿Qué verdad?
Babe bajó la mirada de forma deliberada hacia la entrepierna de Charlie. El gesto fue lento, descarado. Charlie se puso rojo al instante. Babe se mordió el labio inferior y se inclinó un poco más cerca, susurrando solo para él:
—Comprobar si realmente eres bueno en la cama. Si realmente sabes usar lo que tienes abajo.
Charlie se puso como tomate. El color le subió desde el cuello hasta las orejas. Babe soltó una risa baja al verlo así, divertido y claramente disfrutando de la reacción.
—Mejor dejemos ese tema para otro momento —dijo Charlie, con la voz un poco más tensa de lo normal.
Babe captó el cambio de inmediato. La diversión se le apagó un poco. Asintió y dio un paso atrás, respetando el límite.
—Entiendo. Seguiré entrenando… y luego vamos a tomar un café o comemos algo. Como prefieras.
Se apartó de él y caminó de regreso hacia el auto, donde Alan ya lo esperaba con los brazos cruzados y una expresión de “ya era hora”. Babe se puso el casco sin mirar atrás, aunque por un segundo apretó la mandíbula, como si algo le hubiera quedado dando vueltas.
Charlie se quedó parado en el mismo sitio, viéndolo subir al auto.
Las palabras de Babe todavía le resonaban en la cabeza.
No había cortado el tema por molestia. Ni por ofensa. Había sido por inseguridad.
Charlie era virgen.
Nunca había tenido sexo con nadie. Ni con hombres ni con mujeres. Había tenido relaciones, sí. Besos. Caricias. Momentos que se acercaban… pero nunca había llegado a ese punto. Porque las personas con las que había estado solo querían su cuerpo. Lo miraban como algo para usar y descartar. Y eso lo había decepcionado demasiado veces como para ceder.
Era irónico, pensó, que se hubiera enamorado justo de Babe. De alguien cuya vida privada era un desfile de noches sin compromiso. Pero al menos Babe era sincero. No engatusaba. No prometía cosas que no pensaba cumplir. Iba directo a lo que quería. Y esa honestidad, por extraño que sonara, le había gustado.
Ahora, sin embargo, el miedo estaba ahí.
¿Y si llegaban a ese punto? ¿Y si Babe se burlaba? ¿Y si no sabía cómo hacerlo bien? ¿Y si se convertía en un desastre total, en el hazmerreír de alguien qué claramente tenía experiencia?
Charlie soltó el aire despacio, intentando calmar el nudo que se le había formado en el pecho. Miró hacia la pista, donde el auto de Babe ya volvía a rugir, acelerando hacia la primera curva.
Todavía tenía tiempo, se dijo.
Todavía podían conocerse.
Todavía no tenía que decir nada.
Confesiones bajo el sol de mediodía
Babe terminó la última sesión de entrenamiento cuando el sol ya estaba alto.
Era mediodía. Se quitó el casco, sacudió el cabello húmedo de sudor y bajó del auto.
Alan todavía le hablaba de tiempos y correcciones, pero Babe apenas prestaba atención.
Sus ojos se desviaron hacia donde estaba Charlie.
Lo encontró de pie cerca de la entrada del taller, con la mirada un poco perdida y los hombros tensos. Babe sintió un pinchazo de culpa. Se regañó en silencio. Había sido imprudente. Demasiado directo. Tal vez había dicho algo que lo había molestado de verdad.
Y eso… no le gustaba.
Se dirigió a las duchas sin decir nada más.
Minutos después salió vestido: jean negro, camiseta oscura y la chaqueta de cuero colgada del hombro. El cabello todavía húmedo le caía desordenado sobre la frente.
Charlie lo esperaba junto a su auto, con las manos en los bolsillos.
Se subieron en silencio.
—¿Comemos algo? —preguntó Charlie cuando Babe arrancó.
—Está bien —respondió él simplemente.
Eligieron un restaurante modesto, lejos del ruido del centro. Se sentaron en una mesa exterior, con suficiente distancia de las demás personas como para tener privacidad. El mesero les dejó la carta y se retiró.
Babe lo miró de frente. No dio rodeos.
—Si tienes algo que decirme, solo dilo, Charlie. Lamento si te molestó lo que dije. No fue mi intención.
Charlie levantó la vista, sorprendido. Negó con la cabeza de inmediato.
—No estoy molesto contigo.
Babe arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Entonces? Te he notado raro… y eso no me gusta. No me gusta verte así.
Charlie sintió un calor suave en el pecho. La preocupación de Babe era genuina. Eso significaba que también se estaba entregando a lo que estaban construyendo. Que también quería conocerlo de verdad.
Se quedó en silencio, inseguro. Babe lo notó.
Extendió la mano y acarició el dorso de la de Charlie con el pulgar, con una suavidad que contrastaba con su personalidad habitual.
—¿Estás bien?
Charlie soltó el aire despacio. Finalmente habló, con la voz un poco más baja.
—No estoy molesto por lo que dijiste… Más bien me siento inseguro.
Babe frunció el ceño.
—¿Inseguro? ¿De qué?
Charlie apretó los labios. El miedo a la burla todavía estaba ahí. Pero miró a Babe y, por alguna razón, decidió arriesgarse.
—Babe… soy virgen. Jamás he tenido intimidad con una persona. Ni siquiera con una mujer.
Babe se quedó completamente quieto.
Parpadeó una vez. Dos.
—¿Estás de joda, verdad?
Charlie negó con firmeza.
—Hablo en serio. No es una broma.
Babe se echó un poco hacia atrás, todavía procesando.
—¿Pero cómo…? No es posible. Estás comestible, Charlie.
Charlie arqueó una ceja. Babe se dio cuenta de lo que acababa de decir… y decidió no retractarse. Al diablo. Si iba a ser sincero con él, lo sería del todo.
—Eres jodidamente atractivo, Charlie —admitió sin rodeos—. ¿Cómo es posible que no hayas metido la llave a un candado?
Charlie soltó una risa corta, genuinamente divertida a pesar de los nervios.
—Vaya manera de decir las cosas, Babe.
Babe bufó, sonriendo de lado.
—Es la verdad. Estás guapísimo. Estoy seguro de que pretendientes te sobran.
Charlie asintió, un poco más serio ahora.
—Sí… los tengo. Tuve relaciones anteriores, pero ellos solo buscaban sexo. Lo único que les gustaba era mi cuerpo. Me dijeron que solo servía para eso… que mi personalidad apestaba y que lo único que me salvaba era el físico. Eso me generó inseguridad.
Babe suspiró, molesto por las palabras que alguien había tenido el descaro de decirle.
—Sí… es verdad que tienes un físico que está para chuparse los dedos —concedió, mirándolo sin vergüenza—. Pero tu personalidad es lo que realmente atrae. Al menos a mí. Los que estuvieron contigo solo pensaban en meterla. Lo que tú ofreces… lo que eres como persona… eso es lo que te hace especial. Eres demasiado bueno. Demasiado amable. Y eso no se ve todos los días.
Charlie sonrió, suave, casi tímido.
—Gracias. Eres la primera persona que me dice algo así.
Babe sostuvo su mirada unos segundos más.
Luego habló con tono más práctico, pero igual de directo.
—En cuanto a este tema… podemos hablar de lo que te gusta cuando lleguemos a ese momento. Y de lo que a mí me gusta también. Para que los dos estemos cómodos.
Hizo una pausa. Una sonrisa pícara se le escapó.
—Y algo me dice que a ti te gusta el sexo rudo… fuerte. ¿Verdad?
Charlie lo miró. Por un instante, la timidez habitual desapareció. En sus ojos grises hubo una intensidad distinta, más oscura, más segura. Babe la sintió de inmediato.
—Sí —admitió Charlie, sin apartar la mirada—. Ese es el tipo de sexo que me gusta. Y en eso nos parecemos, ¿no es así? Se nota a simple vista que a ti te gusta que te traten con brutalidad en la cama.
Babe sintió un calor recorrer su espalda.
Asintió despacio… y se mordió el labio inferior, incapaz de disimular la reacción.
Charlie sonrió para sus adentros.
Babe no se había burlado. No lo había mirado con lástima. Le había mostrado apoyo. Y encima, le había abierto la puerta a hablar del tema sin presión.
Averiguar sobre eso… prometía ser interesante.
Tentaciones bajo la mesa
Babe se quedó mirándolo en silencio. Esa intensidad en los ojos de Charlie todavía le quemaba un poco. Debajo de la mesa, levantó el pie —todavía dentro del zapato— y lo deslizó con lentitud hacia la pierna de Charlie.
Charlie arqueó una ceja al ver la sonrisa inocente, casi angelical, que Babe le dedicaba desde el otro lado de la mesa. Esa expresión no coincidía en absoluto con lo que estaba haciendo.
Entonces lo sintió.
El pie de Babe recorriendo despacio el costado de su pantorrilla, subiendo un poco por la tela del pantalón. Charlie lo miró con sorpresa. Babe sonrió más, mordiéndose el labio inferior. Las ganas de llevar el pie hasta la entrepierna de Charlie lo golpearon con fuerza… pero se contuvo. Al final solo dejó el pie apoyado contra el costado de su pierna, manteniendo el contacto.
Se inclinó un poco hacia adelante y susurró, voz baja y ronca:
—Me sentí tentado a tocarte la polla, Charlie… pero no es el lugar para hacerlo.
Charlie se quedó unos segundos en silencio, sorprendido por la crudeza directa de las palabras.
—Eres un desvergonzado, Babe… Cuida más esa boca atrevida.
Babe se encogió de hombros, sin una pizca de arrepentimiento. Su sonrisa se volvió más oscura, más peligrosa.
—No es lo único que sé hacer con ella —murmuró—. Puedo hacer otras cosas… como ponerme de rodillas y darte placer con ella.
Charlie se tapó la cara con ambas manos, el color subiéndole hasta las orejas. Babe soltó una risa baja, claramente disfrutando de la reacción.
Justo en ese momento llegó el mesero con la comida. Dejó los platos frente a ellos y se retiró sin notar la tensión que flotaba entre los dos.
Babe empezó a comer como si nada hubiera pasado. Tomó un bocado, masticó con calma y luego, sin mirarlo siquiera, soltó:
—No te sorprendas cuando llegue a tenerte como quiero, Charlie.
Charlie bajó las manos despacio. Todavía estaba rojo, pero la curiosidad ya se había instalado en su mirada.
—¿Y según tú… cómo me quieres tener?
Babe alzó la vista. Lo miró directamente a los ojos, sin filtros, y sonrió de lado.
—Tenerte en mi cama… encima de mí… y follandome como me gusta.
Charlie parpadeó. Las palabras lo golpearon con fuerza. Tragó saliva.
—¿Te gusta recibir?
Babe asintió sin dudar.
—Me encanta. Me gusta que me dominen en la cama.
Hizo una pausa, estudiando la reacción de Charlie. Luego inclinó un poco la cabeza.
—Y a ti te gusta dar… ¿verdad?
Charlie sostuvo su mirada. Esta vez no hubo timidez. Solo honestidad.
—Sí. Me gusta.
Babe sonrió, lenta, satisfecha. Dio otro bocado y murmuró, casi como si estuviera saboreando más que la comida:
—Me alegra saber eso.
El silencio que siguió estuvo cargado. Ya no era solo atracción. Era una promesa muda de lo que vendría… cuando el momento fuera el correcto.
Solo mía
Los días siguientes se convirtieron en una rutina que ninguno de los dos parecía querer romper.
Charlie aparecía en casi todos los entrenamientos de Babe. Se quedaba al borde de la pista, observándolo correr, y cuando terminaba, salían juntos. A veces a comer, a veces a caminar sin rumbo, a veces simplemente a hablar dentro del auto. Se conocían de a poco: gustos, manías, historias viejas, pasatiempos. Babe descubrió que Charlie cocinaba bastante bien. Charlie descubrió que Babe, cuando bajaba la guardia, tenía un humor seco y afilado que lo hacía reír más de lo que esperaba.
Una tarde, Babe terminó en el departamento de Charlie. No era grande ni pequeño. Era justo. Cómodo. Ordenado sin ser frío. Se sentía como él.
Charlie le habló de su trabajo, de lo bien que le estaba yendo, de las horas extras y de los proyectos que le quitaban el sueño. Babe escuchó en silencio, prestando atención de verdad.
Esa misma semana conoció a Jeff, el hermano menor no de sangre de Charlie. Se llevaron bien de inmediato. Jeff era más abierto, más ruidoso, y no tenía problema en bromear con Babe como si lo conociera de años.
Un día, Charlie le preguntó si podía llevar a Jeff al taller.
—No hay problema —respondió Babe, encogiéndose de hombros.
Jeff llegó emocionado. Mientras Charlie hablaba con Sonic, Babe se quedó observando. Alan estaba explicándole algo a Jeff sobre uno de los motores… y las miradas que se lanzaban no eran precisamente de simple cortesía.
Babe sonrió con malicia. Se acercó a Charlie y le susurró al oído:
—Tu hermano y Alan se están comiendo con los ojos.
Charlie giró la cabeza de inmediato, alerta. La postura de hermano mayor sobreprotector se activó en menos de un segundo.
—¿Qué?
Babe soltó una risa baja, lo tomó del brazo y lo alejó hacia las pistas, todavía riendo.
—Relájate. No va a pasar nada malo… todavía.
Charlie bufó, claramente molesto, pero dejó que lo guiara. Babe se detuvo cuando estuvieron lo suficientemente lejos del resto.
Levantó una mano y la pasó por detrás del cuello de Charlie, atrayéndolo un poco hacia abajo. Le encantaba esa diferencia de altura.
Le encantaba tener que alzar un poco la mirada para mirarlo a los ojos.
Le dejó un beso suave en la mejilla y murmuró cerca de su oído:
—Deja que tu hermano sea libre… y mejor concéntrate en mí. A decir verdad, me encanta que tu atención sea solamente mía.
Babe acercó la boca a la de Charlie. Se detuvo a milímetros, sonriendo, rozando apenas sus labios sin llegar a besarlos del todo.
Charlie no lo pensó dos veces.
Lo atrajo de golpe, capturando su boca con firmeza. El beso empezó suave, exploratorio… y en segundos se volvió más intenso, más seguro. Babe jadeó contra sus labios, sorprendido y claramente satisfecho.
En medio del beso, Babe murmuró, casi sin apartarse:
—Sí que sabes lo que haces…
Charlie sonrió contra su boca.
—Que no haya tenido intimidad no quiere decir que no sepa besar.
Babe asintió, todavía sintiendo el calor del contacto.
—Tienes razón. Me lo has dejado claro.
Charlie volvió a besarlo. Esta vez más profundo. Babe soltó un jadeo bajo cuando sintió las manos de Charlie bajar y apretar su trasero con absoluta posesividad, atrayéndolo más contra su cuerpo.
Babe se aferró a los hombros de Charlie, dejando que el beso lo consumiera por completo, sin importarle quién pudiera verlos desde el taller.
Para la buena suerte
Babe disfrutó cada segundo.
Las manos de Charlie apretaban su trasero con fuerza, posesivas, sin ninguna duda.
Babe contuvo un gemido bajo en la garganta, el sonido quedándose atrapado entre sus labios mientras el otro lo manoseaba sin vergüenza. El calor le subió por la espalda.
Por un instante pensó en profundizar el contacto, en empujarlo contra la pared más cercana… pero se contuvo.
Cuando el beso terminó, Babe se separó apenas unos centímetros. Todavía tenía los labios hinchados y una sonrisa ladeada, peligrosa.
—Te has vuelto todo un atrevido.
Charlie se encogió de hombros, sin una pizca de arrepentimiento. Sus ojos grises brillaban con diversión y algo más oscuro.
—Aprendí del mejor… es decir, de ti.
Babe negó con la cabeza, soltando una risa corta por la nariz. Dio media vuelta, listo para regresar a su auto y continuar con el entrenamiento. Dio un par de pasos.
Y entonces lo sintió.
Una nalgada firme, clara, que le hizo detenerse en seco.
Babe giró la cabeza despacio, arqueando una ceja. Charlie estaba ahí, con la mano todavía cerca de su trasero y una expresión casi inocente… casi.
—Es para la buena suerte —dijo Charlie, sin inmutarse.
Babe lo miró unos segundos en silencio.
Luego soltó una risa baja, oscura, y se pasó la lengua por el labio inferior.
—Vas a pagar por eso más tarde, Kittisak.
Charlie sonrió, despacio.
—Lo espero con ansias, Wachira.
Babe sacudió la cabeza una vez más, todavía sintiendo el calor de la nalgada, y caminó hacia el auto. Esta vez no miró atrás… pero la sonrisa no se le borró de la cara.
En buenas manos
Dos días después, Babe detuvo el auto en un tramo desierto de carretera a las afueras de Bangkok. Apagó el motor, se quitó el cinturón y miró a Charlie con esa expresión seria que usaba cuando ya había tomado una decisión.
—Cámbiate de asiento. Hoy te voy a enseñar a conducir.
Charlie lo miró como si acabara de proponerle saltar de un avión.
—¿Qué? No. Babe, yo no…
—No temas —lo interrumpió Babe, abriendo la puerta—. Estás en buenas manos.
Charlie dudó. Miró el volante, luego a Babe, y finalmente soltó un suspiro resignado. Se cambió de asiento. Babe se acomodó en el del copiloto, cruzó los brazos y lo observó con atención.
—Ajusta el asiento. Espejos. Cinturón. Todo.
Charlie obedeció, nervioso. Arrancó el motor con cuidado. El auto dio un pequeño tirón hacia adelante.
—Suave con el acelerador —gruñó Babe de inmediato—. No es un videojuego.
Charlie apretó los labios y volvió a intentarlo.
El auto avanzó un poco más estable.
—Frena antes de la curva, no durante. ¿Qué parte de eso no entiendes?
Charlie sintió cómo se le tensaba la mandíbula. Había imaginado algo tranquilo.
Una clase calmada. En cambio, tenía a Babe Wachira al lado, impaciente, gruñón, corrigiéndolo cada tres segundos.
—Más despacio.
—No mires el tablero, mira la carretera.
—¿Eso es un cambio de carril o un intento de suicidio?
Charlie agarró el volante con más fuerza de la necesaria. Por un momento consideró seriamente la posibilidad de tirarse del auto en marcha. Aguantó. Aguantó todo lo que pudo. Hasta que Babe, en medio de otra corrección cortante, se detuvo a mitad de frase.
Lo miró.
Charlie tenía los hombros rígidos, la mandíbula apretada y una expresión que oscilaba entre la concentración y el deseo de desaparecer. Babe soltó el aire por la nariz y se pasó una mano por el cabello.
—Para el auto.
Charlie lo hizo de inmediato, aliviado. El silencio se instaló entre ellos. Babe se quedó mirándolo unos segundos, más calmado.
—Estás tenso —dijo, más bajo—. Demasiado.
Charlie no respondió. Solo soltó el volante y se frotó la nuca.
Babe suspiró. Esta vez su voz salió distinta.
Menos filo. Más paciencia de la que solía tener.
—Oye… no estoy enojado contigo. Solo… no estoy acostumbrado a enseñar. Soy un mal profesor. Lo sé.
Charlie lo miró de reojo.
—Un poco, sí.
Babe soltó una risa corta, casi derrotada.
—Vamos otra vez. Pero más despacio. Yo me callo… a menos que estés a punto de matarnos.
Charlie arqueó una ceja, sorprendido por el cambio.
—¿En serio?
—Sí. Arranca. Suave. Como si el auto fuera de cristal.
Charlie volvió a poner las manos en el volante. Esta vez, cuando aceleró, Babe no dijo nada. Solo observó. Y cuando Charlie completó la primera curva sin errores, Babe inclinó la cabeza y murmuró, casi para sí mismo:
—Mejor.
Charlie sonrió de lado, todavía nervioso… pero ya no queriendo tirarse del auto.
Dos meses después
Habían pasado dos meses.
Dos meses desde aquella primera noche en el bar. Desde el taller, desde las confesiones, desde los besos robados y las nalgadas “para la buena suerte”.
La relación entre Babe y Charlie se había vuelto sólida. Había respeto. Había comunicación. Y, sobre todo, había una naturalidad que ninguno de los dos esperaba alcanzar tan rápido.
Babe se había soltado. Ya no le importaba quién mirara. Si Charlie estaba cerca, lo abrazaba por detrás mientras hablaba con Alan. Lo besaba en la mejilla frente a Way sin inmutarse. Le pasaba un brazo por los hombros en medio del taller como si fuera lo más normal del mundo. Y lo era. Al menos para él.
Esa tarde, después de una sesión larga de entrenamiento, Babe salió de las duchas y encontró a Charlie esperándolo junto al auto, como casi siempre. Sin decir nada, se acercó por detrás, rodeó su cintura con ambos brazos y apoyó la frente entre sus omóplatos.
—Hueles a mi jabón —murmuró contra su espalda.
Charlie soltó una risa baja.
—Es que usé el tuyo. El mío se acabó.
Babe apretó un poco más los brazos alrededor de él.
—Quédate con el mío entonces. Me gusta.
Se separaron solo para subir al auto. En el camino hacia el departamento de Charlie, el silencio fue cómodo… hasta que no lo fue.
—No viniste al entrenamiento de ayer —dijo Babe de pronto, sin mirarlo.
Charlie giró un poco la cabeza.
—Te avisé. Tuve una reunión de último momento en el trabajo.
—Aun así. Podrías haber venido después.
Charlie frunció el ceño, aunque no con enojo.
Más bien con esa calma que usaba cuando notaba que algo le estaba molestando a Babe de verdad.
—Babe… no puedo dejar todo cada vez que tienes sesión. Tú tampoco podrías dejar una carrera porque yo tenga un día pesado.
Babe apretó la mandíbula. Sabía que tenía razón. Y aun así, el comentario le rasgó por dentro.
Estacionaron frente al edificio. Subieron en silencio. Apenas cerraron la puerta del departamento, Babe se quedó de pie en medio de la sala, con los brazos cruzados.
Charlie lo miró unos segundos y suspiró.
—Habla.
Babe levantó la vista.
—No me gusta cuando no estás. Me acostumbré a verte ahí. Y ayer… se sintió raro. Vacío.
Charlie se acercó despacio. No lo tocó todavía.
—Lo sé. Y lamento que te hayas sentido así. Pero también necesito que entiendas que mi trabajo es importante para mí. Igual que la pista lo es para ti. No te estoy eligiendo menos. Solo estoy intentando equilibrar las dos cosas.
Babe lo miró en silencio. La molestia seguía ahí, pero ya no tenía filo. Solo honestidad cruda.
—Odio admitirlo… pero tienes razón.
Charlie sonrió apenas.
—Lo sé.
Babe soltó el aire y dio un paso adelante, cerrando la distancia. Le rodeó la cintura con las manos y apoyó la frente contra la de él.
—No quiero pelear por esto. Solo… avísame con más tiempo cuando no puedas venir. Aunque sea un mensaje. No me gusta llegar y no encontrarte.
—Trato hecho —respondió Charlie, subiendo las manos hasta el cuello de Babe—. Y tú… intenta no asumir que te estoy dejando de lado cada vez que algo se cruza. Porque no es así.
Babe asintió, lento. Luego lo besó. Suave al principio. Luego más profundo, con esa posesividad que ya no intentaba disimular.
Cuando se separaron, Babe murmuró contra sus labios:
—Dos meses… y todavía me cuesta no querer tenerte cerca todo el tiempo.
Charlie sonrió, acariciándole la nuca.
—Entonces quédate esta noche. No hay reuniones mañana.
Babe lo miró a los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, no hubo duda en su expresión.
—Ni se te ocurra echarme.
¿Merezco esto?
Babe terminó la última vuelta con un tiempo limpio. El auto se detuvo frente al taller y el motor se apagó con un gruñido grave. Alan ya estaba esperándolo con los brazos cruzados y una expresión de aprobación que rara vez mostraba tan abiertamente.
—Buen trabajo —dijo apenas Babe bajó del vehículo—. Ese ajuste en el difusor te dio más estabilidad en la curva tres. Si mantienes este ritmo, la próxima carrera es tuya.
Babe se quitó el casco, sacudió el cabello húmedo y aceptó la botella de agua que Alan le tendía. Bebió un trago largo mientras escuchaba los comentarios técnicos.
Hablaron del auto, de la presión de los neumáticos, de la estrategia para la carrera del fin de semana. Todo fluía con la naturalidad de siempre… hasta que Alan cambió de tono.
Se quedó en silencio unos segundos, mirándolo de reojo.
—Has cambiado.
Babe bajó la botella despacio.
—¿Qué?
Alan se encogió de hombros, apoyándose contra el capó del auto.
—No lo digo por el auto. Lo digo por ti. Estás… diferente. Más centrado. Menos agresivo fuera de la pista. Y no hace falta ser un genio para saber por qué.
Babe no respondió. Solo apretó un poco más la botella.
Alan soltó el comentario sin rodeos:
—Te has enamorado.
El silencio que siguió fue denso. Babe se quedó quieto, mirando el piso del taller. Los segundos se alargaron. Cuando finalmente habló, la voz le salió más baja de lo habitual.
Más vulnerable.
—Sí… lo estoy.
Levantó la vista hacia Alan. No había desafío en su mirada. Solo honestidad cruda.
—Y a decir verdad… me asusta. No estoy acostumbrado a sentirme así. Nunca lo he estado. Esto no es lo mío y lo sabes. Siempre fue más fácil no involucrarme. Sexo sin nombres. Sin promesas. Sin riesgo.
Hizo una pausa. Tragó saliva.
—Pero por Charlie… estoy dispuesto a darme una oportunidad. A intentar esto de verdad. Una relación.
Alan lo observó en silencio, sin interrumpirlo.
Babe bajó la mirada otra vez, como si las siguientes palabras le costaran más.
—¿Tú crees qué merezco algo así? ¿Vale la pena qué una persona como yo… tenga derecho a disfrutar de esto? Charlie es demasiado importante para mí. Y lo último que quiero es que salga lastimado. Por mi culpa. Por lo que soy. Por lo que he sido.
Alan suspiró. Se pasó una mano por la nuca y luego habló con esa calma firme que solo usaba cuando el tema importaba de verdad.
—Babe… nadie “merece” o “no merece” estar con alguien. Eso no funciona así. Charlie te eligió. Con todo lo que eres. Con tu carácter de mierda, con tu pasado y con esa forma tuya de empujar a la gente cuando te asustas. Si él está aquí todavía, es porque quiere estarlo.
Se acercó un paso y le dio un golpecito en el hombro.
—No le hagas el favor de decidir por él si vale la pena o no. Eso solo le corresponde a él. Tú solo… no lo cagues. Sé honesto. Y cuando te dé miedo, no salgas corriendo. Quédate.
Babe se quedó callado un momento. Luego asintió despacio, como si estuviera aceptando algo que le pesaba y al mismo tiempo lo aliviaba.
—Intentaré no cagarla.
Alan soltó una risa corta.
—Eso ya es más de lo que solías ofrecer. Progreso.
Babe bufó por lo bajo, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se le escapara. Miró hacia la entrada del taller, casi esperando ver a Charlie aparecer en cualquier momento… y por primera vez en mucho tiempo, la idea de que alguien lo estuviera esperando no le generó la necesidad de escapar.
Solo le generó ganas de quedarse.
Cuando se rompe el control
El día de la carrera empezó como cualquier otra.
Babe estaba centrado. El auto respondía bien. Way, su compañero de equipo, mantenía la posición. Todo parecía bajo control… hasta que dejó de estarlo.
En la sexta vuelta, Babe notó algo imposible de ignorar. El equipo rival anticipaba cada uno de sus movimientos. Cada frenada. Cada cambio de trayectoria. Cada intento de adelantamiento. Era demasiado preciso.
Demasiado calculado. No era talento. Era información.
Y entonces lo embistieron.
Dos autos lo encerraron entre ambos, forzándolo contra el muro interno. El impacto fue brutal. Babe logró controlar el vehículo, pero perdió posiciones decisivas. Cuando la bandera a cuadros cayó, el rival había ganado.
Babe detuvo el auto en el pit lane y bajó como una tormenta. Se arrancó el casco y lo lanzó contra el suelo. Alan, Sonic, North y Dean se acercaban rápido. Way también bajaba de su auto, con el ceño fruncido. Desde la zona de pits, Charlie y Jeff ya corrían hacia ellos.
Babe se plantó frente al piloto rival, los ojos azul-grisáceos ardiendo de furia.
—¿Qué carajos fue eso? —escupió—. Fue trampa. ¿No puedes jugar de manera limpia?
El otro soltó una risa burlona, todavía con el casco bajo el brazo.
—No es mi culpa que seas un perdedor.
Alan intentó interponerse de inmediato, tomando a Babe del brazo.
—Babe, no. No vale la pena. Vamos.
Pero el rival dio un paso adelante y empujó a Babe con fuerza en el pecho.
Eso fue suficiente.
Babe se zafó del agarre de Alan y se le fue encima. El puño derecho conectó limpio contra la mandíbula del otro piloto. El sonido del golpe se mezcló con los gritos del público.
La gente se levantó de las gradas. Cámaras giraron hacia la pelea.
—¡Babe, detente! —gritó Alan, intentando sujetarlo junto a Way y North.
Babe seguía encima del rival, intercambiando golpes, cuando el rival del equipo contrario sacó una llave inglesa que tenía escondida dentro del mono de carrera.
El metal brilló un segundo antes de impactar con fuerza contra el estómago de Babe.
El aire se le escapó de los pulmones. Babe se dobló, pero aun así se defendió, empujando al mecánico hacia atrás.
Charlie llegó en ese exacto momento.
Vio el golpe. Vio a Babe encogerse de dolor.
Y algo dentro de él se rompió.
El Charlie tranquilo, el de la sonrisa suave y las palabras educadas, desapareció.
Cruzó la distancia en tres zancadas, agarró al mecánico del cuello con una fuerza que nadie le conocía y lo estampó con brutalidad contra el capó del auto rival. El metal crujió bajo el impacto. El hombre soltó un quejido ahogado cuando Charlie lo mantuvo inmovilizado, el antebrazo presionando su garganta.
—No lo vuelvas a tocar —dijo Charlie, la voz baja, peligrosa, completamente distinta a su tono habitual—. Si vuelves a ponerle una mano encima… te aseguro que la llave inglesa va a ser lo de menos.
El silencio se instaló alrededor de ellos.
Alan, Way, Sonic, North, Dean, Jeff… todos se quedaron mirando a Charlie con genuina sorpresa. Nadie esperaba esa reacción de él.
Nadie había visto jamás esa versión.
Babe, todavía con una mano en el estómago y la respiración agitada, levantó la vista hacia Charlie. Por un segundo, a pesar del dolor y la furia, algo distinto cruzó su expresión.
Charlie no soltó al mecánico de inmediato.
Solo cuando los comisarios de carrera y la seguridad empezaron a acercarse, lo empujó hacia atrás con desprecio y se giró hacia Babe.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz todavía tensa, pero ya buscando su mirada.
Babe escupió a un lado, se enderezó con dificultad y asintió una sola vez.
—Sí… gracias a ti.
Confío en él
Volvieron al taller en un silencio tenso. El ambiente estaba cargado. Babe se sentó sobre una de las mesas de trabajo y se levantó un poco la camiseta, dejando ver el moretón que ya empezaba a formarse en el estómago. Charlie se acercó de inmediato, con cuidado, y presionó suavemente alrededor de la zona.
—Solo es el impacto —murmuró Charlie después de revisarlo—. No parece nada grave. Pero deberías aplicar hielo.
Babe asintió, todavía con la mandíbula apretada. Luego levantó la vista hacia Alan.
—Hicieron trampa, Alan. Ellos sabían cada una de mis posiciones. ¿Cómo es posible eso?
Alan se cruzó de brazos, el ceño fruncido.
—Sí… también me di cuenta de ello.
Way, que había estado callado hasta ese momento, soltó una risa corta y amarga.
—Es porque alguien pasó la información. Debe ser un espía.
Sonic lo miró con confusión.
—¿Pero quién?
Way sonrió de lado, sin ninguna amabilidad, y giró la cabeza hacia Charlie.
—¿Pues quién más? Es Charlie.
Babe se enderezó de golpe, los ojos oscurecidos por la furia.
—¿De qué carajos hablas? Eso es imposible.
Charlie parpadeó, genuinamente desconcertado. Su voz, sin embargo, salió firme.
—Yo jamás haría algo así. Te recuerdo que soy fan de Babe.
Way no respondió. Simplemente caminó hacia la mochila de Charlie, la abrió sin pedir permiso y rebuscó dentro. Sacó un pendrive negro. Sin decir nada, lo conectó a la computadora del taller. Unos segundos después, la pantalla se iluminó con videos claros y detallados de los entrenamientos de Babe: ángulos, trayectorias, frenadas, puntos ciegos.
El silencio se volvió pesado.
Charlie negó con la cabeza de inmediato y miró a Babe, la voz tensa pero clara:
—Eso no es mío, Babe. Te lo juro… jamás haría algo así.
Way bufó, cruzándose de brazos.
—¿Ah, no? Solías traer una videocámara.
—Sí —admitió Charlie sin dudar—. Para grabar a Babe y a los demás. Pero jamás los he traicionado.
Way soltó una risa seca.
—Sí, claro. Seguro debe estar dolido porque Babe no lo toma en serio. Entiende… Babe no es de una relación seria. Me lo ha dicho.
Charlie giró la cabeza hacia Babe, el ceño ligeramente fruncido.
—¿De qué habla?
Babe le lanzó una mirada asesina a Way.
—Eso fue antes, idiota. No mezcles las cosas.
Way dio un paso adelante, claramente molesto.
—¿Te vas a hacer el ciego ante esto? Vamos, Babe. Solo termina con esto de una vez. Es estúpido que sigas con esto y que quieras jugar a la casita con el tipejo este.
Babe se le acercó de inmediato. La diferencia de altura no importó. Su presencia era suficiente para hacer que Way se detuviera.
—No sé qué carajos pasa contigo —dijo Babe, voz baja y peligrosa—. Tampoco sé de dónde has sacado esa actitud de querer decidir por mí. Pero a Charlie siempre lo he tomado en serio. Desde el primer día en que acepté su salida. Y también confío en él.
El taller quedó en absoluto silencio.
Charlie lo observó con atención, sin decir nada. Había tensión en sus hombros, pero también algo más suave en la mirada: alivio.
Confianza correspondida.
Babe se giró hacia él. Le sostuvo la mirada unos segundos y luego habló, más calmado, pero igual de firme:
—Vamos a mi casa.
Charlie asintió en silencio. Recogió su mochila —sin el pendrive, que seguía en la computadora— y siguió a Babe hacia la salida. Ninguno de los dos miró atrás.
Algo no cuadra
Salieron del taller en silencio. La noche de Bangkok los recibió con el ruido lejano del tráfico y el calor húmedo que no terminaba de bajar. Babe caminaba con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la mandíbula todavía tensa. Charlie iba a su lado, la mochila colgando de un hombro, el ceño ligeramente fruncido.
Al llegar al auto, Babe no abrió la puerta de inmediato. Se detuvo junto al capó, mirando hacia la entrada del taller como si todavía pudiera escuchar las palabras de Way.
—Confío en ti, Charlie —dijo de pronto, sin girarse del todo—. Eso no está en duda.
Charlie lo miró de reojo, esperando el resto.
Babe soltó el aire despacio y finalmente se enfrentó a él.
—Pero hay algo raro aquí. Muy raro. ¿Cómo carajos terminó ese pendrive en tu mochila?
Charlie negó con la cabeza, todavía procesando lo que había pasado adentro.
—No lo sé. Yo no lo puse ahí. La última vez que abrí la mochila fue esta mañana, antes de venir al circuito. Solo tenía el celular, la billetera, unas llaves y la cámara. Nada más.
Babe lo estudió en silencio unos segundos.
Luego dio un paso más cerca, bajando un poco la voz.
—¿Has notado algo? ¿Alguien acercándose demasiado a tus cosas? ¿Algún comportamiento raro estos días? ¿Sospechas de alguien qué pueda querer incriminarte?
Charlie se pasó una mano por el cabello, pensando. El silencio se alargó mientras repasaba mentalmente los últimos días.
—No… no que yo recuerde. En el taller casi siempre estoy contigo o con Jeff. Dejé la mochila un par de veces en el área de pits, pero nunca lejos de la vista. Al menos eso creía.
Babe apretó los labios, molesto. No con Charlie. Con la situación.
—Alguien entró a tu mochila. Y lo hizo a propósito. Ese video no apareció solo. Alguien quería que te señalaran a ti.
Charlie sostuvo su mirada. Había tensión en sus hombros, pero también una calma firme.
—Y tú me crees.
No era una pregunta. Era una afirmación.
Babe asintió sin dudar.
—Te creo. Si quisieras joderme, no lo harías de esta forma. No eres de los que esconden pendrives. Eres de los que hablan de frente… aunque a veces me den ganas de callarte a besos.
Charlie soltó una risa breve, tensa, pero genuina. Luego se volvió más serio.
—Entonces… ¿qué hacemos ahora?
Babe abrió la puerta del copiloto y le hizo un gesto para que subiera.
—Ahora nos vamos a mi casa. Hablamos con la cabeza fría. Y mañana… empezamos a averiguar quién carajos quiere que yo desconfíe de ti.
Charlie se detuvo un segundo antes de subir, mirándolo.
—Babe…
—No voy a dejarte solo con esto —lo interrumpió Babe, voz baja pero firme—. Ya te lo dije adentro. Confío en ti. Y no pienso cambiar de opinión porque Way tenga la cabeza hecha un desastre o porque alguien haya plantado una mierda en tu mochila.
Charlie asintió despacio. Subió al auto. Babe rodeó el vehículo, se sentó al volante y arrancó el motor. Mientras salían del estacionamiento del taller, Babe extendió una mano y la dejó sobre el muslo de Charlie, apretando apenas.
—Vamos a resolver esto —murmuró—. Juntos.
¿Cenar algo… o alguien?
Llegaron a la casa de Babe casi en silencio.
Era una vivienda amplia, de dos pisos, con un diseño moderno y limpio. No era exageradamente ostentosa, pero se notaba el buen gusto y el dinero: espacios abiertos, muebles de líneas simples, grandes ventanales que daban a un pequeño jardín interior. Charlie la había visitado un par de veces, pero esa noche el ambiente se sentía distinto. Más denso.
Babe le indicó el baño de visitas en la planta baja.
—Dúchate primero. Yo subo al de arriba. Hay ropa limpia en el armario del pasillo si quieres cambiarte.
Charlie asintió y se dirigió al baño. Cuando salió, minutos después, llevaba un pantalón de chándal gris oscuro y una remera blanca que le quedaba un poco justa en los hombros.
Se sentó en el sofá de la sala, el cabello todavía húmedo, esperando.
Escuchó los pasos de Babe bajar las escaleras.
Y se quedó quieto.
Babe bajaba despacio, con una camisa negra abierta hasta el pecho y… nada más. Las piernas pálidas y firmes quedaban completamente a la vista. Con cada escalón, la tela de la camisa se movía lo suficiente como para dejar entrever el boxer negro ajustado que marcaba con claridad la forma de su entrepierna.
Charlie no pudo evitar mirar.
Babe lo notó al instante. Una sonrisa lenta, casi invisible, se dibujó en su rostro mientras terminaba de bajar. No dijo nada al principio.
Solo caminó hasta quedar frente al sofá, mirando a Charlie desde arriba.
—¿Quieres cenar algo… —preguntó con voz calmada, ladeando un poco la cabeza— o alguien?
Charlie se puso rojo de inmediato. El color le subió desde el cuello hasta las orejas. Babe soltó una risa baja, claramente satisfecho con la reacción.
Charlie lo miró con el ceño fruncido, intentando recuperar la compostura.
—Dijiste que hablaríamos.
Babe levantó ambas manos en un gesto de rendición, todavía sonriendo. Dio un par de pasos atrás y se dejó caer en el sillón individual frente a él, cruzando una pierna sobre la otra sin ninguna prisa. La camisa se abrió un poco más con el movimiento.
—Tienes razón —concedió—. Hablemos.
Se pasó una mano por el cabello húmedo y su expresión se volvió más seria, aunque la tensión entre ambos no desapareció del todo.
—Ese pendrive no apareció solo en tu mochila. Alguien lo puso ahí a propósito. Y lo hizo en un momento en el que sabía que iban a buscar culpables. La pregunta es… ¿quién tiene acceso suficiente al taller y a tus cosas como para hacerlo sin que nadie se dé cuenta?
Charlie se reclinó un poco en el sofá, todavía consciente de las piernas desnudas de Babe, pero forzándose a concentrarse.
—He estado pensando en eso desde que salimos. No son muchos los que se acercan a mi mochila. Y menos los que sabrían exactamente qué videos meter para que pareciera que yo estaba espiándote.
Babe asintió despacio, observándolo con atención.
—Entonces empecemos por ahí. Dime cada persona que haya estado cerca de tus cosas en los últimos días. Aunque te parezca imposible. Aunque sea alguien del equipo.
Charlie sostuvo su mirada. La conversación seria había comenzado… pero el aire entre ellos seguía cargado, y ninguno de los dos parecía dispuesto a ignorarlo del todo.
Mi amor
Siguieron hablando del pendrive, de posibles sospechosos, de quién podría haber tenido acceso a la mochila de Charlie. La conversación era seria, tensa… hasta que dejó de serlo.
Babe, en un movimiento ágil y sin previo aviso, se levantó del sillón y se subió a horcajadas sobre el regazo de Charlie. Las piernas pálidas quedaron a cada lado de sus caderas. Sin decir nada, empezó a restregar su trasero lentamente contra la entrepierna de Charlie.
Un jadeo escapó de los labios de Babe al sentir el tamaño duro y evidente bajo la tela del chándal.
Charlie gruñó, las manos subiendo de inmediato a la cintura de Babe.
—¿Qué haces, Babe?
Babe sonrió, sin detener el movimiento de sus caderas. Se inclinó hacia adelante, rozando la nariz contra la de él.
—Hacer lo que ambos queremos… Me he dado cuenta de cómo me miras.
Lo besó. Profundo. Con hambre. Luego bajó por su cuello, mordiendo la piel con fuerza suficiente como para dejar marca. Charlie soltó un sonido grave desde el pecho. Babe tomó las manos de Charlie y las guió hacia su propia entrepierna, ayudándolo a bajar el boxer negro. El tejido cedió. Babe quedó solo con la camisa abierta, completamente expuesto sobre él.
Charlie no dudó.
Llevó dos dedos a su propia boca, humedeciéndolos con cuidado. Había investigado. Sabía lo que hacía. Luego los bajó entre las piernas de Babe y los presionó contra su entrada.
Babe gimió agudo cuando los dos dedos largos entraron con relativa facilidad. La cabeza se le fue hacia atrás, el cuello expuesto, los labios entreabiertos.
—Charlie… joder…
Charlie lo observaba con intensidad, sin apartar la vista de su rostro. Movía los dedos con precisión, curvándolos, abriéndolo despacio, preparándolo. Babe temblaba sobre él, gimiendo su nombre una y otra vez, las caderas buscando más contacto.
Charlie sacó los dedos por un momento. Los llevó a su boca y los chupó con lentitud, sin romper el contacto visual. Un gruñido posesivo le vibró en la garganta.
—Tu sabor es una maldita delicia, mi amor.
Babe abrió los ojos. El “mi amor” lo golpeó más fuerte que cualquier caricia. Le gustó. Le gustó demasiado.
Charlie volvió a llevar los dedos a su entrada, empujándolos más profundo esta vez. Babe arqueó la espalda, un gemido largo escapándole de los labios.
—Así… no pares…
Charlie lo mantuvo sujeto por la cintura con la mano libre, controlando el ritmo, dominante, posesivo. Cada movimiento de sus dedos era deliberado. Cada gemido de Babe era respondido con más profundidad.
—Mírame —ordenó Charlie, voz baja y firme—. Quiero verte mientras te abro para mí.
Babe obedeció. Los ojos azul-grisáceos nublados de placer, la respiración entrecortada, el cuerpo temblando sobre el de Charlie mientras los dedos seguían trabajando dentro de él, preparándolo sin prisa… y sin ninguna intención de detenerse.
¿Quieres ser mi novio?
Charlie no dejó de mirarlo ni un segundo.
Seguía moviendo los dedos dentro de Babe con precisión, abriéndolo, disfrutando de cada expresión que cruzaba su rostro. Los labios entreabiertos, las cejas fruncidas de placer, los gemidos agudos que no intentaba contener. Babe estaba hermoso así: deshecho, temblando, montado sobre él.
Sin detener el ritmo de sus dedos, Charlie bajó la otra mano, se metió dentro del pantalón de chándal y del boxer, y sacó su polla. Gruesa. Larga. Pesada en su propia mano.
Babe jadeó con fuerza al verla.
—Joder… Charlie…
Charlie sonrió, oscuro, satisfecho por la reacción. Sacó los dedos con lentitud, tomó su polla por la base y alineó la cabeza contra la entrada de Babe. Empujó.
Un gruñido grave se le escapó del pecho al sentir cómo el interior de Babe lo recibía con facilidad, caliente, apretado, sin resistencia real. Se deslizó hasta el fondo de un solo movimiento profundo.
—Mierda… —jadeó Charlie, las manos aferrando las caderas de Babe—. Te sientes tan jodidamente bien.
Babe no perdió tiempo. Empezó a moverse.
Primero despacio, acostumbrándose a la sensación de estar completamente lleno.
Luego con más ritmo. Su trasero rebotaba contra las caderas de Charlie, sensual, deliberado, tomando exactamente lo que quería. Cada bajada arrancaba un gemido de ambos.
Charlie, sin poder contenerse, agarró la camisa de Babe con ambas manos y la abrió de un tirón. Los botones saltaron. La tela se rasgó. Y ahí estaba: el tatuaje Full Savage sobre la clavícula pálida, resaltando con cada movimiento del cuerpo de Babe.
Charlie lo miró fijamente. Luego alzó la vista hasta los ojos azul-grisáceos nublados de placer.
—¿Quieres ser mi novio, mi amor?
Babe arqueó una ceja, sin detener del todo el movimiento de sus caderas. La voz le salió ronca, entre jadeos.
—¿Y me lo pides… en una situación así?
Charlie sonrió, posesivo, y empujó hacia arriba con fuerza, haciendo que Babe soltara un gemido más alto.
—No le veo lo malo. Al contrario… es jodidamente sexy que me estés montando y que yo te esté pidiendo ser mi novio.
Babe soltó una risa entrecortada, casi incrédula, pero no se detuvo. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el pecho de Charlie, y aceleró el ritmo. El sonido de piel contra piel llenó la sala.
—Eres un idiota… —jadeó Babe, aunque la sonrisa traicionera se le escapaba—. Un idiota… que me gusta demasiado.
Charlie lo sostuvo con fuerza por las caderas, guiándolo, profundizando cada embestida desde abajo.
—Entonces dilo —exigió, voz grave, dominante—. Dime que sí.
Babe lo miró a los ojos. El placer le temblaba en las piernas, pero la respuesta salió clara, sin dudar:
—Sí… seré tu novio.
Charlie gruñó de satisfacción y lo atrajo hacia abajo para besarlo con hambre, sin dejar de follarlo desde abajo, profundamente, mientras Babe seguía montándolo con el ritmo cada vez más desesperado.
Hasta el final
Babe no se detuvo.
Siguió montándolo con fuerza, las caderas subiendo y bajando sin ritmo constante, tomando exactamente lo que necesitaba. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba la sala. Charlie lo sostenía por la cintura, empujando hacia arriba cada vez que Babe bajaba, profundizando el contacto hasta el fondo.
—Más… joder, Charlie, más —jadeó Babe, la voz rota.
Charlie obedeció. Lo embistió desde abajo con más fuerza, gruñendo contra su cuello. El placer se acumuló rápido, pesado, inevitable. Babe fue el primero en romperse. El orgasmo lo atravesó con violencia, el cuerpo temblando, el interior apretándose alrededor de Charlie mientras gemía su nombre una y otra vez. Charlie no tardó en seguirlo. Se corrió dentro de él con un gruñido grave, las caderas sacudiéndose en embestidas cortas y profundas hasta que ambos quedaron temblando, jadeando, pegados el uno al otro.
El silencio que siguió estuvo lleno solo de respiraciones agitadas.
Minutos después, terminaron en la habitación de Babe.
La cama era grande, desordenada. Ambos completamente desnudos. Babe boca arriba, las piernas abiertas. Charlie entre ellas, sosteniendo una de sus rodillas contra el colchón mientras se hundía otra vez dentro de él de un solo empujón profundo y brutal.
Babe arqueó la espalda, un gemido agudo escapándosele de la garganta.
—¡Ah… mierda!
Charlie no fue suave. No esta vez. Lo follaba con profundidad y fuerza, cada embestida seca, precisa, haciendo que el cuerpo de Babe se moviera sobre las sábanas. Una mano se cerró alrededor del cuello de Babe, no lo suficiente como para asfixiarlo, pero sí para mantenerlo exactamente donde Charlie quería. El pulgar presionaba apenas bajo la mandíbula.
—Mírame —ordenó Charlie, voz baja, dominante—. Quiero verte mientras te follo.
Babe obedeció. Los ojos nublados, la boca entreabierta, los gemidos saliendo sin control.
A pesar de que era la primera vez de Charlie, sus movimientos de cadera eran firmes, seguros, brutales de la forma exacta que a Babe le volvía loco. Cada embestida le sacaba estrellas detrás de los párpados.
Charlie se inclinó y capturó su boca, besándolo con hambre, chupando su labio inferior, mordiéndolo. Luego bajó. Tomó un pezón entre los dientes y tiró suavemente antes de chupar con fuerza. Babe soltó un gemido más alto, las uñas clavándose en la espalda de Charlie, rasguñando la piel marcada por el esfuerzo. Luego bajó hasta los bíceps tensos, apretándolos, dejando marcas rojas.
—Así… no pares… joder, no pares —suplicó Babe, la voz quebrada.
Charlie gruñó contra su pecho y aceleró. La mano en el cuello de Babe se apretó un poco más. Las embestidas se volvieron más profundas, más brutales. El sonido de piel contra piel era obsceno, constante.
—Eres mío —murmuró Charlie contra su oído, posesivo, casi feroz—. Di que eres mío.
Babe jadeó, las piernas temblando alrededor de la cintura de Charlie.
—Soy tuyo… carajo… solo tuyo.
Charlie lo besó otra vez, duro, mientras lo follaba sin piedad, sin freno, llevándolos a ambos otra vez hacia el borde con cada embestida profunda y salvaje.
Cachorro
Charlie no disminuyó el ritmo.
Seguía embistiéndolo con brutalidad, profundo, sin piedad, la mano todavía cerrada alrededor del cuello de Babe, manteniéndolo firme contra el colchón. Cada embestida arrancaba un gemido agudo de los labios de Babe, el cuerpo temblando bajo el de Charlie, las uñas todavía clavadas en su espalda.
Babe lo miró a través del placer nublado. La voz le salió rota, entre un gemido y una confesión:
—Te amo… Cachorro.
Charlie se detuvo un segundo. Solo un segundo.
Los ojos se le abrieron apenas. Nadie lo había llamado así. Nunca. El apodo, unido a ese “te amo”, le golpeó más fuerte que cualquier embestida. Algo cálido y feroz se le instaló en el pecho.
Sonrió. Lenta. Oscura. Tierna al mismo tiempo.
Reanudó el movimiento de caderas, esta vez más profundo, más posesivo, y se inclinó hasta rozar los labios de Babe con los suyos.
—Yo también te amo, mi amor.
Hizo una pausa. La sonrisa se le volvió más divertida, aunque la ternura no desapareció del todo. Empujó una vez más, fuerte, arrancándole otro gemido a Babe, y murmuró contra su boca:
—¿Cachorro?
Babe soltó una risa entrecortada, casi ahogada por el placer, y arqueó la espalda cuando Charlie volvió a embestirlo con fuerza.
—Sí… Cachorro —jadeó, la voz temblando—. Te queda… joder… te queda perfecto.
Charlie gruñó, satisfecho, y aceleró otra vez.
La mano en el cuello de Babe se apretó un poco más mientras lo follaba sin freno, besándolo con hambre entre embestida y embestida.
—Entonces dilo otra vez —exigió, voz grave, dominante, pero con ese dejo de ternura que solo Babe lograba sacarle—. Dime que me amas… Cachorro quiere oírlo.
Babe lo miró a los ojos, completamente entregado, y obedeció entre gemidos:
—Te amo… Cachorro… te amo…
Sexo matutino
La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas a medio cerrar.
Ambos estaban completamente desnudos. Las sábanas revueltas apenas cubrían parte de sus cuerpos. El torso de Babe estaba lleno de marcas: chupetones oscuros en el cuello, moretones suaves en las caderas, rasguños rojos a lo largo de la espalda. Charlie no estaba mucho mejor. Tenía marcas de uñas en los hombros y en los bíceps, y un moretón claro en la clavícula donde Babe lo había mordido la noche anterior.
Charlie ya estaba despierto.
Observaba a Babe dormir, con la mejilla recostada sobre su pecho. La respiración de Babe era lenta, profunda. El cabello negro desordenado le caía sobre la frente. Charlie pasó los dedos con suavidad por esos mechones, sin despertarlo todavía. Seguía pensando en la noche anterior. En lo bien que había hecho sentir a Babe. En los gemidos.
En la forma en que Babe se había entregado por completo. En cómo, a pesar de ser su primera vez, había logrado darle exactamente lo que necesitaba.
Se inclinó y besó sus labios. Suave. Luego sus mejillas. Una y otra vez.
Babe empezó a despertarse. Un leve ceño. Un suspiro. Los ojos azul-grisáceos se abrieron apenas, todavía nublados de sueño.
Charlie no esperó.
Se subió encima de él con cuidado, acomodándose entre sus piernas. Babe, medio dormido y medio despierto, no se resistió. Alzó los brazos y los dejó a cada lado de su cabeza, rindiéndose por completo.
Charlie alineó su polla —ya dura— contra la entrada todavía sensible de Babe y empujó despacio, profundo, hasta quedar completamente dentro.
Babe soltó un gemido bajo, ronco, todavía cargado de sueño.
—Mmm… Cachorro…
Charlie empezó a moverse. Lento al principio. Profundo. Cada embestida era deliberada, brusca en el fondo, haciendo que el cuerpo de Babe se hundiera un poco más en el colchón. No había prisa. Solo posesión.
Se inclinó y capturó la boca de Babe, besándolo con hambre, chupando su labio inferior, mordiéndolo con suavidad. Luego bajó por el cuello, chupando sobre las marcas que ya había dejado la noche anterior, mordiendo justo debajo de la mandíbula.
Babe arqueó el cuello, ofreciéndole más acceso. Charlie bajó todavía más y tomó un pezón entre los labios, chupando con fuerza mientras seguía embistiéndolo con ese ritmo lento y profundo.
Babe jadeó, las manos todavía a los lados de su cabeza, disfrutando sin moverse demasiado.
—Para ser tu primera vez… —murmuró con voz ronca, entre gemidos— …follas muy bien, Cachorro… Eres el único hombre que me ha dado lo que quiero en la cama.
Charlie gruñó contra su pecho, posesivo.
Levantó la cabeza y lo miró a los ojos mientras empujaba más fuerte, más profundo, arrancándole un gemido más agudo.
—Solo tuyo —dijo con voz grave, dominante—. Y tú solo mío.
Aceleró un poco el ritmo, sin perder la profundidad. Cada embestida era brusca en el final, haciendo que Babe soltara sonidos rotos. Charlie volvió a bajar la boca: besó, chupó y mordió los pezones de Babe con más intensidad, alternando entre uno y otro mientras lo follaba sin piedad, lento pero brutal, reclamándolo otra vez en la quietud de la mañana.
Babe cerró los ojos, la respiración entrecortada, las piernas abiertas alrededor de la cintura de Charlie, dejándose follar exactamente como quería… y como solo Charlie sabía dárselo.
La traición del mejor amigo
Habían pasado dos días.
Charlie y Babe investigaron cada detalle del pendrive: fechas de modificación, metadatos, posibles accesos a las cámaras del taller.
Todo apuntaba a alguien interno. Alguien que conocía los horarios, las rutinas… y la mochila de Charlie.
Esa tarde, en el taller, Babe caminaba por el pasillo hacia la cocina. Iba a buscar agua. Se detuvo en seco detrás de la puerta entreabierta al escuchar la voz tensa de Way.
—…Esa sería la última vez que ayudaría para que puedan ganar contra Babe. Las grabaciones del pendrive, ya les di el original. Yo me quedé con la copia.
El pecho de Babe se contrajo. Empujó la puerta y entró.
Way se sobresaltó. El celular todavía en la mano. La llamada se cortó de inmediato.
Babe lo miró. La voz le salió baja, peligrosa, cargada de decepción.
—¿Entonces fuiste tú? ¿Por eso culpaste a Charlie? ¿Cómo pudiste hacer eso? Somos mejores amigos.
Way apretó la mandíbula. No negó nada. Solo se enderezó, defensivo.
—Porque desde que ese tipo vino a tu vida, has cambiado. No eres el mismo.
Babe soltó una risa corta, irónica, casi amarga.
—¿Ahora resulta qué no puedo ser feliz con la persona que amo? ¿Qué no tengo derecho a estar en una relación como cualquier otra persona?
Way dio un paso adelante. Los ojos le brillaban de algo más que enojo. Había resentimiento. Y algo más oscuro.
—No. No puedes. Porque no es justo… que le hayas dado una oportunidad y a mí no.
Babe frunció el ceño, genuinamente confundido.
—¿De qué hablas, Way?
Antes de que pudiera responder, se escucharon pasos rápidos. Alan, Sonic, North, Dean y Charlie llegaron al umbral de la cocina, atraídos por los gritos. Charlie se quedó justo detrás de Babe, tenso, evaluando la situación.
Alan miró de Babe a Way y entendió al instante.
—Explícate —ordenó, voz fría—. Ahora.
Way bajó la mirada un segundo. Luego la alzó, desafiante, pero ya sin salida.
—Le pasé los videos de los entrenamientos al equipo rival. Yo puse el pendrive en la mochila de Charlie para que lo culparan a él. Quería… que Babe lo echara. Que volviera a ser como antes.
El silencio fue absoluto.
Babe lo miró como si lo estuviera viendo por primera vez. La decepción era más pesada que la furia.
—Eres un hijo de puta —dijo, sin alzar la voz—. Usaste a Charlie. Usaste mi confianza. Y todo porque… ¿qué? ¿Porque yo elegí a alguien más?
Way no respondió. No hacía falta.
Alan dio un paso adelante, cruzándose de brazos.
—Estás expulsado del equipo. Hoy. Ahora. Entrega tu llave del taller y no vuelvas a pisar este lugar. La traición no se negocia.
Way miró a Babe una última vez, como buscando algo. Babe no le dio nada. Solo se giró hacia Charlie, le tomó la mano con firmeza y salió de la cocina sin mirar atrás.
Charlie lo siguió en silencio, apretándole los dedos con la misma fuerza.
Afuera, en el pasillo, Babe se detuvo un segundo. Respiró hondo. Luego miró a Charlie y murmuró, casi para sí mismo:
—Nunca más. Nunca más dejo que alguien se meta entre nosotros.
El refugio
Habían conducido durante todo el día.
Babe no habló mucho mientras manejaba.
Tenía las manos firmes en el volante y la mirada fija en la carretera. Charlie no preguntó a dónde iban. Simplemente se quedó a su lado, en silencio, respetando el espacio que Babe necesitaba después de lo de Way.
Cuando el sol empezó a bajar, el auto abandonó las calles de Bangkok y tomó un camino secundario que se elevaba hacia las afueras. Finalmente se detuvieron en un mirador abandonado. No había nadie más.
Solo el viento, el cielo oscureciéndose y, a lo lejos, el brillo lejano de las luces de la ciudad.
Babe apagó el motor, pero dejó las luces del auto encendidas, como una linterna improvisada. Bajaron. Se sentaron juntos en el pavimento frío, uno al lado del otro, con las piernas estiradas hacia el vacío del mirador.
Babe se quedó mirando las estrellas un rato.
Luego habló, la voz más baja de lo habitual.
—Sigo sin poder creer que Way haya hecho eso. Pensé que era mi mejor amigo… mi confidente.
Charlie no respondió de inmediato. Solo se acercó un poco más, el hombro rozando el de Babe.
Babe susurró, casi como si le costara admitirlo:
—Es por estas razones por las que me cuesta confiar en las personas.
Se quedó en silencio un momento. Luego soltó el aire despacio.
—Este lugar… es mío. Nadie del equipo sabe que vengo aquí. Ni Alan. Ni Sonic. Nadie. Cuando las cosas se ponen demasiado ruidosas, o cuando siento que todo se me va de las manos, conduzco hasta acá. Me siento… y solo existo. Sin cámaras. Sin expectativas. Sin tener que ser el Rey del Vacío.
Giró la cabeza hacia Charlie. En la penumbra, sus ojos azul-grisáceos se veían más suaves.
—Nunca había traído a nadie. Hasta hoy.
Charlie lo miró con atención. No había sorpresa en su expresión, solo algo cálido y profundo.
—Gracias por traerme —dijo simplemente.
Babe bajó la mirada a sus propias manos.
—Después de lo de Way… me da miedo. Miedo de que un día tú también… no sé. Te canses. O descubras algo de mí que no te guste. O que yo cague todo como siempre.
Charlie extendió la mano y tomó la de Babe, entrelazando los dedos con firmeza.
—No soy Way. Y no estoy aquí porque me guste la versión perfecta de ti. Estoy aquí porque me enamoré del Babe gruñón, del que se pone tenso cuando alguien se acerca demasiado, del que confía poco a poco… y del que, a pesar de todo, me dejó entrar.
Babe apretó sus dedos. No dijo nada al principio. Solo miró las luces lejanas de Bangkok, parpadeando en el horizonte.
—No quiero perder esto —admitió al fin, casi en un susurro—. No quiero perderte.
Charlie se inclinó y apoyó la frente contra la sien de Babe.
—Entonces no me pierdas. Quédate. Y cuando te dé miedo confiar… confía en mí un poco más. Yo no te voy a traicionar.
Babe cerró los ojos un segundo. Luego giró el rostro y buscó la boca de Charlie en la oscuridad. El beso fue lento, profundo, sin prisa. No era hambre. Era algo más quieto. Más real.
Cuando se separaron, Babe apoyó la cabeza en el hombro de Charlie y miró las estrellas.
Por primera vez en mucho tiempo, el refugio ya no se sentía vacío.
Bajo las mismas estrellas
El silencio se alargó entre ellos, cómodo.
Babe seguía con la cabeza apoyada en el hombro de Charlie, mirando el cielo. Las estrellas se veían más nítidas lejos de la contaminación lumínica de Bangkok. A lo lejos, la ciudad brillaba como un reflejo distante, casi irreal.
Charlie pasó el brazo por detrás de la espalda de Babe y lo atrajo un poco más hacia sí. No dijo nada. Solo lo sostuvo.
Después de un rato, Babe habló otra vez, la voz baja, casi arrastrada por el viento.
—Cuando era más joven… venía aquí después de las peleas con mi padre. O cuando perdía una carrera importante. Me sentaba exactamente en este mismo sitio y me repetía que no necesitaba a nadie. Que estaba mejor solo.
Hizo una pausa.
—Mentira. Siempre fue una mentira. Solo que era más fácil creérmela.
Charlie giró un poco el rostro y le rozó los labios en la sien.
—Ya no tienes que creértela.
Babe soltó una risa corta, sin humor real.
—Way me hizo daño. No por la traición en sí… sino porque confiaba en él. De verdad. Y eso es lo que más me jode. Que otra vez me equivoqué.
Charlie lo miró de perfil.
—No te equivocaste del todo. Confiaste. Eso no es un error. El error fue de él.
Babe se quedó callado un momento. Luego se enderezó un poco y se giró hacia Charlie, quedando cara a cara. La luz de los faros del auto les iluminaba apenas el rostro.
—¿Y si un día yo también te fallo? —preguntó, directo, sin filtro—. ¿Y si mi forma de ser termina empujándote? Porque soy así. Gruñón. Desconfiado. A veces me cierro y no sé cómo abrirme otra vez.
Charlie sostuvo su mirada sin parpadear.
—Entonces te voy a empujar de vuelta. No me voy a ir corriendo la primera vez que te pongas difícil. Ya te lo dije: no estoy aquí por la versión fácil de ti.
Babe lo estudió en silencio. Luego levantó una mano y le acarició la mandíbula con el pulgar, lento.
—Eres demasiado bueno conmigo, Cachorro.
Charlie sonrió apenas.
—Y tú eres demasiado duro contigo mismo.
Babe se inclinó y lo besó. Esta vez el beso fue más largo, más profundo. No había urgencia sexual, solo la necesidad de sentir al otro cerca. Cuando se separaron, Babe apoyó la frente contra la de Charlie y cerró los ojos.
—Quédate esta noche conmigo —murmuró—. No quiero volver solo a casa. No después de todo esto.
Charlie asintió sin dudar.
—Me quedo.
Se acomodaron de nuevo, uno contra el otro, mirando las estrellas. El viento soplaba suave. Las luces de Bangkok parpadeaban a lo lejos.
Por primera vez, Babe no sintió la necesidad de escapar de nadie. Ni siquiera de sí mismo.
Bajo el cielo abierto
En algún momento dejaron el pavimento frío.
Charlie se sentó en el asiento del piloto. Babe se subió encima de él sin decir nada, acomodándose a horcajadas sobre su regazo. El auto no tenía techo. El viento nocturno les rozaba la piel y las estrellas seguían brillando arriba, indiferentes.
Se besaron con hambre. Lento al principio.
Luego más profundo. Las manos de Charlie bajaron por la espalda de Babe, lo atrajeron más contra su cuerpo y, sin romper el beso, desabrocharon su pantalón. Lo bajó junto con el boxer de un solo movimiento, dejándolo desnudo de la cintura para abajo. Solo le quedaban la musculosa negra y la chaqueta de cuero abierta.
Babe jadeó contra su boca cuando sintió el aire frío en la piel desnuda… y la dureza evidente de Charlie bajo la tela.
Charlie no perdió tiempo. Se liberó a sí mismo, alineó su polla contra la entrada de Babe y empujó. Despacio. Profundo. Hasta el fondo.
Babe arqueó la espalda, un gemido largo escapándosele hacia el cielo abierto.
—Mierda… Cachorro…
Charlie lo sostuvo por las caderas con ambas manos, posesivo, y empezó a moverlo sobre él. Lento. Cada bajada era deliberada, profunda, brutal en el final. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con el viento.
—Mírame —ordenó Charlie, voz grave, dominante—. Quiero verte mientras te follo aquí afuera.
Babe obedeció. Los ojos nublados, los labios entreabiertos. Se movía al ritmo que Charlie le imponía, tomando cada centímetro. Charlie empujaba hacia arriba con fuerza, profundo, sin piedad, haciendo que Babe soltara gemidos rotos que se perdían en la noche.
Se inclinó y mordió el cuello de Babe, chupando la piel ya marcada. Luego bajó la boca hasta el pecho, empujando la musculosa hacia arriba para tomar un pezón entre los dientes. Babe gimió más alto, las manos aferrándose a los hombros de Charlie.
—Así… más fuerte —suplicó, la voz temblando—. No me trates suave.
Charlie gruñó y aceleró. Las embestidas se volvieron más bruscas, más profundas. Una mano subió y se cerró alrededor del cuello de Babe, manteniéndolo exactamente donde quería mientras lo follaba sin freno bajo el cielo abierto.
—Eres mío —murmuró contra su oído, posesivo, casi feroz—. Aquí. En cualquier lado. Di que eres mío.
Babe jadeó, el cuerpo temblando sobre el de
Charlie, cada embestida profunda arrancándole estrellas detrás de los párpados.
—Soy tuyo… carajo… solo tuyo, Cachorro…
Charlie lo besó con hambre, sin dejar de embestirlo, lento pero brutal, profundo hasta el fondo, reclamándolo otra vez bajo las estrellas, lejos de todo y de todos.
Hasta que no quede nada
Charlie no se detuvo.
Seguía embistiéndolo desde abajo con fuerza controlada, profunda, brutal. Cada vez que Babe bajaba, Charlie empujaba hacia arriba hasta el fondo, arrancándole gemidos rotos que se perdían en el viento nocturno. La mano en el cuello de Babe se mantenía firme, el pulgar rozando la mandíbula, manteniéndolo exactamente donde quería.
—Más… joder, no pares —jadeó Babe, la voz temblando, las uñas clavándose en los hombros de Charlie.
Charlie gruñó y aceleró. El ritmo se volvió más intenso, más desesperado. El sonido de piel contra piel era obsceno bajo el cielo abierto. Babe arqueó la espalda, la cabeza echada hacia atrás, ofreciendo el cuello.
Charlie lo aprovechó: mordió, chupó, dejó nuevas marcas mientras lo follaba sin piedad.
El orgasmo de Babe llegó primero. Se contrajo alrededor de Charlie con un gemido largo, casi un grito, el cuerpo entero temblando. Charlie lo sostuvo con fuerza, sin dejar de embestirlo a través del clímax, profundizando cada movimiento hasta que Babe quedó blando y jadeante sobre él.
Solo entonces Charlie se permitió terminar. Se corrió dentro de él con un gruñido grave, las caderas sacudiéndose en embestidas cortas y profundas, aferrándose a Babe como si quisiera fundirse con él.
El silencio que siguió estuvo lleno solo de respiraciones agitadas y el leve silbido del viento.
Charlie no lo soltó. Acarició la espalda de Babe con lentitud, todavía dentro de él, todavía conectados. Besó su hombro, su cuello, la comisura de sus labios.
—¿Estás bien? —preguntó, la voz más suave ahora, aunque seguía siendo grave.
Babe soltó una risa cansada, casi incrédula, y apoyó la frente contra la de Charlie.
—Más que bien… Cachorro. Me has
destrozado.
Charlie sonrió de lado y le acarició la nuca.
—Esa era la idea.
Se quedaron así un rato, sin separar los cuerpos. Babe tenía los ojos cerrados, respirando despacio, dejando que el calor de Charlie lo anclara. Después de un momento, habló, más bajo:
—Gracias por acompañarme hasta aquí. Por… no dejarme solo después de lo de Way.
Charlie lo miró a los ojos en la penumbra.
—Nunca te voy a dejar solo. Ni cuando estés enojado. Ni cuando desconfíes. Ni cuando el mundo se te venga encima.
Babe lo besó. Lento. Profundo. Sin prisa.
Cuando se separaron, murmuró contra sus labios:
—Te amo, Cachorro.
Charlie apretó un poco más los brazos alrededor de él.
—Yo también te amo, mi amor.
Se acomodaron como pudieron en el asiento estrecho. Babe todavía encima, Charlie todavía dentro, ambos mirando las estrellas en silencio. El auto, el mirador y la noche se sintieron, por un momento, como el único lugar seguro del mundo.
El Rey y su Cachorro
Una semana después.
La revancha contra el equipo rival había comenzado.
Babe salió desde la pole. Dos pilotos del equipo contrario intentaron cerrarlo desde la primera curva, exactamente como la vez anterior. Pero esta vez Babe estaba preparado. No había información filtrada. No había trampas. Solo asfalto, motor y la precisión fría del Rey del Vacío.
Vueltas tras vuelta, Babe demostró por qué era el campeón. Adelantó a uno en la recta principal con un movimiento limpio y quirúrgico. Al segundo lo dejó atrás en la curva tres, forzándolo a frenar de más. El público se puso de pie. Las gradas gritaban su nombre.
Cuando la bandera a cuadros cayó, Babe cruzó la meta en solitario.
Había ganado. Justo. Limpio. Como siempre.
El estruendo de la victoria sacudió el circuito.
“¡Pit Babe! ¡Pit Babe!” coreaban desde las gradas. Alan y el resto del equipo corrieron hacia el auto apenas se detuvo en el pit lane.
Sonic gritaba. North y Dean se abrazaban.
Alan solo le dio una palmada firme en el hombro, pero la sonrisa lo delataba.
Los entrevistadores se acercaron de inmediato, micrófonos extendidos.
—Babe, ¿cómo te sientes después de esta victoria tan contundente?
—¿Qué significó para ti ganar de forma limpia después de lo ocurrido la semana pasada?
Babe respondió con calma, todavía con el casco bajo el brazo, el cabello húmedo de sudor pegado a la frente. Habló del auto, del equipo, de la concentración. Pero sus ojos ya buscaban a alguien más.
Lo vio.
Charlie venía caminando desde el fondo del pit lane, con una sonrisa orgullosa y los ojos brillantes.
Babe no lo pensó dos veces.
Dejó el micrófono a medio aire, soltó el casco y corrió hacia él. Saltó encima de Charlie, quien lo recibió entre risas, sujetándolo con firmeza por la cintura para que no cayeran.
—¡Gané, Cachorro! —exclamó Babe, todavía jadeando de la adrenalina, la cara iluminada como hacía tiempo no se le veía.
Charlie soltó una risa baja y lo miró a los ojos.
—Lo vi, mi amor… Dejaste en claro por qué eres el Rey.
Babe se quedó mirándolo un segundo. Luego, sin soltarlo, se giró hacia las cámaras y los micrófonos que ya los rodeaban otra vez. El público en las gradas cercanas también prestaba atención.
—Una cosa más —dijo Babe, voz clara, sin dudar—. Quiero presentarles a mi novio.
Charlie Kittisak.
El silencio duró apenas un segundo.
Después, el público estalló. Gritos. Aplausos. Silbidos. Alguien desde las gradas gritó “¡Se merecen!”. Las cámaras no dejaban de grabar.
Charlie lo miró con genuina sorpresa… y un amor tan evidente que no necesitó palabras.
Babe no había dudado. No se había escondido. Lo había anunciado frente a todos.
Charlie no se contuvo.
Lo tomó del cuello con una mano y lo atrajo desde la cintura con la otra, capturando su boca en un beso profundo, posesivo, sin importarle las cámaras ni los gritos del público. Babe respondió de inmediato, sonriendo contra sus labios.
Los gritos se volvieron ensordecedores.
Cuando se separaron, apenas unos centímetros, Charlie murmuró solo para él:
—Te amo, Rey del Vacío.
Babe soltó una risa baja, todavía aferrado a él.
—Y yo a ti, Cachorro.
Alan, al fondo, sacudió la cabeza con una sonrisa resignada. Sonic gritaba más fuerte que nadie. Y el circuito entero parecía celebrar no solo la victoria… sino el hecho de que el Rey del Vacío, por fin, ya no estaba solo.
El ritmo del Rey
La celebración se mudó a un bar no muy lejos del circuito.
El lugar estaba lleno. Parte del equipo X Hunter, algunos fans que habían logrado colarse, música alta y vasos chocando. Jeff había aparecido también y, como era de esperarse, se había plantado junto a Alan, charlando con él en un rincón más discreto.
Alan no parecía molesto por la compañía.
Charlie y Babe estaban en su propio mundo.
Sentados en una mesa alta, lejos del bullicio central, bebían y hablaban en voz baja. Babe tenía un vaso de whisky en la mano y gesticulaba mientras contaba algún detalle de la carrera. Charlie apenas tocaba su bebida. Su atención estaba completa y exclusivamente en su novio: en la forma en que sonreía, en cómo se le iluminaban los ojos cuando hablaba de la pista, en las marcas todavía visibles en su cuello que la camisa no lograba cubrir del todo.
—Sigues sin beber —comentó Babe, notándolo.
Charlie se encogió de hombros, sonriendo de lado.
—Prefiero mirarte.
Babe bufó, pero no pudo evitar sonreír.
En ese momento, Sonic y North aparecieron de la nada. Agarraron a Babe por los brazos.
—¡A la pista, campeón! —gritó Sonic.
—No te hagas el difícil —añadió North, ya empujándolo.
Babe protestó entre risas, pero no se resistió demasiado. En la pista de baile, un reggaeton movido empezó a sonar con fuerza. El bajo golpeó fuerte. Babe se detuvo en seco, reconoció el ritmo… y soltó un grito de pura emoción.
—¡Esta es mía!
Empezó a bailar.
No era un baile improvisado ni torpe. Babe se movía con la misma precisión con la que manejaba un auto. Seguía el beat con el cuerpo, las caderas marcando cada golpe de la base, el torso suelto, los movimientos fluidos y controlados. Sonic y North lo acompañaban, pero era evidente quién robaba las miradas. Algunos fans cerca de la pista lo reconocieron y empezaron a gritarle porras:
—¡Pit Babeee!
—¡Así se baila, Rey!
Desde el otro lado del bar, Charlie no apartaba la vista.
Era la primera vez que veía a Babe bailar. Y lo hacía excelente. Demasiado bien. La forma en que movía las caderas, el modo en que el jean negro marcaba cada contorno de su trasero con cada vaivén… Charlie se pasó la lengua por el labio inferior sin darse cuenta.
El vaso quedó abandonado sobre la mesa.
Babe, en medio de un giro, levantó la vista y lo encontró mirándolo. Le dedicó una sonrisa ladeada, casi provocadora, y exageró un poco más el movimiento de cadera, claramente disfrutando de la atención de su novio.
Charlie soltó el aire despacio. Se reclinó contra la silla, los ojos oscuros fijos en él, y murmuró solo para sí:
—Vas a pagar por eso después, mi amor…
Pero no dejó de mirarlo. Ni un segundo
Bailando contra ti
Babe seguía en la pista.
Sonic y North no lo soltaban, y poco después Dean se unió a ellos entre risas y empujones juguetones. Los cuatro se movían al ritmo del reggaeton, sudorosos, sueltos, celebrando la victoria como si el mundo fuera solo esa noche. A unos metros, Alan y Jeff observaban desde la barra, hablando en voz baja, más concentrados el uno en el otro que en el resto.
Babe, en medio de un giro, buscó a Charlie con la mirada.
Lo encontró exactamente donde lo había dejado: sentado, el vaso abandonado, los ojos oscuros fijos en él. Babe sonrió de lado.
Dejó a Sonic y North a media canción y caminó directo hacia su novio. Sin decir nada, le tomó la mano y lo jaló hacia la pista.
Charlie se dejó llevar, aunque levantó una ceja.
—¿Qué haces?
—Bailar contigo —respondió Babe, sin soltarlo—. Ya me miraste demasiado rato desde lejos, Cachorro.
Una vez en medio de la pista, Babe se giró de espaldas y se pegó al pecho de Charlie. El contacto fue inmediato, completo. Empezó a mover las caderas al ritmo de la música, lento al principio, marcando cada golpe del bajo con el trasero rozando deliberadamente contra la entrepierna de Charlie.
Las manos de Charlie bajaron al instante y se posaron en las caderas de Babe, firmes, posesivas. Los dedos se clavaron un poco más cuando Babe exageró un movimiento.
—Babe… —advirtió Charlie cerca de su oído, la voz grave.
Babe soltó una risa baja y siguió bailando, esta vez más pegado, más provocador. Giró un poco la cabeza, rozando la mejilla de Charlie con la suya.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta cómo me muevo?
Charlie apretó más las caderas, atrayéndolo todavía más contra su cuerpo. Babe pudo sentir con claridad cómo reaccionaba.
—Me gusta demasiado —murmuró Charlie contra su oído—. Por eso estás jugando con fuego.
Babe no se detuvo. Al contrario. Movió las caderas con más intención, siguiendo el ritmo, haciendo que su trasero rozara una y otra vez contra Charlie. Algunos fans cercanos los miraban, pero a ninguno de los dos le importó.
Charlie bajó la cabeza y le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.
—Sigue así —dijo, voz ronca— y te voy a follar en el baño de este bar antes de que termine la noche.
Babe soltó un jadeo corto, pero no dejó de bailar. Al contrario, se arqueó un poco más contra él, claramente disfrutando del efecto que causaba.
—Entonces no me sueltes las caderas, Cachorro… y sigue mirándome como si quisieras comerme.
Charlie gruñó bajo, las manos aún más firmes, y dejó que Babe siguiera moviéndose contra él, pegados, al ritmo de la música, mientras el resto del bar celebraba alrededor… ajenos a la tensión que crecía entre ellos con cada movimiento de cadera.
Contra la pared
Charlie aguantó todo lo que pudo.
Babe seguía moviéndose contra él en la pista, el trasero rozándole deliberadamente, las caderas marcando el ritmo del reggaeton con una provocación abierta. Cada vaivén era una invitación. Una burla. Una promesa.
Hasta que Charlie se hartó.
Lo agarró de la muñeca con firmeza y lo arrastró fuera de la pista sin decir una sola palabra. Babe soltó una risa baja, sabiendo exactamente qué había provocado.
Atravesaron el bar entre la gente, ignorando miradas, hasta que Charlie empujó la puerta del baño de hombres y la cerró con seguro detrás de ellos.
No hubo preámbulos.
Charlie lo empujó contra la pared, lo alzó con facilidad y le bajó el jean y el boxer de un solo tirón, dejándolo desnudo de la cintura para abajo. Babe jadeó, las piernas alrededor de la cintura de Charlie, las manos aferrándose a sus hombros. Charlie se liberó a sí mismo, alineó su polla dura contra la entrada de Babe y empujó de un solo golpe profundo y brutal.
Babe gritó.
Charlie le tapó la boca de inmediato con una mano, amortiguando el sonido, y empezó a embestirlo sin piedad. Fuerte. Profundo.
Violento. Cada embestida golpeaba exactamente su punto dulce, sin delicadeza, sin contención. Babe se deshacía contra la pared, los ojos nublados, las piernas temblando alrededor de Charlie
Charlie lo miraba con una sonrisa satisfecha y cruel, disfrutando de cada expresión, de cada intento fallido de gemir contra su mano.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —gruñó cerca de su oído, sin detener las embestidas—. Provocarme… restregarme el culo encima… ahora te jodes.
Babe asintió desesperado, las lágrimas de puro placer deslizándose por sus mejillas y cayendo sobre los dedos de Charlie. El cuerpo le temblaba entero. Cada embestida era más profunda que la anterior, más brutal, haciendo que su espalda golpeara la pared una y otra vez.
Charlie no aflojó.
Lo follaba con violencia controlada, alzado, inmovilizado, la mano todavía firmemente sobre su boca. Babe solo podía emitir sonidos ahogados, rotos, mientras las lágrimas seguían cayendo y su interior se contraía alrededor de Charlie con cada golpe certero a su próstata.
—Mírame —ordenó Charlie, voz grave, posesiva—. Quiero verte llorar de lo bien que te estoy follando.
Babe abrió los ojos, húmedos, perdidos, y sostuvo la mirada de Charlie mientras seguía siendo embestido sin piedad contra la pared del baño, deshecho, temblando, completamente a merced de su novio.
Hasta el límite
Charlie no aflojó el ritmo.
Seguía embistiéndolo contra la pared con brutalidad y profundidad, cada embestida más fuerte que la anterior. La mano seguía firmemente sobre la boca de Babe, amortiguando los gemidos rotos que intentaban escapar. Babe temblaba entero, las piernas apretadas alrededor de la cintura de Charlie, las uñas clavándose en sus hombros.
—Aguanta —gruñó Charlie contra su oído, sin detenerse—. Quiero sentirte correrte así… apretándome mientras te follo.
Babe asintió desesperado, las lágrimas de placer todavía resbalándole por las mejillas.
Charlie cambió el ángulo apenas y golpeó su punto dulce con una precisión cruel. Babe se arqueó violentamente, un grito ahogado vibrando contra la palma de Charlie.
—Ahí… joder, ahí —logró murmurar cuando Charlie levantó un poco los dedos.
Charlie sonrió, oscuro, y aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más profundas, más brutales. El sonido de piel contra piel llenaba el pequeño baño. Babe estaba al límite, el cuerpo tensándose, el interior contrayéndose alrededor de Charlie con fuerza.
—Córrete —ordenó Charlie, voz grave, posesiva—. Ahora.
Babe se vino con un temblor violento, el orgasmo arrancándole todo el aire. Se contrajo una y otra vez alrededor de Charlie, las lágrimas cayendo más rápido, el cuerpo completamente entregado. Charlie lo siguió casi de inmediato, empujando hasta el fondo y corriéndose dentro de él con un gruñido largo y satisfecho, las caderas sacudiéndose hasta que no quedó nada.
Se quedaron así un momento, jadeando, pegados. Charlie bajó lentamente a Babe, sosteniéndolo para que no se cayera. Le limpió las lágrimas con el pulgar y le besó la frente, todavía respirando agitadamente.
—¿Estás bien? —preguntó, más suave.
Babe soltó una risa ronca, adolorida y completamente satisfecha.
—Me has destrozado, Cachorro… otra vez.
Charlie sonrió, claramente orgulloso, y lo ayudó a volver a subirse el pantalón.
Salieron del baño minutos después. Babe caminaba con una ligera cojera que Charlie no intentó disimular. De hecho, cada vez que lo miraba de reojo, una sonrisa satisfecha se le escapaba. Había dejado a su novio adolorido… y le encantaba.
Volvieron a la mesa. Bebieron un poco más, rieron con el equipo, aceptaron más felicitaciones. Pero la energía entre ellos era distinta: más calmada, más íntima. Después de un rato, Charlie se inclinó hacia Babe.
—¿Nos vamos?
Babe asintió sin dudar.
Esta vez Charlie manejó.
El auto se deslizó por las calles de Bangkok bajo las luces de la noche. No tenían un destino fijo. Solo conducían. Las ventanas bajadas, el aire cálido de la ciudad entrando, la música baja de fondo. Babe iba reclinado en el asiento del copiloto, una mano sobre el muslo de Charlie, todavía sintiendo el eco de lo que había pasado en el baño.
Conversaban. Se reían. Babe contaba alguna anécdota estúpida de Sonic en la pista de baile. Charlie se burlaba suavemente de lo provocador que había sido. No había tensión.
Solo esa sensación quieta y profunda de estar exactamente donde debían estar.
Babe giró la cabeza y lo miró un rato en silencio.
—Estoy feliz —dijo de pronto, simple.
Charlie le apretó la mano sobre su muslo y sonrió sin apartar la vista de la carretera.
—Yo también, mi amor.
Siguieron conduciendo sin rumbo, uno al lado del otro, sintiéndose completos bajo las luces de la ciudad.
¡FIN!
Dedicado a @DanielaHerrera271 aqui esta lo que me habías pedido, que los disfrutes…Hice lo mejor que pude….Gracias por la paciencia y el apoyo…







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