Capítulo 1: La caída de los Guns
El ambiente en el palacio del ducado de los Guns era insoportable. Hacía solo unos días que el duque Charles había muerto, y la casa ya no se sentía como un hogar, sino como una trampa. No hubo tiempo ni para llorar en paz. La sombra del rey Magnus del reino de Mentri cayó sobre ellas casi de inmediato.
Magnus llevaba años obsesionado con Verónica, la madre de Sharlot. Ahora que el duque ya no estaba, el rey no esperó. Quería a Verónica a su lado a toda costa, y para lograrlo usó todo su poder. Con un simple papel firmado por él, les quitó a madre e hija el apellido, los títulos nobles y todas sus tierras. En un solo día, las convirtió en dos simples ciudadanas sin nada a su nombre: Verónica y Sharlot Montalván.
Sin dinero, sin apoyos y acorralada, Verónica tomó la única salida que vio para proteger a su hija: aceptó casarse con el rey.
El problema era que Magnus odiaba ver a Sharlot. Cada vez que la miraba, solo veía el rostro del único hombre al que Verónica había amado de verdad. Quería hacerla desaparecer, pero no podía matarla; sabía que si le hacía daño a la niña, Verónica jamás se lo perdonaría.
En la penumbra del despacho real, su asesor Aldo le dio la solución perfecta:
—No hace falta tocarle un solo pelo, majestad. Convenza a la nueva reina de que lo mejor para el futuro de su hija es enviarla al internado de la Real Academia. Digale que allí aprenderá a ser una verdadera dama de la corte. La Reina se lo creerá encantada... y en ese internado, con la presión adecuada, la chica terminará rompiéndose sola.
El engaño funcionó. Verónica, pensando que le estaba dando una gran oportunidad a su hija, la despidió en las puertas de la academia entre lágrimas y promesas de que todo iría bien.
Pero la realidad dentro de esas paredes era muy distinta.
Las noticias vuelan rápido entre la nobleza, y en pocas horas todas las alumnas sabían la verdad. Para las hijas de las baronesas y duquesas, Sharlot no era más que una bastarda despojada de su título. Los empujones en los pasillos, los insultos a media voz y los destrozos a sus pocas pertenencias se convirtieron en su rutina diaria.
Esa noche, muerta de frío y con el corazón en la garganta, Sharlot se refugió en el balcón del torreón más alto. Lloraba en silencio sin entender por qué su madre la había dejado sola en ese lugar tan cruel.
Mientras miraba al patio a oscuras, Sharlot no tenía ni idea de que esa humillación era solo el principio. Tampoco sabía que, en mitad de las sombras del jardín, una figura misteriosa acababa de recibir una carta enviada en secreto por el propio Aldo.








