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Summary

Helena es sumergida en un sueño profundo después de un misterioso accidente. Mientras su cuerpo permanece inmóvil en una habitación de hospital, su alma parece encontrarse atrapada en un lugar del que no puede escapar. Marian, sin saber quién es Helena, comienza a tener extrañas pesadillas. Una voz femenina la llama desde la oscuridad y le pide que la encuentre. Pero, por más que intenta descubrir quién está detrás de aquella voz, su rostro permanece oculto. Un antiguo espejo, una casa llena de secretos y una misteriosa maldición serán las piezas de un rompecabezas que Marian deberá resolver antes de que sea demasiado tarde. Porque Helena necesita ser encontrada. Y Marian será la única capaz de llegar hasta ella. Entre misterio, drama, secretos familiares y un amor que parece haber estado escrito mucho antes de que pudieran recordarlo, Helena y Marian tendrán que enfrentarse a una verdad que cambiará sus vidas para siempre. Quizás algunas personas no llegan a nuestra vida por casualidad. Quizás primero tenemos que encontrarlas... para después aprender a amarlas.

Genre
Lgbtq
Author
Jazz Prieto
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

capitulo 1

La lluvia había comenzado mucho antes de que Helena saliera de casa.

No era una tormenta fuerte, pero sí una de esas lluvias persistentes que parecían envolverlo todo en una capa gris. Las gotas golpeaban suavemente los ventanales de la mansión, resbalando por el cristal como pequeñas lágrimas.

Helena observó el cielo desde la ventana de su habitación mientras terminaba de arreglarse.

—Perfecto —murmuró con una sonrisa—. Justo lo que necesitaba.

Miró la hora en su teléfono.

Había prometido llegar temprano.

Ezequiel la había llamado aquella mañana para pedirle un favor. Su casa estaba en remodelación y necesitaba un lugar donde quedarse durante algunos días. Como Helena conocía a su hija desde hacía muchos años, él había pensado que quizás ella podría recogerla y llevarla a la mansión.

Helena no lo había dudado.

—Claro que sí, tio Ezequiel. No tienes que preocuparte.

Había algo en Ezequiel que siempre le provocaba cariño. Había sido uno de los amigos más cercanos de su padre y, durante algunos de los momentos más difíciles de su infancia, había estado presente.

Quizá por eso Helena sentía que ayudarlo era una manera de mantener vivo un pequeño pedazo de su padre.

Terminó de ponerse el abrigo y tomó las llaves de su automóvil.

Antes de salir, miró una última vez su reflejo en el espejo.

Tenía veintitrés años y, aunque muchas personas consideraban que había tenido una vida privilegiada, Helena nunca había sentido que la riqueza pudiera llenar los vacíos que había dejado su familia.

Su padre había muerto cuando ella era muy pequeña.

Su madre tampoco había llegado a acompañarla durante muchos años.

Y desde entonces, Vanesa había sido quien se había encargado de ella.

—¿Ya te vas?

La voz detrás de ella la hizo girarse.

Vanesa estaba apoyada en el marco de la puerta.

Llevaba una bata clara y el cabello perfectamente acomodado, a pesar de que apenas era media mañana.

Su expresión era dulce.

Preocupada.

—Sí —respondió Helena—. Voy a recoger a la hija de Ezequiel.

—¿Con esta lluvia?

Helena sonrió.

—No voy a cruzar el océano, tía.

Vanesa soltó una pequeña risa.

—Sabes que me preocupo por ti.

—Lo sé.

Vanesa se acercó y acomodó un mechón de cabello que había quedado fuera de lugar.

—Ten cuidado, Helena.

—Siempre.

Vanesa la observó durante unos segundos.

Luego la abrazó.

Helena correspondió al abrazo sin imaginar que aquella podía ser una de las últimas veces que sentiría los brazos de su tía alrededor de ella sin saber la verdad.

—Te quiero —dijo Vanesa.

Helena sonrió.

—Yo también te quiero.

Vanesa la acompañó hasta la entrada.

—Llámame cuando llegues.

—Lo haré.

Helena abrió el paraguas y corrió hasta el automóvil.

Vanesa permaneció en la puerta observándola.

No dijo nada.

No hizo ningún gesto extraño.

Simplemente sonrió mientras veía cómo Helena arrancaba el automóvil y desaparecía por el camino de entrada.

Mercedes apareció detrás de ella.

La ama de llaves llevaba más de quince años trabajando para la familia.

Era una mujer de rostro serio, mirada penetrante y pocas palabras.

—¿La señorita Helena salió? —preguntó.

Vanesa asintió.

—Sí.

Mercedes miró hacia el camino.

—Con este clima no debería conducir sola.

Vanesa se volvió hacia ella.

—Helena es cuidadosa.

—Eso no significa que los demás lo sean.

Vanesa frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Mercedes tardó unos segundos en responder.

—Nada.

—Entonces no hagas comentarios innecesarios.

Mercedes bajó la mirada.

—Como usted diga, señora.

Vanesa la observó alejarse.

Su sonrisa desapareció durante apenas un instante.

Después volvió a mirar hacia la carretera.

Y cerró la puerta.

Helena conducía lentamente.

Los limpiaparabrisas se movían de un lado a otro, intentando mantener despejado el parabrisas.

El teléfono conectado al vehículo comenzó a sonar.

Era Ezequiel.

Helena contestó.

—¿Sí?

—¿Ya saliste?

—Hace unos minutos.

—No tienes que apresurarte. Marian está esperando, pero puede esperar un poco más.

Helena sonrió.

—Dile que tenga paciencia.

—Créeme, se lo estoy diciendo desde que amaneció.

Helena soltó una carcajada.

—Entonces ya entiendo por qué está desesperada.

—No la conoces tanto como crees.

—La vi cuando era pequeña.

—Eso fue hace mucho.

—Era una niña adorable.

—Ahora es una adulta que puede hacerte perder la paciencia en menos de cinco minutos.

Helena volvió a reír.

—Entonces definitivamente tengo que conocerla otra vez.

Hubo un breve silencio.

—Gracias, Helena —dijo Ezequiel.

La sonrisa de Helena desapareció lentamente.

—No tienes que agradecerme.

—Sé que Vanesa no está muy contenta con que alguien se quede en la casa.

Helena miró hacia la carretera.

—No te preocupes por eso. Yo hablaré con ella.

—¿Segura?

—Sí.

Ezequiel suspiró aliviado.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

Aquellas palabras tocaron una fibra sensible.

Helena bajó ligeramente la mirada.

—Ojalá pudiera saberlo.

—Lo sabes.

Helena sonrió.

—Supongo que sí.

La llamada terminó.

Durante algunos segundos solo se escuchó el sonido de la lluvia.

Helena encendió la radio.

Una canción suave comenzó a sonar.

Y entonces sintió algo extraño.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Miró por el espejo retrovisor.

No había nadie.

Solo la carretera mojada.

—Qué extraño...

Sacudió la cabeza.

Quizá estaba cansada.

Quizá la conversación con Ezequiel había removido demasiados recuerdos.

Continuó conduciendo.

Cinco minutos después, presionó el pedal del freno.

El automóvil no redujo la velocidad.

Helena frunció el ceño.

Volvió a presionar.

Nada.

—¿Qué...?

Lo intentó una tercera vez.

El pedal descendió completamente.

Pero el automóvil continuó avanzando.

El corazón comenzó a golpearle el pecho.

—No.

Presionó nuevamente.

Nada.

—¡No, no, no!

Miró el tablero.

El camino frente a ella descendía ligeramente.

Había vehículos adelante.

Helena intentó mantener la calma.

Redujo la marcha.

Giró el volante hacia un costado.

Intentó utilizar el freno de emergencia.

El automóvil respondió con violencia.

—¡Vamos!

Las manos comenzaron a temblarle.

Llamó a Ezequiel.

No contestó.

Volvió a intentarlo.

Nada.

El automóvil continuaba avanzando.

Helena miró la carretera.

Por primera vez comprendió que estaba en peligro real.

—Dios mío...

Intentó esquivar un vehículo.

Lo consiguió por unos centímetros.

El automóvil derrapó sobre el pavimento mojado.

Helena perdió el control.

El vehículo salió de la carretera.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Un árbol.

Un sonido metálico.

El cristal rompiéndose.

El golpe.

Después, silencio.


En otra parte de la ciudad, Marian miró su teléfono.

—Papá dijo que ella ya venía.

Ezequiel estaba sentado frente a ella.

—Probablemente la lluvia retrasó el viaje.

Marian miró por la ventana.

—Lleva bastante tiempo.

—Ten paciencia.

—No soy impaciente.

Ezequiel levantó una ceja.

—Claro.

Marian hizo una mueca.

—¿Cómo es Helena?

Ezequiel sonrió.

—Te caerá bien.

—Eso no responde mi pregunta.

—Es amable.

—¿Y?

—Inteligente.

—¿Y?

—Muy independiente.

Marian cruzó los brazos.

—¿Y?

Ezequiel soltó una carcajada.

—¿Quieres que te escriba una biografía?

—Solo quiero saber quién me va a recibir.

—Helena es una buena persona.

Marian sonrió.

—Entonces espero conocerla pronto.

Pero Helena nunca llegó.


La primera llamada al hospital llegó poco después del mediodía.

Ezequiel contestó.

—¿Sí?

Su expresión cambió.

Marian lo notó inmediatamente.

—¿Qué sucede?

Ezequiel no respondió.

Se levantó lentamente.

—¿Es el hospital?

Él asintió.

—¿Qué pasó?

Ezequiel apretó el teléfono contra su oído.

—¿Está viva?

Marian se quedó inmóvil.

El rostro de su padre perdió el color.

—Voy para allá.

Colgó.

—Papá...

Ezequiel tomó las llaves.

—Helena tuvo un accidente.

Marian sintió una punzada en el pecho.

No sabía quién era aquella mujer.

No la conocía.

Ni siquiera había podido verla.

Pero algo dentro de ella se estremeció.

—¿Está bien?

Ezequiel negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Vanesa recibió la noticia poco después.

Estaba en la sala cuando escuchó sonar el teléfono.

—¿Sí?

Su rostro cambió.

—¿Cómo?

Escuchó en silencio.

—Sí. Soy su tía.

La mujer al otro lado de la línea habló durante unos segundos.

Vanesa se llevó una mano al pecho.

—¿Está viva?

Otra pausa.

—Entiendo.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Voy inmediatamente.

Colgó.

Mercedes, que se encontraba al otro lado de la habitación, la observó.

—¿Qué ocurrió?

Vanesa se cubrió la boca.

—Helena...

Su voz se quebró.

—Tuvo un accidente.

Mercedes quedó inmóvil.

—¿La señorita Helena?

Vanesa asintió.

—Está grave.

Mercedes se acercó.

—¿Qué dijeron los médicos?

—No lo sé.

Vanesa comenzó a llorar.

Mercedes la sostuvo por los hombros.

—Tenemos que ir al hospital.

Vanesa asintió.

—Sí.

Antes de salir, miró hacia la escalera.

Durante un instante pareció completamente perdida.

—Mi niña...

Mercedes la observó.

—Ella va a estar bien.

Vanesa negó con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Eso espero.

Las horas siguientes fueron interminables.

Marian estaba sentada en la sala de espera.

Ezequiel permanecía de pie frente a la puerta de emergencia.

Vanesa llegó poco después.

Su rostro estaba cubierto de lágrimas.

—¿Dónde está? —preguntó.

Ezequiel se acercó.

—Los médicos todavía están trabajando.

Vanesa lo abrazó.

—No puede morir.

Ezequiel cerró los ojos.

—No sabemos qué va a pasar.

Marian observó a Vanesa.

No sabía quién era aquella mujer.

Pero podía ver cuánto sufría.

Vanesa se separó de Ezequiel y miró a Marian.

—Tú debes ser Marian.

Marian asintió.

—Sí.

Vanesa se acercó y le tomó las manos.

—Helena estaba muy ilusionada con conocerte.

Marian sintió nuevamente aquella extraña punzada.

—Yo también quería conocerla.

Vanesa la abrazó.

—Lo harás.

Marian cerró los ojos.

No sabía por qué, pero aquellas palabras hicieron que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Como si una parte de ella ya conociera a Helena.

Como si algo dentro de su corazón estuviera intentando recordar un nombre que había olvidado.

Finalmente, un médico salió.

Todos se pusieron de pie.

—¿Familiares de Helena?

Vanesa se acercó rápidamente.

—Soy su tía.

—El accidente fue bastante grave.

Ezequiel preguntó:

—¿Pero está viva?

—Sí.

Vanesa soltó el aire que parecía haber estado conteniendo durante minutos.

—Sin embargo, presenta un traumatismo severo.

Marian escuchaba en silencio.

—¿Va a despertar? —preguntó Vanesa.

El médico bajó la mirada.

—Ahora mismo no podemos saberlo.

—¿Qué significa eso?

—Ha entrado en un coma profundo.

El mundo pareció detenerse.

Vanesa se llevó una mano a la boca.

—No...

Ezequiel cerró los ojos.

Marian sintió que el pecho le dolía.

No conocía a Helena.

Pero una lágrima cayó por su mejilla.

Y entonces ocurrió algo que nadie pudo explicar.

El monitor que se encontraba dentro de la habitación de Helena comenzó a marcar un ritmo diferente.

Helena seguía inconsciente.

Su cuerpo no respondía.

Pero, en algún lugar lejos de aquel hospital, detrás de una superficie de cristal antigua y cubierta de polvo, algo pareció despertar.

Un golpe.

Después otro.

Y otro.

Como si alguien estuviera intentando salir.

Aquella noche, Marian durmió por primera vez en la casa de Helena.

No quería hacerlo.

No podía dejar de pensar en la joven que había sufrido el accidente.

La habitación estaba completamente oscura.

La lluvia seguía golpeando los cristales.

Marian cerró los ojos.

Intentó dormir.

Y entonces escuchó una voz.

Una voz femenina.

Lejana.

Débil.

—Marian...

Abrió los ojos.

Se incorporó rápidamente.

La habitación estaba vacía.

—¿Quién está ahí?

Silencio.

Volvió a cerrar los ojos.

La voz regresó.

Esta vez más cerca.

—Por favor...

Marian comenzó a respirar con dificultad.

—¿Quién eres?

La voz respondió:

—Encuéntrame...

Marian abrió los ojos de golpe.

Se levantó de la cama.

Miró hacia la puerta.

Nada.

Caminó hasta el pasillo.

La casa estaba completamente silenciosa.

Entonces escuchó un sonido.

Un golpe.

Venía de algún lugar de la casa.

Marian siguió el ruido.

Bajó lentamente las escaleras.

Llegó al pasillo inferior.

Había una puerta al fondo.

Una puerta que no había visto antes.

Cuando se acercó, escuchó nuevamente aquel golpe.

Toc.

Marian puso la mano sobre el picaporte.

La voz susurró detrás de la puerta:

—Marian...

Ella retiró la mano inmediatamente.

Su corazón latía con fuerza.

—¿Quién eres?

No obtuvo respuesta.

Solo escuchó un último susurro.

—Ayúdame...

Marian retrocedió.

Y, sin saberlo, acababa de dar el primer paso hacia el secreto que cambiaría para siempre su vida.

Porque Helena todavía no podía despertar.

Y alguien, atrapado en la oscuridad, acababa de encontrar la manera de llamarla.

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