Capítulo 1
Eamon McMahon observó desde la cubierta del barco el pequeño puerto de Bo’Ness, una parroquia costera perteneciente al condado de Linlithgowshire, en las tierras bajas escocesas. Estaban a finales de enero y la llovizna, mezclada con una suave bruma, desdibujaba las luces que perfilaban la costa.
Era un hombre alto; sobrepasaba al resto por un palmo. Llevaba el cabello castaño oscuro muy corto, algo poco común en un irlandés de su edad, treinta y un años. Desde que los casacas rojas se lo raparon como castigo, cinco años atrás, en medio de su aldea, entre torturas y burlas, había decidido mantenerlo así, corto, como un recuerdo constante del odio que sentía por los ingleses y, sobre todas las cosas, por el teniente coronel Beckett. Cada vez que veía su cabello reflejado en un vidrio o en un espejo, revivía el brutal motivo que lo había convertido en un mercenario vengativo.
El fuerte oleaje mecía el barco de manera constante. Ultán, uno de los nueve hombres que acompañaban a Eamon, se agarró a la baranda del barco y echó hasta los hígados por la boca.
—Por fomeré, juro que cuando termine esta misión no volveré a subirme a uno de estos trastos. El hombre está hecho para tener tierra bajo los pies y no agua. —Ultán hablaba moviendo la cabeza ligeramente, como si estuviera borracho y fuera incapaz de controlarla.
«¡Qué gran ironía! ¿Cómo podía su amigo de la infancia afirmar no ser un hombre de mar, cuando parte de su familia vivía como pescadores en las islas de Aran?», pensó Eamon con sorna.
—En cuanto le pongamos las manos encima a esa puta inglesa, verás cómo se te pasan todos los males —le prometió a su amigo con una actitud inexpresiva, sin disimular el veneno que destilaban sus palabras.
Ultán le dedicó una mirada ensombrecida por la tristeza, mientras el resto de hombres soltaba carcajadas. Todos conocían el destino que le esperaba a aquella pobre desdichada, la hija menor del viejo militar. Ella era la joya de su casa, la niña de sus ojos, la favorita entre todos sus hermanos.
—La inglesa es toda tuya. No quiero tener a una inocente en mi conciencia —farfulló Ultán, tapándose la boca con las manos para evitar una nueva arcada.
Eamon curvó los labios en algo parecido a una sonrisa, mientras dedicaba una mirada impertérrita a Ultán, quien lo había seguido con el único propósito de hacerlo desistir en su empeño. Su amigo aún guardaba esperanzas de que volviera a ser el hombre tranquilo y pacífico que fue alguna vez. Sin embargo, ya no quedaba nada. Era un muerto viviente, y si todavía no estaba en una caja de pino era porque tenía que desagraviar el honor de su familia. Sus emociones se habían convertido en un bloque de hielo; respiraba por la herida y su único objetivo era devolver golpe por golpe todo el dolor que había sufrido.
—Espero que al final no te retractes de tu palabra, McMahon —dijo con socarronería uno de los corpulentos forajidos que se había unido al grupo en el último momento, apodado «el Chacal»—. Estoy deseando meter mi polla en una de esas damitas inglesas.
El comentario de aquel bárbaro, de dientes negros y pelo lleno de grasa por la falta de agua, hizo que Ultán torciera el gesto, se llevara las manos al estómago y vomitara de nuevo. «Su amigo era un hombre demasiado sensible; jamás encajaría con el grupo de mercenarios», se dijo Eamon mentalmente, acariciando la culata del trabuco que llevaba sujeto a la cintura. A continuación, se aferró a la baranda de madera para inspirar el aire fresco de la noche.
¿Cómo reaccionaría su amigo cuando la inglesa cayera en sus manos? Tal vez, al ser testigo de lo que iba a hacer con ella, por fin aceptaría la verdad: Eamon estaba muerto, y solo respiraba para cobrar venganza.
—No te preocupes; si el mapa que me vendiste del castillo Stirling es correcto, quizás hasta te permita desvirgarla —prometió Eamon al Chacal, entrecerrando los párpados para divisar el horizonte, donde las lucecitas de las casas se veían cada vez más cercanas. Ese hombre era su fuente de información, el único que conocía el rostro de Rose Beckett.
—Se me ha puesto dura con solo pensar en follarme a la hija de George Beckett. —El Chacal se llevó las manos a la entrepierna y se estrujó la verga para demostrar su lascivia al resto de hombres.
De nuevo soltaron risotadas, seguidas por bromas masculinas que molestaron a Ultán de manera visible, entretanto Eamon sacaba un catalejo del bolsillo raído de su abrigo de lana para divisar en la distancia.
—La playa está en calma. Tomad vuestras cosas. Ha llegado el momento de subirnos al bote. —Hizo un gesto al capitán, quien soltó el ancla para atracar en aquella zona apartada—. Escocia nos espera, señores.
El grupo de hombres, armado hasta los dientes, tomó asiento en uno de los botes con sus morrales y fardos, mientras los marineros arriaban el pescante, bajándolos de manera paulatina hasta alcanzar la superficie del mar.
Eamon cerró los dedos en un puño y apretó hasta que las uñas se clavaron en sus palmas. La luz de la luna iluminó una cicatriz que iba desde la sien izquierda hasta la oreja. Habían pasado más de cinco años desde que los jacobitas fueron derrotados en la batalla de Culloden, a manos del duque de Cumberland y el ejército británico. Pocos días antes, como preludio de la masacre que iban a sufrir sus compatriotas de las Highlands escocesas, a él le habían arrebatado su vida, sus sueños, sus ilusiones, su futuro y su amor.
En los ojos de Eamon brilló una oscura determinación: la paciencia era una virtud, y la venganza, un plato que se servía frío. Pronto iba a verse frente a frente con su pasado. Recordaba el rostro de su enemigo como si lo hubiera visto ayer mismo: cada arruga, cada inflexión en su gesto, su bigote encerado, su pelo cano, su baja estatura y aquellos labios finos que sonreían de manera espeluznante.
Ahora que estaba cerca de su objetivo, no podía controlar su excitación. Nada ni nadie podría detenerlo. Él, un pobre campesino tonto, sin dinero ni contactos, sin ninguna posibilidad contra los ingleses, iba a tomar la justicia por su mano, cumpliendo la ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Había llegado el momento de que aquel despiadado militar experimentara en carne propia la impotencia que se siente al no poder proteger a tus seres queridos.
Eamon era un hombre sin futuro, alguien que no tenía nada que perder, ni siquiera el alma. Lo habían convertido en un auténtico monstruo que solo entendía de odio y rencor. Rose, la hija de su enemigo, un dechado de virtudes, bella, paciente, educada y honrada, en breve estaría a su merced. La convertiría en la mayor de las putas; no habría irlandés que no la conociera en el sentido más bíblico de la palabra. Iba a romperla igual que habían hecho con él. Su venganza terminaría con una muerte, ya fuera la suya o la de su enemigo.








