Prólogo

Meses atrás, imaginó decenas de formas en las que su vida podría terminar. Una severa contusión. Una hemorragia. Un balazo en la sien. Todas tenían algo en común: el dolor.
Pero jamás creyó que moriría así.
Después de escapar de meses de golpes, torturas e incluso de aquellos abusos sexuales, creyó haber dejado atrás su oscuro pasado. Se permitió pensar que estaba a salvo, refugiada en la burbuja protectora que le ofrecieron las personas que la acogieron tiempo atrás.
Corrió ignorando el dolor que le atravesaba los tobillos. Su vida dependía de ello.
Las ramas arañaban su piel a cada paso, mientras la humedad del bosque hacía que el suelo cediera bajo sus pies. Respiraba con dificultad; cada bocanada de aire quemaba sus pulmones.
Entonces ocurrió.
Frente a ella se alzaba una enorme pared de rocas cubiertas de moho.
No había salida.
Su corazón golpeó con fuerza contra su pecho.
«Tiene que haber otro camino...»
Giró sobre sus talones.
Y allí estaba.
Aquellos crueles ojos asechadores.
Había vuelto.
La tenue luz de la luna le confirmó lo que, en el fondo, ya sabía: aquella sería la última página de la vida de Anabeth Stone.
Se abrazó a sí misma, incapaz de contener el temblor de su cuerpo. Todo estaba perdido.
Lo había intentado.
Había huido.
Había resistido.
Pero ni siquiera había sido capaz de proteger a su bebé del lobo feroz.
El peso de aquella culpa le desgarró el pecho.
Era la peor madre del mundo.
—Tan inútil como siempre, ángel.
Su voz sonó tranquila.
Demasiado tranquila.
Él la observó con absoluto desprecio. Anabeth era apenas una sombra de lo que alguna vez fue: cubierta de lodo, con la ropa hecha jirones y el tobillo completamente amoratado.
—Supongo que así ya no podrás correr —esbozó una sonrisa cargada de crueldad—. Deja de dar problemas... y ven.
Como la escoria que eres.
Arrastrándote.
Él dio un paso hacia ella.
Beth retrocedió por instinto.
La roca golpeó su espalda.
Ya no quedaba ningún lugar al cual huir.








