DESPERTAR
20/09/2348 Nathan, Bunker Diomede.
Abrí los ojos con dificultad.
El techo de hormigón gris era inconfundible. Conductos de ventilación recorrían la superficie entre luminarias protegidas por rejillas metálicas. El zumbido constante de los generadores llenaba el silencio.
Un búnker.
Intenté enfocar la vista. Una enfermera con uniforme de la Alianza cambiaba una bolsa de suero conectada al catéter de mi brazo derecho. No había notado que estaba despierto.
La garganta me ardía.
—...
No salió ninguna palabra.
Ella levantó la vista. Por un instante quedó inmóvil.
—¿Sargento...? ¿Puede oírme?
Mis dedos alcanzaron apenas la manga de su uniforme.
—¿Dónde... estoy?
Ella se volvió hacia mí.
—Búnker Diomede. Tranquilo, no intente moverse.
Mi memoria seguía incompleta. Recordaba el disparo. La sangre. El dolor.
Después...
Vacío.
—¿Cuánto llevo aquí?
—Dos semanas.
El aire pareció hacerse más pesado. Intenté incorporarme, pero un dolor profundo atravesó mi pecho y me obligó a detenerme. Esperé apenas un segundo antes de volver a intentarlo.
—¿Dónde está el capitán Ragnok?
La enfermera no respondió. Fruncí el ceño.
—¿Yui?
Ella evitó mi mirada. Se acercó a la cabecera de la cama y presionó el interruptor de llamada.
—Voy a avisar al médico.
—Espere.
No contestó. Solo salió de la habitación con paso rápido.
La puerta metálica se cerró detrás de ella.
Nadie había respondido una sola de mis preguntas.
El silencio regresó.
La puerta volvió a abrirse apenas unos segundos después.
Dos enfermeros entraron primero. Detrás de ellos apareció un hombre de cabello entrecano con el uniforme médico de la Alianza. Caminó directamente hacia mi cama mientras revisaba una tableta electrónica. No levantó la vista de inmediato.
—Frecuencia cardíaca.
Una de las enfermeras respondió al instante.
—Ciento diez. En aumento desde que despertó.
El médico dejó la tableta sobre una mesa auxiliar y finalmente me observó.
—Sargento Nathan.
Asentí apenas.
—Me alegra verlo consciente.
—Necesito hablar con el capitán Ragnok.
Él no respondió. Tomó una pequeña linterna y acercó la luz a mis ojos.
—Siga el haz de luz.
Obedecí por inercia. Después apoyó dos dedos sobre mi muñeca mientras contaba en silencio.
—¿Puede decirme su nombre completo?
Fruncí el ceño.
—Nathan.
—Nombre completo.
Lo respondí.
—¿Sabe dónde está?
—Búnker Diomede.
—¿Recuerda la fecha de su última misión?
—Cinco de septiembre.
El médico intercambió una mirada con la enfermera.
No entendía qué estaba evaluando.
—Doctor.
Esperé a que volviera a mirarme.
—¿Dónde está el capitán Ragnok?
Silencio.
—¿Y Yui?
El médico dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Primero necesito asegurarme de que se encuentra estable.
—Estoy bien. — Mi propia voz sonó más firme de lo que me sentía.—Solo responda la pregunta.
El médico guardó la linterna en el bolsillo de la bata.
—Necesito hacerle unas preguntas más, sargento.
Asentí con impaciencia.
—¿Recuerda lo ocurrido durante la operación?
Cerré los ojos.
Durante unos segundos no encontré nada. Solo oscuridad.
Después comenzaron a aparecer imágenes dispersas.
—Bogotá...
Mi propia voz sonó distante.
—Entramos por el sector al norte. Teníamos que llegar a un edificio.
Las imágenes seguían llegando sin orden.
—Hubo un disparo.
Sentí un ligero pinchazo en el pecho.
—Me alcanzó...
Guardé silencio unos segundos.
—Encontramos a la doctora Natalia García.
El médico no me interrumpió. Simplemente escuchaba.
—La extracción...
Fruncí el ceño.
Algo no encajaba.
Las imágenes empezaban a mezclarse.
Respiré hondo.
Entonces apareció.
Una mano. No. Una garra. Sujetándome por el cuello.
La presión. La falta de aire. Aquellos ojos.
El Nikat.
Mi respiración se aceleró.
—Me tenía...
Levanté mi mano derecha hacia la garganta casi por instinto. Todavía podía sentir aquella presión.
—No podía moverme...
La habitación desapareció por un instante.
Solo existía aquella mirada.
Y después...Un disparo.
La presión desapareció de golpe.
El Nikat cayó.
Silencio.
Volví a abrir los ojos.
El médico seguía observándome sin decir una palabra.
—Después.
Negué lentamente con la cabeza.
—No...
Intenté recordar una vez más, pero solo apareció un rostro.
Yui.
La vi inclinándose sobre mí.
Recordaba sus labios moviéndose, pero no las palabras.
Después...Nada.
El médico tomó aire antes de hablar.
—Su memoria parece estar intacta.
No respondí. Seguía intentando reconstruir aquellos últimos minutos.
—Sargento... hay algo que necesita saber sobre las heridas que sufrió durante esa operación.
Asentí.
Esperaba escuchar una lista de fracturas.
Alguna lesión muscular.
Nada más.
—El proyectil que lo alcanzó no era convencional.
Fruncí el ceño.
—Las armas Nikat emplean compuestos que permanecen activos incluso después del impacto. Esos materiales provocaron una necrosis extremadamente agresiva.
No entendía hacia dónde quería llegar.
—Cuando llegó aquí, el tejido de su brazo izquierdo ya no era recuperable.
Sentí que el tiempo se detenía.
—¿Qué...?
El médico sostuvo mi mirada.
No había forma amable de decirlo.
—La gangrena avanzó demasiado rápido.
Hizo una breve pausa.
—Tuvimos que amputar.
Durante unos segundos no dije nada.
Giré lentamente la cabeza.
Vi la sábana que terminaba mucho antes de donde mi memoria decía que debía hacerlo. No sentí sorpresa, solo una confirmación.
Respiré hondo.
—Necesitaré una prótesis.
El médico permaneció en silencio.
—Los laboratorios en Tokio tienen lo necesario.
Volví a mirarlo.
—Tengo que hablar con el doctor Kayama.
Apoyé la mano derecha sobre la cama e intenté incorporarme, pero mi cuerpo apenas respondió. Hice más fuerza y, por reflejo, busqué apoyo con el brazo izquierdo.
No encontré nada.
Perdí el equilibrio de inmediato. Sentí que iba a caer.
La enfermera me sujetó antes de que terminara en el suelo, mientras el médico sostuvo mi hombro derecho para volver a recostarme.
—No se esfuerce.
—Estoy bien.
Volví a intentarlo. Esta vez apenas conseguí despegar la espalda del colchón.
Entonces ocurrió.
Una punzada atravesó mi pecho. No era un dolor muscular. Era profundo, preciso. Como si algo comprimiera mi corazón desde dentro.
Mi respiración se cortó por un instante. Llevé la mano derecha al pecho casi por instinto. Esperé a que desapareciera.
Pero no lo hizo.
El médico observó el monitor cardíaco. No parecía sorprendido. Solo confirmó algo que ya esperaba.
—Lo está sintiendo.
Lo miré sin comprender.
—No es el brazo, ¿verdad?
Negó lentamente.
—Sabía que aparecería en cuanto intentara hacer un esfuerzo.
Guardé silencio.
El dolor seguía allí.
Entonces...
Recordé.
La retirada, la sangre, la adrenalina. Había activado el módulo una vez para mantenerme consciente, pero no había sido suficiente. Lo hice otra vez.
Cerré los ojos.
Dos activaciones consecutivas. Había activado el módulo de adrenalina dos veces.
La primera me mantuvo consciente.
La segunda...
Abrí los ojos de golpe.
—Mi corazón.
El médico asintió lentamente.
—El módulo de adrenalina fuerza el organismo mucho más allá de sus límites fisiológicos. Una sola activación ya representa un riesgo considerable.
Guardó unos segundos de silencio.
—Dos activaciones consecutivas provocaron un daño irreversible en el músculo cardíaco.
Bajé la vista hacia mi pecho. La punzada comenzaba a disminuir, pero seguía allí.
Como un recordatorio.
—¿Es temporal?
No sabía por qué había hecho aquella pregunta.
Creo que ya conocía la respuesta.
—No.
La palabra cayó con una frialdad absoluta.
—El tejido cicatrizará hasta donde pueda hacerlo. Pero su corazón jamás volverá a soportar el nivel de esfuerzo requerido para el combate.
Respiré despacio.
—Con una prótesis...
El médico negó antes de que terminara la frase.
—La prótesis no es el problema.
Otra punzada atravesó mi pecho.
Esta vez comprendí por qué.
—Cada esfuerzo intenso aumentará el riesgo de un paro cardíaco.
La habitación quedó completamente en silencio.
El médico dejó la tableta sobre la mesa.
—Por ese motivo, el Alto Mando aprobó esta mañana su reasignación.
Levanté la vista.
—¿Reasignación?
—Sí.
Sentí que algo no encajaba.
—¿A qué unidad?
—Ninguna unidad de combate.
Aquellas cuatro palabras pesaron mucho más que la amputación.
—El doctor Kayama solicitó personalmente su traslado a Tokio hace varios días, en cuanto recibió los resultados completos de sus estudios. Considera que todavía puede ser de gran utilidad para la Alianza. Desde la EDE en Tokio se coordina la defensa asiática.
Esperé.
El médico continuó.
—Su traslado fue aprobado.
—¿Cuándo?
—En cuanto su estado sea lo suficientemente estable para viajar.
No respondí.
Miré el lugar donde antes estaba mi brazo izquierdo. Después apoyé la mano sobre el pecho.
Por primera vez desde que había despertado comprendí que nadie esperaba que regresara a la Unidad Nox.
Ya habían decidido mi futuro.
Sin preguntarme.
No volví a decir una palabra.
El médico me pidió que descansara antes de abandonar la habitación junto con la enfermera. La puerta metáálica volvió a cerrarse.
Permanecí mirando el techo durante un tiempo que fui incapaz de medir. El zumbido constante de los generadores era el único sonido que rompía el silencio.
Dormí por momentos. Desperté otras tantas. Cada vez que intentaba moverme, la punzada en el pecho aparecía para recordarme las palabras del médico.
Al día siguiente, una pantalla instalada junto a la cama emitió el tono de una comunicación entrante.
La enfermera levantó la vista.
—Es para usted.
Activó el enlace.
La pantalla parpadeó durante unos segundos antes de estabilizar la imagen.
Yui.
Llevaba la armadura puesta. Tenía el cabello recogido como siempre, aunque algunos mechones escapaban por debajo del casco. Detrás de ella varios soldados cruzaban un pasillo con cajas de munición.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Yui permaneció inmóvil.
—Hola. —dije, tratando de fingir una sonrisa.
Sus labios temblaron apenas. Mi sonrisa no la había engañado. Intentó devolverla, pero se quebró antes de conseguirlo. En cambio, unas lágrimas comenzaron a llenar lentamente sus ojos.
—…ばか (...Baka).
Su voz apenas fue un susurro.
No había enojo en aquella palabra.
Solo un alivio tan grande que parecía doler.
Sonreí apenas.
Ella negó con la cabeza mientras una lágrima terminaba por deslizarse sobre su mejilla.
—Pensé que...
Se detuvo. Respiró profundamente para recuperar el control.
—Pensé que no volvería a escucharte.
Yui respiró hondo una vez más. Con el dorso del guante secó las lágrimas que aún quedaban en sus mejillas. Cuando volvió a mirarme, la soldado había recuperado el control. Solo quedaban pequeños rastros de la mujer que había estado a punto de quebrarse unos segundos antes.
—¿Cómo está la situación? —pregunté.
Miró un instante hacia un costado.
Una explosión retumbó a la distancia.
Ni siquiera giró la cabeza.
Ya se había acostumbrado.
—Estamos en Dallas.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Conseguimos contener varios avances durante los últimos días, pero seguimos perdiendo terreno.
Detrás de ella pasó un grupo de soldados empujando un contenedor de municiones. Otro llevaba a un herido apoyado sobre el hombro.
—Nuestro objetivo es impedir que lleguen al Pacífico.
Su voz volvió a endurecerse.
—Si atraviesan esta línea, la costa oeste quedará expuesta.
Asentí lentamente.
No hacía falta decir nada más.
La guerra seguía avanzando.
Y yo estaba a miles de kilómetros del frente.
Guardé silencio unos segundos antes de formular la pregunta que llevaba desde que desperté.
—¿Dónde está el capitán Ragnok?
Yui desvió la mirada apenas un instante.
—Va camino a Volstek.
Fruncí el ceño.
—¿Volstek?
—La doctora Natalia García compartió toda la información que obtuvo antes de ser evacuada.
Esperé.
—La fuente de poder necesita Miridium.
Sentí que las piezas comenzaban a encajar.
—¿Ragnok fue a recuperarlo?
Ella asintió.
—Sí, junto a Mike, Dina y Alexei.
Hizo una pausa.
—Mientras tanto, la Unidad Nox y Umbra quedaron bajo el mando del capitán Vasili.
Durante un rato dejamos de hablar de la guerra.
Preguntó por el búnker, por los médicos y por el dolor. Respondí lo justo. No tenía sentido preocuparla con detalles que ninguno de los dos podía cambiar.
—Me trasladarán a Tokio cuando pueda viajar.
Yui guardó silencio unos segundos.
—¿A la EDE?
Asentí.
—El doctor Kayama solicitó el traslado.
Ella bajó la mirada.
—Supongo que allí estarás más seguro.
Sonreí apenas.
—Eso dicen.
No sonó tan convincente como esperaba.
Yui me observó durante unos segundos, como si intentara descubrir todo aquello que no estaba diciendo.
No insistió.
Lo agradecí.
En cambio, comenzó a hablarme de cosas mucho más simples: una cafetería que había sobrevivido a los bombardeos; un mecánico que insistía en preparar café para todos los soldados antes de cada salida; un perro callejero que llevaba varios días siguiendo al Escuadrón Umbra y que ya respondía cuando alguno lo llamaba.
La escuché hablar.
Por primera vez desde que desperté, dejé de pensar en hospitales, amputaciones y diagnósticos.
Solo era Yui.
Y yo escuchándola.
Como antes de que comenzara la invasión.
La comunicación terminó pocos minutos después.
—Tengo que volver.
Asentí.
—Cuídate.
Ella sonrió con tristeza.
—Haz tú lo mismo.
La imagen desapareció.
La pantalla volvió a quedar en negro.
El silencio regresó a la habitación.
Esta vez fue mucho más difícil soportarlo.








