El niño del bosque
A las afueras de un pequeño pueblo, donde las casas comenzaban a desaparecer entre los campos y los árboles, había una pequeña casa de madera.
No era grande ni lujosa. Tenía un pequeño huerto, una chimenea de piedra y un camino que conducía directamente hacia el bosque.
Allí vivía un niño llamado Aren junto a su abuelo.
Aren tenía cinco años y llevaba una vida sencilla.
Todas las mañanas ayudaba a su abuelo con las tareas de la casa. Después jugaba cerca del bosque, recogía ramas para el fuego y pasaba las tardes escuchando las historias que el anciano le contaba.
Una mañana, Aren salió corriendo de la casa con una pequeña espada de madera en las manos.
—¡Abuelo! ¡Abuelo!
El anciano estaba cortando leña.
—¿Qué ocurre?
Aren levantó su espada.
—¡Hoy voy a derrotarte!
Su abuelo soltó una pequeña risa.
—¿Otra vez?
—¡Esta vez sí!
—Eso dijiste ayer.
—Pero hoy soy más fuerte.
El abuelo dejó el hacha a un lado y tomó otra espada de madera.
—Entonces ven.
Aren corrió hacia él.
—¡AAAAH!
El niño lanzó un golpe.
El abuelo lo esquivó fácilmente.
—Muy lento.
Aren volvió a intentarlo.
—¡Ahora!
El anciano volvió a apartarse.
—Demasiado fácil.
Aren frunció el ceño.
—¡No vale!
—¿Por qué no?
—¡Porque eres viejo!
El abuelo comenzó a reír.
—¿Viejo?
—Sí.
—Entonces tendrás que esperar unos años para poder vencerme.
Aren cruzó los brazos.
—Cuando sea grande, voy a ser el guerrero más fuerte del mundo.
El abuelo dejó de sonreír por un instante.
—¿El más fuerte?
—Sí.
—¿Y para qué quieres serlo?
Aren pensó durante unos segundos.
—Para proteger a las personas.
El abuelo lo observó en silencio.
Después sonrió.
—Esa es una buena razón.
Aren volvió a levantar su espada.
—¡Entonces pelea conmigo otra vez!
—Está bien.
Los dos continuaron entrenando hasta que el sol comenzó a subir.
Más tarde, Aren ayudó a su abuelo a recoger leña.
Mientras caminaban por el bosque, el niño miró los enormes árboles que los rodeaban.
—Abuelo.
—¿Sí?
—¿Qué hay después del bosque?
—Muchos lugares.
—¿Como cuáles?
—Hay ciudades, montañas, ríos y otros bosques.
Aren abrió los ojos con curiosidad.
—¿Y personas?
—Muchas.
—¿Has estado en todos esos lugares?
El abuelo tardó unos segundos en responder.
—En algunos.
—¿Y por qué nunca vamos?
—Porque aquí estamos tranquilos.
Aren miró hacia el camino.
—Yo quiero conocer el mundo algún día.
El abuelo sonrió.
—Algún día.
Después de regresar a casa, Aren se sentó junto al fuego.
—Abuelo, cuéntame una historia.
—¿Otra vez?
—¡Sí!
El anciano se sentó frente a él.
—Está bien. ¿Cuál quieres escuchar?
—La del guerrero.
El abuelo guardó silencio.
—¿Cuál de todas?
—La del guerrero que derrotó a cien hombres.
El anciano sonrió.
—Esa historia está exagerada.
—¡No me importa!
—Está bien.
El abuelo comenzó a contar.
—Hace muchos años existió un guerrero que viajó por todo el reino. Era conocido por su habilidad con la espada y por nunca abandonar a quienes necesitaban ayuda.
Aren escuchaba atentamente.
—¿Era muy fuerte?
—Mucho.
—¿Más fuerte que tú?
El abuelo se quedó quieto.
—Tal vez.
Aren sonrió.
—Entonces quiero conocerlo.
—Ya no puedes.
—¿Por qué?
—Porque esa historia ocurrió hace mucho tiempo.
Aren bajó la mirada.
—¿Murió?
El abuelo observó el fuego.
—Sí.
—¿Cómo?
El anciano tardó en responder.
—Luchando por proteger algo importante.
Aren se quedó pensativo.
—¿Qué protegía?
El abuelo levantó la mirada.
—Eso es algo que todavía no debes saber.
Aren hizo una cara de disgusto.
—Siempre dices eso.
—Porque todavía eres demasiado pequeño.
—¡No soy pequeño!
—Claro que no.
El abuelo le revolvió el cabello.
—Ahora ve a dormir.
—Pero...
—Mañana tienes trabajo.
—Está bien.
Aren se levantó y caminó hacia su habitación.
Antes de entrar, se volvió.
—Buenas noches, abuelo.
—Buenas noches, Aren.
El niño cerró la puerta.
El anciano se quedó solo junto al fuego.
Su expresión cambió.
Por unos segundos parecía un hombre completamente diferente.
Miró hacia una vieja espada que permanecía apoyada contra la pared.
—Espero que nunca tengas que conocer ese mundo...
La noche cayó sobre el bosque.
Aren dormía profundamente.
Pero entonces...
Un ruido despertó al anciano.
Abrió los ojos.
El fuego de la chimenea comenzó a apagarse lentamente.
El anciano se levantó.
Escuchó.
Nada.
Entonces volvió a escucharlo.
Un paso.
Después otro.
Alguien estaba acercándose a la casa.
El abuelo caminó hasta la ventana.
Miró hacia el bosque.
Una figura permanecía entre los árboles.
El anciano apretó los puños.
—No...
La figura comenzó a acercarse.
El anciano tomó la vieja espada que estaba junto a la pared.
Su rostro se volvió serio.
—Después de tantos años...
Miró hacia la habitación de Aren.
—¿Cómo me encontraste?
Una voz respondió desde la oscuridad.
—Nunca dejé de buscarte.
El anciano reconoció aquella voz.
—Tú...
La figura salió lentamente de entre los árboles.
—Pensé que habías muerto.
El abuelo permaneció junto a la puerta.
—Para alguien como tú, debería haber sido suficiente.
—Pero no lo fue.
El hombre continuó caminando.
—Hay algo que necesito.
—No tienes nada que buscar aquí.
—Sí tengo.
El hombre miró hacia la casa.
—El niño.
El anciano apretó la espada.
—No.
—Sabía que dirías eso.
—No vas a acercarte a él.
El hombre sonrió.
—Entonces tendremos que resolverlo de otra manera.
Dentro de la casa, Aren despertó.
Escuchó voces.
Se levantó de la cama.
—¿Abuelo?
Caminó lentamente hacia la puerta.
—¿Quién está ahí?
El anciano escuchó la voz del niño.
Sus ojos se abrieron.
—Aren.
El niño abrió la puerta.
—¿Qué pasa?
El abuelo corrió hacia él.
—Escúchame.
—¿Qué ocurre?
—Necesito que hagas exactamente lo que te diga.
Aren miró a su abuelo.
—¿Por qué?
—Porque tenemos que irnos.
—¿Ahora?
—Ahora.
Aren escuchó otro ruido afuera.
—¿Quién está ahí?
El abuelo se arrodilló frente a él.
—No tengas miedo.
—Pero tú tienes miedo.
El anciano se quedó en silencio.
Aren nunca había visto esa expresión en su rostro.
—Abuelo...
—Aren, necesito que seas valiente.
El niño asintió lentamente.
El abuelo tomó una pequeña bolsa de cuero que estaba escondida detrás de una tabla.
Se la entregó.
—Guárdala.
Aren la tomó.
—¿Qué hay dentro?
—Algo que perteneció a tu familia.
—¿A mi mamá?
El abuelo bajó la mirada.
Aren casi nunca hablaba de sus padres.
—No puedo explicártelo ahora.
—Pero...
—Cuando seas mayor, entenderás.
Un fuerte golpe hizo temblar la puerta.
Aren se asustó.
—¡Abuelo!
—Escúchame.
El anciano señaló la puerta trasera.
—Sal por ahí y corre hacia el bosque.
—¡No!
—Aren...
—¡No quiero irme sin ti!
—Voy a alcanzarte.
—¿Lo prometes?
El abuelo miró al niño durante unos segundos.
—Te lo prometo.
Otro golpe.
La puerta comenzó a ceder.
El anciano se puso delante de Aren.
—Cuando llegues al bosque, no te detengas.
—Pero...
—Corre hasta que encuentres un lugar seguro.
Aren comenzó a llorar.
—Quiero quedarme contigo.
El abuelo lo abrazó.
—Lo sé.
Después se separó de él.
—Ahora ve.
Aren salió por la puerta trasera.
Corrió hacia el bosque.
Las ramas golpeaban sus brazos mientras avanzaba.
—¡Abuelo!
No se detuvo.
Detrás de él se escuchó un fuerte ruido.
La puerta de la casa finalmente se rompió.
Aren siguió corriendo.
—¡Abuelo!
Mientras tanto, dentro de la casa, el anciano permanecía frente al enemigo.
—No permitiré que lo encuentres.
El hombre desenvainó su espada.
—Entonces tendré que pasar por encima de ti.
El anciano levantó la suya.
—Ven.
Las dos espadas chocaron.
Aren continuó corriendo hasta que sus piernas comenzaron a cansarse.
Finalmente cayó junto a un árbol.
Respiraba con dificultad.
Miró la pequeña bolsa que llevaba consigo.
—¿Qué hay aquí...?
Intentó abrirla.
Pero recordó las palabras de su abuelo.
“Cuando seas mayor.”
Aren volvió a cerrarla.
—Mi abuelo va a venir por mí.
Se levantó.
—Me lo prometió.
Caminó unos metros más.
Pero el bosque parecía cada vez más oscuro.
Aren miró alrededor.
—¿Abuelo?
No hubo respuesta.
Entonces escuchó un ruido entre los arbustos.
Aren retrocedió.
—¿Quién está ahí?
Los arbustos se movieron.
Apareció un anciano desconocido con un bastón.
El hombre observó al niño durante unos segundos.
—¿Qué hace un niño solo en este bosque a estas horas?
Aren dio un paso atrás.
—Estoy buscando a mi abuelo.
El anciano miró hacia el camino por donde Aren había llegado.
—¿Cómo se llama?
—Aren.
—¿Y tu abuelo?
Aren respondió:
—Él vive en una casa cerca del bosque.
El anciano quedó pensativo.
—¿Una casa pequeña?
Aren asintió.
—Sí.
El anciano miró hacia la oscuridad.
—Entonces será mejor que vengas conmigo.
—¿Por qué?
—Porque este bosque no es un lugar seguro para un niño solo.
Aren dudó.
—¿Y mi abuelo?
El anciano lo miró seriamente.
—Si quieres encontrarlo, primero tienes que sobrevivir esta noche.
Aren apretó la pequeña bolsa contra su pecho.
—¿Me ayudarás?
El anciano comenzó a caminar.
—Eso depende de ti.
Aren lo siguió.
Mientras se alejaban, una última pregunta salió de su boca.
—¿Cómo te llamas?
El anciano se detuvo.
Miró hacia las estrellas.
—Puedes llamarme maestro.
Aren frunció el ceño.
—Ese no es un nombre.
El anciano sonrió ligeramente.
—Ya tendrás tiempo de conocerlo.
Ambos desaparecieron entre los árboles.
Muy lejos de allí, frente a la pequeña casa, el enemigo observaba el bosque.
—Así que escapaste...
El hombre guardó su espada.
—No importa.
Miró hacia las montañas.
—Nos volveremos a encontrar.
La noche cubrió completamente el bosque.
Y sin que Aren lo supiera, aquella noche marcó el comienzo de una historia que cambiaría el destino de todo el reino.
FIN DEL CAPÍTULO 1








