1. La noche que te conoc
Una vez más estaba aquí, la pequeña Aranza en esta cocina amarilla, con la mesa redonda al fondo. Al centro del mueble se encontraba el muy recordado florero de patrones coloridos de la familia. No pude resistirme. Las flores se veían hermosas y yo solo quería una. Pude haber arrimado una silla, o pedido ayuda a mi hermano, pero no, decidí estirar el mantel. El florero tambaleó cayó y se rompió. Un hueco en mi estómago se hizo presente, y con ello, dos grandes manos me rodearon el cuello. Pero logré despertar.
No sé en qué momento me quedé dormida, el reloj en mi muñeca marcaba las 02:43 p.m. obligándome a respirar lento y reincorporarme en el asiento de mi escritorio. A mi izquierda, mis compañeros seguían inmersos en su escandalosa conversación, que parecía muchísimo más importante que el trabajo grupal que llevaba haciendo sola toda la tarde. Apreté el lápiz entre los dedos y volví de nuevo a mi reloj, eran las 02:45 p.m.
Suficiente.
Me levanté de golpe, tomé el plano del complejo de contención y lo azoté —no completamente a propósito— en su escritorio compartido. Sus bebidas y comida se tambalearon.
—Listo, me voy. Pueden terminarlo antes de que lo que termine sea la clase.
Tomé mi termo de girasoles y caminé hacia la puerta.
—¿P-pero qué falta? —escuché detrás de mí.
—Buen momento para averiguarlo, ¿no?
Cruzar la ciudad tres veces por semana solo para encerrarse en un laboratorio subterráneo sonaba sospechoso cuanto menos... a no ser que el laboratorio sea de botánica en una universidad y esté a cargo de tu abuelo.
Eso —entre muchas cosas más— era lo que a menudo pensaba mientras intentaba soportar los 45 minutos de transporte público. Hoy, como todos los días, tomé el camión de las tres en punto, me acomodé junto a la ventana e intenté que el ruido del camión ocupará en mi cabeza el espacio que debería ser para mis pensamientos.
Me encontraba especialmente irritable este día en específico. Ni siquiera había una razón en concreto, solo todo me parecía más molesto, la gente más estúpida y el tiempo más lento. No quería pensar en el taller de mi escuela, ni en el olor a agua estancada en mi departamento, ni en la tensión e incertidumbre de la posible guerra, solo quería descansar.
Desperté, al parecer dormir es la mejor manera de evitar el tráfico, a menos que seas el conductor o a pesar de que lo seas.
Ya de pie fuera del camión, alcancé a ver a lo lejos la fachada del Instituto Superior de Investigación y Biotecnología.
¿Quién iría a una prisión apenas al salir de la suya?
Solo alguien lo suficientemente comprometido con el estudio.
Alguien lo suficientemente estúpido para gastar su poco tiempo libre.
O, en mi caso, alguien que solo desea pasar un poco de tiempo de calidad con el único familiar que aún aprecia
Cruzar las puertas de este campus siempre provocaba un cambio casi instantáneo en mí.
Mi facultad era el típico edificio robusto que parecía construido para imponer seriedad. Aquí, en cambio, a pesar de que en zonas el aire olía a desinfectante y alcohol casi puro, lo que en realidad me relajaba era la humedad que escapaba de los invernaderos. Este lugar siempre había sido mi refugio seguro. La tensión se fue y por primera vez en el día, sentí que el zumbido en mi cabeza comenzaba a apagarse.
Pero el impacto fue tan seco que me hizo dar un paso atrás, rompiendo la poca serenidad que me quedaba. Mi rostro se dirigió al suelo siguiendo el ruido de varias carpetas de cuero y papeles contra el característico suelo de granito, pero más importante aún, el ruido de mi termo rodando a unos cuantos pasos de mí, y logrando a pesar de la distancia notar...
Un rasguño.
Uno diminuto.
Listo, ya no puedo más.
Levanté la vista y de mi boca saldrían los insultos más insípidos que le puedes decir a un desconocido inepto que no puede ni ver por donde camina. Sin embargo, las palabras se me atoraron en la garganta al verlo agachado recogiendo mi única pertenencia mientras accidentalmente pisaba las suyas.
Se veía demasiado distinguido para un jueves por la tarde. Cabello castaño, ligeramente despeinado de una forma que parecía intencional. Cuando levantó la vista y me tendió el termo, me quedé inmóvil un segundo. Sus ojos profundos clavados en los míos, contrastaban con una sonrisa ligera, de esas que parecen perfectamente conscientes del efecto que causan.
—Lo siento, de verdad no estaba viendo por donde iba.
Hasta su voz era tranquila. Era de esas personas naturalmente carismáticas, incluso cuando cometían errores —muy a diferencia de mi— finalmente despegó sus ojos de los míos y se agachó a tomar sus pertenencias.
Se levantó con gracia, rescatando sus planos del suelo, y se detuvo a un paso de mí. Demasiado cerca, intenté no pensar en ello, pero su olor —él huele muy bien—. Se detuvo un segundo y, ya con sus planos en las manos, se dirigió nuevamente a mí.
—¿Estás bien, ¿verdad? No te lastimé.
—No —fue lo único que pude articular.
Quise disculparme yo también, ayudarle con el desastre que también había provocado, pero me quedé ahí, como maniquí en exhibición, fría, sin vida.
—Espero no haberte roto el termo... ni a ti. —sonrió lentamente, como si esperara estudiar mi respuesta.
El chico, que portaba un blazer oscuro y unos pantalones rectos color gris de vestir, me miró nuevamente. Curioso, me examinó por un segundo, bajó la vista hacia mi pecho —tragué saliva— entrecerró esos ojos verdes y, antes de que yo pudiera reaccionar, preguntó:
—Universidad de Sistemas, Diseño y Arquitectura Estructural —leyó la insignia bordada en mi playera— vaya, no sabía que tendríamos visitas de una facultad de ingeniería , soy Aidan por cierto —extendió su mano— de la asociación de alumnos, un gusto conocerle, ¿señorita...?
Miré nuestras manos en un casi incomodo apretón formal ¿Quién se da la mano para saludar hoy en día? Desvié mi mirada nuevamente a su rostro, y juraría que estaba viendo mis labios. Iba a decir algo, pero sentí un ligero tirón —casi imperceptible— hacia él, obligándome a acortar un poco más la distancia. Apretó los labios por un momento, pero di dos pasos atrás y le solté.
—Aranza Zel —logré decir, recuperando un poco de mi dignidad—. Y no, no vine de visita, solo... voy al invernadero.
—¿Al invernadero? Creí que los arquitectos se dedicaban a crear puentes, no a encerrarse con las plantas.
Bromeó en un tono bajo, sus ojos se desviaron nuevamente hacia abajo, esta vez sin sutileza, para volver a su lugar en una fracción de segundo.
Que descarado
—Que interesante —siguió él—. Justo iba hacia allá.
Mentira.
—Topaste conmigo de frente ¿Por qué iríamos al mismo lugar?
Se mordió el labio pensativo, quizá intentando imaginar cómo podría insistir más en su excusa.
—No la verdad es que no tengo vuelta para allá —volvió a su postura, admitiendo con esa sonrisa a la que ya me estaba acostumbrando—. Pero déjame ayudarte con tu mochila, se ve bastante pesada para que la cargues sola por todo el campus.
Solo un poco de razón.
Intenté protestar, pero él ya tenía su mano sobre mis hombros, con una caballerosidad tan natural que me mantuvo con la boca cerrada en todo el movimiento, me sacó de la espalda el costal de piedras y enderecé la postura.
He de admitir que conocer a alguien tan diferente a mí, es extrañamente refrescante.
Pasados unos pocos minutos, cruzamos la última hilera de árboles y el complejo de invernaderos se alzó frente a nosotros.
Hogar dulce hogar
Era una estructura industrial de hierro plateado y paneles de vidrio esmerilado, conectado frente a él había otro edificio casi representando la mitad de su tamaño —el laboratorio botánico—. Al llegar nos topamos con la enorme puerta doble de cristal cerrada desde dentro, lo normal para evitar la fuga de la humedad y, por consiguiente, la alteración del microclima que el abuelo que tanto controlaba.
Me acerqué, toqué la puerta firmemente tres veces y esperamos. Siempre aparecía Belén —La asesorada de primer año de mi abuelo— segundos después de tocar.
La puerta se abrió hacia dentro, pero junto a esta apareció un chico de cabello negro liso, no nos había visto aún, seguía inmerso en unos papeles que analizaba.
—Hola Kaael —Saludé al segundo de los asesorados de mi abuelo, intentando sacarlo de su trance.
Levantó la vista al reconocer mi voz, pude notarlo por su cambio de seriedad seria a seriedad normal.
—Hola Aranza —Sus ojos se desviaron de sus documentos a mí, y un segundo después a mi acompañante—. ¿Quién es él?, ¿tu hermanito?
A veces Kaael hacía bromas que a nadie le daban gracia.
—Me ayudó con mi mochila.
—Hola buen día, soy Aidan, de la asociación de alumnos —extendió la mano que dejó libre de toda la utilería, intentando su ya característico apretón de manos.
Kaael miró la mano tendida de Aidan, dio media vuelta y se adentró en la recepción del laboratorio
—Tengo las manos estériles, disculpa —dijo Kaael finalmente— cierra la puerta con llave al entrar Aranza.
Aidan se quedó con la mano extendida en el aire, congelado por un segundo ante el desplante. Su sonrisa perfecta flaqueó un segundo, pero la recuperó de inmediato.
—Supongo que nos... ¿Vemos después? —bajó mi mochila al suelo, y se reincorporó de pie.
—No te preocupes, yo puedo desde aquí, gracias por la ayuda.
Salió de la recepción del laboratorio, no sin antes de cerrar la puerta principal dedicarme un guiño sutil que me erizó la piel.
No me pidió mi número.
Quizá la interrupción del momento había intervenido.
Tomé mi mochila del suelo y volteé a la recepción, ahí Yamina —la asesorada de tercer año— y Kaael estaban platicando detrás del escritorio, mientras —¿comían unas gomitas de pingüinos?.
Me acerqué a ellos y Yamina tomó la bolsa de dulces y la escondió dentro del bolsillo de su bata.
—Hola Aranza —dijo con su habitual alegría la chica— ¿te cortaste el cabello? —intentó persuadirme.
—¿Por qué dijiste que tenías las manos estériles si estabas comiendo gomitas? —Confronté a Kaael, quien seguía inmerso en sus documentos.
—Las tenía, del verbo ya no —dijo chupándose los dedos.
Rodé los ojos.
Conveniente. Las normas ya no parecían una preocupación.
—¿O te lo pintaste? —insistía Yamina, intentando desviar la conversación al notar la creciente tensión entre nosotros.
—Y fuera de eso, no iba a tocarle la mano a ese tipo, ¿quién saluda de apretón de manos? ¿Estamos en los años 50s o qué? —Kaael dejó caer el papeleo sobre el escritorio y se frotó las sienes con fuerza— estoy tan cansado, llevo toda la tarde analizando el gasto esperado y final de agua ¡y no coincide!, creo que tenemos una tubería rota en algún lado.
—¿De quién hablan? —preguntó Yamina.
—El chico nuevo de la asociación de alumnos, el de cabello de estropajo —Resopló Kaael antes de meterse dos gomitas más a la boca.
Otra vez.
—¿El alto de pecas y ojos verdes? —tomó Yamina otra gomita discretamente.
—No era tan alto —replicó Kaael—, dame eso —le arrebató de la bata la bolsa de gomitas.
Algunas gomitas rodaron por el escritorio.
—Hey, ¡las estás tirando! —forcejeó de vuelta la pelirroja.
Más gomitas en el aire.
Ni siquiera eran las gomitas lo que me enfadaba.
—¡¡No pueden comer en el laboratorio!! —grité— ¡si el doctor Radix los mira, me regañará a mi junto con ustedes! —y lo seguí haciendo.
¿Por qué lo hice?
Los chicos quedaron en silencio por unos segundos, me miraron con sorpresa y el ambiente se tensó... por un momento me sentí mal, nunca les había gritado, y menos por algo tan...
Estúpido.
—Lo dice quien casi mete a escondidas a su novio al laboratorio —susurró Kaael a Yamina lo suficientemente alto para que yo también escuchara mientras me veía con los ojos entrecerrados.
Sentí mis mejillas enrojecerse.
La recepción tenía dos puertas paralelas a la pared de la entrada, una a cada lado del escritorio de recepción, si entrabas por la derecha te dirigías al invernadero, si elegías la izquierda, entrarías al laboratorio A de botánica, donde usualmente se encontraba el abuelo.
No se necesitaba mucho tiempo para esperar a que la puerta izquierda se abriera, después de todo, alcé la voz dentro del lugar, y mi abuelo no lo dejaría pasar. El rechino de la puerta alarmó ahora sí a los dos chicos, haciéndolos enderezar y sacudir sus batas. La puerta se abrió lentamente, dejando entre ver al doctor Radix, mi abuelo, aún sentado en un banco junto a la mesa más cercana a la puerta.
—Aranza querida, ven por favor.
Su voz áspera y gentil, pero con ese toque autoritario que tanto lo caracterizaba me erizó la piel, volteé a ver a Kaael y Yamina, pero ellos ya se encontraban realizando sus tareas, como si nada de lo anterior hubiera pasado.
Claro.
Siempre pensé que el arquitecto que diseñó el edificio tenía una idea bastante peculiar sobre cómo funciona un laboratorio. Para llegar a ciertas áreas había que atravesar otras primero, como una serie de habitaciones conectadas entre sí. El laboratorio A funcionaba como oficina, aula improvisada y espacio de trabajo al mismo tiempo; desde ahí también se podía descender al laboratorio B y al invernadero subterráneo.
El abuelo estaba sentado frente a la mesa principal de trabajo. Había muestras vegetales y varias carpetas abiertas a su alrededor, pero todo parecía más desordenado de lo habitual. Algo demasiado raro en él. —Espero no ser el objeto de su malestar.
Se acomodó en su asiento para no darme la espalda y esperó a que hablara.
—Antes de que digas algo, ellos estaban —no quise acusarlos— evadiendo las reglas.
—Y tu estabas gritando en el laboratorio.
—Porque estaban infringiendo las reglas —recalqué.
El abuelo me miró con esa cara que me desarmaba, sabía perfectamente que lo que decía eran excusas. Por un momento me sentí como la antigua Aranza.
—No... no quise gritarles —dije al fin—, ni siquiera estaban haciendo algo terriblemente mal, solo estaban comiendo, exploté... como antes.
—Las disculpas son para ellos, no para mi —el abuelo se acomodó en su silla, señalando la puerta de donde entré— lo sabes bien.
Mi rostro se tensó. El abuelo se mantuvo firme.
Suspiré.
—Bien, me disculparé. —solté entre dientes.
—¿Lo harás?
—Probablemente no.
Una sonrisa cansada cruzó su rostro.
—Al menos eres honesta. —dijo, pero se quedó pensativo un momento— esos dos son buenos chicos, y lo sabes, en serio deberías hacerlo, debes afrontar tus errores, Ari.
Asentí, me quedé parada ahí, viendo como el abuelo se acomodaba nuevamente en su silla, y continuaba con lo que parecían muestras de polen.
Tomé asiento frente a él y observé el desastre organizado que cubría la mesa. Las muestras ocupaban prácticamente cada espacio libre.
—¿Y tú? ¿Qué hiciste ahora? —pregunté y comencé a clasificar las pequeñas bolsas.
Se quedó pensativo, pero volvió en sí.
—Sobrevivir a una junta administrativa.
Me pasó un par de guantes.
—Mis condolencias.
—Gracias.
La tarde transcurrió como de costumbre. Registro de floración, poda de hojas enfermas y reemplazo de etiquetas deterioradas por la humedad. El viejo regulador de presión seguía con su pitido intermitente, cada día más molesto, aunque el abuelo insistía en lo mismo: "mientras funcione, no hay que llenar papeleo para pedir su reemplazo".
El trabajo no era especialmente emocionante, y el camino de regreso era desgastante igualmente. Pero siempre terminaba apareciendo aquí, sin importar el día. Tal vez porque el abuelo siempre me guardaba algo que hacer, o porque los chicos —a pesar de no ser tan cercanos— me hacían sentir parte de algo.
Miré el reloj.
08:36 p.m.
Es hora de irme.
—Ya me voy abuelo, creo que vendré de nuevo el lunes. Mañana tengo que presentar un trabajo y no creo que me queden fuerzas para volver.
Di unos pasos hacia la puerta.
—Ya que estás en eso hija, necesito pedirte un favor —interrumpió mi escapada— ¿crees que puedas llevarle a Suri mi teléfono? Es algo viejo y últimamente no funciona bien.
Kaael entró al laboratorio, poniendo algunos documentos en el escritorio frente al abuelo.
—Claro doctor, ¿Qué tiene su teléfono? —dije y el abuelo sonrió burlón.
—Las llamadas se escuchan distorsionadas y se apaga solo, ya sabes cómo son estos cacharros viejos... que descanse, ingeniera.
—Olvidé algo —señaló Kaael entre documentos y salió nuevamente del laboratorio.
—Descansa, abuelo.
Salí del laboratorio A, me quité la bata y la colgué en el perchero, descolgué mi mochila y me abrí paso hacia la puerta principal. En la recepción no estaba Yamina y en el perchero estaba su bata—debió haberse ido temprano— y al parecer Belén no vino hoy. Solo quedaba Kaael, inclinado sobre el escritorio, revisando una montaña de documentos.
Recordé la conversación con el abuelo.
Mejor disculparme por separado, me costará menos.
Suspiré.
—Oye.
—¿Qué? —respondió al instante, sin levantar la vista.
—Lo de hace rato...
Se detuvo.
—No debí gritar. —dije finalmente.
El silencio se prolongó unos segundos.
—No importa —siguió hurgando en sus papeles.
—Yo sol... —un suspiro cansado me interrumpió.
—Aranza, no importa —levantó un poco la voz— descansa.
Por fin levantó la vista.
—Descansa.
. . .
Olvidé comer algo en el día —debí robarles gomitas— pero con el dinero sobrante me alcanzó para pedir un taxi y aproveché para ir directo a con Suri.
Llegué a su departamento, ingresé la llave, entré y la encontré centrada en la computadora.
—Hola Suri, ¿te llegó mi mensaje? —bajé mi mochila a la mesita de noche— Sé que es bastante noche, pero no tendré tiempo de volver hasta la siguiente semana.
—No te preocupes —respondió Suri sin girarse del todo— déjalo aquí, voy a revisarlo en un rato.
Me acerqué y le entregué el teléfono. Lo sostuvo un segundo como si lo estuviera evaluando.
—Tengo dos teléfonos antes que tu abuelo, ya los abrí, comenzaré en unas horas ¿sí? —se metió un bocado de pan y su mirada volvió a la pantalla— hay avena y camarones en el refri.
—Excelente combinación.
—Quédate a dormir —dijo al final, como si ya lo hubiera decidido por mí.
Me recosté en su cama, tomé la sábana y me enrollé en ella. Duré así unos cuantos minutos, hasta volver a recordar lo que sucedió esta tarde.
—Hoy conocí a un chico.
—Que asco los hombres.
— Jajaja, ¿Y ahora? —no pude evitar reír.
—Luego te cuento. Mejor dime, este chico ¿cumplió con tus exigentes expectativas? —dijo burlona.
—Algunas sí, algunas.
—No puedo creerlo, ¿será el día?, ¿por fin alguien se robará a mi chica?
—No empieces.
—Entonces cuéntame.
Me quedé viendo el techo un segundo.
—Fue tan amable, sabía exactamente qué decir, como si me conociera, algo invasivo, sí. Pero muy, muy guapo.
Suri soltó una risita corta sin dejar de trabajar.
—Sí ajá.
—Agh cállate, eres la peor.
—Así hablan los que tienen práctica —dijo, como si lo estuviera analizando—. Prefiero los tímidos que se sonrojan incluso con agarrarte la mano.
Se giró un segundo tapándose la cara emocionada.
—Él es... diferente.
—Lo dudo.
—¿Cómo van las cosas con Jonathan? —dije burlona.
—Ay, que asco los hombres, voy a ser lesbiana.
Volvió a su trabajo.
Me acomodé más en su cama.
Mi mente se despejó tan rápido como mi cuerpo se relajó. Me quedé dormida, pero no duró mucho. Me despertó el tono de llamada de mi celular, un número desconocido, no alcancé a contestar, lo encendí.
01:25 a.m.
—Creo que te estaban llamando —dijo Suri bajándose los audífonos.
El celular volvió a timbrar.
—Parece urgente —Dudé.
Pasados unos segundos, finalmente contesté.
Una voz familiar me habló desde el otro lado.
—Aranza, querida.
Me quedé inmóvil.
Su voz...
—Aranza, por favor... destruye mi celular.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —silencio— espera, ¿desde dónde me llamas?
—Destruye el tuyo también cariño —Su voz se comenzó a quebrar.
—¿Abuelo? ¿Qué está pasando? —Suri se levantó de golpe— ¡Abuelo! —grité.
—¿Amiga que pasa?
Se escuchó interferencia, ruido blanco y pitidos.
—Te amo, hija, y... lo siento mucho.
—¿ABUELO QUE SUCEDE?
Me colgó.
Azoté el teléfono contra el suelo con todas mis fuerzas a la par de lanzar un grito de desesperación.
Recobré el aliento y me quedé en esa posición.
No me podía mover.
No podía... hablar.
Sentía como Suri movía mi cuerpo para que yo reaccionara. La sentía tan lejana.
—¿Qué hago? —Susurré— Maldición, ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Qué hago?
—Aranza respira.
—¡Cállate!
La palabra salió seca. Demasiado rápida.
Suri se quedó quieta. Yo también. Pero el ruido en mi cabeza no.
Un ruido. Un sonido. Un pitido.
Un pitido.
No era aquí.
—Ese sonido... —murmuré— ese sonido...
Tragué saliva.
—Suri... ¿tu auto tiene gasolina?
—¿Q-que?
—GASOLINA, ¡SURI!, ¡¿tienes gasolina?!
El resto no fue un pensamiento claro.
Solo movimiento.
Escaleras. Aire frío. Puerta. Calle.
La universidad.
No sé ni cómo llegué. No sé en qué momento dejé de escuchar a Suri detrás de mí. Solo sé que corrí.
Salté la seguridad del campus sin pensar. El edificio del invernadero estaba mucho más cerca de lo que recordaba.
Y entonces lo vi.
Fuego.








