Capítulo 1: Antes del anuncio matrimonial
Mi padre, Canek, es el más respetado gobernante que ha tenido nuestro reino, Mubaba’al, en los últimos trescientos años. Gracias a su gran poder, se ha coronado como el rey hechicero más poderoso de todo Rampell y por ello, los demás reinos no se atreven a acercarse ni desafiarnos. ¿Será que la responsabilidad de proteger al reino ha hecho a mi padre tan distante? ¿O será que simplemente no soy su hija favorita? Aunque quien podría culparlo, entre mis hermanos yo soy la única débil, o que en realidad no tiene ninguna utilidad, o eso dice mi madre, Zabil, una de las hechiceras más inteligentes de la región.
- ¿Ya estás lista? - preguntó Yaxkin escondido detrás de la escalera de servicio del castillo.
- Si, vamos - susurré y ambos salimos corriendo hacia el bosque encantado - estás todo arañado – dije apenada al ver los cortes en su mano.
- No me duelen - dijo mirando los cortes con una sonrisa leve - además solo faltan unos meses para hacer la prueba de Draiocht, y si logro aprobarla estos cortes habrán valido la pena.
- Si tan solo tuviera poderes podríamos practicar juntos – hice una mueca y miré al piso. Mis zapatos estaban llenos de lodo por la lluvia del día anterior, en cambio Yaxkin usaba magia para evitar la suciedad. Su atuendo estaba impecable.
- Eso habría sido hermoso, pero sabes que no me importa en lo absoluto - dejó de caminar y besó mi mejilla. Yo lo abracé en respuesta - cuando me gane mi lugar como uno de los mejores magos de Mubaba’al tu padre no tendrá razones para impedir que me case contigo. Seré el mejor en la prueba, te lo prometo.
- Lo sé, creo en ti – me separé un poco y tomé sus manos observando con cuidado los cortes - solo prométeme que serás cuidadoso, la prueba es muy peligrosa - lo miré a los ojos pero en él no había ni una gota de incertidumbre, solo ternura - cuando nos casemos, ¿en dónde viviremos? - me atreví a imaginar.
- Sé que estás acostumbrada a vivir en el castillo, pero no puedo costear uno - sonrió apenado - así que podemos vivir en la mansión de mi padre, es tan amplia que ni siquiera nos notarían – dijo entre risas - una vez que me gane un puesto entre la guardia de hechicería seguramente tendré dinero para construir nuestra propia mansión, o tal vez un castillo que se construya poco a poco - bromeó.
Yaxkin era hijo de uno de los consejeros de hechicería del reino, Tariacuri Poot, y aunque su rango era bajo, tenía suficiente dinero como para llevar una vida cómoda. Y aunque es de hecho una de las personas que entienden mejor los orígenes de la magia y como utilizarla, mi padre Canek nunca lo menciona, para él solo los verdaderamente dignos pueden ser mencionados.
Después de un rato sentados bajo la sombra de un árbol en medio del bosque ambos nos despedimos, él aún tenía que practicar para el Draiocht y yo tenía que volver a mi vida cotidiana, que consistía en morir de aburrimiento en mi habitación o en las bibliotecas, pues mi falta de habilidades me negaban el acceso a otras cosas. Los sabios decían que la ausencia de poderes es normal cuando eres niño, pero que al cumplir trece años aquellos que no hubieran obtenido poderes jamás lo harían. Fue en ese entonces cuando quedé marcada como la decepción familiar, y de no ser porque el reino conoce mi existencia, me habrían borrado del registro familiar hace muchos años.
——————————————————————————————
- Comencemos con la reunión - dijo el rey Canek sentándose en su trono.
Los consejeros de hechicería, los guardias dorados, los consejeros estrategas, el ministerio de ritos, y los sabios astrónomos estaban sentados en la mesa que recorría la sala del Rey. Aquellos de menor rango estaban sentados cerca de la puerta.
Ninguno de ellos sabía la razón por la cual el Rey los había citado esa mañana, pues los asuntos de la prueba de Draiocht ya se habían resuelto, no habían conflictos con las fronteras, y el reino estaba en paz. ¿Qué podría preocuparlo?
- Como saben nuestro reino es sin duda el mejor - sonrió y el resto se rió con soberbia - sin embargo ha llegado a mis oídos que dos de los continentes del este se aliaron hace un par de meses - algunos asintieron y otros reaccionaron sorprendidos - esto supone una amenaza para Rampell y los otros gobernantes del continente son conscientes de esto. Así que de hecho conseguí una oferta interesante – se levantó de su trono y caminó hacia la mesa - Kuan, el reino de la guerra, el único territorio del continente que se había resistido a ser conquistado o a aliarse con nosotros, por fin, ha cedido por voluntad propia - se rió regocijándose.
- Una noticia como esta ha de celebrarse - comentó uno de los soldados de oro.
- Claro que ha de celebrarse - interrumpió uno de los estrategas - o no creerán que se han rendido de buena voluntad. Todo tiene un precio, incluso para nosotros.
Las risas pararon.
- Un precio, ¿Cuál es el precio?
- Una boda - dijo el Rey y su semblante mostraba una creciente furia – nos enviará al más inutil de sus hijos como ofrenda de paz, una verdadera provocación, sin embargo, mientras lo tengamos bajo nuestro poder, no se atreverán a arriesgar la vida de ese bueno para nada.
- ¿Y a quién enviaremos a casarse? - preguntó el ministro de ritos – aunque sea por la paz y beneficio del continente, es una burla y una completa humillación.
- Enviaremos a su igual, a mi hija menor, Anya. De cualquier modo no tiene ninguna utilidad para nosotros, sin poder alguno no nos beneficia, y tampoco pueden chantajearnos. Si quieren matarla, que lo hagan, una hija menos no hará diferencia.
Las risas y los murmullos llenaron nuevamente la sala.
- Eso me lleva al siguiente asunto. El casamiento de mi otra hija, la princesa Litzien, como saben, pronto cumplirá diecinueve años, así que es momento de que se comprometa - hizo un ademán y los sirvientes de la sala se acercaron para repartir a cada uno de los presentes una invitación – ya que ustedes tienen el honor de servir a la familia real, dejaré que propongan a uno de sus familiares para ser el esposo de Litzien.
De inmediato cada uno de los presentes tomo pluma y tinta, y escribió un nombre dentro de la invitación. Algunos escribieron el nombre de sus hijos ya mayores, otros el de algún primo o sobrino, otros el de sus hijos más jovenes. Pero ninguno desaprovechó la oportunidad de entrar a la familia real.
Una vez pasado el minuto que se les había concedido el rey miró la lista de nombres, revisó y analizó en silencio cada una de las propuestas. Y solo paró cuando vió el último nombre.
- Consejero de hechicería, Tariacuri Poot - dijo sin apartar la vista del papel.
- Si, majestad – se puso de pie y el rey miró en su dirección.
Estaba sentado a solo dos posiciones de la puerta, lo que dejaba ver el enorme beneficio que representaba para él si lograba convencer al rey.
- Tu hijo Yaxkin, a quien has anotado aquí aún tiene diecisiete años, es decir, al menos un año menor que mi hija, ¿por qué crees que es una opción decente? - dijo sin mostrar ninguna emoción.
- Sé que puede parecer descarado, pero aunque es el segundo de mis hijos, su habilidad para la magia y la defensa no tiene igual. En dos días cumplirá dieciocho años. Eso significa que podrá competir en la prueba de Draiocht, que se celebrará en una semana. Le ruego que espere los resultados de la prueba, no lo decepcionará.
La sala guardó silencio, pero algunos mostraban reacciones de desprecio. El rey contempló al consejero durante algunos segundos y después accedió a su petición, sin embargo, ya que la decisión de la boda aún estaba pendiente, ninguno de los presentes podía bajo ninguna circunstancia revelar lo que se había hablado durante la reunión.
———————————————————————————————
Me desperté tan pronto dieron las seis de la mañana. El sol apenas comenzaba a salir, y mi madre estaba en la puerta junto con una de las mucamas que tenía en mano una charola con varios platos de comida.
- Buenos días cielo - se acercó y besó mi frente.
- ¿Desayuno en la cama? ¿A qué debo el honor?
- En unas horas irás a la prueba, deberías guardar todas tus energías para ese momento.
Mi mamá se sentó junto a mi y dejó que apoyara mi cabeza en su hombro. Me rodeó con ambos brazos y nos quedamos así durante algunos minutos. No podía negarlo, sentía en ella la ansiedad y el miedo de perder a su hijo, y yo a su vez, tenía miedo de no verla nunca jamás. Pero era inevitable, algún día crecería y mi vida dependería de este momento.
Nuestra mucama puso una mesita sobre la cama y después acomodó la bandeja, un desayuno completo, chilaquiles con carne, bolillo, fruta con yogurt y granola, jugo de naranja, y por último mi dulce favorito, jamoncillo de piñón. Fue una delicia de inicio a fin y durante el desayuno mi madre me hizo compañía y tuvimos una charla amena.
- Madre, hay algo que quiero confesarte, después de todo nunca se sabe, ¿no? - sentí un nudo en la garganta y vi los ojos de mi madre enrojecerse pero escuchó con atención - hay una chica, no sabría decir si lo que siento es amor, pero creo con todo mi corazón que es así, y si gano esta competencia tal vez su familia pueda considerarme digno de ser su yerno. No quiero decirte aún quien es, pero aunque no es extraordinaria en habilidades, si lo es como persona, así que cuando llegue el momento, ¿podrías darnos tu bendición?
- ¿Qué dices? - sollozó - claro que te la daré, sin importar quien sea ni como sea, si ha capturado tu corazón entonces estaré feliz por ustedes. No me importa lo que diga tu padre, y no importa quien se oponga, lo único que quiero es que seas tú quien decida su propio destino.
- Te lo agradezco - la abracé con fuerza.
Después de un baño y vestirme con las ropas que se nos otorgaban para la prueba, me miré en el espejo. Era ropa bastante elegante, pues se decía que si morías en combate, debías hacerlo con honor. La plaquita de metal con mi nombre grabado brilló bajo la luz matinal que se filtraba por mi ventana cuando la coloqué en mi pecho.
El carruaje real llegó por mi y me escoltó hacia la calle principal de la ciudad, en dónde ya habían otros carruajes esperando para cuando comenzara el desfile de los oponentes. Cada año las familias, incluyendo la mía hacían filas a los lados de la calle para poder contemplar a quienes podrían convertirse en guardianes de la ciudad, y también para despedirse de aquellos que jamás volverían.
El desfile comenzó y gracias al diseño abierto de los carruajes, todos podían observar a cada uno de los competidores sin problema alguno. La gente gritaba, aplaudía y tiraba flores en dirección nuestra. Era mi primera vez siendo parte del desfile, y de hecho sería la única vez.
Las emociones se apoderaron de mi. Tristeza, miedo, angustia, esperanza, felicidad incontenible, todo combinado. Mis manos comenzaron a temblar y me limité a sonreír y saludar a toda la gente a los lados para tratar de calmarme, solo fue hasta que vi a mi madre y a mi padre que las lagrimas comenzaron a correr por mis mejillas. ¿Y si de verdad no los volvía a ver?
Alejé todos mis pensamientos cuando unos metros más adelante visibilicé a Anya, estaba usando un vestido color menta claro que contrastaban con su piel morena, tenía el cabello recogido y algunos listones colgaban de su peinado. Y en su cuello portaba un collar de piedra de serpentina que le había regalado en su cumpleaños pasado. Sonreí al verla. Era preciosa, y era la chica con la que quería casarme, así mi vida fuera el precio a cambio, el riesgo valía la pena.
Saludé en su dirección y me quedé mirando hacia atrás hasta que el carruaje se alejó tanto que fue imposible verla.
Ganaría. Tenía que ganar.








