1: La rutina
El despertador sonó a las cinco de la mañana. La ciudad todavía descansaba cuando abrí los ojos al primer timbre. Nunca he sido de posponer la alarma; me gusta madrugar porque siento que esas primeras horas del día son las únicas que me pertenecen por completo. No hay llamadas urgentes, no hay contratos que revisar ni jefes apresurados.
Me até las agujetas de los tenis, me puse una sudadera ligera y salí a correr al parque que está a un par de cuadras de mi departamento. El aire frío de la mañana siempre me despeja los pulmones y la cabeza. Conforme avanzaba a paso constante por los senderos iluminados, saludaba con un gesto con la cabeza a los pocos corredores habituales.
Al regresar a mi departamento, el aroma del café recién hecho inundó la pequeña cocina. Mientras me preparaba el desayuno, un par de tostadas y fruta picada, encendí la televisión para ver mi programa matutino favorito. Era un show de variedad y comedia ligera que llevaba años siguiendo. Reírme un poco con las ocurrencias de los conductores antes de ponerme el traje formal me daba la dosis exacta de buen humor que necesitaba para encarar la jornada.
Antes de salir, mi teléfono vibró sobre la barra de la cocina. El nombre de Leandro iluminó la pantalla.
Ese hombre es mi mejor amigo desde la secundaria. Nuestra amistad es de esas que han superado el paso de los años, las mudanzas y la vida adulta. Aunque él trabaja en un taller mecánico y yo en un bufete de abogados, mantenemos la costumbre de buscarnos a diario, ya sea con un mensaje rápido, una llamada corta o una cerveza el fin de semana.
—¿Ya vas de salida, bebé? —preguntó Leandro al otro lado de la línea, con la voz un poco adormilada.
Desde que fingió ser mi novio 8 años atrás, el apodo de “bebé” había llegado para quedarse. Muchos podrían confundir su afecto hacía mí, pero era algo que lo tenía sin cuidado, y Dios, lo adoraba por eso.
—A punto de cruzar la puerta, corazón —respondí con una sonrisa mientras me acomodaba la correa de la mochila al hombro—. ¿Todo bien? ¿Cómo te fue ayer en el taller?
—Sobreviviendo. Un cliente quería que le arreglara un motor en dos horas, pero ya sabes que no me dejo presionar. Oye, te llamaba para recordarte que el viernes pasas por mi casa antes de tu viaje con Flor. No te vayas a ir al pueblo sin el encargo que me pidió tu mamá.
—Prometido, paso a tu casa en cuanto salga del despacho. Nos vemos el viernes. Cuídate mucho.
—Tú también, bebé. No trabajes demasiado.
Con una sensación de calidez en el pecho por la llamada de mi amigo, cerré la puerta y me dirigí a la estación del metro. El transporte público a esa hora era un hervidero de gente apurada, pero me movía con la destreza de quien conoce el trayecto de memoria. Me puse los audífonos y dejé que la música me llevara mecánicamente hasta el distrito financiero.
Poco antes de las ocho de la mañana, crucé las imponentes puertas de cristal de Vargas & Asociados. La firma era un espacio amplio e impecable, con pisos de mármol que reflejaban la luz de las lámparas. Me cambié los tenis por mis zapatos de vestir en el vestidor de empleados y tomé mi lugar de trabajo.
Me encontraba de pie tras el alto mostrador de recepción y archivos, organizando carpetas de expedientes recién impresos. Era una tarea metódica que mantenía mis manos ocupadas, pero en cuanto escuché los pasos firmes sobre la alfombra gris del pasillo principal, mi cuerpo entero se puso en alerta involuntaria.
El aroma de Sander siempre llegaba al pasillo unas fracciones de segundo antes que él. Era una fragancia inconfundible: una mezcla sutil de sándalo, hojas de té y la frescura de la mañana. Para mí, sinceramente, era el anuncio oficial de que mi capacidad de respirar con normalidad estaba a punto de suspenderse
Me encontraba de pie tras el alto mostrador de recepción, organizando carpetas de expedientes recién impresos. Era una tarea metódica y aburrida, ideal para mantener la mente ocupada, pero en cuanto escuché los pasos firmes sobre la alfombra gris del pasillo, mi cuerpo entero se puso en alerta.
Sander era, sin lugar a dudas, la presencia más imponente de la firma. Era un hombre en sus finales de los treinta, de porte elegante, hombros anchos y una mirada serena que parecía capaz de desmantelar cualquier pánico legal con una sola palabra. No solo era uno de los abogados corporativos más capacitados del bufete, sino también el más respetado. En un entorno donde la competitividad solía volver a la gente mordaz e impaciente, Sander era la excepción: un hombre reservado, de modales impecables, que trataba a todo el mundo con una dignidad absoluta. Todos en la oficina sabían que estaba soltero, aunque nadie parecía saber gran cosa sobre su vida privada. Tenía un aire meditado, de alguien que pensaba muy bien lo que decía antes de abrir la boca.
—Buenos días, Benjamín —dijo al pasar frente a mi mostrador. Su voz era grave, pausada, de esas que parecen hechas para hablar en salas de tribunal o para dar consuelo en medio de un caos.
Se detuvo un instante para acomodar la correa de piel de su maletín sobre el hombro y me dedicó una sonrisa breve, pero profundamente cálida.
—Buenos días, Sander —respondí de inmediato.
Mi voz sonó risueña, un poco demasiado rápida, cargada de una alegría torpe que me delató en el acto. Sentí un golpe de calor subirme en cascada desde el cuello hasta las orejas. Apreté las manos contra el borde de madera del mostrador para disimular la forma en que mis dedos habían empezado a temblar. Sander, con la caballerosidad de siempre, finjó no notar mi repentino sonrojo, me hizo un leve gesto con la cabeza a modo de despedida y continuó su camino hacia el ala norte, donde estaban las oficinas del área corporativa.
En cuanto la puerta de madera oscura de su despacho se cerró por completo, dejé caer la frente contra la superficie helada del mostrador y solté un gemido ahogado de frustración.
—Un día de estos te vas a derretir en el linóleo y voy a tener que inventar una excusa tremenda para que los de Mantenimiento no me hagan preguntas incómodas —murmuró una voz divertida a mi lado.
Alcé la cabeza lentamente. Flor estaba apoyada contra el marco de la barra de café, sosteniendo dos tazas humeantes. Me miraba con una ceja alzada y una sonrisa compasiva pero cargada de guasa. Flor era mi cable a tierra en esa firma. Llevábamos tres años trabajando juntos y, más allá de la rutina laboral, se había convertido en mi mejor amiga y en la única persona en todo el bufete que conocía la verdad sobre mí: que era gay y que llevaba más de medio año enamorado en secreto del abogado más codiciado de la oficina.
—Solo intentaba ser cortés y educado —protesté, pasando una mano por mi cabello desordenado y tomando la taza de café que me ofrecía.
—Benjamín, te pusiste rojo como un tomate recién cosechado solo porque te dijo dos palabras —se burló suavemente, dando un sorbo a su bebida—. Y no eran palabras románticas, te dijo "buenos días". Ni siquiera te preguntó cómo estabas y ya parecías al borde del colapso respiratorio.
—Es que no puedo evitarlo, Flor. Sabes cómo soy. Con la gente normal puedo ser super extrovertido y risueño, pero cuando Sander se acerca, mi cerebro simplemente se apaga.
—Lo sé, tu timidez con la gente que te gusta es casi trágica —dijo ella, apoyando el codo en el mostrador para mirarme fijamente—. Pero, ¿sabes qué es lo peor de todo? Que Sander no muerde. Coincido con él en el área corporativa todo el tiempo. La semana pasada tuvimos que revisar tres anexos de un contrato larguísimo y el hombre es un pan de Dios. Me dio unos consejos increíbles para manejar la presión de los socios superiores. Es atento, escucha de verdad y es súper accesible. Podrías sumarte a alguna conversación de vez en cuando en lugar de petificarte como una estatua cada vez que camina en tu dirección.
—Ni hablar —respondí tajante, agitando la cabeza—. En esta oficina soy Benjamín, el asistente legal eficiente que no busca problemas con nadie. Si alguien aquí sospechara que me gustan los hombres, o peor aún, si Sander se diera cuenta de que me pone tan nervioso que me tiemblan las manos cada vez que me pide una grapadora... no podría volver a mirarlo a la cara. Sería insoportable. Tú eres la única persona que lo sabe y prefiero que siga siendo nuestro secreto.
Flor suspiró. La burla en sus ojos se disipó para dar paso a una mirada llena de empatía. Ella era el tipo de amiga que no dudaba en meter las manos al fuego por la gente que quería, y sabia perfectamente lo mucho que me costaba abrirme con los demás debido a miedos del pasado.
—Está bien, te lo respeto —dijo, dándole un golpecito afectuoso a mi mano sobre el mostrador—. Pero sigo pensando que te estás perdiendo de conocer a alguien maravilloso. En fin... cambiando de tema para que te vuelva la circulación a la cara: ¿ya tienes todo listo para nuestra escapada del fin de semana? Necesito salir desesperadamente de este edificio. Si me hacen revisar un contrato más antes del viernes, voy a tirar la fotocopiadora por la ventana del piso doce.
Sonreí, sintiendo cómo el ambiente se aligeraba.
—Maletas casi listas. Elegiste un pueblo pequeño y tranquilo, así que el plan es perfecto: cero llamadas de abogados estresados, cero revisión de expedientes y mucha comida deliciosa. Nos va a hacer un bien enorme a los dos.
—Eso espero —suspiró Flor, apoyando la barbilla en su mano—. Porque si no me desconecto pronto, voy a empezar a morder a los clientes.








