Capítulo 1 Bucle
No hay peor enemigo, que tú del pasado. Tú del pasado de vuelta. Está bien, me explicaré mejor. No hay nada peor que tener una crisis que te remonta a las del pasado, en las que estabas hundida hasta los huesos. Estoy mejor, eso seguro, pero hay ocasiones como esta que simplemente no encuentro mi lugar.
Estoy sentada en el alféizar de la ventana con la vista paseando de una farola a otra. Los árboles apenas se mueven con un ligero viento, hay mucho silencio, el silencio de las madrugadas. Ya debería estar dormida, por la mañana tengo clase, y debo estar de pie muy temprano. Gina sí que está profundamente dormida, a ella nunca le ha costado descansar, así la atormenten mil preocupaciones, ella y la cama tienen una conexión única, mejor que conmigo que venimos del mismo vientre.
Me levanto y voy hasta la laptop, la apago y me dejo caer de nuevo en la cama, ya no odio esta sensación de vacío, se ha adherido a mí de una manera sorprendente, y lo digo porque puedo hacer mi vida perfectamente llevando el vacío todo el tiempo, no interfiere, es como si hasta fuéramos amigos.
Cierro los ojos deseando con todas mis fuerzas que amanezca, así es como muchas veces consigo llegar al día siguiente sin problema. Me encanta la sensación de que ha sido un parpadeo cuando en realidad han sido horas.
Por la mañana, luego de ducharme y atarme el cabello con un palillo, bajo a hacer mi batido de todos los días, y a callar el canturreo de mi hermana.
—Gina, es muy temparano para cantar con ese volumen —digo entrando a la cocina donde ella está envolviendo su wrap de pollo.
—Como no te escuché creí que te habías quedado dormida, no te quejes y agradéceme.
—Gracias, pero ya tengo alarma.
—¿Mala noche? —pregunta ella enarcando una ceja.
—Nada nuevo —respondo y enciendo la licuadora, la apago un minuto después y sirvo el batido.
Gina me quita la licuadora y con el dedo prueba lo que quedó del batido.
—En otros temas, ya hice el pedido de la vajilla cromática para mi cumple, ¿ya había mencionado lo de la fiesta? —lo pregunta tan casual e inocente.
—Ya, pero que lo saques a tema cada que puedes no hará que me de menos miedo hacer una fiesta de las tuyas aquí.
No me juzgues, no es que no me gusten los cumpleaños, en específico el de mi hermana, la quiero y las fiestas no me molestan, siempre y cuando no sean en un salón infantil con poca ventilación o en mi casa. Y es que se aprovecha completamente de mí y el cariño que le tengo, como prefiere gastar dinero en alcohol, que en la renta de algún lugar para meter a todo el gentío que seguro invitó, me toca a mí ver cómo hace uso de su fracción correspondiente por derecho sobre la casa que nos dejó la abuela.
—Saldrá bien Mills, ya te dije que Johana y Lizzie me ayudaran a limpiar.
Hago caso omiso de su promesa. Sus amigas son una cosa aparte, por algo se llevan tan bien.
—Ya me voy, encárgate de cerrar la puerta de mi cuarto si entras, no quiero que tu gata vuelva a destrozarme exámenes o alguna otra cosa.
No me gustan los animales, bueno, no soy anti ellos, pero tampoco amante. Mi hermana si lo es, es como una blanca nieves de la vida real, adopto a una gata que merodeaba su edificio en la universidad, la trajo aquí, y la nombró Inez. Ha tenido de todo, cuando éramos niñas le compraron una tortuga a la que nombró Felicia, después la abuela le regaló un conejito negro al que le puso Romeo, luego de que se obsesionara un tiempo con la versión de Leonardo Dicaprio de 1996, posteriormente en su etapa de roedores tuvo un cuyo llamado Vladimir, a partir de ahí solo ha tenido gatos, una pareja, la cual un día escapó sin más, de modo que ella simplemente decidió adoptar una gatita sin hogar y hacerla parte de la familia. Inez tiene casi tres años viviendo con nosotras, pero ella y yo no nos llevamos muy bien, es evidente que le caigo mal y a mí eso me da un poco igual, excepto cuando retoza en mi habitación y hace garras media pila de exámenes sin capturar de mis alumnos.
La docencia es agradable. Si no es parte de tu realidad y solo forma parte de tus anhelos de pequeña donde lo que deseas es ser maestra o diseñadora de moda. Porque fuera de eso, es completamente lo opuesto, es agotador, mal financiado y a veces denigrante. Principalmente si caes en el espeso pantano que es la docencia luego de vivir una vorágine de gran escala.
Digamos que no estoy donde debería estar y eso es por esa vorágine gigantesca en la que me vi envuelta en el pasado. No me gusta mucho hablar del tema porque fueron tiempos oscuros, pero por ello estoy en esta situación de desespero actual.
«¿Cómo es posible que alguien con dos carreras académicas haya terminado dando clases de ortografía en una preparatoria?»Fueron las palabras que mi asesora de tesis, Aria, dijo cuando supo de la gran ignominia. Que oye, no es menos quien da clases en una preparatoria, pero me ofendí, primera, porque no estaba dando clases solo de ortografía, me gradué como licenciada en literatura y lengua, esos muchachos han empezado a conocer la literatura gracias a lo que les he enseñado, han mejorado su fluidez lectora y la comprensión, también se ha descubierto uno que otro poeta o potencial escritor. Al menos la mayoría ha dejado de enviarme correos con abreviaturas.
Aria sabe que hago más que eso pero solo quiere fastidiarme, me toma el pelo cada que puede, y es que nos hicimos algo parecido a amigas durante mi doctorado, tanto que aunque ella esta fuera de Boston por un trabajo temporal en Nueva York, mantenemos contacto por llamada o mensajes de texto, está al tanto de mi situación y de que sigo sin encontrar un lugar decente que acepte a una marginada.
No me malinterpretes, soy agradecida de lo que tengo y de que aún puedo pagar mis finísimas cenas extraídas del área de congelados del súper, pero no es esto lo que yo debería estar haciendo, si estudié literatura fue para mejorar mis habilidades de escritura, porque si, estás escuchando la perorata de una escritora que tuvo su momento de fama y gloria bien habidas, goce de ello y todo, pero no duró tanto como quería, por un par de cosas. Justo cuando terminaba mi segunda carrera, (porque si, como ves también fui de esas que creyó que podía sacar una carrera extra luego de un doctorado de terror y salir ilesa) sucedieron cosas que de alguna forma pausaron indefinidamente mi actividad literaria, mi mejor fuente de paz, de relajación, la perdí y no tengo ni idea de cómo recuperarla. Ya que las consecuencias de eso que ocurrió, arrasaron también con el trabajo que me permitía comprar una crema facial de ochenta dólares que según Gina, es lo mejor del mercado. Ahora agradezco que se me olvide aplicarme la de siete dólares de la farmacia, porque así me dura más tiempo. Resulta que una ingeniera eléctronica puede conseguir un empleo de verdad, pagado como si no fuera mujer intentando figurar dentro del STEM, pero si el ámbito se ve enturbiado por un par de exposiciones inocentes y reales, se asustan y te echan.
No se puede decir que estoy acostumbrada, pero si familiarizada con esto, básicamente desde que nací. Hablo del rechazo. Somos mitad mexicanas, por parte de papá, él creció en el norte de México y cuando tenía doce años empezó una vida en Houston con mis abuelos, luego llegó el punto en el que su vida se cruzó con la de mamá y termino aquí en Boston, entonces llegamos Gina y yo y el resto es historia. Nunca hemos sido rechazadas o maltratadas por nuestro origen, que aunque somos nacidas aquí, vaya que tenemos sangre mexicana, la abuela Georgina no se cansaba de decirlo, y no en plan «Qué mierda» sino, «Que se cuide quien se atreva». Sin embargo si se siente esa pequeña diferencia con ciertas personas cuando saben que tenemos culturas compartidas, pero hemos sabido lidiar con eso. Y desde luego me viene floja que la parte masculina del mundillo sienta cierta aversión disfrazada de condescendencia hacia la parte femenina, pero a veces si la evidencían no hay mucho que puedas hacer. Y bueno, ellos simplemente me botaron, y a pesar de eso yo sigo totalmente dispuesta a seguir despotricando en nuestra defensa, sin embargo eso no me ha llevado a ningún lado, únicamente al aula diez, donde mis alumnos apilan sus proyectos trabajados durante las vacaciones de primavera.
Tasha me sonríe cuando deja su carpeta sobre mi escritorio, todos me caen bien, son buena onda, pero hay algunos que se llevan mejor conmigo, seguro nota que estoy pasando un día no muy bueno.
En el descanso aprovecho para revisar el correo por centésima vez esta semana, pero sigue sin haber respuesta a ninguna de las solicitudes (súplicas) que he repartido por ahí esperando que alguna pegue. En ninguna está vacante precisamente mi especialidad, excepto en la Northeastern, donde buscan un Ingeniero electrónico, para hacer lo que hace un Ingeniero electrónico. ¡Qué bien! Sólo falta que no vean mi nombre, ni mi currículum, y que no indaguen y se den cuenta de que soy la mismísima némesis de la Ingeniería, para que sea una buena candidata al puesto. Resoplo, acalorada, con la simple idea de que para este momento ya hayan revisado mi correo y lo hayan echado a la papelera con desprecio. Han pasado dos años del suceso, y parece no ser superado. Todos los que me odian por lo que hice deberían ir a terapia con Neena, la psicóloga que me acompañó durante el acontecimiento, y así superarlo, les hace falta comprensión y bastante madurez.
Total, ni quien quiera estabilidad laboral y dejar de dar clase a adolescentes con las hormonas en sube y baja que te pintan dedo si te das la vuelta por no aprobar un proyecto donde escribieron con abreviaturas, en serio, ¿por qué sintetizan las palabras escritas por un teclado? Ya me imagino yo cómo se vería Jane Austen acortando palabras escritas propiamente a mano, vaya calambres que se llevaba esa gente antes de los 1800, semejante atrevimiento por parte de la juventud de hoy, diría yo.
Para librarla también ofrezco servicio de clases particulares, con poco éxito si me lo preguntas, ya que con la que tengo pactada para hoy por la tarde, serían dos veces en las que se me solicita. No te creas, yo tampoco traería tan fácil a una profesora de menos de treinta años a casa. No discrimino por ser joven, simplemente supongo que como madre tus formas de ver la vida cambian, y prefieres decantarte por cosas más arraigadas. Aunque esta vez ya tengo un par de meses y contando, al menos si en eso me he acomodado, parecen una familia normal y me pagan bien. Como plus, la niña es una verdadera monada, es inteligente, divertida, y muy ocurrente. La cuida su abuela, que no es tan divertida como Phoebe pero al menos ya no me saluda de lejos, pues tiene unas semanas que me empezó a invitar a cenar a su mesa, no siempre pero si de vez en cuando, lo que me hace pensar que he ganado algo de terreno con ella. Lorna es una mujer muy recta, formal, seria, le gusta guardar las distancias, por eso revivir ese tipo de gestos de ella me emociona un poco.
Son una familia bien acomodada, empezando porque pueden permitirse clases particulares a domicilio, y en segunda porque viven en South End, muy cerca de Roxbury, donde yo vivo, y mucho mejor calatogada. Se lo que se me permite saber, Lorna cuida de Phoebe porque su padre lleva meses fuera de la ciudad por motivos de trabajo, y para no mover tanto a la niña de escuela la abuela se hace cargo de ella. Digamos que fui contratada por una falta de rendimiento de Phoebe en la escuela, específicamente para leer, hemos avanzado mucho y Lorna me lo ha hecho saber, así como también me ha dicho que las calificaciones de Phoebe tanto como su forma de desenvolverse han cambiado para bien.
Ser profesora no me desagrada cuando le doy clases a Phoebe, de hecho se ha convertido en un respiro. Y pensar que cuando recibí el correo de su abuela hace meses pensé en declinar por el simple hecho de que el remitente era Lorna Bennet. Pero entonces preferí pensar en Elizabeth Bennet antes que el zarrapastroso nombre de B. Bennet, quien está directamente relacionado con aquello de lo que me rehuso a hablar, aunque fue lo primero que saltó a mi mente cuando vi ese apellido.
Ni hablar, parece que me persigue aún después de mucho tiempo. La diferencia es que ahora no hay tipos resentidos con el género femenino ni machos asustados, solo una niñita a la que le brillan los ojitos cuando me ve entrar a su casa.








