Algo Que No Debería Estar Allí 🌟
En una habitación tranquila, un lápiz se deslizaba sobre una hoja de papel.
Una línea.
Otra más.
Y finalmente...
Se detuvo.
El único sonido que quedaba en la habitación era el leve zumbido de una computadora encendida.
El chico frente al escritorio observó su dibujo durante unos segundos.
Tenía el cabello negro, ligeramente desordenado, con algunos mechones blancos que destacaban entre ellos.
Sobre el papel había dibujado un paisaje urbano.
Edificios.
Calles iluminadas.
Personas caminando entre ellas.
No era una obra extraordinaria, pero estaba llena de pequeños detalles.
Y, por alguna razón, aquel dibujo le transmitía una sensación de paz.
Miró la hora en la esquina de la pantalla.
19:44.
—¿Ya son las siete...?
Se quedó en silencio.
Habían pasado casi cuatro horas desde que se había sentado a dibujar.
Y recién entonces su estómago decidió recordarle que llevaba demasiado tiempo sin comer.
—Genial...
Dejó el lápiz sobre el escritorio y se levantó.
Después de un día agotador en la escuela, lo único que quería era comer algo y volver a su habitación.
Se preparó rápidamente y salió de la casa.
El aire frío de la noche golpeó su rostro.
No era demasiado intenso, pero sí lo suficiente para hacerlo estremecer ligeramente.
Se quedó unos segundos frente a la puerta.
Observó el vecindario.
Las luces de las casas y los postes iluminaban la calle mientras el cielo comenzaba a oscurecerse.
Todo parecía tranquilo.
Normal.
Como cualquier otra noche.
Comenzó a caminar hacia la tienda de la esquina.
No había demasiada gente afuera.
Algunos pájaros todavía volaban entre los árboles mientras otros descansaban sobre las ramas.
El aire fresco hacía que caminar fuera bastante agradable.
Por unos minutos, Evans simplemente disfrutó del silencio.
Al llegar a la tienda, abrió la puerta.
Una pequeña campanilla sonó.
—¿Qué va a ordenar esta noche nuestro artista?
Una voz conocida.
Evans levantó la mirada.
—Buenas noches, señora Lorens.
Ella sonrió.
La señora Lorens era su vecina y vivía justo frente a su casa.
La conocía desde que era pequeño.
Cuando tenía cinco años, ella había sido una de las pocas personas que realmente prestaban atención a sus dibujos.
Siempre encontraba algo que decir sobre ellos, incluso cuando Evans apenas sabía sostener correctamente un lápiz.
—¿Qué vas a llevar?
Evans señaló un bollo de crema y un refresco de frutilla.
—Esta noche solo quiero algo ligero.
—¿Solo eso?
—Sí.
La señora Lorens tomó ambas cosas y las colocó dentro de una bolsa.
Sin embargo, antes de entregársela, miró nuevamente los estantes.
Luego tomó algunas cosas más.
—Llévate esto también.
Evans parpadeó.
—¿Eh?
—Es parte de la casa.
—No hace falta.
—Ya está decidido.
La mujer sonrió con satisfacción.
Evans suspiró.
—Solo por esta vez.
—Claro, claro.
Ambos sabían que probablemente no sería la última.
Mientras esperaba, Evans dejó que su mirada recorriera la tienda.
Fue entonces cuando vio una pequeña caja cerca del mostrador.
Tenía un cartel escrito a mano:
PERTENENCIAS PERDIDAS
Se acercó por curiosidad.
Dentro había toda clase de objetos.
Púas de guitarra.
Gorras.
Dijes.
Algunas piezas de joyería.
Pequeños recuerdos que probablemente habían significado algo para alguien.
Ahora simplemente estaban allí.
Olvidados.
—Ah, eso...
La señora Lorens se acercó.
—Son cosas que algunos clientes dejaron por aquí. Si alguien vuelve preguntando por ellas, se las devolvemos.
—¿Y si nunca regresan?
—Entonces pasan a ser parte de la colección.
Evans sonrió ligeramente.
—¿Colección?
—Bueno...
Se encogió de hombros.
—Es una forma elegante de decir basura que nadie reclama.
Evans soltó una pequeña risa.
Volvió a mirar dentro de la caja.
Y entonces lo vio.
Un pincel.
Era bastante sencillo.
Nada especialmente llamativo.
Pero entre todos aquellos objetos...
No podía dejar de mirarlo.
Extendió la mano y lo tomó.
—¿Y este?
La expresión de la señora Lorens cambió ligeramente.
—Ah... ese.
Parecía estar intentando recordar algo.
—No sé de quién es. Lo encontré tirado justo en medio de la entrada hace bastante tiempo.
Evans examinó el pincel.
—¿Nadie vino a buscarlo?
—Nunca.
Hubo un breve silencio.
—Aunque recuerdo a la persona que lo llevaba.
Evans levantó la mirada.
—¿La persona?
—Sí.
La señora Lorens frunció ligeramente el ceño.
—Era un joven. Veintitrés años, quizá.
Intentó recordar más detalles.
—Era bastante apuesto. Robusto.
Hizo una pausa.
—Y vestía algo extraño.
—¿Extraño?
—Parecía una túnica.
Evans arqueó una ceja.
—¿Una túnica?
—O unos harapos. No estoy segura.
La mujer miró hacia la puerta.
—Pero eso no fue lo más extraño.
—¿Entonces qué?
—Las cámaras.
Evans dejó de examinar el pincel.
—¿Qué pasa con ellas?
—Revisé las grabaciones después de encontrarlo.
La señora Lorens bajó la voz.
—No aparecía nadie.
—¿Nadie?
—En la grabación solo aparezco yo.
Evans permaneció en silencio.
—¿Hablando sola?
La mujer asintió.
—Exactamente.
Un pequeño escalofrío recorrió la espalda de Evans.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
Ella sonrió de lado.
—Quizá vi un fantasma.
—¡No diga eso!
La respuesta salió demasiado rápido.
La señora Lorens soltó una carcajada.
—¿Te dan miedo los fantasmas?
Evans desvió la mirada.
No quería admitirlo.
Cuando era pequeño había tenido algunas malas experiencias estando solo en casa.
Quizá habían sido simples imaginaciones.
Quizá no.
Desde entonces, nunca le había gustado demasiado hablar sobre fantasmas.
La señora Lorens volvió a mirar el pincel.
—Si tanto te interesa, puedes llevártelo.
Evans la miró sorprendido.
—¿En serio?
—Claro.
Miró nuevamente el objeto.
No sabía por qué quería quedárselo.
Simplemente...
Sentía que debía hacerlo.
Lo guardó dentro de la chamarra.
Después pagó el resto de las cosas.
—Muchas gracias.
—No hay de qué.
Evans salió de la tienda.
Antes de cerrar la puerta, alcanzó a notar algo en la expresión de la señora Lorens.
Una pequeña preocupación.
Probablemente sabía más de su situación familiar de lo que decía.
Quizá por eso siempre intentaba darle algo más de lo que compraba.
Evans no dijo nada.
Simplemente continuó caminando.
El cielo se había oscurecido todavía más.
Las luces de las calles comenzaban a destacar mientras las primeras estrellas aparecían entre las nubes.
Sus pensamientos regresaron al pincel.
Un joven.
Una túnica.
Un objeto que había aparecido de la nada.
Y una cámara donde nadie más aparecía.
—Qué extraño...
Entonces escuchó un ruido.
Clang.
Evans se detuvo.
El sonido había venido de detrás de la tienda.
Giró lentamente la cabeza.
No vio nada.
Algunas personas mayores pasaron caminando por la calle sin prestarle atención.
Todo parecía normal.
Pero algo no estaba bien.
Evans entrecerró los ojos.
Entre los edificios...
El aire parecía estar deformándose.
Al principio pensó que era un reflejo.
Luego creyó que quizá se trataba de una sombra.
Pero no.
Había algo allí.
Una especie de abertura suspendida en el aire.
No brillaba.
No tenía colores extraños.
Era simplemente...
Gris.
Un gris profundo que parecía absorber la luz a su alrededor.
Como si alguien hubiera arrancado una parte del espacio.
Evans sintió que el aire se volvía más frío.
El viento golpeó su cuerpo con una fuerza repentina.
Se quedó inmóvil.
No sabía por qué.
Pero aquella cosa parecía estar llamándolo.
No había voz.
No había palabras.
Solo una sensación.
Una invitación silenciosa.
Dio un pequeño paso hacia adelante.
Se detuvo.
—¿Qué estoy haciendo...?
Retrocedió.
No sabía qué era aquello.
Y definitivamente no quería averiguarlo.
Se dio la vuelta.
Y corrió.
Cuando llegó a casa, lo primero que escuchó fueron voces.
Sus padres discutían en el comedor.
Trabajo.
Dinero.
Cuentas.
Los mismos problemas de siempre.
Ninguno de los dos pareció notar su llegada.
Evans permaneció unos segundos en la entrada.
Después subió las escaleras sin decir una palabra.
Había aprendido a hacerlo desde hacía años.
No llamar la atención.
No interrumpir.
No preguntar.
Desde los ocho años había tenido que aprender a preparar su propia comida.
No porque quisiera.
Simplemente porque ellos nunca tenían tiempo.
Se acostumbró.
O eso quería creer.
Llegó a su habitación y dejó la bolsa sobre el escritorio.
La computadora seguía encendida.
El dibujo que había estado haciendo antes continuaba allí.
Lo observó durante unos segundos.
Luego se dejó caer sobre la cama.
La habitación estaba completamente silenciosa.
A su lado, una ventana inclinada daba directamente hacia el cielo nocturno.
Evans giró lentamente la cabeza.
Las estrellas comenzaban a aparecer entre las nubes.
Por un momento, todo parecía tranquilo otra vez.
Hasta que recordó aquella abertura.
Aquel extraño gris.
Y al joven que, según la señora Lorens, había dejado el pincel.
Evans sacó el pincel de su chamarra y lo dejó sobre el escritorio.
Se quedó observándolo durante unos segundos.
Aquel objeto seguía pareciéndole extraño.
No sabía quién lo había tenido antes.
Tampoco sabía cómo había llegado hasta aquella tienda.
Y mucho menos qué relación tenía con aquella extraña abertura que había visto en la calle.
—¿Quién eras...?
Murmuró.
No esperaba una respuesta.
Después se dejó caer nuevamente sobre la cama.
El cansancio comenzó a apoderarse de él mientras observaba las estrellas a través de la ventana.
Quizá mañana todo aquello le parecería una tontería.
Quizá aquella grieta no había sido más que una ilusión provocada por el cansancio.
Quizá...
Cerró los ojos.
El sonido de la computadora continuó llenando la habitación.
Y durante unos minutos, todo permaneció en silencio.
Hasta que una pequeña gota de tinta cayó del pincel.
Tac.
Evans abrió los ojos.
Miró hacia el escritorio.
El pincel seguía exactamente donde lo había dejado.
—...
Permaneció observándolo unos segundos.
Finalmente soltó un suspiro.
—Estoy cansado...
Volvió a cerrar los ojos.
Sin embargo, en la hoja que había dejado sobre el escritorio, una pequeña línea negra había aparecido.
Una línea que antes no estaba allí.
Y, lentamente...
Comenzó a extenderse.
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